País normal

Tras los incuestionables logros perturbadores del Gobierno, la Generalitat catalana y hasta del TC, parece que en la España resquebrajada comienzan a notarse síntomas elocuentes de vuelta a la normalidad. Son, desde luego, hechos en sí mismos nada singulares ni extraordinarios, lo que obliga a recurrir para su correcta interpretación a más hondos rigores semióticos capaces de revelar su sentido oculto y sacar a flote la relación dialéctica que su propio acontecimiento mantiene con la realidad política. Primero fue el notición de que Vuelta Ciclista a España tendría dos etapas vascas, es decir, algo cuyo sentido sociopolítico no encajaría siquiera en la mentalidad francesa, por no hablar más que de la más próxima, en la que un boicot regional al Tour habría de resultar, sin duda, inimaginable además de extravagante. Y luego la actuación en Vitoria de la selección nacional de baloncesto, campeona del mundo, ante un público entusiasta travestido con la “roja” mientras en la calle pequeños contingentes de empecinados protestaban con sus cacerolas. ¿Les parece normal que haya que resaltar la normalidad de hechos tan normales? Y sin embargo hay que hacerlo, aunque sólo sea para mostrar por el envés esa imagen de la nación rota que se empeñan en disimular los propios responsables del desaguisado. Nada más elocuente ni ilustrador de la fractura efectiva de España que el hecho de que puedan considerarse como efemérides de la normalidad acontecimientos tan elementales aunque, ciertamente, pocas cosas tan debeladoras del mito secesionista como la facilidad con que se demostrado normal esa vuelta la realidad. Ahí lo tienen, ya se rueda por el País Vasco y se encesta Vitoria sin que a los filisteos se les hayan venido encima los mármoles del templo. Si España se rompe, evidentemente, será porque haya quien lo provoque pero, sobre todo, porque haya quien lo consienta sin reaccionar.

 

Es posible que, con el tiempo, miremos atrás para ver el paisaje ultranacionalista como un cuadro que tenía más de espejismo que de realidad, para entender que si en una región española no podía pedalear los ciclistas o encestar sus pivots era más a causa de la indolencia o complicidad de un poder cómplice y consentidor que a los logros del ruidoso negacionismo. En una semana se ha normalizado el rostro crispado del deporte en el País Vasco sin que la sangre llegara al río ni mucho menos y con el apoyo entusiasta de muchos miles de ciudadanos normales. Lo que habría que preguntarse es por qué esto no había ocurrido antes y de quien es la culpa por acción u omisión. A ambos lados de la muga, por supuesto, a ambos lados de la muga.

La misma moneda

A un hermano mío analista le pagó un médico amigo sus gratuidades profesionales regalándole la misma “mojama” de atún con que mi hermano le había pagado a él las suyas. Genial. Pues un poco lo mismo es la propuesta del PA cuando propone que la Junta elija unos cuantos solares baldíos, los valores como crea conveniente y con ellos pague al Estado lo que le debe, de la misma manera que el Estado hizo con ella al pagarle la deuda histórica. Pura lógica. Si no puede estarse de acuerdo con la propuesta andalucista de “desobediencia civil y administrativa” de la comunidad, lo de los solares hay que reconocer que se demuestra solo.

La UHU, buen trabajo

La UHU, la Onubense, trabaja sin prisa ni pausa. Para el próximo año ha conseguido que todas las titulaciones impartidas desde primer curso hayan sido acreditadas positivamente por la Agencia Nacional de Evaluación y Acreditación (ANECA), con un total de 25 titulaciones de grado y 33 de postgrado, mientras que el Ministerio de Educación sitúa a nuestra “alma mater” en el primer puesto del ránking de menciones de calidad que elabora. Hay un trabajo callado y constante en la institución, no cabe duda, que da ya importantes frutos. Que quede mucho por hacer, seguro que no será más que un aliciente para esos gestores.

