La “cosa nostra”

Resulta ya inconcebible el espectáculo ofrecido por esos políticos imbuidos por la idea de que lo público es suyo. ¿Reservar las aulas para candidatos del PSOE o preferir a los “clientes” para el enchufe público? Bueno, eso no sería tan grave, en fin de cuentas, como los grandes “golpes” económicos que han salido a la luz, ciertamente con escasas consecuencias. Hablo desde el “caso Guerra” al “caso Montaner” pasando por este resucitado “caso Menacho”, el factótum del partido en Cádiz que repartía el suelo de Olvera, a amigos y conmilitones, como si fuera suyo realengo. Si hay algo que no acabo de entender es cómo  ha llegado a asumir esta situación límite, con todas sus consecuencias, un hombre como Griñán.

La Dipu, campeona

Según el ministerio de Economía y Hacienda, la Diputación Provincial de Huelva destaca en el ránking gubernamental como las más endeudada de Andalucía y de España, con cerca de 150 millones de euros en el alero, cantidad que supone deber 290’23 euros por habitante, es decir, el cuádruple de lo que  adeuda la de Sevilla, que son 77’71 euros por cabeza. Ahí está la calderilla del derroche, de los palacetes endiosados, de las inauguraciones fastuosas (incluso de lo que nunca se haría), de los sueldazos de los que la presiden y de sus innúmeros asesores. Esas son las credenciales con que su Presidenta competirá por la alcaldía de la capital.

Cuestiones poliédricas

El debate sobre la deportación de gitanos rumanos en Francia, ciudadanos de la UE con derecho al libre tránsito por el territorio comunitario, se está pasando de rosca al menos desde que el Vaticano –mudo ante los genocidios perpetrados contra armenios un  Turquía o kurdos en Irak, entre otros—ha calificado éste, que es obligado reconocer como menos severo, como un verdadero “holocausto”, vidriosa expresión que se ha apresurado a recoger Fidel Castro para repetirla ante el sumiso alumnado de la Universidad de la Habana. Por su parte, quienes apoyan la causa gitana (desde el tendido, se entiende) se han apresurado también a lanzar por televisión la imagen conmovedora de esos repatriados forzosos que han de vivir en su país atenidos a la miseria más implacable, lo que ha contribuido a encrespar aún más el ambiente radicalizando las posturas dentro de una Francia en la que, para que vamos a engañarnos, pesa tanto cierta napoleónica noción de una superioridad nacional juzgada en todo tiempo innegociable, que es la que subyace en la fría negativa de Sarkozy a reconsiderar sus planes de expulsión. No habrá en Europa, en la Europa libre –en la histórica y en la diseñada en el Tratado de Roma–, por supuesto, quien no sienta vibrar esa cuerda humanista en su conciencia, pero se me ocurre que habría que preguntarle al Vaticano y a la Unión Europea –ya que con Castro sobran las preguntas– qué tienen que decir además de mostrar su oposición a esa política expeditiva, brutal si se quiere, o sea, si se les ocurre alguna solución realista al problema de la acogida de esos “sin patria”. ¿Qué haría el Vaticano si miles de esos rumanos expulsados de Francia acamparan en su exiguo territorio? ¿Y la UE si esas masas desarraigadas sentaran sus reales en Bruselas, a la sombra protectora del humanismo institucional? Qué haría Castro, ni lo pregunto, naturalmente.

Hay cuestiones que se resuelven mejor desde un  escaño o desde el sofá del tresillo que a pie de obra. Ésta de las minorías a la deriva, por ejemplo, que constituyen un filón para el exhibicionismo humanista pero que no resultan nada fáciles de resolver en la práctica, mientras no se produzca ese firme acuerdo internacional que hoy por hoy parece tan imprescindible como inverosímil. Porque una cosa es oponerse moralmente a políticas xenófobas o racistas, y otra muy diferente ofrecer una solución práctica y realista. Protestar sale tirado, es gratis; dar solución a problemas como el de la inmigración masiva de indigentes ya es harina de otro costal. La UE y el Vaticano serían mucho más creíbles si además de condenar el “genocidio” se hubieran vaciado la faltriquera.

