Brotes negros

No se le ocurre ni al famoso que asó la manteca plantarse cara al público con los datos del paro de setiembre en la mano –cuatro de cada diez nuevos parados españoles son andaluces—y decir, como si el personal fuera tonto de baba, que “claro que se ven brotes verdes en la economía andaluza”. Ese consejero de Trabajo se desliza sin vértigo por el plano inclinado que es la sofística griñanesca, lo que hace tener –no tanto por él mismo como por todos los administrados—que acabemos este mal viaje estrellados contra el muro de la realidad. ¡Brotes verdes! Hay metáforas que matan y otras que te remiten directamente al limbo, incluso en vida.

El avión de mármol

Otra vez Huelva, la provincia, a la cabeza de la clasificación del paro. Otras 2.000 personas sin trabajo, es decir, un 4 por ciento más que el mes pasado, lo que nos sitúa en cifras críticas y, claramente, en el pelotón de cola andaluz. Y lo malo es que se espera que octubre y noviembre sean otros dos meses de abrigo, lo que nos situaría ya en unas cotas de esas que hacen temer el conflicto social. Qué se haga mientras tanto en Madrid, en Sevilla o en Huelva para atajar esta sangría, sigue siendo un misterio, por no hablar de esas declaraciones beocias de la Junta en las que se insiste en anunciar “brotes verdes”. Vamos cada vez peor, como en el chascarrillo de Gandía.

Un gran país

El lulismo ha tenido éxito en Brasil. Ha lanzado a un país que es como diecisiete veces España y en el que, mejor o peor, viven doscientos millones de personas, a una carrera económica que lo ha situado en el puesto número 8 del ránking mundial, una gran potencia no ya de futuro –como durante decenios ha venido repitiendo la propaganda y enfatizó, con razón, el profesor Cardoso, un presidente intelectual y burgués sin remilgos que para llegar a gobernar hubo de derrotar dos veces consecutivas a Lula—sin de plena actualidad. Lula ha vivido una larga experiencia no poco discutida, permitiendo el incremento exponencial de una corrupción que ha involucrado a su propia familia, pero ha dejado al país en esa privilegiada posición que, sin duda, habla bien de su intuición política. El Brasil que ha dejado Lula no es un paraíso, claro está, a pesar de que las clases medias, principal objetivo de su proyecto, hayan reafirmado con fuerza su estatus y de que, incluso, se hayan atacado proyectos concreto contra la miseria, como los largamente publicitados en las favelas cariocas y en otros focos de pobreza. Un candidato en estos comicios, Cristovan Buarque, ha resumido en una frase la verdadera tragedia de una nación que busca su camino a trancas y barrancas: “Brasil ha quedado entre los ocho primeros equipos del Mundial de fútbol y todo el país se ha lamentado como en un duelo; sin embargo, figura en el puesto 85 en materia de educación, y nadie se lamenta”. Y es probable que Buarque dé en la diana porque la inmensa mayoría de los observadores internos y extranjeros coinciden en que el fracaso educativo ha sido el fiasco más notable de los recientes mandatos, hasta el punto de que, según parece, poco o nada ha cambiado en el panorama cultural donde a una masa directamente excluida de la atención social se suma un enorme ejército de analfabetos absolutos o funcionales. El líder proletario, el limpiabotas que se hizo metalúrgico antes de alcanzar el poder, no ha perdido de vista el objetivo nacional pero se ha olvidado plenamente de redimir a sus antiguos iguales.

Lo que no se sabe es cuál será su papel en adelante, es decir, cuando Dilma Rouseff, la antigua guerrillera reciclada, gane, como es previsible una presidencia más o menos vicaria tras cuyo trono estará presente en todo momento, eso no hay quien lo dude, un mentor que sale reforzado con el prestigio que le conceden lo mismo Castro o los majaretas del bolivarismo que algunas potencias europeas. Brasil no ha salido mal parado de la experiencia, según se mire. Ya sólo le quedaría recuperar el cetro futbolístico y aprender a leer.

