La pura verdad

Todo el escándalo provocado por la ausencia del PSOE del homenaje a Blas Infante es pura ojana. El PSOE no ha creído nunca en ese hombre trágico ni en su obra no poco anacrónica y circunstancial, pero ni más ni menos que los demás, empezando por IU y terminando por el PP, sin olvidar a los diversos ensayos de un andalucismo histórico que jamás supo construir con ella un ideal y menos una doctrina. El blasinfantismo es un camelo del que han vivido no sólo los que lo inventaron sino quienes, en circunstancias normales, no lo habrían considerado nunca. Por eso, pasado el tiempo, empiezan a poner distancia por medio. Aquí los nacionalismos no tuvieron su Herder ni su Renán. Por eso precisamente aceptaron todos el culto vacío a Blas Infante.

Pagamos todos

Gastan ellos, pagamos todos. La Federación Andaluza de Municipios y Provincias (FAMP) acaba de descubrir la pólvora, aunque haya sido en la cartuchera olvidada de Adolfo Suárez: lo que hay que hacer para salvar la bancarrota de los Ayuntamientos es, sencillamente, sanear su deuda a cargo del Estado, es decir, del contribuyente, de mí, de usted y del vecino. La siguiente podría ser volver también atrás y sanear la burbuja de los clubs de fútbol a la manera en que entonces se hacía también. Total, unos gastando y los demás, sin voz ni voto, pero apoquinando para pagar los platos rotos.

Folclore y cultura

Vaya verano que nos está dando del debatillo en torno a nuestras tradiciones. Se cuestiona el folclore más enraizado como si en ello nos fuera la existencia misma de las patrias (porque ahora hay muchas, chicas y medianas), se eleva la polémica sobre las corridas de toros –un clásico desde Paulo V a Manolo Vicent pasando por la reina María Luisa y Eugenio Noel—a la categoría de discurso fundante de la identidad nacional, mientras que un casuismo ultrajesuítico trata de salvar de la quema, y nunca mejor dicho, barbaridades como las juergas demóticas de los toros de fuego, igualmente propuestas como cimiento de la personalidad colectiva que, ya ven lo que son las cosas, no repugnan al animalismo secesionista. En España, país de cabreros, como dijo el poeta, no es extraño que el populacho se divierta arrojando cabras desde la torre o degollado gallinas al tirón por mano de los mozos competidores, ásperas tradiciones cafres que poco tienen que ver con la lidia reglada del toro bravo más allá de los aspectos inevitablemente primitivos que ésta conserva. En países tan civilizados como Inglaterra se pirran por el espectáculo del ciervo despedazado por la jauría y desde una sociedad frígida como la finlandesa acaba de llegarnos la imagen de un incauto achicharrado en un concurso de saunas, con lo que quiero decir que los pueblos son muy suyos –todos—y no sé por qué hay que considerar más brutal torear a un morlaco que cocer viva a una centolla o devorar lenguados vivos. En ninguna parte está escrito que la tradición sea esmerada. Y yo no niego que sea deber de todos ir esmerándola pero con la condición de que no escape ninguna.

 

En España hacemos tradiciones de incidentes y las consagramos con el sacramento de la cultura antes de que los antropólogos las eleven el séptimo cielo de su disciplina. Pero si miramos en derredor lo que comprobamos es que en este país no poco duro de mollera la única “tradición” que hemos sido capaces de inventar contemporáneamente ha sido esa “tomatina” que, de manera tan sugeridora, representa en vivo la guerra latente a la que alivia por la espita de una ferocidad que, significativamente, acaba por teñir de un rojo sangre inconfundible a tirios y troyanos: la derrota perfecta. Curioso: los mismos esprits fins que ven impertérritos como convulsiona el rodaballo despiezado diestramente en el shuchi, se horrorizan ante un puyazo en lo alto o un par de garapullos asomándose al balcón. Y encima defienden los “correbous” como si la tortura fuera divisible y la tradición lo justificara todo. Que nosotros no hayamos inventado más que la “tomatina” parece confirmar que ya no damos para más.

