Fiebre alta

Arde la sanidad andaluza, la Junta parece dispuesta a cargarse un sistema público de salud más que aceptable –esta misma semana se señalaba a un Hospital sevillano como señero—por su desenfrenada autarquía y su alejamiento de los profesionales sanitarios, auténticos salvadores del SAS. No se pueden mantener esas listas de espera, ni esas aglomeraciones en Urgencias, ni esos “recortes” en el recetario, ni… Pero todo tiene un límite y parece que doña Susana ha comprendido que el injusto desafío al personal sanitario puede estallarle entre las manos. Sus promesas improvisadas llegan tarde, justo cuando la protesta ha salido a la calle ya en Huelva, Granada y Málaga. La sanidad es el gran proyecto y el mayor fracaso de la Junta.

Un andaluz precursor

La llegada de la Sociología a España fue tardía. Quizá porque no fuera imprescindible en un país que resurgía entre los escombros en la postguerra, y ello a pesar de que su discurso, siquiera balbuceante, comenzara antes en los trabajos, entre otros, de Adolfo González Posada y de Sales y Ferré, pioneros desconcertados de una disciplina incipiente que Unamuno calificaba de “ciencia mostrenca”. Desde Sevilla, el primero llevó a cabo meritorios acercamientos a ella en su Tratado de Sociología lo mismo que en sus Problemas sociales, y Sales en una extensa obra –feudataria del maestro krausista Sanz del Río–, aparte de su inquietante y temprana Filosofía de la muerte que tuve la satisfacción de proporcionarle en París al maestro Philippe Ariès.

Pero quien propiamente logra institucionalizar la Sociología en nuestra universidad es un entrañable y desdichado personaje, don Enrique Gómez Arboleya, un granadino irreductible a quien Federico García Lorca no logró disuadir de su abandono de la literatura, que fue gran amigo del maestro Falla, que hubo de cursar su bachillerato entre Huelva y Granada, sucesivos destinos de su padre, un magistrado que legó, probablemente, tanto a Enrique como a su hermano José Luis un insuperable conflicto de conciencia que acabaría con el suicidio de ambos. Fue, en efecto, el mismo día en que Eisenhower visitó a Franco –el 20 de diciembre de 1959—cuando nuestro admirado profesor decidió, al parecer siguiendo una estricta liturgia larriana, dispararse un tiro ante el espejo con la misma pistola que su hermano lo hiciera años antes. Una tragedia acaso anunciada por su visible ciclotimia y que dejó entre sus amigos y alumnos una herida irreductible.

Don Enrique desempeñó una cátedra en la universidad Hispalense sólo durante un año para luego trasladarse a su Granada –que aún mantenía su intenso ambiente cultural—y enseñar su materia a un discipulado de altura (Murillo Ferrol o Jiménez Blanco, entre otros) como luego en Madrid, en el Instituto de Estudios Políticos y desde la flamante Facultad de CC.PP. y EE., su hondo conocimiento del saber alemán (Dilthey, Hartmann, Carl Schmitt o su admirado Hermann Heller), junto a las ideas de Xavier Zubiri, su último y definitivo maestro. No faltamos quienes siempre hemos visto en su obra imponente e inacabada una protosociología acaso insuperada y una muestra singularísima cultura científica. En un día triste y lluvioso –ha recordado Víctor Márquez— Zubiri rezó un padrenuestro ante el féretro. Luego se disolvió el breve cortejo. Y la sociología.

Parlamento sordo

No sorprende en un Presidente como el que tiene la Cámara andaluza ese salto sin manos que acaba de dar sobre la decisión del Tribunal Constitucional para no reparar el despojo de su secretaría al PP. No sólo en Cataluña se pitorrean del más alto Tribunal de la nación: también aquí, en Andalucía se pasan por el arco sus decretos. En el fondo, el hecho no constituye ninguna novedad –¡si hablara el Diario de Sesiones!–, pero en esta circunstancia lo suyo sería apresurarse a cumplir una orden irrecurrible y, de suyo, cargada de razón. Y ni pío por parte de los demás partidos a los que la democracia interna del órgano les concierne por igual. Ellos con trincar dietas incluso a Parlamento cerrado, tienen bastante.

Relevo impoluto

Con frecuencia desde el PSOE –lo de la viga y la paja– se alude al PP como al partido “más corrupto” de España. En mi opinión los dos lo tiene crudo a la hora de defenderse, pero no menos estimo que la actitud de aquel acusador obvia una cuestión fundamental: que el PSOE andaluz, postulado y autopostulado para la regeneración de ese partido hoy hecho trizas, tiene en el banquillo a dos presidentes ¡dos! (del Partido y de la Junta), a un buen puñado de consejeros y a un pelotón de altos cargos y “amigos políticos”, acusados de defraudar y permitir defraudar en una caja tan delicada como es la que contiene el dinero destinado a los parados. Tras las últimas graves imputaciones, no me dirán que el pretendido relevo no es, cuando menos, cuestionable.

Cuerda de alcaldes

¿Lleva alguno de ustedes, señores lectores, la cuenta de los alcaldes y concejales imputados y aún condenados por corrupción a lo largo de la crónica democrática? Resulta altamente improbable que así sea, pero, en todo caso, en  el magín  popular debe revolverse un centón de vagos recuerdos de escándalos municipales. En Granada, a un alcalde investigado por corrupción urbanística le ha sucedido otro al que el juez imputa delitos varios –incluido el de malversación de fondos públicos—relacionados con los dichosos cursos de Formación y las consabidas adjudicaciones arbitrarias. ¿Cómo pedirle a los peatones que confíen en sus barandas si los ven desfilar, uno tras otros, en el paseíllo procesal? Esta democracia está podrida de la cabeza a los pies, sin perjuicio de los políticos honrados, que los hay. Si quieren la lista que los implica desde el propio Gobierno a la última pedanía no tienen más que pedirla.

Olfato político

Habrá, seguro, quien vea en la proclama españolista de la presidenta de la Junta, Susana Díaz, un forcejeo por el control de su partido, y también quien diga, con razón, que un máximo responsable de la autonomía andaluza no puede hacer otra cosa si pretende permanecer en esta taifa. Su gesto, en todo caso, es justo y razonable, y dadas las circunstancias, puede contribuir y mucho a evitar algún disparate que planean ciertas izquierdas. Le faltará lo que se quiera, pero lo que no se le puede negar a esta señora es un olfato político que le ha permitido escalar en su “aparato” y, contra todo pronóstico, convertirse en un referente nacional. Quien apueste o deje apostar por el separatismo en Andalucía tendrá poco que hacer por aquí abajo.