La voz de su amo

Justificada enteramente la bronca de los trabajadores de Astilleros al grupo municipal del PSOE capitalino por defender a la Junta –o sea, a su partido, para qué engañarnos—frente a las propuestas críticas de la oposición, tanto de la derecha como de la izquierda. Es posible que la situación de Astilleros tenga mal arreglo pero lo que le faltaba a esos trabajadores es que el problema se agrave con proposiciones oficiales formuladas a favor de corriente. Otro gallo cantaría si hubiera elecciones en el horizonte, pero como no las hay, lo probable es que la Junta se limite, como en tantas ocasiones, a escurrir el bulto. ¿Qué fue de la foto del autodidacta Jiménez arengando a las masas en el tajo? Verán como a ése no le ven en el pelo en lo que quede de conflicto.

Oficio de verdugos

Durante su reciente viaja a China, el presidente Obama ha roneado sobre lo divino y lo humano, predicando (sin señalar) la restauración de las libertades y la defensa de los derechos del hombre. De lo que no ha piado siquiera es de la pena de muerte –esa lacra china que parece que va a peor cada día–, entre otras cosas porque habría que tenerla de cemento para exigirle eso a un régimen mientras el propio se encastilla con fuerza en la vieja costumbre penal, dando al traste con la ingenua esperanza de quienes creyeron ver en su gestión una posibilidad abolicionista definitiva. Amnistía Internacional anda difundiendo un informe en el que recoge el caso de un reo, Romell Broom, cuya ejecución hubo de suspenderse en Ohio ante la dificultad insuperable de encontrarle una vena utilizable, macabro espectáculo –con público, por supuesto– ante el que la autoridad ha discurrido una providencia expeditiva: sustituir la famosa inyección triple, pensada para aligerar en lo posible la pena del supliciado, por la administración de una dosis de única de tiopental y, en su defecto, de un cóctel de hidromorfona y midazolam que podría inyectarse por las bravas en un músculo importante. En ese Estado, Ohio, se prepara otra ejecución para el 8 de diciembre que sería practicada ya por los nuevos procedimientos y que sería la quinta local entre las 46 perpetradas durante 2009 en el país. Ni Obama podrá gran cosa contra ese antiguo reflejo heredado de aquellos pioneros que colgaban al sospechoso de una rama sin mayores remilgos. En EEUU se ha asesinado oficialmente a 1.182 personas –la inmensa mayoría negros y la casi totalidad pobres—desde que se abrió la veda en 1977. Con eso no acaba ningún presidente que pretenda seguir siéndolo.

Es curioso que la pena de muerte se haya enrocado en los dos extremos de la realidad sociopolítica –es de aplicación habitual en los países islámicos y normal en la “mayor democracia del mundo”—ahora que el derecho apuesta por la abolición del suplicio hasta el punto de excluirlo incluso en los pavorosos casos de genocidio que hoy juzgan, mal que bien, los tribunales internacionales. Y resulta desolador asistir a esa negra función en que el Poder interpreta la trágica ficción humanista de la búsqueda de métodos “humanos” para aplicar la barbarie. No les ahorro la espeluznante duda de AI ante los nuevos métodos: “¿Cómo reaccionará el condenado, se sacudirá, sufrirá un ataque, vomitará o acaso se irá poniendo azul lentamente?”. Lo siento. Obama tendrá que mirar para otro lado y sus edecanes habrán de encontrar alguna cortina de humo que nos vele, en lo posible, la agonía de la víctima del día 8.

Un viejo truco

Todo el que haya ido alguna vez a una consejería de la Junta ha de recordar cómo a la entrada se le exigió el carné y se anotó su visita. De modo que la excusa juntera de que carece de libro de visitas en Innovación y Ciencia, no se la cree ni el consejero, que hace ese ridículo para impedir que se pruebe la intervención de algún Chaves en el “caso Matsa”. Un viejo truco, que ya se empleó en el “caso Guerra”, con la diferencia de entonces había pasado ya un tiempo considerable y ahora hablamos de un control de antier mismo. Los indicios de nepotismo en este “caso” sin clamorosos. Tratando de ocultarlos, la Junta no conseguirá más que acrecentar su complicidad en aquel negocio.

