El Jemad rojo

Cuentan las crónicas que el ex-Jemad podemita, teniente general Julio Rodríguez, ha tranquilizado a las bases de su partido en Almería –tras haber sido designado “a dedo” para encabezar la lista electoral de la provincia– bebiendo en la Fuente del Cañillo, un gesto que la tradición reserva para quienes tienen decidido quedarse de por vida en Almería. Él mismo se ha definido en unas declaraciones como “un militar demócrata y progresista”—no sabemos si como Espartero o como Prim–, extremo que ha ratificado mi admirado y desconcertante Julio Anguita al comentar que ésa posibilidad –la de un militar de izquierda—es tan real como la vida misma. Bien, pero a juicio de muchos entre los que me cuento, la singularidad que representa el general Fernández en las listas del partido bolivariano, no es una cuestión tan sencilla de resolver, pues una cosa es un general “progresista”, como tantos que blandieron el espadón en el siglo XIX, y otra muy diferente un general “antisistema” representando a un partido financiado a medias por el gorilato venezolano y el fundamentalismo iraní, desde el que se ha cuestionado el imperio de la Ley y en el que se reconoce cierto “hilo” de unión con la ultraderecha francesa de Le Pen, aparte de patrocinar “escraches” o impedir la libre expresión en la Universidad. Militares no conservadores los ha habido siempre –Franco fusiló a un puñado de ellos—pero una cosa es disponer de un ánimo político abierto y otra militar contra el propio modelo constitucional de sociedad.

Aparte de la arbitrariedad que supone –y más en una formación tan “asamblearia”—designar candidatos desde Madrid, la militancia radical de un antiguo responsable del Ejército no puede menos que resultar extravagante. No tanto por su parte quizá, como por la de las bases de un partido que no es raro que desconfíen del mando supremo de las fuerza armadas, y por una ciudadanía en general para la que ver de ministrable de las Fuerzas Armadas a un eventual bolivariano ha de resultar inquietante. Podemos admira al fallecido coronel Chaves y habla de imponer en España “leninismo amables”: ya me dirán qué pinta entre sus filas y encabezando listas un jefe supremo del Ejército que, por lo demás, debió servir su oficio, me temo que sin graves discordancias, bajo la Dictadura. De mandar a toda la tropa a ser un cristobita en manos de Pablo Iglesias va, por lo demás, un abismo. Lo raro sería que en Almería nadie se hubiera dado cuenta del disparate.

Peces varados

Lo digan o dejen de decirlo los fundamentalistas de la ecología, la verdad es que no deja de resultar inquietante las sucesivas apariciones de cetáceos en la costa del gran golfo de Cádiz, incluida la bahía de Huelva. Dos ballenas y un delfín varados en la costa en un pis pas, no cabe duda de que representan algo más que una casualidad, lo mismo que las altas tasas oncológicas de la capital onubense no es razonable atribuirlas al azar estadístico. Algo ocurre en esa vasta zona que empieza a enviar con las mareas alarmantes avisos a la costa. Pero la autoridad nada quiere saber del tema y mantiene la cabeza bajo el ala. Ciertos extremismos conservacionistas se explican por estas inhibiciones del Poder político.

El mediador

Casi tanto más que la propia “mediación” del ex-presidente Zapatero en el conflicto venezolano, me llama la atención el visto bueno que a su gestión parece que le han concedido ambas partes. En Venezuela, si es que no andamos todos confundidos, lo que está planteado es la negativa de un Gobierno que perdió las elecciones a reconocer al Parlamento elegido y sus legítimas decisiones, ciertamente en términos vecinos el enfrentamiento civil. Ya me dirán, por tanto, qué clase de mediación puede intentarse entre quienes ocupan el Poder por la fuerza y quienes reclaman la democracia decidida en las urnas. Ha habido anteriormente, como se sabe, intentos intervenciones por parte de políticos como González, pero no se trataba en ellas más que de restaurar una mínima legalidad comenzando por liberar a los presos políticos que el Régimen mantiene encerrados. Esto es distinto –y lo prueba ya que un tipo como Maduro consienta la “mediación”— por la razón elemental de que lo único que hay que conseguir en aquel desgraciado país es que la dictadura derrotada ceda su puesto a una oposición multitudinaria que, hay que insistir en ello, ha ganado limpiamente los comicios. ¿Qué pretenderá “mediar” ZP entre el bolivarismo que tiene al país sometido y en plena ruina y las fuerzas políticas que se encuentran secuestradas en el Parlamento? ¿Es que puede haber un término medio entre la imposición y la legitimidad, qué es lo que Zapatero cree que puede “ceder” una mayoría elegida por el pueblo a un “régimen” visiblemente repudiado y apoyado en la violencia?

