Pasado y futuro

Ha declarado el consejero de Medio Ambiente que no sabe “si Chaves averiguó cómo tirar el Algarrobico” pero que “hoy toca esperar”, como si no rigiera en la Administración el imprescindible principio de continuidad en la tarea de sus gestores circunstanciales. Y también ha dicho –reutilizando el ‘Génesis’– que “quien se dedica a mirar atrás se convierte en estatua de sal”, dicho tan improbable como el hecho demostradísimo de que los vigías forzados a mirar por sistema adelante acaban casi siempre hipermétropes. Ha defendido el zarpazo del Gobierno en Doñana, disimulado la contaminación de Las Cruces, defendido la integración por la puerta de atrás de los enchufados y sobrevalorado al lince. Entiendo que le sobran motivos para no mirar atrás. Que se pase de la meta, ya no lo entiendo tanto.

La otra Huelva

Hay una Huelva “pública” pasiva y regiminista, resignada a su suerte bajo la batuta de gestores mediocres improvisados en la factoría partidista, y hay otra que no se resigna y trata de sacar la cabeza fuera del marasmo. El cuarto mandato del alcalde Pedro Rodríguez y el segundo del rector magnífico de la Onubense marcarán un antes y después en la crónica de la capital, a pesar de los obstáculos. Y un acuerdo como el de antier para crear una facultad de Medicina será, en esa crónica, un hito destacado por cuanto supone de reto a la propia capacidad como de desafío a las rémoras que nos retrasan. El Ayuntamiento ha comprendido que la UHU es emblema y mascarón de proa de nuestro progreso. Otras Administraciones, lamentablemente, no tanto.

Dieta rigurosa

Acaba de descolgarse la FAO, la organización de la ONU para la agricultura y a la alimentación, con un dato estupendo: el número de hambrientos ha descendido por primera vez tras 15 años, seguramente a consecuencia de la caída de los precios alimentarios tanto en los mercados internacionales como en los nacionales, bendición providencial que debemos a las excelentes cosechas obtenidas en 2009, que los expertos consideran excepcionales. En resumen, la FAO celebra, y a ver quién no, que los hambrientos de este perro mundo no sobrepasen ya los 1000 millones como en el anterior recuento (2009) sino que se queden en 925, es decir, un saludable 9’6 por ciento menos, lo cual no puede decirse que no tenga su importancia. Esos mismos expertos se han precipitado a salvaguardar su criterio, en todo caso, advirtiendo que la mejora en cuestión no supone un cambio firme de la tendencia pues una simple temporada de sequía en los grandes países productores podría devolvernos a la milmillonada como quien no quiere la cosa. Me gustaría, sin embargo, advertirles de algún detalle que deduzco de la propia información de FAO, singularmente el hecho de que el cálculo de hambrientos se hace a partir del número de calorías teóricas disponibles en un país (calculen ustedes también), lo que supone dejar aparte a la legión de malnutridos, incluso de los graves en riesgo de muerte, entre los que se cuentan al menos 55 millones de niños. ¿El famoso “Objetivo del Milenio”, aquello de reducir a la mitad los hambrientos del globo terráqueo antes de 2015 con que salió por peteneras la FAO en un momento de exultante optimismo? Ah, pues que nunca más se supo de ello, por más que ciertos países (Ghana, Mali, Armenia o Vietnam, entre otros) lo hayan conseguido por su cuenta, lo que quiere decir que la legión de desmayados que aún figuran en la estadística mundial de subalimentados deberá mantenerse fiel a sus jaculatorias si quiere conservar la esperanza de vida.

 

El hambre tiene, eso sí, su geografía concreta. Asia se lleva el gato al agua con 578 millones de hambrientos mientras que África, con sus 239 millones, ostenta (iba a decir “detenta”) el récord ecuménico de la galipa con su 30 por ciento de víctimas, y hay casos llamativos como el de China o Brasil, hoy ya grandes potencias económicas donde las haya, que aún permanecen –parece que por poco tiempo—abismadas en esa división maldita. Dios aprieta pero no ahoga, es cierto, al menos a aquella legión que ahora tiene siquiera un mendrugo diario que llevarse a la boca. Los que no parecen dispuestos a apretar por salvarse unos a otros son los grandes responsables. Un hombre no es un banco, después de todo. Si lo fuera, quizá apretaran por él como no hace tanto que hicieron para salvar a éste.

