Circo parlamentario

El presidente de la comisión parlamentaria que investiga el saqueo de los fondos de Formación (C’s) ha dicho que no quiere que su organismo se convierta en un circo. El problema es que un circo va siendo ya esa comisión a la que la Junta ha decidido no enviarle los expedientes clave, todo quisque se acoge a su derecho a no declarar, no hay forma de saber a ciencia cierta la función que desempeñaba en esos cursos investigados el marido de Susana Díaz y el ex–consejero Ojeda no sólo se autodefine como un “ciudadano casi ejemplar” víctima de la Junta y del Gobierno, sino que afirma que su enorme montaje empresarial obedecía a su deseo de colaborar socialmente sin ganar un euro en aquellos 9.000 cursos subvencionados, aparte de señalar, con las del beri, pero seguramente con razón, en dirección a la patronal y a los sindicatos. Un circo de tres pistas en el que pueden contemplarse a un tiempo equilibristas, prestidigitadores y payasos.

Una de gorilas

Cuenta una leyenda que cuando Cristóbal Colón descubrió Venezuela creyó haber dado con el Paraíso Terrenal. El paisaje deslumbrante, los palmerales adornando como un espejismo el horizonte azul, los canales de agua viva y la fertilidad evidente de la tierra lo engañaron, a pesar de su experiencia, hasta representarle el Génesis. Siglos después, cuando un oscuro golpe logró echar del país a Chávez por unos días y Aznar se precipitó a aplaudir la operación, la opinión tertuliana –esa “doxa” improvisada y tan raramente reflexiva–, en especial, por el lado izquierdo, se aferró al argumento de que, aunque golpista él mismo, Chávez había sido luego legitimado por las urnas. ¿Es que las urnas incluyen en su legitimación la absolutización del Poder, incluída la tiranía? Nada, incluso tuve un amable asiduo a mi blog que me fulminaba cuando yo osaba llamar “gorila rojo” a aquel energúmeno. Lo malo no fueron, sin embargo, aquellos principios, sino que ni siquiera ante la implosión incontrolada que vive el país como consecuencia del disparate bolivariano, aquella “doxa” es capaz de admitir que el bárbaro heredero que hoy lo rige contra todo derecho, es un sátrapa que ha convertido el paraíso en un trascorral. Hay que ser obcecado para no entender que cuando en un país falta el pan y el papel higiénico, es que ha tocado fondo. Ese axioma me entró por los ojos la primera vez que visité mi idealizada Cuba.

Por eso se me abren las carnes cada vez que veo a los socialdemócratas profesionales humillarse hasta el ridículo para conseguir formar Gobierno con la adhesión de esa biempagada franquicia del Gorila que es Podemos y que parece que ha recibido por bolivarizarnos –aparte del oro y la mirra persas– lo menos seis millones de euros para sus gastos. ¿De verdad se contempla desde las ruinas del PSOE la implantación del “huerto familiar” en nuestras azoteas y las inacabables colas ante el supermercado? Cada vez que oigo en la tele a ese energúmeno fulminando a Rajoy con sus maldiciones e insulto, me pongo a considerar lo bajo que hemos caído en una democracia que hasta hace nada y menos iba por el mundo explicando su cívico milagro en una pizarra. Vale, nuestra Izquierda se ha diluido en el excipiente neoliberal, ¿pero vamos a ganar algo sustituyendo el viejo centralismo democrático por estos nuevos comisarios? Nunca había visto a nuestros líderes de rodilla como ahora ni a España tan cerca de pedir la vez en la cola del papel higiénico.

Políticos intermitentes

Que la Junta se trata a sí misma con prodigalidad no hará falta recordarlo y justo es decir que con el visto bueno de todos, no sólo del PSOE. El último caso es desopilante: una directora general, la de Pesca y Acuicultura, la señora Pérez Martín, se ha tomado un receso de aquí te espero para atender sus asuntos propios, utilizando la fórmula genial de que la Junta la cesara a mediados de noviembre para volverla a nombrar a finales de marzo pero… cobrando durante esas vacaciones la cesantía, equivalente al sueldo íntegro como directora general. ¡Ole, eso es vida y lo demás son cuentos! Habrá que ir pensando en hacer una antología de abusos y extravagancias como ésta frente a la que, hay que repetirlo, ningún partido ha dicho esta boca es mía. ¿Ven para lo que, en definitiva, sirve la “transparencia”?

