El botín cultural

La decisión Francia de devolver a Egipto cinco fragmentos de frescos procedentes de una tumba del Valle de los Reyes, ha reabierto la polémica sobre la devolución a sus legítimos dueños históricos de los bienes culturales requisados en guerra o afanados ilícitamente en paz. Una historia interminable que hace poco hemos protagonizado nosotros obteniendo de un juez de Florida la devolución, aún pendiente, del tesoro rescatado por el “Odyssey”, pero que concierne a multitud de países. Los “mármoles de Elgin” –rapiñados por Inglaterra en el Partenón y que merecieron la censura de lord Byron en el poema “Child Harold”—permanecen en el British Museum a pesar de que Grecia los reclama para el nuevo museo de la Acrópolis, teniendo en cuenta que constituyen los dos tercios del friso del gran templo y más de la mitad de sus esculturas decorativas. Claro que la procesionaria se muerde la cola pues si Berlín reclama a Moscú la devolución del tesoro de Príamo, robado por los soviéticos en 1945, Egipto reclama a Berlín el busto de Nefertiti o el fabuloso tesoro de Schliemann, y a Francia, entre otras cosas, la piedra de Rosetta y tantas joyas de las colecciones del Louvre. Italia pidió hace poco a varios museos estadounidenses las piezas expoliadas en yacimientos sus etruscos y helenos y Perú –que con otros países hispanos reclaman a España el oro inca y otros bienes—tiene demandada a la universidad de Yale la devolución de los miles de objetos que hace un siglo un tal Bingham consiguió llevarse con el pretexto de una investigación rigurosa. Es interminable la lista de reclamaciones y hasta existe ya un tratado de la UE, el Unidroit, ratificado por España en 2002, que trata de encauzar este maremagnum de reclamaciones.

Será tan difícil restituir alguna vez tanta rapiña como obviar que en muchos casos el expolio salvó a esas obras de su total destrucción. Lo que Napoleón hizo en Egipto, asesorado por sus sabios, está la vista en París como lo que perpetraron los papas lo está en Roma. El toque está en entender que sin el enorme esfuerzo coleccionista del XIX europeo, puede que hoy no tuviéramos más que una brumosa memoria de esos bienes que inventariaron ya con escrúpulo los anticuarios renacentistas. El propio indigenismo bolivariano ha abierto un frente no poco floclórico para reclamar la vuelta de lo robado, una reclamación que, a mi modo de ver, implica una idea perfectamente peregrina de lo que la Historia es realmente. El British ha argumentado, en general, que la cuestión debe eludir todo signo nacionalista. Hay que admitir que, a pesar de los pesares, lleva razón.

Dimes y diretes

Ha mandado Chaves, que sigue siendo el mandamás en el PSOE andaluz, que cesen los “dimes y diretes” sobre si Griñán cuenta con el respaldo del partido o quien manda es el “aparato” encabezado por Pizarro. ¿Y no sería más lógico no dar tres cuartos al pregonero sino dar el puñetazo en la mesa a puerta cerrada? Griñán no se merece esa exposición al desprestigio y nadie duda, en este momento, que su mandato será real o mera apariencia dependiendo de que en Madrid se decida una u otra cosa. Lo que parece mentira es que un personaje como Pizarro pueda mantener en jaque a una autonomía. Que lo haga comprometiendo el gobierno resulta ya de locos.

Estatutos mojados

A la impugnación del Congreso de UGT firmada por varios militantes, el jefe regional, Manuel Pastrana, ha respondido con una razón tan desconcertante como absurda: que no existe “voz más autorizada que la decisión democrática de un Congreso”, o sea, que los Estatutos son papel mojado y en caso de contravención de lo en ellos estipulados, a los damnificados no les queda otra que mamar, como diría Maradona. La verdad es que UGT ha quedado esta vez como Cagancho en Almagro y todo por imponer a un manijero de confianza frente a un candidato sin ella. Pastrana se saldrá con la suya, por supuesto, pero es probable que el “sindicato amigo” en el pecado lleve la penitencia.

