Mi mamá me ama

Afirma el presidente Griñán su propósito de impulsar un pacto por la Educación y que el presupuesto de ésta habría subido un 48 por ciento en los últimos cinco años, dato importante habida cuenta de que a pesar de ese espectacular aumento, nuestros recursos siguen por debajo de la media española y comunitaria, a pesar también del desastre que, diga él lo que diga, constatan los observadores especializados. Pero rompe también una lanza por una discreta vuelta a los “conceptos tradicionales” como “aprender a leer, escribir o las matemáticas simples” y eso es algo que no debería echa en saco roto la nueva pedagogía. Porque que nuestro fracaso docente empieza por abajo hace tiempo que está fuera de toda duda.

Huelgas y huelgas

CCOO ha renunciado a su propia convocatoria de huelga en este periódico. Dice que es “su huelga” y que por tanto decide ella por su cuenta y riesgo, sobre todo por su cuenta, como si el sindicato fuera algo al margen de los trabajadores. En este caso renuncia a la huelga anunciada no se sabe por qué y a pesar de que los trabajadores lleven seis meses son cobrar. ¿Con quién está CCOO, a quién defiende, en realidad, el sindicato, qué buenas razones puede darle a esos trabajadores explotados para explicar su aparente connivencia con el dinero? El 29-S, cuando llame a la huelga general más o menos concertada, más de uno sabrá que responderle.

Camino de Bolonia

El ministro de Educación, que es un hacedor de frases que va para memorable, ha representado en una jornada de la “Menéndez  Pelayo” una defensa de la universidad que él considera ahora más necesaria que nunca. ¿Qué por qué? Pues porque, a su juicio, y entre otros motivos, a su tarea debemos los españoles que al menos parezca que “hoy haya menos idiotas perdidos” en nuestra patria, aunque bies es cierto que no sé si con ello el ministro trata de decir que se ha reducido el número de los idiotas irremediables o bien que se habría logrado recogerlos e integrarlos de nuevo en el redil del que nunca debieron extraviarse. Reconoce el mando, eso sí, que sigue habiendo problemas, sin ir más lejos el del bajo rendimiento que se debería, en su opinión, al abandono y al fracaso escolar, pero ese argumento se viene abajo con sólo considerar que en su propio Gobierno cortan el bacalao ilustres fracasados y abandonistas, incluso en los más elevados puestos. En unas memorias generacionales de extraordinaria agudeza (“Memorias y desahogos”, ed. Infova) , Amando de Miguel llama la atención sobre el descenso de los estándares de formación en las últimas décadas, se pregunta cómo es posible que una generación tan preparada como la anterior no haya logrado transformar para bien una Universidad que salió seriamente dañada de la Guerra Civil, sino convertirla en un “alma mater” aún más “estrecha y provinciana”, aunque dotándola, eso sí, de una “burocracia creciente y sumamente estéril”. Amando lleva razón: estos ministrables no son ya Cánovas ni Pi y Margall, entre otras causas porque el esfuerzo por la cultura ha dejado de ser el instrumento de promoción política y, en buena medida, también el del ascenso social. Echen una mirada a los títulos –¿y cómo medir los niveles si no?—en nuestras Administraciones y podrán comprobar que el problema no es, como parece creer el ministro, un accidente del proceso educativo, sino la consecuencia de un modelo de vida cada instante que pasa menos cercano al humanismo.

¡Idiotas perdidos! Sorprende incluso la expresión en quien desde su escaño ha tenido que tragarse y quizá aplaudir en el Congreso arengas a sus “miembros y miembras”, mientras hacía la estatua despectivo ante los reiterados avisos que encuestas rigurosas como el Informe Pisa le enviaban sobre nuestra debacle educativa. Seguro que Gabilondo es consciente de que lo que sobran son “idiotas perdidos”, deban éstos su salvación o no a la Universidad. Amando señala que este desastre se ha producido en España al tiempo que la sociedad se modernizaba. Eso es lo que convierte en tragedia de todos la dramática fortuna de los idiotas.