Norma de estilo

Siempre hubo modas jergales, palabros o expresiones que surgían, por lo general de círculos restringidos para ser incorporados al uso relativamente común y, muy en especial, al de los jóvenes y al de los políticos. En mis clases de la Complutense solía yo imponer a los alumnos una sola condición oral: la de no anteponer nunca a los juicios valorativos latiguillos como “de alguna manera” o “a nivel de”, amén de proscribir radicalmente el relativizador “como muy” que, asociado a los anteriores, diluía casi por completo la intención. La novedad léxica suele ser espontánea y fulminante y, en general, por lo que llevamos visto, confía en ser prontamente admitida al uso oficial nada menos que por la Real Academia Española, amable anfitriona ya de términos tan peregrinos (y seguro que efímeros) como “amigovio”, “despelote”, “guay”, “bluyín” o “pilates”, seguro que haciendo removerse en su tumba las huesas de don Julio Casares o de doña María Moliner. Nadie es dueño del lenguaje, eso no lo discuto, pero es bien cierto que, a este paso, la degradación –aliada con el extranjerismo, las aféresis y síncopas que teclean nuestros benjamines—no tardará en tocar un fondo del que resultará imposible o poco menos rescatarla si alguna vez se intenta. ¿Quién podría detener hoy el uso solecista del adjetivo “viral” introducido por las redes sociales en la duramadre del hablante moderno, o el de “cameo” proveniente de la industria del cine? Yo conocí un tiempo en que la vanguardia no apeaba ni a tiros el uso de “vicario”, en la inmensa mayoría de los casos ignorante de su carga etimológica.

Algunos nos resistimos, es verdad, comprometidos a no utilizar jamás el verbo “implementar” sin el que nuestro orador político parece incapaz de encadenar tres palabras, ni es galicismo tan pesado que es “poner en valor”, así como de confundir gramaticalmente “género” con “sexo” o apelar al socorrido concepto de la “sostenibilidad”. En el centenario de Cervantes parece un despropósito escribir “feminicidio” o “bótox”, y en el coincidente de Shakespeare incrustarle una aféresis a “spray”, a pesar de lo cual mucho me temo que esa gangrena del idioma siga prosperando con la inestimable ayuda de los medios, en especial, de los audivisuales. Hombre, no es pretendamos ahora volver a aquellos excesos tan rubenianos de “ínclitas razas ubérrimas” o de “que púberes canéforas te ofrenden el acanto”, pero al menos recobrar un cierto sentido de la dignidad oral y escrita.

Paraísos de Estado

En más de una ocasión recuerdo entre neblinas la frase atribuida al inefable e incestuoso Bakunin de que él no aceptaría un Estado sobre el individuo ni como mal menor. Y me acuerdo inclinando mi razón jacobina lo más que da de sí, aunque sólo sea por la constante evidencia de la cara oculta del Estado, de todo Estado. Los papeles revelados por Wikileaks son sólo una prueba más, como los que acaban de llegarnos desde Panamá, por no hablar de los millares de expedientes que se apolillan en las covachuelas de la Alemania del caso Baader-Meinhof, en las de la Francia de De Gaulle, en las yanquis del informe Warren, en las italianas del proceso Sofri o en las españolas que ocultan las trolas del GAL o de Atocha. El Estado no es inocente, incluso cuando gente de buena voluntad intenta que lo sea desde su mismo puente de mando. Por eso no me ha extrañado un pelo –lo esperaba—que Panamá se niegue a colaborar con España para esclarecer las conspicuas mangancia que implican desde la Familia Real a Messi pasando por Putin y demás intocables, convencido de que España tampoco colaboraría llegado el caso poniendo en peligro sus paraísos fiscales. Hay que convencerse: los paraísos fiscales no existen y funcionan porque los Estados los consientan sino porque, en última instancia, los protegen, lo mismo en Inglaterra que aquí, igual en Liechtenstein que en Barbados o en las Islas Vírgenes. Hace la tira, cuando lo de Filesa, ya se descubrió que el PSOE, entonces en el poder, guardaba sus jayares en Suiza y en la Isla de Jersey, y en la actualidad ya he perdido la cuenta de dónde los escondía el ex–Honorable Pujol.
No sólo los individuos sino los partidos y hasta la Iglesia en alguna ocasión han hecho de esas alcancías infames algo propio, hasta el punto de que es corriente ya oír que quien no tiene pasta guardada en un paraíso fiscal no es nadie. ¡Coño, si el mismo Franco le exigió a don Juan March antes del 18 de Julio y antes de embarcar en el Dragon Rapide, según cuentan, que le pusiera, por si acaso, una millonada en Suiza! La ingeniería financiera y la caja oculta resulta imprescindible en todo Estado lo mismo que en todo negocio boyante, y estoy convencido de que una inmensa mayoría ciudadana la aprueba si no a las claras, al menos in pectore. El Estado, el Leviatán de Job y de Hobbes, necesita de esas prótesis canallas que consolidan la desigualdad en ese secreto a voces.

Belmonte

Antier sí que el Parlamento de Andalucía parecía una Cámara y no un botafumeiro. En efecto, la oposición logró tumbar por segunda vez el intento de Susana Díaz de integrar por decreto en la función pública a sus “enchufados” de la “Adminstración paralela”, en contra de lo que establece nuestra anticuada ley del ramo y repiten los jueces una y otra vez: que un amiguete contratado no puede desempeñar las tareas reservadas por la normativa y el sentido común a los funcionarios. El fracaso de nuestra autonomía tiene mucho que ver con el fracaso de esa Administración rediseñada por sus edecanes –porque hubo un proyecto jurídico correctísimo—con objeto de ponerla al servicio de los políticos y sus partidos. Un traspiés morrocotudo de la Presidenta facilitado, en esta ocasión, por la abstención de Ciudadanos.