Antes que Zapatero el chavismo venezolano ha tenido otros amigos españoles –Vestrynge, por ejemplo, Iglesias, Monedero y otros biempagados “podemitas”, algunas voces radicales aisladas—pero lo que no habíamos visto hasta ahora era acudir en auxilio de la autocracia a un ex-presidente del Gobierno que, por lo demás, no es que tenga acreditado un espectacular currículo de estadista. A González ya lo echaron de malas maneras a pesar de que su intención era por completo justificable, al Rey emérito, al presidente del Gobierno actual o al ministro de Exteriores los ha injuriado con insistencia el propio Maduro. ¿Qué querrá, pues, negociar ZP, cómo se las arreglará para tratar por igual a los legítimos que a los golpistas? No hay trato posible ni justo entre quien reclama desde la Ley y quien resiste frente a ella. La democracia también es indivisible. ZP debería saberlo.

La poca vergüenza

En el curso de su deposición ante los comisionados del Parlamento, el ex-consejero Fernández, tal vez el más claro exponente del desgobierno juntero, ha lanzado contra un líder de la oposición la acusación de la “poca vergüenza”, al tiempo que borraba de un plumazo todo lo investigado por los jueces con el expediente elemental de asegurar que, en realidad, de lo que se trata no es de un “gran fraude” (la expresión es de Griñán) sino un “bluf” provocado por la presión pública y el nerviosismo de los jueces. Y si en algo hay que estar de acuerdo con ese imputado es en que, en efecto, nuestro gran problema es la “poca vergüenza” con que se ha comportado la Administración ante el saqueo del último decenio. La mejor defensa es un buen ataque, ya lo sabemos, pero en boca de muchos de los desvalijadores, aquel argumento resulta entre cómico y trágico.

Femenino clerical

No me ha sorprendido demasiado la “reacción” –y le doy al término su doble sentido— de cierto sector tradicionalista del clero católico ante el compromiso adquirido por el papa Francisco de considerar la posibilidad de admitir las mujeres al diaconado. He visto torcer el gesto al comentarlo incluso a clérigos hasta ahora entusiastas del pontífice, lo que deja claro que, en el fondo, la visión masculina del oficio religioso subyace ahí tan viva como siempre, a pesar, incluso, de la creciente insistencia de los estudiosos en el justiprecio del papel de la mujer en los orígenes de la Iglesia. ¡Una mujer diácona y mañana sacerdotisa!, me dicen con mal disimulado enojo. Y yo les recomiendo la lectura del espléndido libro de Karen Jo Torjesen, “Cuando las mujeres eran sacerdotes”, que editó Jesús Peláez hace unos años, y en el que se dejó claro la altura del papel desempeñado por las mujeres no sólo en el entorno evangélico, sino en la primitiva Iglesia. No está del todo claro, ese tema, por lo que yo sé, pero seguro que las mujeres desempeñaron un papel principal en los orígenes del cristianismo hasta que la oficialización del culto por los emperadores romanos las redujo al rol que tradicionalmente las hembras jugaban en las sociedades clásicas mediterráneas. Hay una basílica en Roma en la que puede verse –por supuesto raspado con celo—el nombre de una “Theodora Episcopa”: para que vean que lo de las mujeres obispos no lo ha inventado el sufragismo anglicano.

No a las mujeres, eso es lo que hay, y lo que parece que Francisco se propone cuestionar, aunque no sea más que hasta el orden del diaconado que, por cierto, fue superior al del presbítero –según el maestro Juan Mateos y otros expertos—durante algunos siglos. En la apretada falange clerical no tiene sitio ni siquiera esa Magdalena que fue auténtica apóstol, y no es probable que llegue a tenerlo al menos a corto plazo. Pero en el haber de este Papa reformador quedará, sin duda, aunque sea el intento de dignificar como es debido a la mujer liquidando una discriminación cada día que pasa más insostenible. Sospecho que Francisco lo va a tener cada vez más crudo no sólo frente al integrismo sino ante el grave peso de una tradición pensada en masculino ya desde Tertuliano. “Fragilidad, tienes nombre de mujer”, se dice que dijo el príncipe Hamlet. Hay tópicos en la práctica imborrables y éste en que se funda la desconfianza del macho es uno de ellos.

El ventilador

Nunca entenderé por qué se quejan los políticos de las habladurías sobre las corrupciones, cuando son ellos los que más contribuyen a manifestarlas e incluso a agravarlas. ¿Puede el PSOE de Filesa, Juan Guerra, los ERE, Invercaria, Fondos de Formación y demás acusar al PP por el lío de Bárcenas, de la Gürtel o de los desmanes valencianos? Pues claro que puede y debe, pero con la condición de rendir cuentas propias también. Porque es molesto escuchar al PP reclamar a Susana Díaz el expediente sospechoso que concierne a su marido pero, bien pensado, si no tiene nada que temer, ¿por qué no lo remite de una vez al Parlamento? La corrupción es cosa de ellos –aunque haya penetrado en el pueblo—y su publicidad aún más. Y eso es algo que sólo se explica por la impunidad.