Pasado y futuro

Ha declarado el consejero de Medio Ambiente que no sabe “si Chaves averiguó cómo tirar el Algarrobico” pero que “hoy toca esperar”, como si no rigiera en la Administración el imprescindible principio de continuidad en la tarea de sus gestores circunstanciales. Y también ha dicho –reutilizando el ‘Génesis’– que “quien se dedica a mirar atrás se convierte en estatua de sal”, dicho tan improbable como el hecho demostradísimo de que los vigías forzados a mirar por sistema adelante acaban casi siempre hipermétropes. Ha defendido el zarpazo del Gobierno en Doñana, disimulado la contaminación de Las Cruces, defendido la integración por la puerta de atrás de los enchufados y sobrevalorado al lince. Entiendo que le sobran motivos para no mirar atrás. Que se pase de la meta, ya no lo entiendo tanto.

La otra Huelva

Hay una Huelva “pública” pasiva y regiminista, resignada a su suerte bajo la batuta de gestores mediocres improvisados en la factoría partidista, y hay otra que no se resigna y trata de sacar la cabeza fuera del marasmo. El cuarto mandato del alcalde Pedro Rodríguez y el segundo del rector magnífico de la Onubense marcarán un antes y después en la crónica de la capital, a pesar de los obstáculos. Y un acuerdo como el de antier para crear una facultad de Medicina será, en esa crónica, un hito destacado por cuanto supone de reto a la propia capacidad como de desafío a las rémoras que nos retrasan. El Ayuntamiento ha comprendido que la UHU es emblema y mascarón de proa de nuestro progreso. Otras Administraciones, lamentablemente, no tanto.

Dieta rigurosa

Acaba de descolgarse la FAO, la organización de la ONU para la agricultura y a la alimentación, con un dato estupendo: el número de hambrientos ha descendido por primera vez tras 15 años, seguramente a consecuencia de la caída de los precios alimentarios tanto en los mercados internacionales como en los nacionales, bendición providencial que debemos a las excelentes cosechas obtenidas en 2009, que los expertos consideran excepcionales. En resumen, la FAO celebra, y a ver quién no, que los hambrientos de este perro mundo no sobrepasen ya los 1000 millones como en el anterior recuento (2009) sino que se queden en 925, es decir, un saludable 9’6 por ciento menos, lo cual no puede decirse que no tenga su importancia. Esos mismos expertos se han precipitado a salvaguardar su criterio, en todo caso, advirtiendo que la mejora en cuestión no supone un cambio firme de la tendencia pues una simple temporada de sequía en los grandes países productores podría devolvernos a la milmillonada como quien no quiere la cosa. Me gustaría, sin embargo, advertirles de algún detalle que deduzco de la propia información de FAO, singularmente el hecho de que el cálculo de hambrientos se hace a partir del número de calorías teóricas disponibles en un país (calculen ustedes también), lo que supone dejar aparte a la legión de malnutridos, incluso de los graves en riesgo de muerte, entre los que se cuentan al menos 55 millones de niños. ¿El famoso “Objetivo del Milenio”, aquello de reducir a la mitad los hambrientos del globo terráqueo antes de 2015 con que salió por peteneras la FAO en un momento de exultante optimismo? Ah, pues que nunca más se supo de ello, por más que ciertos países (Ghana, Mali, Armenia o Vietnam, entre otros) lo hayan conseguido por su cuenta, lo que quiere decir que la legión de desmayados que aún figuran en la estadística mundial de subalimentados deberá mantenerse fiel a sus jaculatorias si quiere conservar la esperanza de vida.

 

El hambre tiene, eso sí, su geografía concreta. Asia se lleva el gato al agua con 578 millones de hambrientos mientras que África, con sus 239 millones, ostenta (iba a decir “detenta”) el récord ecuménico de la galipa con su 30 por ciento de víctimas, y hay casos llamativos como el de China o Brasil, hoy ya grandes potencias económicas donde las haya, que aún permanecen –parece que por poco tiempo—abismadas en esa división maldita. Dios aprieta pero no ahoga, es cierto, al menos a aquella legión que ahora tiene siquiera un mendrugo diario que llevarse a la boca. Los que no parecen dispuestos a apretar por salvarse unos a otros son los grandes responsables. Un hombre no es un banco, después de todo. Si lo fuera, quizá apretaran por él como no hace tanto que hicieron para salvar a éste.