Sí pero no

La Iglesia oficial, la jerárquica, no renuncia a jugar con las ventajas de su cintura. Lo digo porque si ayer mismo destacaba aquí la decidida toma de posición obrerista de la oficina de Pastoral Obrera –hablaba en concreto, sin ambages, de su opción por los pobres–, en menos de horas veinticuatro la diócesis se ha desdicho argumentando que esa opinión no es la de la Iglesia sevillana ni contó con la aprobación del arzobispo ni sus órganos de Gobierno. ¡Acabáramos! Ya resultaba un poco raro ese abandono radical del amigovallejismo. La famosa “opción por los pobres” y el simple compromiso frente al poder siguen quedando hoy tan lejanos como antier.

Huelva en Youtube

Mala mano (o mala pata) tiene la presidenta de la Dipu en esta batalla, temo que perdida, por la “imagen de Huelva”. Posó sonriente junto a los sonrientes empresarios cuando la famosa campaña “Huelva más allá” y ya saben que, aparte de gastar una millonada, nada se consiguió. Y ahora ha conseguido, con su envío a Buenafuente –en busca de publicidad– de una garrafa de aceite vacía, que se pasee el nombre de nuestra ciudad por el mundo con un eslogan cómico y desagradable. Algo de gafe parece indudable que tiene la entrampada Presidenta. Imaginarla eventualmente con la vara de alcaldesa en la mano pone los pelos de punta.

“Deus absconditus”

Es curiosa la persistencia de la tentación ateísta entre los sabios. Desde la Grecia de Protágoras o Demócrito, al menos, aunque confieso que, en esa perspectiva, me han interesado siempre más el duro materialismo de Epicuro, sobre todo rizado en el rizo romano de Lucrecio, y algunos de los que, anticipándose a los Diderot, descartaron por innecesaria, sin rastro de beligerancia, la hipótesis de un Dios creador y providente. No hay progreso alguno en esa oscuridad impenetrable a lo largo de los siglos –ni siquiera tras el encendido de esa feria intelectual que es la Ilustración– sino que la duda o la negativa se prolongan en el tiempo transformándose en lo adjetivo sin la menor novedad. Nada añaden D’Holbach o Feuerbach a las ideas de Maquiavelo, poco hay en Marx más allá de lo que ya podemos encontrar en el experimentalismo cerrado de un Leonardo. Dios no es de este mundo, parece evidente, o como explicaba hace poco el astrofísico Luminet, al menos la Ciencia, con mayúscula o apeada ésta, nada puede averiguar en ese negocio por la razón elemental de que se mueve en otro plano. Y sin embargo, ahí está Dawkins, el hombre, empeñado en su campaña autobusera, desgañitándose, como si en ello le fuera la vida, por “hacer visible” el ateísmo en nuestra sociedad ya bastante secularizada. Ahora, estimulado por una cita de Andrés Marín, acabo de comprobar en “The Grand Design” de Stephen Hawking, que esa tentación, en cierto modo demiúrgica, permanece activa, probablemente restándole a nuestros sabios unas energías que mejor estarían aplicadas a su quehacer propio, y se me ocurre también que no hay forma de avanzar en ese callejón sin salida que alguien llamó la “aporía divinal”. Que el universo (o el “multiuniverso” enunciado por Witten, no se lo pierdan) surja como efecto de una ley de la gravedad preexistente –que es lo que viene de “descubre” Hawking– no explica gran cosa tras lo que ya sabíamos sino que traslada el problema a la cuestión del origen de esa ley. Cuando Napoléon le planteó a Laplace la ardua cuestión de la existencia de Dios, es fama que éste le contestó algo memorable: “Sire, si le digo mi verdad, yo nunca he tenido necesidad de esa hipótesis”. Unos años antes esa ocurrencia le hubiera costado el pescuezo, denlo por seguro.

 

Vano empeño, como diría Borges, éste del ateísmo. El domingo pasado la sombra del limosnero Alpendeire congregó en Armilla más gente de la que podrían soñar todos los líderes españoles juntos, y pronto vamos a ver otro gran festival en torno a la colosal figura de Newman. Dios anda entre los pucheros, según la doctora Teresa. Buscar entre algoritmos su contraimagen nunca tuvo sentido.