Brazos caídos

No es la primera vez ni será la última: la policía local del pueblo malagueño de Torrox se da de baja masivamente y deja al pueblo indefenso, en plenas fiestas municipales, para mayor inri. Sólo 3 agentes de una plantilla de 30 se han dignado en esas circunstancias tan delicadas cumplir su elemental tarea, una actitud que no es precisamente una novedad ya que en 2008 ya tuvo lugar un plante análogo, un dato que hay que suponer que será tenido en cuenta por los instructores de los expedientes abiertos. Que un pueblo se vea en la precisión de contratar seguridad privada para proteger la menos la propia sede policial constituye un escándalo ya vivido en diversas ocasiones en Andalucía ante la inexplicable actitud de los facultativos que otorgan las bajas, y que debería ser sancionado, en su caso, de manera proporcionada al escándalo que supone.

Algo se mueve

Lo de Valverde, el mitin del sábado en la Plaza de Toros, fue uno de los actos más notables celebrados por el Partido Popular en tantos años de relativo conformismo. Y lo fue por más que los medios públicos de difusión locales –la TV municipal, señaladamente—privaran al pueblo de una información de indudable interés público. Lo de menos quizá son las encuestas que van y vienen –la última habla de empate en las próximas autonómicas—si tenemos en cuenta ese rebullir que se percibe en un momento de evidente crisis interna de su rival. Muchas cosas pueden cambiar en la provincia mientras la capital parece fortalecer su reiterada opción. Algo se mueve en Huelva y no cabe duda de que los responsables de un PP renovado a fondo tienen tanto que ver en ello como los veteranos de esta vieja pelea.

Cantidades discretas

Un rasgo de estos tiempos nuestros es el uso arbitrario de los criterios de medida. Se acepta como normal en un Parlamento la diferencia presupuestaria que separa los 50 de los 65 millones (pasó el jueves en Andalucía), nunca sabremos si una huelg ha sido seguida por el 70 por ciento de la población o simplemente por el 6, una mani de 5.000 personas para la policía municipal puede anunciarse como de 100.000 según los organizadores, o viceversa. Ni lo grande ni lo pequeño conservan en nuestros días ese estatuto rígido que los distinguió siempre confiriéndoles entidad, paradójicamente, en muchos casos, a causa de la exquisitez del instrumental de medición. Fíjense en el caso del ciclista Contador, un sujeto de, pongamos sesenta kilos masa y cinco litro largos de sangre, al que en un lejano laboratorio le han detectado nada menos (ni más) que 50 “picogramos” de clembuterol –la sustancia con que se engordaba y, por lo visto, se sigue engordando al ganado–, una cifra diminuta que se expresa en un alucinógeno 0’00000000005 por mililitro de sangre, es decir, ¡por una trillonésima de gramo! o, como se dice en el argot científico, en 0’05 nanogramos, que viene a ser, como comprenderán, un chaparrón en el océano. Pero vamos a ver, ¿dónde está el límite cierto de la dopa, existe o no existe un criterio claro para considerar dopaje la presencia de una sustancia en la sangre o la orina de un sujeto, quién y cómo razona dónde puede considerarse que comienza el fraude y el riesgo para el analizado? Me asombra escuchar argumentos tan prosaicos como ése de que más que de un dopaje puede tratarse, en este caso, del “contagio” provocado por la ingesta inocente de un solomillo y, sobre todo, me sobrecoge la idea de que el mal no tenga marcado un límite rotundo, de tal manera que pueda castigarse por tramposo y sin apelación a ojo de buen cubero. ¿Qué cantidad de clembuterol o de lo que sea debe considerarse significativa, es decir, realmente influyente en el metabolismo y, en consecuencia, en la forma física del sujeto? Mientras no me aclaren eso seguiré creyendo que Contador es una víctima más entre tantos pringaos.

 

Hay en todo en ese negocio de la dopa una componente activa de puritanismo que resulta de lo más inocente en un mundo donde se debilita por días el rigor. No se tolera una trillonésima de gramo de clembuterol en la orina del un ciclista mientras se acepta sin pestañear que la cifra de abortos se encarame en los ciento de miles o nos deshacemos moralmente de millares de muertos bélicos disimulados en el eufemismo “daños colaterales”. La nanomoral, tristemente, convierte en sospechoso ya hasta un simple solomillo.