El siglo XX

Un alcalde francés, el de Montpellier, que es, además, presidente de la región Languedoc-Rosillón, ha tenido la idea de instalar en un barrio de la ciudad una enorme plaza votiva en la que estarán representados en efigie –bronces de 3’3 metros de altura—los grandes iconos del siglo XX que, a su juicio, así lo merecen. El alcalde no es ajeno a la evidencia de que plantificar en ese raro museo a personajes como Stalin habrá de provocar una vehemente polémica, pero parece dispuesto a sacar adelante su proyecto en el que, de momento, están ya disponibles los ídolos de Lenin, De Gaulle, Roosevelt, Churchill y Jaurès, tras de los cuales vendrán, además del “liberador de Stalingrado”, los de Mao, Mandela, Nasser, Gandhi, Golda Meier, Pancho Villa, Sédar-Shengor, Lula o Deng Xiaoping, extraña galería, vive Dios, en la que compatibilizarán el recuerdo del siglo terrible tanto el mérito como la perversidad. Va a tener su cosa, no digo yo que no, recorrer en su día esa plaza tratando de ponerle su poliédrica cara a una centuria tan compleja en la que han ocurrido proezas inimaginables para la Humanidad tanto como canalladas de una gravedad sin duda desconocidas en el pasado, aunque es bien cierto que la imagen congelada del personaje resume sólo muy parcialmente incluso sus posibilidades de sugerencia. No estarán en esa galería en la que figuran, como puede verse, perfiles no poco prescindibles, figuras claves en esos cien años en los que el hombre ha sido capaz de llegar a la luna y explorar el espacio, trasplantar órganos o averiguar el alfabeto de la vida, pero también de industrializar el genocidio o hacer realidad la hecatombe atómica. No hay siglo bueno ni siglo malo, sino Historia humana, es decir, azarosa aventura de una especie que ha probado hasta la saciedad ser la más sublime pero también la más peligrosa de cuantas han poblado el planeta. Fuera de una visión providencialista, ese pasado más recuerda, en efecto, los dados del “relojero ciego” jugándose al azar el misterio del ser, que cualquier escena pretendidamente progresiva. Sublime y siniestro, el siglo aquel en que vivimos alegres y confiados fue, sin duda posible, un gran misterio pero también un serio aviso.

 

Es posible que la dureza de los juicios de que está siendo objeto el siglo pasado no sea, sin embargo, del todo justa, en la medida en que, probablemente, el mono loco no sea capaz de otra hazaña de la libertad, como decía Croce, que bandearse mal que bien entre el humanismo y la vesania. Esa misma estatuaria va a demostrarlo en Montepellier por más que idealice a ángeles y demonios.

La puerta atrás

Haría bien la Junta buscándole una salida discreta al contencioso que le ha planteado un sindicato pidiendo incluso la suspensión cautelar del decretazo por el que se busca “reordenar el sector público”, o séase, igualar en un “totum revolutum” a contratados con funcionarios, a trabajadores que ganaron a pulso su puesto de trabajo en una oposición con aquellos otros que se lo deben el dedo mágico del partido al que sirven. Ha habido muchos atentados contra el funcionariado pero ninguno como éste último por el precedente que puede sentar y por las consecuencias que puede traer. Sería bueno alcanzar un acuerdo. Si no se hace será porque el interés político pesa demasiado.

Nominalismo a ultranza

Para el PSOE no hay nunca crisis si sus efectos le conciernen. No había crisis económica en su día, ¿se acuerdan?, como no ha habido crisis ahora en las relaciones con Marruecos según el canciller ausente, el gran Moratinos. Vamos, ni siquiera hay crisis, según la consejera efímera, Cinta Castillo, en la agrupación del partido de Lepe, a pesar de que de los 135 militantes que la componían, 132 han sido suspendidos de militancia por las bravas. ¿No hay crisis en una agrupación que sólo cuenta en este momento con tres militantes? Verdaderamente este personal ignaro debe de creerse que los demás somos tontos, desechada la hipótesis ingrata de que los tontos reales sean ellos mismos.

