Sin levantar la voz

Nada de levantar la voz. Rubalcaba visitaba Huelva con la oreja aún caliente de la bronca asilvestrada del desfile madrileño y evidentemente poco dispuesto a que a él le aguaran la fiesta. Por más que haya una diferencia entre los bronquistas de Madrid, que no respetaron ni los símbolos más sagrados, y una voz libre (¿no habíamos quedado en eso?) que intentó protestar en un acto público manifestándose ¡a favor de la Guardia Civil y de la Policía Nacional! En Madrid, los bronquistas impidieron realizar un acto de Estado. En Huelva, simplemente, el ministro del ramo ha impedido que un ciudadano exprese su opinión en público.

El hombre normal

No me ha sorprendido tanto la hilarante ocurrencia de las Juventudes Socialistas catalanas de presentar a Montilla como “el increíble hombre normal”, como el hecho mismo del redescubrimiento de la normalidad como motivo propagandístico y, en consecuencia, como presunto valor electoral. Pocas dudas caben sobre que Montilla entre en esa categoría, en principio, porque lo extravagante sería que se pretendiera situarlo entre los seres dotados de esos carismas especiales de los que, evidentemente, carece. Por eso digo que lo llamativo de la ocurrencia es el redescubrimiento mismo de la normalidad, el hallazgo creativo que supone ensalzar a un sujeto privándolo expresamente de cualquier característica extraordinaria, y rizar el rizo metafórico de que si ese sujeto es normal –corriente, quiere decirse— resultara atractivo, no lo sería por su capacidad portentosa sino por poseer virtudes triviales como el acierto de mantener abierto el metro en la madrugada del sábado noche o el de aumentar la inversión en formación profesional. No cabe duda de que la propia imagen de Montilla sugiere y propicia esa idea del “medius” que constituye la mediocridad en su sentido estricto –Justino habla del “mediocris vir” para referirse al hombre de la calle–, ni de que semejante descubrimiento en el imaginario político plasme el ideal mesocrático que excluye la excelencia por más que la postule en la teoría/propaganda. ¡Y quién no es normal visto de cerca si ya sabemos lo que piensa el ayuda de cámara del gran hombre! Sócrates debió de ser un hombre muy normal fuera del retrato platónico, el teniente Bonaparte no parecía tener nada de especial mientras anduvo de guarnición, es probable que Luis de Baviera no hibiera sido sino un hombre vulgar de haber nacido en una familia modesta. Orientar la publicidad de Montilla hacia la normalidad no es más que uno de esos aciertos que impone la propia realidad.

 

La imagen de Montilla disfrazado de Superman es un vulgar esperpento pero subrayando su normalidad de antihéroe, constituye una inocente confesión de parte, algo así como una elocuente parapraxis, como un lapsus de esos que revelan justamente lo que la conciencia trata de ocultar hasta hacerlo resonar a todo trapo como el corazón delator de la fábula de Poe. Montilla no ha logrado siquiera acercar su “mediocritas” a la gama áurea de que hablaba Horacio no sin un deje de resignación. Es un tipo corriente de tantos como la suerte quiso que estuvieran en el lugar apropiado en el momento justo. Un tipo vulgar, incluso, a juzgar por los resultados. Desde que el ingenio guasista de Ruiz-Mateos lo puso a prueba, nunca Superman había caído tan bajo.

El vestido roto

La escena de Isabel Pantoja acorralada, insultada, vejada y agredida por una turba asilvestrada no tiene cabida en un escenario democrático. ¿Cuántas veces nos han  obsequiado el Gobierno y sus delegatas con imágenes de policías encapuchados y despliegues impresionantes en torno a operaciones especiales? ¿Y no era ésta una de ellas, acaso no era previsible que la ciudadana Pantoja –contra la que, de momento, no hay más que una imputación por probar—sería asaltada por el marujeo ocioso si es que no provocada por los “fabricantes de noticias”? Pantoja con el vestido roto era antier todo un  icono de la insolvencia gubernativa y, más que probablemente, una cortina tras la que esconder otras vergüenza.