Belmonte

Proliferan las demostraciones de desdén ante la Justicia por parte de la Junta de Andalucía. Si los jueces le prohíben “funcionarizar” por decreto a “sus” contratados, por decreto repiten la operación en cuestión de días. Y si hay que inaugurar un centro construido sin la imprescindible autorización administrativa, pues se autoriza y a otra cosa. Parece mentira que sea un Presidente funcionario quien ampare esta actitud incívica que, entre otras cosas, incita a la ilegalidad de los peatones en términos muy graves. Porque ese proceder se explica en sus edecanes –sin estudios o con poco bagaje en su mayoría—pero no en quien, por ser lo que es, debería sentirse el primer obligado a respetar el imperio de la Ley.

Ocio para el joven

Tremendo el estudio realizado y dado a conocer por el sindicato Comisiones Obreras (CCOO) sobre la realidad del trabajo entre los huelvanos más jóvenes, uno de los colectivos más perjudicados por la evolución laboral impuesta por la crisis en toda España. Las tasas de que se hable en él son estupefacientes, las cifras de la caída del trabajo y de su estabilidad, extremadamente duras. Será siempre fácil culpar a los jóvenes de lo que se quiera, pero es obvio que ante una situación como la descrita lo raro es que ese sector social no haya estallado aún. Lo dice la “izquierdona”, ojo, y lo que sostiene parece bien fundado. Parece que el “régimen”, colgado de su presente, se desentiende de su futuro.

La extraña pareja

No me determino a apostar todavía por los candidatos madrileños del PSOE. No lo haré hasta saber quien gana el presunto pulso, y me explico. Si lo gana la ministra Trini, que sería lo normal, habrá que aceptar que esta movida ha sido un simple ejercicio autocrático de ZP y, en consecuencia, que es posible creer en esa operación como auténtica. Pero si lo gana Gómez, ah, entonces, no trago con ella ni a tiros. Porque, vamos a ver, ¿cómo puedo creerme que un baroncillo mediano como Gómez le vaya a ganar el pulso, así, sin más, a un sujeto como ZP que se ha llevado por delante, uno a uno, a todos los grandes barones del partido, aparcando a González, neutralizando a Guerra, pulverizando a Maragall, emparedando a Bono, liquidando a Ibarra y descojonando por elevación a un Chaves empeñado en permanecer al frente de su taifa andaluza? Una derrota semejante abriría sin  remedio la sentina interna y la guerra por el poder estaría servida, mientras que una victoria del Supremo constituiría, simplemente, una consecuencia lógica de la real relación de fuerzas. Ahora bien, queda una hipótesis más rebuscada pero de lo más verosímil, y es que el triunfo de Gómez, es decir, la derrota de ZP, pudiera provocar en el electorado madrileño una reacción simpática a su favor, en la que el voto no sería tanto un apoyo espontáneo al candidato como un castigo al mandamás derrotado. Gentes de dentro y de fuera del partido tendrían la ocasión de saldar cuentas con un líder sobrevenido que, encima, se ha convertido en el amo del cotarro. ¿Tan sibilino podría llegar a ser ese aventurero como para hacer de su propia derrota un garlito para incautos? Ya digo que no es más que una hipótesis rebuscada pero no se olvide ni la habilidad maniobrera de ZP ni el hecho de que la necesidad aguza el ingenio. El silencio blindado de Esperanza Aguirre no deja de ser un indicio de lo más sugerente.

 

Madrid bien vale una misa, aunque sea negra, y seguramente eso es lo que han pensado quienes, a pesar de airear continuamente que van embalados en las encuestas, saben de sobra que la remoción de Aguirre resulta casi imposible hoy por hoy. O sea, que no es cosa de dejar a un lado mi cuento sino de permanecer atentos a lo que ocurra en estas “primarias” –el PSOE sabe de “primarias” tanto como de “pucherazos”: que se lo pregunten a Borrell—para tomar luego una decisión a la vista de los resultados. Verán como a lo mejor ni sustituyen a Trini en Sanidad pero, sobre todo, verán cómo a Gómez no le riñen siquiera los mismos que han aplastado implacables a cuantos que se han movido en la foto. La política es pura trampa. Mirarla de otra manera es una ingenuidad.