Monte de orégano

El recurso a justificar gastos con facturas falsas no es ningún “caso puntual”, como se dice desde el Poder, sino un procedimiento generalizado habría que ver hasta qué punto. En Sevilla, en Baena, en Valverde, en El Ejido y sólo Dios sabe en cuántos Ayuntamientos más, ya ni se contesta a esta denuncia que, por lo visto, tampoco atiende interventores, fiscales, Tribunales ni Cámaras de Cuentas. Demasiados casos para que se trate de una casualidad o de incidentes aislados: las facturas falsas se han convertido en un instrumento contable que ni siquiera merece una intervención de la autoridad. La impunidad de los golfos viene garantizada por el hecho de que es posible que a ningún partido le interese ya tirar de esa manta.

El caso astilleros

Dice la Junta que no va a meter el hombro bajo la trabajadera de Astilleros porque lo que hay en esa quiebra no es más que el propósito de los dueños de que les llueva el dinero público. Y lleva razón, probablemente. Ahora bien, ¿la Junta va a mostrarse estrecha en Huelva cuando en cien ocasiones ha tirado por la calle de en medio ante problemas similares, comprando literalmente empresas arruinadas (ahí está Santana Motor) o enterrando fortunas en industrias en cuadro (ahí está Cárnicas Molina), cuando no despilfarrando un capital en simulacros de ayuda (ahí está Delphi)? Huelva sigue sin contar para la Junta que ni siquiera cumple sus viejos compromisos. En Astilleros parece decidida a mantenerse al margen y contemplar su hundimiento.

¿Hay alguien ahí?

Está dando mucho de sí el Año Internacional de la Astronomía. Tanto que leo y oigo –hasta en Radio Vaticano—la importante expectativa despertada por la Semana de Estudios sobre Astrobiología, auspiciada por la mismísima Pontificia Academia de Ciencia. Todo indica que hay inquietud en medios eclesiásticos ante la avalancha de hipótesis y sugerencias que los constantes avances de la “disciplina de los cielos”, como decían los renacentistas, están acumulando en la actualidad sobre un plano de incipiente evidencia. Descubrir cuatrocientos exoplanetas, como se han descubierto en la última década, es algo que no tenía más remedio que movilizar la inquietud de los escépticos que postularon siempre, como mejor argumento geocentrista, la práctica imposibilidad de hallar lugares apropiados para la Vida en el vasto universo, un tópico que hoy apenas se tiene en pie. El propio Observatorio Vaticano dice ya, como quien no quiere la cosa, que “estamos muy cerca de encontrar vida extraterrestre” y no ve en ello mayor problema que el que los europeos debieron afrontar tras descubrir al hombre americano. La fantasía ciraniana, pues, puede que no lo sea tanto como hemos venido creyendo los adeptos del empirismo tradicional. Hay que recordar que el propio Ratzinger ya avisó el mes pasado de que probablemente “nosotros no somos el centro del universo”, constatación que dejaba muy atrás la mera conjetura para abrirse a una posibilidad que, seguramente, avalan criterios científicos. El Vaticano no quiere perder comba esta vez ni esperar a que un Orson Welles nos despierte una madrugada con un aldabón de hechos consumados.

Preparémonos para el resurgir de la ufología de estricta observancia que, esta vez con razón, reclamará su título de adelantada respecto al saber convencional , sobre todo, a esos hombres de espíritu que ya andan entreviendo, en la dogmática Roma, nuevas cuestiones filosóficas y aún teológicas como consecuencia de estas perspectivas nuevas. ¿Sabrá algo Roma que no nos dice todavía, habrá motivos secretos en la decisión de abrirse a la perspectiva extraterrestre sin escurrir siquiera el bulto doctrinal? Hombre, el argumento del Observatorio es pobretón, qué duda cabe, pero puestos a atar cabos empiezo a creer que pudiera haberlos ya de sobra para trenzar una expectativa nueva y conceder a la vieja fantasía, por si acaso, un discreto estatus. Demócrito, Luciano, Fontenelle, el Voltaire de ‘Micromegas’, el gran Jonathan Swift, que sé yo, hasta el viaje de ‘Domingo González’ que imaginó Francis Godwin, resulta que no andaban tan en el aire. Y digo yo que si Roma no quiere esta vez descolgarse del telescopio, por algo será.

