En el laberinto

Hay cada vez más voces en Europa y en EEUU preguntándose qué sentido tiene mantener la presencia de tropas en Afganistán, si es justificable la muerte de tantos soldados y un gasto tan prohibitivo en medio de un laberinto que tal vez no tenga siquiera puerta de salida. Las elecciones pasadas, que fueron presentadas por los “aliados” como un paso decisivo hacia la democracia, han demostrado que, en realidad, no han sido más que un gigantesco paripé jugado por el manojo de sátrapas –los llamados “señores de la guerra”—del que no se excluye ni el mismísimo candidato de Occidente, Hamid Karzaï, “el hombre más elegante del mundo”, por lo visto, y desde luego un tramposo descomunal. Hoy sabemos, por ejemplo, que su supuesta victoria no era más que un fraude colosal, al menos ocho puntos por debajo de los resultados que anunció en un principio y , según los observadores de la UE, al menos un cuarto de los votos registrados –millón y medio, de los cuales más de un millón beneficiaban a Karzaï– han resultado sospechosos, forzando a una segunda vuelta que, muy probablemente, no resuelva nada en un país en que la mujer vota embozada y los taliban cortan la mano a los votantes. ¿Tiene sentido morir en Afganistán en semejantes condiciones?, se preguntan algunos observadores, sin perjuicio de reconocer la gravedad de una situación que, una vez creada, tal vez no tenga salida. Si se piensa en que, en el fondo, lo que hacen nuestras tropas es el juego a los sátrapas, evidentemente, no. Sólo la contemplación del problema como un conflicto que concierne al orden internacional en su conjunto, permitiría otra respuesta.

Por eso ha resultado tan desconcertante la propuesta de una política española de que la solución en aquel belicoso país no vendrá nunca de las armas pero sí pudiera derivarse de una reforma agraria, extraño concepto para aplicar en un monocultivo de opio del que proceden las inmensas fortunas de los “señores” pero también el pan cotidiano de la inmensa mayoría del pueblo. Todo indica que no habrá otra solución de futuro que mantener esas indeseables armas e incluso aumentar decisivamente el arsenal aunque sólo sea para proteger a los efectivos que combaten en una guerra abierta disfrazada de misión de paz. Y por eso también nos ha parecido a muchos que el Nobel de la Paz concedido a Obama podría estallarle entre las manos por muy buena voluntad que le eche a un mapa bélico en el que a Afganistán se une el panorama de Irak, la amenazante sombra de Irán y el termitero paquistaní. De momento vamos a darle otra vuelta a ese puchero tramposo. Siempre habrá tiempo de pensar en una tercera si el guiso tampoco sale esta vez.

La real gana

Poco ha contribuido la arrogante argumentación de Chaves a la aclaración de su increíble balance de patrimonio personal. “No he ahorrado– dice para justificar la clamorosa evidencia– porque no me ha dado la gana”, como si ésa fuera alguna razón de recibo en un personaje público al que, al contrario del privado, la opinión e incluso la institución están en su derecho de cuestionarle el peculio. Una grosera expansión que no evitará que se mantenga la duda razonable sobre la parquedad de ese balance increíble que, por lo que se ve, no dispones de mejor razón que el inútil recurso a la testosterona.

La UHU, en el mercado

La Onubense no sólo se ocupa de sus alumnos mientras lo son sino que se preocupa de su posterior inserción en el mercado laboral, siguiendo el rastro de todos y cada uno de ellos y disponiendo como obligatorias unas prácticas en empresas antes de finalizar los estudios. Toda una demostración de inteligencia y realismo, especialmente notable en las duras circunstancias actuales, y todo un alto concepto de lo que debe ser una Universidad más allá de una simple fábrica de títulos. Son raras las universidades que hagan otro tanto hoy por hoy, y por esa razón hay que felicitar doblemente a los responsables de una institución que con el tiempo se verá que ha marcado en Huelva un antes y un después.