Apuestas rancias

No va a poder la candidata a la alcaldía de la capital, Petronila Guerrero, aferrarse al leiv motiv de la antigüedad del alcalde, porque para antiguo, incluso para rancio, ese proyecto que lleva de mascarón de proa al ministro Rubalcaba, un emblema del PSOE más rancio en el que anduvo moviendo sin éxito, durante años, los hilos del GAL o los de la corrupción que acabaron liquidando a González. Si el PSOE no tiene hoy en Huelva más recambio ni más alternativa que volver quince o veinte años atrás en busca de imágenes propagandísticas, mala cosa para el PSOE, por listo que sea y buena imagen que luzca ese dinosaurio político.

La bronca nacional

No entiendo el alboroto por el abucheo al Presidente del Gobierno en el desfile militar. Personalmente lo considero lamentable –todo abucheo lo es—en la medida en que traducía una bronca nacional para la que no faltan razones pero a la que no asiste ninguna razón para el desacato. Una demostración semejante ante el propio Jefe del Estado y por encima de símbolos tan sagrados, puede que encaje en los planes de algunos y no desagrade a otros, pero no hay modo de considerarla justificada en una sociedad libre cuya cara más expuesta es el respeto. El problema es cómo extrañarse de que ocurran incidentes como éste en un país en el que el mismísimo Presidente abroncado antier se quede sentado al paso de una bandera nacional, la efigie del Jefe del Estado se quema en público cada dos por tres a cambio de penas simbólicas o éste en persona recibe una monumental bronca en un estadio. Situaciones como la que acabamos de vivir con tanto desasosiego no surgen de la nada sino que derivan de procesos degenerativos prolongados e impunes que, en fin de cuentas, alcanzan ya a todos los niveles de la vida nacional. ¿Cómo pedir silencio en un desfile cuando en pleno Parlamento un jefe de filas llama “mariposón” a todo un Vicepresidente del Gobierno sin que ocurra nada o mientras un “nini” respaldado por el Poder llamada “novio de la muerte” al jefe de la Oposición? ¿Por qué va a ser más grave una bronca política, por incorrecta que resulte, que la destrucción consentida de la disciplina escolar? A un magistrado de Sevilla lo invitó una vez un membrillo a practicarle una felatio y al invitado no le quedó otro recurso que denunciarlo, como uno más, en el Juzgado de guardia. ¿Quién esperaba que la galopante escalada de indisciplina social que hace años que nos viene comiendo por los pies no acabara un día alcanzando a la cabeza?

Sin rodeos, el abucheo del desfile y el desacato a los símbolos me parece que, más que una como una afrenta, debe ser considerado como el resultado lógico de la quiebra de valores en que, en última instancia, consiste la crisis general de valores que estamos viviendo. ¿No le dice lo que le dice el alcalde de Puerto Real al Rey y se queda tan pancho? ¿Pues por qué esperar que esas bandas radicales sean más educadas y menos agresivas? ¿Se explicaría el respeto en un país donde los docentes y los sanitarios son agredidos un día sí y otro también o en el que la barbarie de la violencia familiar apenas es ya una desdichada estadística? La clase política que anda tras todo ello bien se merece una protesta, no de esos villanos sino de la ciudadanía más noble.

La ley y la trampa

Con la Ley en la mano se puede hacer blanco de lo negro y viceversa, ya se sabe, pero hay ocasiones en que tal manipulación resulta tan evidente, tan clamorosa, que sólo los insensatos osan intentarlo. Es el caso debatidísimo del hotel de El Algarrobico, tras el que debe de haber intereses como catedrales a juzgar por su crónica particular, y al que ahora parece ser que la Junta anda buscando la manera de legalizar a posteriori para dar vía libre a aquellos. Muy gordo debe de ser lo que oculta ese negocio cuando un Presidente de la Junta tras otro se la juega defendiendo lo indefendible, y esa es la peor moraleja que puede tener la fábula política.