Doble actitud

El respaldo concedido por el Gobierno a las investigaciones de la Guardia Civil en el Ayuntamiento de Baena, que el alcalde y senador del PSOE calificó como complot entre IU y el Instituto Armado, merece el mejor elogio. No se entiende, por eso, que se mantenga la indiferencia frente al caso grave que supone que un alcalde responsable último de hechos tan ruines como los perpetrados en aquel Ayuntamiento –facturas falsas para pagar puticlubs–, dejando corre el tiempo y esperando a verlas venir. Si ese alcalde/senador no es responsable de nada, el Gobierno debe restituirle por todos los medios su perdido buen nombre, y si no lo es, no se explica cómo (ni por qué) le permite permanecer en su puesto.

Crisis para algunos

La crisis es para algunos, no para todos. Ahí tienen a ese enchufado en la Diputación que ha triplicado el suelo en unos cuantos años a base de decretazo limpio, pasando de cobrar 1.000 euros al mes como auxiliar grupo D a trincar nada menos que 15.000 solamente en complementos. Seis decretos y dos acuerdos plenarios han sido precisos para que ese enchufado superara olímpicamente a la masa de sus compañeros, pero eso es algo que no parece inquietar a esta tropa que ha hecho de la normativa un trampantojo. ¡Gran negocio el carné de partido! Es una vergüenza que los sindicatos no tengan nada que decir de abusos como éste.

Los platos rotos

Parece que se abre camino la idea de cobrar a los aventureros imprudentes los costes de su eventual rescate. En Drôme han dado un paso más y piensan pedir responsabilidad penal a unos espeleólogos por haber puesto en peligro vidas ajenas con motivo de su búsqueda y rescate, en los que participaron, como es habitual en estos casos, cientos de bomberos, voluntarios, gendarmes y hasta helicópteros, cuyo coste final se calcula en un buen montón de miles de euros. También en España esa sorda protesta ciudadana empieza a decidir a los responsables políticos a adoptar medidas, al menos compensatorias, de manera que sean quienes por negligencia o audacia provocan las movilizaciones quienes acaben pagando las facturas correspondientes. En este sentido, ha sido Cataluña la primera comunidad en establecer la obligación del rescatado de resarcir a las Administraciones de los gastos producidos, una providencia no poco razonable a la que enseguida se han sumado Madrid y Cantabria, no sin la previsible protesta de ciertos grupos que conciben como ilimitado el derecho del ciudadano a ser asistido por los medios públicos en cualquier situación. Se piensa también en forzar a los excursionistas que puedan correr peligro en su aventura a suscribir el correspondiente seguro, generalizando una práctica hasta ahora reservada al ámbito federativo, pero hay en la protesta de Drôme un elemento nuevo y digo de tener en cuenta, a saber, el hecho de que, además de las consecuencias económicas, la resolución de situaciones de alto riesgo, como suelen ser la mayoría de las operaciones de rescate, supone riesgos gravísimos para los rescatadores. La libertad de arriesgar la propia vida no habilita a poner en riesgo la ajena. El viejo concepto de imprudencia alcanza, por fin, a estas conductas hasta ahora exentas de toda responsabilidad.

No es extraña la reacción del contribuyente cuando se entera de que importantes equipos y prohibitivas dotaciones pasan, como han pasado, diez meses buscando el cadáver de un montañero en un serrijón o que miembros de un ejército de rescatadores hayan debido jugarse la vida durante cuarenta horas a 700 metros de profundidad, incluso abriéndose camino a base de arriesgadas explosiones, para extraer de ella a quien había desatendido elementales medidas de prudencia. Lo que llama la atención es que aún se levanten voces reivindicando ese derecho a la imprudencia que sólo la majadería puede incluir en el deporte. Si no tiene sentido que una negligencia deba ser pagada a escote entre todos menos lo tiene, desde luego, que poner en riesgo la vida ajena, como si de un juego inocente se tratara, carezca de sanción.