La edad del mal

Cada día hay más mujeres maltratadas. También, por lo visto, desciende de continuo la edad de las maltratadas y, en consecuencia, la de los maltratadores. Desde el feminismo oficial se insiste en que no se trata de endurecer las sanciones sino de evitar los ataques, cosa indiscutible si se demuestra hacedera. Pero si no se demuestra sino todo lo contrario hay que recordar el papel disuasor que las sanciones tienen y quizá el hecho de que tantísimas jornadas, simposios y festolines, la verdad es que han dado poco de sí en estos años. Ese debate social que reclama la Junta ha de incluir, por lo demás, la espinosa cuestión de la actitud de las víctimas, desgraciadamente tan confusa. Demasiado trabajo, probablemente, para tanto aficionado/a.

El show de Barrero

Ha dado la vuelta al ruedo ibérico la foto del diputado Barrero llegando tarde al hemiciclo y esas caras largas en su bancada que veían cómo se les escapaba de las manos una importante ley. Barrero ha alegado en su descargo que se quedó traspuesto tras desayunar en su despacho pero en su partido, a pesar del alivio final, mucha gente no traga la excusa. Posee el don del conflicto este diputado cunero, cuyo liderato en Huelva parece que se cuartea en medio de nuevas tensiones internas, pero en su larga carrera política nunca había obtenido tanta notoriedad como la que le ha proporcionado esa resaca mañanera. Al final todo quedó en el susto. Pero por lo que se dice, no sabemos si en Huelva las cosas llegarán a más.

Letra y música

Entre los inacabables y monótonos cánticos con que la hinchada animó un trepidante partido de fútbol he escuchado entonar una Marsellesa con la letra heroica adaptada a los avatares deportivos. No me quedé con el cante, como es lógico, porque insisto en que el orfeón futbolero, con acompañamiento de bombo, es más bien para ser cantado que para ser oído, pero bajo las notas memorables que orquestó Berlioz, la verdad es que ése himno que Goethe calificó de “Te Deum revolucionario” –y que, en efecto, al ‘Te Deum’ sustituyó tras la batalla de Valmy– apenas si se distinguía del resto del repertorio. ¡Es que no respetan nada, oigan! ¿Ven la ventaja que tenemos los españoles al disponer de un himno sin letra que, como un fuego sin leña, se consume místicamente ensimismado en un simple tarareo? A mí me ha hecho pensar el hecho de que las notas electrizantes que encandilaron a Liszt y a Wagner, a Schumann y a Tchaikovski, sigan sirviendo al ánimo decaído para elevar el tono aunque sea devaluando los motivos hasta esa caricatura, pero también he pensado en lo que el fútbol tiene de contienda, de guerra reglada, de ‘agonía’, dicho sea en su etimología más respetuosa, en que subliman sus ansias unas masas desprovista de causas mejores. No hará ni un mes tropecé en un periódico parisino con el resultado de una encuesta callejera en la que una interpelada sobre el tema –una joven universitaria, por lo visto—contestaba al encuestador: “¿La Marsellesa? No, hijo, paso, yo no soy aficionada al fútbol”. Comprenderán que si eso pasa en París, a la sombra del inmenso bajorrelieve que Rude dedicó al himno en el Arco del Triunfo, lo que ocurra en el graderío de una de esas jaulas de locos que son los estadios poco puede tener de raro.

Es más, incluso, ya puestos, me entretuve reinando en que la cosa podría hasta tener sentido toda vez que si la Marsellesa funcionó tanto tiempo como canto propio de las liturgias seculares, tiene mucho sentido escucharla ahora, aunque sea prostituida en sus cuartetas por el idiotario de la hinchada, en los encuentros más reñidos que son, al fin y al cabo, la única liturgia que reconoce esta tropa rebelde sin causa a la que dicen que andan pagando para que no deserte de las aulas. Escasísimos debían de ser los espectadores de “Casablanca” que supieran francés pero infinitos los que hubieron de notar el nudo en la garganta ante la escena en que el héroe resistente que dejó a Bogart sin novia acharaba a los nazis entonando el himno viejo con que los nietos de los jacobinos ya cabrearan a Eugenia de Montijo. Su guerra necesitaba un cántico glorioso y los ultras parece que se lo han robado a Rouget de Lisle.