La Rábida, como siempre

Quienes reprochan a la presidenta de la Dipu sus cuentos sobre La Rábida no son consecuentes. ¡Bastante tiene ya la Presidenta con mantenerse en pie en medio del lío de su partido, con su oficina electoral aparte y su creciente bronca con los nuevos barandas, como para ocuparse de ese deterioro del histórico monumento que buenos onubenses denuncian desde hace tiempo! La Rábida ha sido maltratada siempre por la autonomía a pesar de las varias intervenciones parciales llevadas a cabo en estos decenios, pero en definitiva es una vergüenza que el gran monumento de la provincia dependa del humor de alguien que no es poco probable que no esté ya ahí siquiera tras las próximas elecciones.

Eufemismos

Tengo entendido que el presidente de la Junta andaluza ha lanzado el concepto de “oferente de empleo” para sustituir al de “parado”. Quiere el mandatario distinguir, matizando entre el “parado” de toda la vida o el triste “desempleado”, a ese camelístico “oferente de empleo” que ni siquiera se admite ya que “demanda” lo que la Constitución declara como un derecho suyo, sino que lo “ofrece”, reproduciendo la añeja viñeta evangélica del trabajador que aguarda a ser contratado en la plaza por el amo caprichoso. La ocurrencia no es insólita ni aislada,  por lo demás, sino que se integra en una corriente de manipulación lingüística que está siendo fomentada desde el Poder por razones obvias de autodefensa. ¿Qué puede hacer un mandatario que tiene ya en la puerta de su despacho  más de un millón de paisanos “ofreciendo empleo” sino destruir el concepto mismo y sustituirlo por una metáfora inasible? En Internet circula la foto de un cartel del Plan E en el que el “Fondo Estatal para el Empleo y la Sostenibilidad Social” (vayan tomando nota) anuncia la concesión de un simple ordenata portátil y sus avíos transformada en “Suministro de ordenador portátil y equipo digital de ofimática multifunción, Presupuesto 3.459 euros, Plazo de ejecución, un mes”, iniciativa colosal que va garantizada por el Ministerio de Política Territorial con el visto bueno del Gobierno de España. Pero eso no es nada. Paseando por Sevilla veo, a los pies de su Ayuntamiento, una elemental rejilla para aparcar bicis lleva un desopilante letrero que la identifica como nada menos que como una “Infraestructura para la sostenibilidad”. Ahí queda eso. Andalucía ha liquidado de un plumazo el paro que acogota a las familias con sólo cambiarle la razón a la víctima que ya no “demanda” empleo sino que lo “ofrece”. En esta sociedad donde los cerdos ibéricos tienen ya ocho patas puede ocurrir cualquier cosa.

 

Al final del franquismo se decía que el lenguaje político se componía de unas doscientas palabras. La democracia declinante ha multiplicado por cien ese caudal hasta conseguir –después de escuchar en el Congreso eso de “miembros y miembras”, cualquier cosa, claro—destruir la seria entidad de un discurso que hace tiempo que pasa con mucho la raya de lo tolerable. El propio Griñán, nada más llegar al cargo, invitó a una asamblea de hembras militantes a llamarle “Presidenta”, desafío gramatical de lo más equívoco pero tras el cual comprenderán que llamarle “oferente de empleo” a un “parado” no supone, en realidad gran cosa. Han inventado un nominalismo fullero que no les va a sacar del caos pero que puede contribuir seriamente a averiar la lengua de todos.

Cerdos octópodos

En cualquier sociedad sensata el/la responsable de las cosas del campo andaluz habría sido cesado sin aguardar siquiera a su dimisión tras reconocer la Junta que, por los datos que obran en su poder, en nuestra comunidad se han vendido el doble de jamones ibéricos de los que sería posible en función del número de cerdos que constituye la actual piara. ¡Tienen un negocio excepcional, sin rival posible, en expansión manifiesta, y ni siquiera controlan a los sinvergüenzas que dan gato por liebre en nuestro mercado! Realmente esta historia de los cerdos de ocho patas deja el prestigio de la Junta a los pies de los caballos.