Las manos en la masa

Se complica el “caso Cartaya” a medida que se van conociendo sus circunstancias, sobre todo para el entonces jefe de urbanismo local y luego mandamás en la Diputación, Miguel Novoa, que tras declarar lo que ha declarado libremente ante el juez, lo menos que podía hacer es entregar la cuchara y volverse a su casa ilegal. ¡Votar a favor de un proyecto urbanístico propio clamorosamente ilegal y nada menos que presidiendo la comisión! El alcalde y el partido tienen en este enredo un problema insuperable que sólo puede salvarse cortando por lo sano. Si Novoa continúa en la política, como es previsible, quedará garantizado paladinamente el derecho al caciquismo.

“Relaciones tóxicas”

Es un hallazgo léxico, siquiera por extravagante, ése de la ministra de Igualdad de llamar “relaciones tóxicas” a los trajines juveniles que incluyen la violencia de género. Por lo visto una de cada cuatro mujeres liquidadas por los bestias en 2009 tenía menos de 30 años y cuatro de cada diez órdenes judiciales de protección (unas 50.000 en total) iban dirigidas a chicas jóvenes. Peor aún: parece ser que un 14’6 por ciento (que ya será más) de jóvenes justifica la violencia ejercida por los machos en la que entrevé cierto prestigio. ¿Y de qué extrañarse? El prestigio del chulo ha radicado siempre en esa perversión ancestral de la estimativa femenina que confunde violencia con protección y ve en la agresión viril un aspecto atractivo que la novela de todos los tiempos se ha encargado de diseccionar. Muchos siglos antes de que apareciera Sade con su sexualidad cruel (piensen en ‘Justine’) existía la aceptación de la violencia y el dolor como elemento amoroso. ¿No compara Ovidio el amor con la milicia, no está acreditado que las mujeres romanas se ofrecían a los jóvenes enloquecidos de las Lupercalias para que las azotaran con sus látigos? Una antropología del amor medianamente documentada tiene que dar fe de esta invariante que lo mismo aparece en el Kama Sutra cuando dedica un capítulo a las “maneras diversas de pegar”, que se da por sentada en Bocaccio o en el Arcipreste de Talavera, por no hablar del torvo mundo de “La lozana andaluza” al que nos asoma Francisco Delicado. Hasta Juan de la Cruz recomienda “laborar para conseguir el desprecio ajeno” ¿o no es cierto? Sí que lo es. La Humanidad arrastra un yugo psíquico inmemorial que recién comenzamos a sacudirnos de encima pero que aún gravita demasiado sobre ellos y sobre ellas. Sobre todo sobre ellas, que en su ingenua simpleza continúan la tradición del “amor sumiso”. Mucho macho lleva dentro un chulo más o menos domesticado, y mucha hembra lo acepta como es. Una desgracia que no se erradica en dos días, así se encaramen las Bibianas al tejado.

Hay que ser implacables con los agresores pero también hay que educar (noten que no digo ‘reeducar’) a las agredidas dinamitando la rancia estética de aquel amor sumiso. Una obra de chinos, ya lo veremos, porque no se arregla con un par de leyes o decretos una tendencia tan vigorosa como universal. Y la mujer tiene en esa tarea la parte quizá mayor y esencial. No nos librará de tal lacra el fundamentalismo de nómina ni el que funciona por libre, que tienen por delante, eso sí, el gran trabajo de romper ese tabú inconfesable aparte de aplastar sin piedad a los bárbaros. Una perversión tan antigua no se arregla con un ministerio del ramo sino con una pedagogía general

Por soleares

No puedo resistirme a reproducir la hilarante serie de paparruchas lanzadas por la ministra de Cultura en Sevilla: “El flamenco desarrolla la imaginación para superar las situaciones adversas”, ole, ha de constituirse como “una herramienta de supervivencia” (¡si viviera Beni de Cádiz!), que es “lo que nos distingue de otras especies animales (se nota que estamos en el centenario de Darwin). Y todo ellos con la que está cayendo, con un millón de parados en la patria chica del cante y más de cuatro en la grande, con atisbos de “recuperación”, esa nueva palabra talismán, pero sin fecha para una creación de empleo que ni está ni es esperada. Este momento pasará a la historia como la cumbre de la retórica política o, simplemente, de la idiocia.