Trastornos primaverales

“Yo, entre un policía que denuncia y un vecino que se busca la vida, me quedo siempre con el vecino”, el gran Kichi, alcalde de Cádiz. “Me arruiné con los cursos de Formación”, Ángel Ojea, ex–consejero de Hacienda de la Junta implicado en el “caso Formación”. “La Junta me debe todavía cinco millones”, el mismo. “Mi hijo tenía poderes pero no administraba”, otra vez el mismo. “Tras sonada dimisión,/ Pepe Torres ya no cuenta,/ y andaban tos de reunión/ pa tomar la decisión/ de acabar mirando a Cuenca”, caroca o cartela en el Corpus granadino. “Tres colegios en Andalucía invadidos por las pulgas”, titular de estos días. “Cáritas atiende a menos familias pero constata que la pobreza se hace crónica”, informe de Cáritas Diocesana de Sevilla.

Globos y fantoches

Entre los imputados por la laboriosa juez Alaya han fallecido ya unos cuantos, razón por la que día a día crece la sensación de que, a lo peor, todo queda al final en nada o en poco, es decir, se liquida el fabuloso saqueo con una cuantas sanciones a los más “pringaos” de la cuadrilla, mientras quienes lo idearon y consintieron se van de rositas. Poco a poco, la nueva juez de las macrocausas va destejiendo la madeja que cardó Alaya, hoy archivando este expediente, mañana percatándose de que los hechos reprobables han prescrito. Hasta algunos de los mayores presuntos se permiten chulear dialécticamente a la Justicia diciendo que todo es un montaje –y un “bluf, ¡que británicas elegancias!—y hasta consiguiendo por vía judicial que se le abonen dineros bloqueados en su momento por la instructora. Lo de siempre, pues: que aquí se puede robar un monte pero no se puede robar un pan. Y mientras, en la comisión parlamentaria que trata de aclarar el enredo milmillonario del saqueo de los fondos de Formación, las cañas se vuelven lanzas ante la negativa de la ministra de Trabajo a prestarse al show que supondría su comparecencia ante la Cámara autonómica que es, obviamente, el propósito que mueve a quienes la citan, mientras, ya digo, los investigados van desapareciendo o algunos magistrados les pasan la mano por el lomo, y aquí no ha pasado nada. Se admiten apuestas a que lo defraudado en Andalucía –en la Junta y sus “Agencias”—supera con mucho el montante de todos los mangazos del PP juntos. Pero, ay, como los hay más tontos que Abundio, la opinión extendida por los “medios” afines entre el pueblo soberano viene a sostener todo lo contrario. Así se escribe la Historia.

Que la corrupción viaja de arriba abajo lo demuestran los últimos hallazgos de fraude en los partidos de fútbol de nuestras ligas y, asómbrense, particularmente en las de categorías inferiores. El minifraude fiscal, las peonadas falsas, los escaqueos anticívicos, están a la orden del día como no podría ser menos en un país en el que los dos grandes protagonistas de la vida pública están hundidos hasta las corvas en el cenagal del agio, sin que los medianos y más chicos se libren de esa gangrena que está demoliendo sin prisa ni pausa el edificio democrático, por lo que de poco valen los clamores de algunos sectores judiciales comprometidos en exclusiva con su deber, dada la inoperancia de su Administración. Siempre nos quedará el pesimismo, esa inefable coquetería de los “de abajo”.

La realidad radical

Un gran número de Ayuntamientos españoles, a causa de tan extravagantes alianzas como llevan cruzadas, anda sin Presupuestos por la vida, algo que, a mi juicio, bien podría acabar siendo la tumba de nuestra vida local cavada por esos radicales “emergentes” que lo mismo piden la luna que proponen a los padres de familia que entreguen sus hijos a la tribu para su “socialización”. En las candidaturas irán a los próximos comicios imputados y hasta algún condenado –técnicamente, un delincuente—mientras algún alcalde como el gran Kichi de Cádiz aprueba sus cuentas a puerta cerrada y se enfrenta a la policía defendiendo a la “basca”. ¿Ven como no hay duros a dos pesetas? La Derecha y también los simples sensatos deberían tener en cuenta en esas elecciones repetidas por donde va la vera.

A moro muerto

No siempre resulta válido el adagio “a moro muerto, gran lanzada”. Hay ocasiones –y estamos viviendo una de ellas– en que al moro muerto se le rescata incorrupto del campo de batalla para rendirle homenajes y ejemplificar con su figura el ideal. Ahí tienen al Adolfo Suárez al que me consta –y no me tiren de la lengua— que la práctica totalidad de la progresía acogió entre el sarcasmo y la frialdad más absoluta, hasta acabar llevándose el gran chasco. Rajoy mismo caracoleó hace un año o así en la mismísima Ávila suareciana invocando el espectro del líder pretérito de quien ya será por siempre inseparable la imagen del centrismo. Luego ha sido Rivera, el líder sobrevenido –¡cuánto le deben a la crisis lo mismo él que Iglesias!—quien también visitó la patria del primer presidente de la democracia elogiando la equidistancia centrista como el mejor modelo a seguir. Y ahora ha sido Pedro Sánchez, ese empecinado yoísta, quien ha osado reeditar la retórica de Suárez repitiendo tres o cuatro veces lo de “puedo prometer y prometo”, aquel famoso afarolado tribunicio que seguro que Sánchez ignora que no fue un recurso de Suárez sino fórmula ideada por Fernando Ónega. ¡Que pobreza, Dios, cuánta inania política deben de padecer estos líderes cuando se aferran todos al ejemplo y a la imagen del mismo líder al que en su día contribuyeron (casi) todos a destruir por todos los medios! Incluso desde la oposición sabíamos entonces que Suárez le daba sopas con honda a la pandilla originaria de esta democracia.