El culo al aire

Con perdón, pero la Junta ha dejado al Ayuntamiento de Ayamonte (y éste a ella, en consecuencia) con el culo al aire al anular de oficio el estudio de detalle que hacía posible el desarrollo de Isla Canela, por más que el consistorio haya reaccionado con indiferencia al varapalo, como si con él no fuera la cosa ni tuviera la menor importancia. Otra vez ha sido El Mundo el que levantó la liebre y el mismo día la Junta se vio forzada a actuar, pero ni por esas se arredran los intereses creados que, como en Ayamonte, acaban de responder que se pasan por el arco el veto administrativo. Luego se quejarán de los juegos de letras que la gente haga con el “caso Malaya”.

Visión del progreso

En el Vaticano no ha sentado bien ni mucho menos, por más que viniera anunciada hace tiempo, la concesión del Nobel de medicina al anciano investigador británico Robert G. Edwards, de 85 años de edad y casi 60 de investigación biológica. Edwards es el pionero y descubridor de la fecundación “in vitro”, ese milagro de la ciencia que ha resuelto un viejo problema de la Humanidad –qua aparece reiteradamente en la Biblia como ocasión del favor divino–, a saber, la infertilidad de algunas parejas que hoy sabemos que son nada menos que el 10 por ciento de las existentes en el mundo. Los del Nobel han argumentado frente al cabreo vaticano que la esterilidad supone un factor de desequilibrio para sus pacientes en los que provoca “profundos traumatismos psíquicos para el resto de su vida”, razón incontestable a la que hay que añadir el éxito imparable de un progreso técnico que, en poco más de treinta años, ha permitido el nacimiento de cuatro millones de bebés. Frente a ellos, la curia romana replica que, en realidad, esa “solución costosa” no resuelve sino que evita y rodea el problema de la infertilidad, dando lugar, de paso, a hechos ingratos como el mercado de ovocitos , la cuestión de los embriones congelados o el oscuro negocio de las  madres de alquiler. Igual le parece más natural y lógico a esos escrupulosos que los patriarcas recurrieran a esclavas jóvenes para conseguir descendencia pero, más allá de la broma anacrónica, parece evidente que semejante cerrazón ante un progreso que beneficia sin daños a tantas familias, revela una inexplicable inadaptación a la lógica de los tiempos. Ningún conservatismo podrá detener la marcha de la Ciencia y así como parece lógico que se trate de evitar –y no sólo desde el ámbito religioso—perjuicios que puedan atentar contra las conciencias, no se ve por ninguna parte la razón que permita oponerse a logros cuyos costes son incomparables con los beneficios que producen.

 

No han bastado más de treinta años (desde 1978 hasta la fecha) para diluir la desconfianza con que entonces fue acogida la “encarnación” artificial de Louise Joy, la famosa “bebé-probeta”, y eso no deja de ser preocupante para quienes esperan de la Iglesia una capacidad de adaptación a las posibilidades que ofrece el progreso, siempre que éstas no atenten contra principios básicos de una moral que habrá de acabar integrando, sin remedio ni merma de su fuero, si se pretende no perder el ritmo de la propia civilización. Logos y mytos mantienen un antiguo pulso que se vuelve más áspero ahora que el ángel no baja ya a ras del suelo a consolar al infértil y prometerle la solución sobrenatural.

Recobrar lo robado

Se comprende que en una situación en la que sea hecho norma que lo robado no se devuelve, la exigencia del Ayuntamiento de Marbella de que se le restituya lo incautado a las tramas que desvalijaron su caja suene insólita, pero nada con más sentido que esa justa petición. ¿O sería más lógico que lo robado en Marbella fuera a parar a Madrid de manera que esos bienes usurpados enriquecieran a otros mientras el erario local se quedaba arruinado? Marbella debe recuperar lo que a todas luces es suyo y la Junta y el Gobierno deben comprometerse para hacer posible y más fácil esa recuperación.