Memoria del plagio

Un colega estimado y autor de un libro de entrevistas que recomiendo vivamente (“Entrevistas con los vampiros”), Alfredo Valenzuela, me pregunta si el Gómez Marín que aparece mencionado (vapuleado, diría yo) en las memorias de Ernesto Giménez Caballero -aquel pope surrealista del franquismo– soy yo mismo o no lo soy. Le digo que sí, que esa mención está en una “Tercera” de ABC que don Ernesto (que es como durante años le llamábamos amistosamente en la tertulia madrileña de Turner, en la que tanto nos divirtió con su proverbial desmesura) escribió “cum ira et sine studio” en réplica a un comentario mío aparecido en “Tiempo de Historia”, por insistencia de Haro Tecglen, en el que yo recordaba el secreto a voces de su infame edición de piezas barojianas que, con el título “Comunistas, masones y demás ralea” (Valladolid, 1938: ojo a fecha y lugar de edición) tanto éxito tuvo publicitado por la agitprop fascista. Y luego me he quedado comentando con Javier Caraballo, bajo el efímero frescor de la mañana agosteña, el destino de esas infamias que se perpetraron a socaire de las conveniencias de un régimen al que le iba mucho en descalificar a los 98, una vez que aquellos maestros lograron escapar al garlito que los fascistas les tendieron –Caballero entre otros—al tratar de presentarse a sí mismos como los “nietos” legítimos de la gran generación. Éste de la apropiación indebida del ejemplo ajeno ha sido y es un eterno negocio oportunista que siempre se benefició del silencio forzado de los despojados, incluyendo a ese Baroja aturdido por la aventura guerracivilista, que tan bien supo poner en su sitio su sobrino don Julio Caro, y que recuerdo que descalificó con inteligencia el engendro de marras calificando su título como “detonante” para no tener que entrar en pormenores seguramente incómodos.

Don Ernesto –como Rafael García Serrano o el conde de Foxá, como Eugenio Montes o nuestro Sánchez Maza del Café Comercial—era un personaje tan interesante como dudoso. Franco lo invitaba al Pardo a fin de año, le daba una copa y lo devolvía a casa, cuando no le impedía enrolarse en la División Azul o lo enviaba de embajador junto al tirano Stroesner –los “cojones de América” según don Ernesto—para quitárselo de encima. ¿Lo ven? Con la biografía real de Caballero se podría hacer un panfleto “detonante” pero, eso sí, absolutamente fidedigno. Mi amigo Valenzuela, igual que Caraballo, nacieron tarde, como diría, Eugenio Evtuchenko, otro que tal bailaba. Y por eso no saben, seguramente, de la misa la media sobre aquellos lances. Si me he detenido ante ellos no ha sido más que por mostrar lo peligroso que resulta jugar con el alacrán.

¡Enriqueceos!

Muchos entre los profesionales que viven, directa o indirectamente, del “régimen” autonómico en Andalucía desde hace tres décadas y media, se han enriquecido hasta las trancas incluso al margen de los corruptos. Por eso no me parece del todo justo sacar en solitario el caso de Petronila Guerrero, expresidenta del PSOE y presidenta de la Diputación onubense, cuyo patrimonio cumulado en estos 35 años resulta no poco escandaloso. ¡Para que nos vengan luego con el cuento del “servicio” publico! Por pura salud pública deberían descubrirse tantos casos de fortuna que, como el de Guerrero, siguen –seguro que sin saberlo- a Guizot y su ralea dentro de ese partido teóricamente “obrero”.

Lo que faltaba

Se comprende que debe tratarse de un lapsus, acaso de una broma mal concebida y peor ejecutada, pero ese vocativo doble del párroco de la Concepción –“Onubense y onubensas”—es de los que dan un cante que convendría corregir a toda prisa. Lo que faltaba era introducir también en la prédica los idiotismos sexistas de la política que están arrastrando la ortodoxia gramatical, sin el menor fundamento, en nombre de unas reivindicaciones que para nada necesitarían de ellos. Huelva tiene desde hace siglos una importante tradición de clérigos cultos, entre los que no dudo en incluir a don Diego Capado, y por eso precisamente hay que exigirle un rigor que él mismo acaba de saltarse por las bravas