No escarmientan

Pierdan toda esperanza aquellos que confían en el escarmiento de los especuladores. En pleno espectáculo del juicio marbellí, ahí tienen la noticia de que en Chiclana se aprueban por al Ayuntamiento 300 chalés de lujo a pesar de estar anulado el PGOU por decisión de la Justicia. ¿Ven como todo sigue igual o por el estilo? Se asegura que en Chiclana ha habido (¿hay?) miles de viviendas “sin papeles”, pero ni por esas se para la bola de nieve. ¿Para qué las normas si los que tiene que aplicarlas son los primeros y más osados en saltárselas? Pierdan toda esperanza quienes confíen en que esta inmensa pandilla escarmiento por sí sola.

Por libre

Se notan los nervios en el seno del Poder. No les llega la camisa al cuerpo ni las tienen todas consigo entre las noticias que traen los sondeos y la desconfianza creciente dentro de casa. Esa oficina electoral que la candidata a la alcaldía ha abierto por su cuenta y al margen del partido aunque a cargo del contribuyente, habla por sí sola, confirmando el nerviosismo con que se vive en el PSOE el desafío de unas municipales que han de celebrarse mientras por doquier caen de punta los chuzos. Quien no parece inquietarse por nada es el Alcalde, que las ve venir quizá más claras que nunca. Su oponente va por libre. Quizá huya del recuerdo de los malos tragos de Pepe Juan y de Parralo.

La fortuna excedente

Hay ya demasiados capitales excesivamente grandes. En los EEUU pero también en China, en Japón o en Europa, se habla de esas cifras astronómicas que han hecho de la revista Forbes un observatorio universal. Rafael Atienza nos ha obsequiado en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras con un discurso inaugural sobre la plutocracia en que explicó la evolución del papel del dinero desde las viejas aristocracias a la “nueva clase” política, cifrando el cambio actual del Poder más en el manejo del dinero público que  en el uso que pueda hacerse del privado. No lo sé, no estoy seguro, pensando, sobre todo, en el amplio margen de maniobra que le queda al plutócrata para imponer su influencia. Carlos Slim, que encabeza hoy el ránking de ricos mundiales, necesita a Felipe González si quiere entrar en el negocio europeo y, sobre todo, en el marroquí, del mismo modo que Sarkozy o Aznar viajan a bordo de yates de potentados, tal vez porque esos dos sectores del Poder se necesitan recíprocamente. Atienza nos dijo sobre la función de la filantropía cosas que son ciertas desde los héroes del evergetismo, y que, por otra parte, hace más de 30 años que clavó críticamente el talento de Paul Veyne. Ahora los ricos invierten en fundaciones –a por atún y a ver al duque—por la cosa de la beneficencia y, de paso, para eludir impuestos. Pero lo que no podíamos imaginar es que iba a sobrarles tanto el dinero como para regalarlo a espuertas: Bill Gates y Warren Buffett, por ejemplo, van a entregar la mitad de sus fortunas a la obra pía, y no contentos con eso han convocado en Pekín a los milmillonarios chinos  para proponerles que imiten su desprendimiento. Un marxista rancio hablaría quizá del reintegro de las plusvalías. Sospecho, por mi parte, que la cosa es mucha más compleja.

 

Sobra el dinero, de eso no cabe duda, el sistema de acumulación de capital se ha pasado de maracas y no sabe ya qué hacer con esa masa de recursos jamás poseídas por manos privadas, y en un mundo más ensombrecido que nunca por necesidades elementales y masivas. Jamás el proyecto de un capitalismo social –como el que alguna vez se trató de vender—lo tuvo, a un tiempo, más fácil y más difícil. ¿Se imaginan lo que se podría hacer con esas fortunas que ofrecen ahora los filántropos americanos? Atienza nos ha recordado también que no escasean los ejemplos en que la filantropía o el evergetismo acaban en la ruina. Y nos refirió de paso una anécdota de los Rockefeller extraída de las memorias de uno de ellos: “Hay dos cosas que arruinan en América: el divorcio y la filantropía. Mi hermano Nelson hizo las dos”. Los tiempos, evidentemente, han cambiado.