Lo barato es caro

No le falta razón de Chaves cuando cifra la desafición a los toros en los astronómicos precios de las entradas, aunque no lleve ninguna al sugerir que la prohibición en marcha no se debe a unas presiones políticas en las que su partido tiene mucho que ver. Es de dominio público que no habría toros en la mayoría de las plazas si no fuera por las subvenciones que, a manos más o menos llenas, les largan a los empresarios las instituciones públicas, pero nadie tendría que recordarle a tan avezado político que esas subvenciones no son más que una inversión electoralista. Ahora bien, ¿sólo los toros dependen del dinero público por su incapacidad para autofinanciarse? Hombre, no. Al fútbol se le ha saldado ya la deuda masiva con dinero público un par de veces al menos y, si Dios no lo remedia, algo similar habrá que volver a hacer antes o después. ¿Y del cine, qué me dice de esa “industria” que más que tal o que un  arte es un circuito de subvenciones otorgadas en mérito a “los de la ceja” y que hasta cuenta con “uno (una) de las suyas” en el Gobierno para defender sus intereses? Tampoco habría teatro, por supuesto, si hubiera que mantenerlo con sus taquillas y no con subvenciones, como no habría ferias populares (éste año, con la crisis, ha habido que suspender varias de ellas), o como no habría conciertos (Chaves le ha dado tanto a Baremboing que éste llegó a calificarlo ¡como un gobernante de talla mundial!), ni turismo-Inserso, ni energía convencional y menos aún alternativa, ni agricultura, ni conservación del medio, ni linces ni quebrantahuesos, ni “correbous”, ni cabras o pavas para arrojar desde campanarios. Por no haber, no habría ni partidos políticos, ni patronales ni sindicatos, ni universidades de verano, ni mascletás. ¿Por qué, entonces, cifrar el fracaso de los toros en su insolvencia económica, como si las corridas fueran una excepción en este país masivamente subvencionado en el que se ha llegado a cobrar por no sembrar y a invertir en espectáculos que no eran sino propaganda antiespañola?

 

No me parecería mal (aunque no sé si los políticos que dependen de elecciones estarían de acuerdo en ello) que se abandone la tauromaquia a sus propios recursos, siempre, eso sí, que se planteara, al menos, la aplicación  de esa política autárquica al país entero. Ni un duro para nadie, allá cada cual con sus taquillajes, cada afición a cargo de su cofrecillo, incluida la “caja tonta” de la tele, ese agujero negro. Chaves sabe que el problema actual de los toros no es el económico de toda la vida, sino el político que fuerza a su partido a tragar con lo que le echen sus socios. Pero los demás, claro, también lo sabemos.

Todo el sentido

No es que no tenga el menor sentido, es que lo tiene todo: si el Estado, es decir, el Gobierno, pagó a la Junta con solares su deuda, ésta está en su más indiscutible derecho a devolverle esos solares como pago de la que, a su vez, tiene contraída con él. Por una vez lleva razón la oposición unánime y, de paso, pone en evidencia la insolvencia de una consejera de Presidencia que sostiene el peregrino sofisma contable de que dejar de cobrar no es lo mismo que perder. El truco de los solares se le ha vuelto al PSOE en contra como la visita de Zapatero a Mohamed. Andalucía no debería devolver al Estado ni un euro antes de saldar equitativamente aquel cambalache.

El paripé del AVE

No ha sido ninguna sorpresa comprobar, como hemos comprobado para nuestros lectores, que en las “obras” del AVE que se llevan a cabo en Las Metas no trabajan 30 obreros, como prometió formalmente el Subdelegado del Gobierno, sino únicamente cinco. Camelo puro. Había que salir del paso y se resolvió, como tantas veces, recurrir al cuento del envergue, confiados en que todo se olvida y la mentira antes que casi todo, pero ahí está la realidad para confirmar la vieja hipótesis de que el PSOE, su Gobierno y su Junta, no consentirán, si pueden, que el AVE se acerque a Huelva mientras Pedro Rodríguez siga imbatido en la alcaldía. La mentira del Subdelegado es la misma de todos estos años atrás.