No pintamos nada

No porque lo diga el PP ha de ser incierto: parece evidente que ZP le hace a Griñán el mismo caso que a su gato. Pero ¿se habrán parado a pensar –uno y otro—qué será de Andalucía a corto plazo si los Ayuntamientos profundizan su ruina y la autonomía sigue sin recursos para intentar al menos sacar la cabeza del agujero? No pintamos nada en el plan del Gobierno, y digo plan porque decir proyecto sería demasiado, incluso carecería de sentido dada la parálisis evidente que nos envuelve. Probablemente nunca estuvo Andalucía peor en estos 30 últimos años. La verdad es que el papel que le ha tocado a Griñán es como para no deseárselo ni al peor enemigo.

Subcampeón de deficit

El alcalde de Valverde cree que la gente se chupa el dedo y por eso ha dicho a los periodistas que la crisis asfixiante que vive la institución (ha llegado a no poder pagar la nómina de sus empleados y es el segundo Ayuntamiento de España en deudas) se debe a la socorrida crisis y a la falta de financiación. Hombre, y a la gestión manga por hombro, y a los altos sueldos de la legión de enchufados, y a las mariscadas, y a no tener ni idea de lo que se trae entre manos. Por ejemplo, Valverde ha tenido siempre un Secretario de carrera y ahora no lo tiene. El alcalde suplente sabe a la perfección lo que se hace como se lo sabía su antecesor.

El fuego sagrado

Imprevisible como todo lo grotesco nos aguardaba tras las vacaciones el conflicto abierto por ese pastor bárbaro que propone quemar, sólo por ofender, el libro sagrado de uno de cada dos pobladores de la Tierra. Y también la reacción de los ofendidos, que ha pasado sin pensárselo de las palabras a los hechos comprometiendo una terrible e indiscriminada venganza sin fronteras en el caso de que aquel demente llegue a realizar su propósito. Veo destacada la ocurrencia de Swift (“Instrucciones a los criados”, creo) que sostiene que tenemos religión de sobra para odiarnos pero nos falta mucha para llegarnos a amar, pero lo que más llama la atención es la pusilánime aceptación de que, así como los temibles atentados islamistas han de ser asumidos y hasta explicados (Zapatero lo hizo tras el 11-S, recuérdenlo) en función de las circunstancias, ninguna ofensa inferida al Islam desde la acera de enfrente deja de ser una provocación fatal. En España, una encuesta de Exteriores parece que prueba que el rechazo antisemita ha decrecido respecto de los judíos para aumentar frente a los moros, mientras la policía deja entrever que tiene el ojo puesto sobre un creciente entramado salafista, algunos de cuyos imanes pretende, tal como el Terry Jones de Florida, dar de una zancada el salto a la fama. Mala cosa, la religión en manos de sus ministros, cuando estos confunden su opinión con el dogma, lo que hizo decir a Voltaire aquello de que lo bueno es tener una religión sin creer a sus clérigos, de la misma manera que resulta óptimo seguir fielmente un régimen sin reparar en los médicos. El pastor de Gainesville y el imán de Lérida son dos majaretas ambiciosos. Los demás, nuestros gobiernos, la mayoría de nosotros –de momento– no somos más que unos pringaos.

 

Ha fraguado en Occidente la idea medrosa que la ofensa religiosa (y la agresión en general) es siempre digna de censura pero intolerable sólo cuando lastima al Otro. Que un mozo pisotee una hostia consagrada o el terror organizado destruya las Torres Gemelas puede ser explicado invocando la secularización o la pobreza tercermundista, pero una caricatura de Mahoma o la quema de un Corán desata el pánico más allá y por encima de cualquier reflexión. Terry Jones es un profanador temerario pero me cuento entre quienes no entendemos por qué su memez ha de justificar poco menos que una amenaza de guerra universal, no contra él ni sus adeptos, sino contra una Civilización –la única, técnicamente hablando—que el fanatismo se propone destruir. Es ese entreguismo, ese complejo ante la amenaza agresiva, el que muchos no entendemos. Daba pena escuchar a Obama excusarse amedrentado incluso antes de que ardiera nada.