Brotes negros

No se le ocurre ni al famoso que asó la manteca plantarse cara al público con los datos del paro de setiembre en la mano –cuatro de cada diez nuevos parados españoles son andaluces—y decir, como si el personal fuera tonto de baba, que “claro que se ven brotes verdes en la economía andaluza”. Ese consejero de Trabajo se desliza sin vértigo por el plano inclinado que es la sofística griñanesca, lo que hace tener –no tanto por él mismo como por todos los administrados—que acabemos este mal viaje estrellados contra el muro de la realidad. ¡Brotes verdes! Hay metáforas que matan y otras que te remiten directamente al limbo, incluso en vida.

El avión de mármol

Otra vez Huelva, la provincia, a la cabeza de la clasificación del paro. Otras 2.000 personas sin trabajo, es decir, un 4 por ciento más que el mes pasado, lo que nos sitúa en cifras críticas y, claramente, en el pelotón de cola andaluz. Y lo malo es que se espera que octubre y noviembre sean otros dos meses de abrigo, lo que nos situaría ya en unas cotas de esas que hacen temer el conflicto social. Qué se haga mientras tanto en Madrid, en Sevilla o en Huelva para atajar esta sangría, sigue siendo un misterio, por no hablar de esas declaraciones beocias de la Junta en las que se insiste en anunciar “brotes verdes”. Vamos cada vez peor, como en el chascarrillo de Gandía.

Un gran país

El lulismo ha tenido éxito en Brasil. Ha lanzado a un país que es como diecisiete veces España y en el que, mejor o peor, viven doscientos millones de personas, a una carrera económica que lo ha situado en el puesto número 8 del ránking mundial, una gran potencia no ya de futuro –como durante decenios ha venido repitiendo la propaganda y enfatizó, con razón, el profesor Cardoso, un presidente intelectual y burgués sin remilgos que para llegar a gobernar hubo de derrotar dos veces consecutivas a Lula—sin de plena actualidad. Lula ha vivido una larga experiencia no poco discutida, permitiendo el incremento exponencial de una corrupción que ha involucrado a su propia familia, pero ha dejado al país en esa privilegiada posición que, sin duda, habla bien de su intuición política. El Brasil que ha dejado Lula no es un paraíso, claro está, a pesar de que las clases medias, principal objetivo de su proyecto, hayan reafirmado con fuerza su estatus y de que, incluso, se hayan atacado proyectos concreto contra la miseria, como los largamente publicitados en las favelas cariocas y en otros focos de pobreza. Un candidato en estos comicios, Cristovan Buarque, ha resumido en una frase la verdadera tragedia de una nación que busca su camino a trancas y barrancas: “Brasil ha quedado entre los ocho primeros equipos del Mundial de fútbol y todo el país se ha lamentado como en un duelo; sin embargo, figura en el puesto 85 en materia de educación, y nadie se lamenta”. Y es probable que Buarque dé en la diana porque la inmensa mayoría de los observadores internos y extranjeros coinciden en que el fracaso educativo ha sido el fiasco más notable de los recientes mandatos, hasta el punto de que, según parece, poco o nada ha cambiado en el panorama cultural donde a una masa directamente excluida de la atención social se suma un enorme ejército de analfabetos absolutos o funcionales. El líder proletario, el limpiabotas que se hizo metalúrgico antes de alcanzar el poder, no ha perdido de vista el objetivo nacional pero se ha olvidado plenamente de redimir a sus antiguos iguales.

Lo que no se sabe es cuál será su papel en adelante, es decir, cuando Dilma Rouseff, la antigua guerrillera reciclada, gane, como es previsible una presidencia más o menos vicaria tras cuyo trono estará presente en todo momento, eso no hay quien lo dude, un mentor que sale reforzado con el prestigio que le conceden lo mismo Castro o los majaretas del bolivarismo que algunas potencias europeas. Brasil no ha salido mal parado de la experiencia, según se mire. Ya sólo le quedaría recuperar el cetro futbolístico y aprender a leer.