Las lágrimas de Lula

Al día siguiente de la elección de Río Janeiro como sede de los JJOO de 2016, un gabinete de autoridades y expertos en seguridad debatió la situación de una ciudad en la que la violencia es endémica prácticamente desde siempre. Se habló allí de aumento de las plantillas policiales, de planes de “pacificación” de las zonas infraurbanas (‘favelas’), de medidas especiales para someter a los hasta ahora indómitos clanes violentos por lo general ligados al narcotráfico. Pero ahora, el, sábado pasado, en la “ciudad maravillosa” que se llevó al agua al gato escaldado de los dudosos compromisarios olímpicos, una refriega en toda regla entre la policía las bandas provocó doce muertos y el derribo a tiros de un helicóptero policial cuyos dos agentes perecieron carbonizados, un duro prólogo para los que al día siguiente, el domingo, arrojaron un balance de cinco traficantes muertos en diversas favelas. Toda la policía ha sido acuartelada y 4.500 agentes suplementarios han sido desplazados desde otras zonas hasta la capital en vista del estado de terror provocado por los incidentes, mientras el propio ministro del Interior –que está convencido de que los enfrentamientos continuarán produciéndose—proponía enviar a la zona el supercuerpo de elite del ejército del que el Gobierno dispone para afrontar situaciones límite. Las festejadas lágrimas de Lula el día del éxito internacional puede que incluyeran la conciencia de que a una ciudad como Río le queda un trecho demasiado largo por recorrer antes de poder postularse como sede de una cita de esa naturaleza.

Es probable que en el tiempo que queda por medio, Brasil consiga apaciguar los ánimos en beneficio de la seguridad de una ciudad en la que muchos vecinos (soy testigo) viven atrincherados en sus domicilios entre blindajes y seguratas. Pero también lo es que el problema es difícil si se tiene en cuenta que dos tercio de esa población, cabalmente dos millones de personas, viven en los terribles barrios del norte y en impenetrables favelas como Jacarezino o Sao Joao, el escenario de esta penúltima guerra. ¿Tenía sentido elegir a Río capital olímpica en estas condiciones, alguna lógica apunta a que una acción cívica logrará cambiar lo que siempre fue esa hermosa y tremenda ciudad en la que hasta la policía ha estado bajo sospecha de gravísimos crímenes? Lula prometió al llegar que no se iría antes de proporcionar a cada brasilero tres comidas diarias y elminar el chabolismo endémico. No ha conseguido, según parece, ni una cosa ni la otra pero sí unos JJOO que encajan a la perfección en el imaginario de un pueblo cuyo narcisismo sólo es comparable a su violencia.

Pintar como querer

Ha dicho el portavoz del PSOE-A que la mayor satisfacción de su partido es comprobar que, según las encuestas, “el líder más valorado de Andalucía en el presidente Griñán”. Incluso admitiendo que Andalucía anda ‘chunga de líderes’, como diría alguna voz reconocible, la verdad es que eso no se lo cree ni él, y tengo para mí que menos aún ha de creérselo el Presidente, que es hombre avisado y sabe bien lo poco probable que resulta que su imagen llegue a enraizar en la opinión mientras desde dentro de su propio partido se le siega la hierba bajo los pies. Los rentois son libres, por supuesto, pero a poco conduce el empeño en no reconocer una realidad como es que la marcha forzada de Chaves ha abierto una crisis interna que puede serle a Griñán todo menos ventajosa.

Un viejo fantasma

La polémica por los nitratos originada en el entorno de Doñana no es ninguna novedad en la provincia. ¿O es que nadie se acuerda ya del durísimo debate mantenido, cuando los nitratos dañaron las aguas de Lepe, entre los expertos y una consejería empecinada en negar los enormes riesgos que entrañaba? Aquel pleito se arregló cuando la Junta dio su brazo a torcer, por cierto, con un proyecto bastante caro, pero lo que debate ahora en el Coto es el daño ambiental que puede provocar la eutrofización y no los efectos que el filtrado de los nitratos producen inevitablemente en el freático del que, tarde o temprano, habrá que beber. Un viejo fantasma, que estará ahí mientras la agricultura demande su uso y la autoridad lo permita.