Lo que me importa más en este fenómeno de la recuperación retórica de Suárez, no es su elemental ingenuidad –oír a Sánchez esa retahíla resulta realmente desopilante—sino la evidencia del vacío ideológico que soporta este maltratado sistema de libertades que nos dimos a nosotros mismos hace más de treinta años. Nadie tiene una idea propia, es raro escuchar a algún líder una sola originalidad, todos se agarran como pueden el viejo clavo ardiente del éxito de una Transición que, aunque ahora pretendan derribar, constituyó en su día un soberano éxito político. Y no es que Suárez fuera un ideólogo, tampoco es eso, sino que los actuales mandamases son ante todo burócratas desconcertados por los nuevos tiempos. Hoy Suárez fracasaría de nuevo probablemente y sus actuales apologistas serían otra vez sus enemigos jurados. Pero queda la imagen de un ensayo de centralidad hoy, lamentablemente, impensable. El Cid siempre triunfa después de muerto. Como Suárez.

La Justicia, “acolapsá”

Ya hay sentencia en el “caso” del Betis. Tardío pero cierto, el veredicto condena a Lopera y a los suyos a diversas penas de inhabilitación al considerar que entre todos llevaron al club a la insolvencia como consecuencia de una administración “gravemente negligente”, pero la verdad es que, a estas alturas, pocos serán los ciudadanos que recuerden los nombres de esos condenados. Tan largo periodo ha permitido al juez apreciar el mangoneo de aquella gestión y concluir algo tan elemental como que “gastar por encima de lo que se puede conduce a la insolvencia”. ¿Alguien sería capaz de recordar cuántos años ha durado este enredo? La Justicia está “acolapsá”, como diría el titular del “caso”, lo que, en grave medida, la cuestiona. El romano decía, incluso, que la “Justicia tardía no es Justicia”.

El peso de la hormiga

Por un confiable reportaje televisivo me entero de que el peso de todas las hormigas existentes equivale a un tercio del total de la masa animal que habita en el planeta. Ya Julio Cortázar mostró hasta qué punto le obsesionaba ese himenóptero invasor cuando nos contó la historia de la máquina de matar hormigas utilizada por “el tío Carlos”, un relato –incluido en “Final del Juego”— tan distinta de la que Ovidio utilizó para hacer que la especie entrara en la mitología (Metamorfosis, libro VII, v. 625) por la puerta grande al contarnos la merced que Zeus otorgó a Eacos de Egina consistente en transformar en disciplinados guerreros a un copioso enjambre de hormigas que llegaría, según Homero, a combatir con éxito en el cerco de Troya. Hay mucha noticia de esa especie en los bestiarios medievales aunque ninguna tan cierta y hermosa como la que nos legó Maurice Maeterlink, allá por los años 30, en su célebre tratado. Una hormiga es un ser instruido drásticamente por el instinto para el que su propia vida nada cuenta si no es al servicio de la causa común y es bien conocido el hecho portentoso de que tan minúsculo animal sea capaz de levantar y llevar hasta su alacena presas que multiplican por diez o por veinte su propio peso. Córtele la senda a un reguero de hormigas y verá con qué tenacidad el relevo de las víctimas restaura la ruta; envenene su territorio y podrá comprobar, pasado un tiempo prudencial, como la horda vuelve por sus fueros intentando de nuevo la aventura. ¡Gran ejemplo! Brunetto Latini, el maestro confeso de Dante, aseguró en el Libro del Tesoro que, según los etiopes, existen en cierta isla hormigas como perros que se afanan desenterrando el oro.

Los sabios predicen que tras una guerra atómica sólo sobrevivirían las cucarachas pero, personalmente, tengo graves sospechas de que las jodidas hormigas no habrían de quedarse a la zaga. En el paraíso real de Bussaco no fui capaz alguna vez de encontrar una sola cama libre de esos invasores que, en su empeño recolector, no desdeñan ni siquiera las sábanas. Lo que no podía imaginar era que su ejército fuera tan inmenso como su disciplina y que toda la masa animada de la Tierra sólo pesara dos veces más que él. Guillermo el Clérigo consignó en su Bestiario divino que el sabio Salomón propuso a los hombres desganados el ejemplo de esos seres diminutos. ¡Vivimos sobre un polvorín zoológico sin la menor sospecha! Zeus sabía lo que hacía cuando creo a los mirmitones.