El mercado político

No hay democracia en el mundo que no incluya su cuota de transfuguismo. El transfuguismo es la consecuencia natural de la profesionalización de la política y funciona de modo mucho más descarado allí donde la vocación de sus protagonistas cuenta poco, es decir, donde han hecho de la política un oficio oportunista ajeno ya a la vieja idea romántica del “servicio público”. En Rumania, la prensa local denuncia estos días que la formación descabalgada del poder, el Partido Demócrata-Liberal (PDL), anda tentando a los diputados rivales con una oferta que se concreta en 70.000 euros y dos ministerios a cambio de que lo sostengan en su equilibrio inestable al menos durante un tiempo suficiente para conseguir que llegue a aquel ruinoso país la importante ayuda pactada con el FMI. Así, sin anestesia, a pelo, ofreciendo dinero y cargos a cambio de la deslealtad y la traición no sólo a sus respectivos partidos sino al lejano electorado, una infamia que, sin embargo, nada tiene de novedosa incluso sin salir de España donde este tipo de arreglos han funcionado y funcionan como un reloj en nuestra partitocracia. Es verdad que hoy sería un auténtico anacronismo imaginar un sistema basado en la recluta clasista entre los mejor preparados –entre una “gentry” oxoniana o una “grande classe” como las de antes–, pero también lo es que un sistema que encumbra y se pone en manos de espontáneos sin formación previa es el peor estímulo para una sociedad cada día más alejada del ideal educativo. Pero de ahí a convertir el servicio público en una profesión sometida a las descarnadas leyes del mercado va un abismo moralmente insuperable. No sé cual habrá sido la respuesta a la oferta rumana, pero me imagino sin problemas cual hubiera sido si se la plantea aquí.

No hay nada que objetar a la profesionalización de la política, al hecho de que el poder sea ejercido por una ‘clase política’ con base y experiencia, algo que poco tiene que ver con lo que Djilas llamó la “nueva clase”, es decir, las jerarquías crecidas en el seno de los partidos e impuestas por ellos. Un país como Francia se escandaliza hoy porque el Presidente pretenda colocar a su hijo en un cargo de responsabilidad antes de acabar la carrera; en España esa circunstancia ya ni se cuestiona. Pero si hay algo inaceptable en esta degradación progresiva es la sumisión de la política a la lógica del mercado, por la sencilla razón de que lo que compran y venden esos políticos –la representación—es algo que no les pertenece en absoluto. Siempre funcionó esa lonja miserable, es verdad. Lo que nunca se había hecho como ahora es difundirlo a los cuatro vientos.

Prioridad pero menos

Está quedando en evidencia el compromiso del presidente Griñán de dar prioridad absoluta a la depauperada educación andaluza. Hasta el punto de que consejera del ramo deja plantado al Parlamento que iba a debatir sobre el tema para irse a la feria de Jaén. Y ello al día siguiente de conocerse que sesenta alumnos andaluces abandonan sus estudios cada día y que, por toda providencia, la Junta ofrece 100.000 pesetillas a los que aguante en el aula aunque sea sin dar golpe. ¿De qué prioridad hablaba Griñán, entonces, si ni siquiera le ha reñido a su consejera feriante por tratar su competencia como si se tratara de una fruslería? No les falta razón a quienes nos llaman “empecinados” a los que aún confiamos en el nuevo presidente.

Chaves el echa cara

El vicepresidente tercero del Gobierno y ex–presidente de la Junta, Manuel Chaves, ha venido a Huelva a “revistar” las obras del famoso ‘Plan E’ –¡hay que tenerla dura!—el mismo día en que la patronal pide al Gobierno que de aprobarse otro que, por favor, no se limite a levantar aceras y arreglar fuentes sino a invertir de manera productiva en este erial. Por lo demás, le gran líder no tuvo inconveniente a aparecer por Punta Umbría años después de haber prometido que la emblemática playa se uniría a Huelva por unos puentes de nunca a acabar que, según él, deberían haber comenzado a construirse a finales del año 2008. El caso es cubrir el expediente, hacer acto de presencia y volver a emplazarnos hacia un futuro cada día más imperfecto.