Un mapa necesario

Para que los escándalos no sean, como hasta ahora, estrellas fugaces en este cielo cada día más negro, habría que hacer un mapa detallado que fijara esta geografía política del saqueo político. Evitaría ese mapa que ladrones y conseguidores se fueran de rositas con sólo esperar en cada caso a que amainara el temporal mediático, y permitiría, además, conocer con detalle una realidad que se escabulle entre dimes y diretes. En Andalucía el mapa habría de mostrar que casi nadie se salva de la quema, pero que es abrumadora la mayoría de “casos” vinculados a la hegemonía del gran partido que gobierna el “régimen”. Ese mapa tendría que ser exhibido en los colegios electorales para que cada votante supiera a qué atenerse.

Cuña propia

Esta vez se trata de una cuña de la misma madera, la voz del mismísimo director de la Estación Biológica de Doñana, Fernando Hiraldo, proclamando a los cuatro vientos que el debatido proyecto de construir otra refinería en Huelva constituye “un disparate lo diga quien lo diga”. Hiraldo dice que si las refinerías son necesarias no hay más que buscarles un sitio adecuado, pero se opone en los términos concluyentes que reproducimos a un proyecto que amenaza no sólo al Parque Nacional sino a las playas de nuestro litoral. Una voz oficial, por fin, y en este caso la voz de un científico reputado que ha contado hasta ahora con la confianza de las mismas Administraciones que promueven el cuestionado negocio.

Salvar la noche

Se ha discutido mucho sobre el tema de la iluminación nocturna, no sólo desde la perspectiva económica del gasto, como desde la de las consecuencias del impacto luminoso en el mundo de la noche. Durante el mes pasado se han  celebrado en Europa jornadas y manifestaciones reclamando la aminoración de esa luminosidad que, de creer a diversos especialistas, tendría importantes efectos sobre aspectos notables de la vida humana y animal en general. Algunos psicólogos defienden su relación estrecha con trastornos bien comunes, sobre todo en zonas urbanas, como el insomnio y otros de menor relieve, pero hay también naturalistas que aseguran que el alcance de ese impacto es significativamente mayor y más grave que el que los astrónomos denuncian por su efecto negativo sobre la observación del cielo. Hay en efecto, según parece, especies como el mirlo o el gallo de corral que han variado su inveterada conducta nocturna hasta ponerse a cantar a las tres de la madrugada o antes si la claridad artificial los despista, razas de insectos que, descubiertos por la luz, han pasado a ser presas en lugar de predadores en beneficio de otras más adaptadas u oportunistas, lo que estaría contribuyendo en medida no despreciable a trastornar el funcionamiento del entramado interespecial al desorientar las conductas o invertir las cadenas tróficas. Se despilfarra mucho e inútilmente, por lo visto, pero además se perjudica sin necesidad el propio orden de la vida, forzado a mutar sobre la marcha sus pautas inmemoriales. La noche reclama su fuero una vez más, justo ahora que dicen algunos sociólogos que la mutación en los ritmos ancestrales de los seres vivos podría producir en la vida común efectos imprevisibles, sobre todo teniendo en cuenta que la especie más afectada por el cambio es la humana, en cuyas patologías habituales la medicina entrevé, a su vez, inquietantes variaciones. Yo creo ver en esa moda la mano escondida del neo-romanticismo en que se complace y reequilibra sentimentalmente la postmodernidad.

 

Siempre hubo rivalidad en este punto, desde el Rostand que veía en la oscuridad el requisito y la causa del fraude, al Balzac más cínico que, en la “Fisiología del matrimonio”, y como si estuviera profetizando sobre el destino de nuestros insectos, escribió aquello tan equívoco de que a cada noche corresponde su menú. En medio de la subversión del 68 hubo quien dijo que la noche estaba “incluso para dormir”, concepto que encajaba sin roce en los planes vitales de aquel juvenilismo. Fracasada la utopía, ahí tienen a Europa movilizándose a favor del sueño de los astrónomos, de los insectos, de los mirlos y de los gallos.