Divinitus erudita

Crece la perplejidad ciudadana ante el aumento de casos de personajes que acceden a los Gobiernos sin estudios superiores y, en algunos casos, sin los elementales siquiera. Resulta ya aburrido hablar del caso Pepiño, ese gallego astuto que suple con creces su presumible incuria con exhibiciones estupendas de sentido común y con un uso excepcional de los recursos cínicos. Menos se ha hablado del pobre Corbacho, el ministro más triste de la historia de Hispania, que se va abrumado por el peso de más millones de parados de los que pudieron imaginar en su día los más pesimistas, un ciudadano hecho a sí mismo, esto es, sin hacer por nadie, que en su currículo se atribuye vagamente la condición de comerciante. O el de Montilla, ministro porfiadísimo y presidente de la Generalitat que, con su bachiller pelado ha demostrado la prescindibilidad del estudio reglado para la gestión y la vida pública. Si en España se sigue diciendo de quien carece de título eso tan impropio de que “no es nada”, nada sería el señor presidente de Aragón, Marcelino Iglesias, que desde ahora se hará cargo de la compleja sala de máquinas del PSOE en la que hoy se mezclan los mecánicos acreditados con los polizones e incluso con algún que otro saboteador. Pero el caso más singular es, sin duda posible, el de Trinidad Jiménez –a quien Guerra llama “señorita Trini”—elevada a la la cabeza de la diplomacia española sin que haya sido obstáculo para ello que fuera rechazada por dos veces cuando intentó, allá por los años 80 según parece, ingresar en la Escuela Diplomática. ¿Para qué estudiar y más estudiar, como decía el clásico, si aquí te hacen ministro sin mirarte siquiera los papeles? En España se está demostrando cierta la presunción de don Juan Valera de que hay saberes y capacidades –“divinitus erudita”—que le caen al sujeto directamente de lo Alto sin pasar por disciplina alguna.

 

Ha hecho estragos el concepto ése de “universidad de la calle” que defienden con ahínco quienes se ven en la precisión de justificar sus carencias educativas. Y el camelo. Hace poco recibí una presunta llamada de la Ejecutiva del PSOE en la que alguien trató de disuadirme de este tipo de comentarios sobre algunos entre los más altos responsables de la política andaluza con el ruinoso argumento de que algunos entre ellos estaban matriculados en la Universidad, circunstancia que, como en el caso de los “oferentes de empleo”, destruía su condición genuina, que en estos casos no es otra que la de “fracasado escolar”. No supe que contestar ante semejante nadería, pero al final le dije a mi interlocutor que no sabía el peso que me quitaba de encima con su amable precisión.

Papel de fumar

El ministro francés de Interior, Brice Hortefeux, que antes lo fuera de Inmigración, acaba de ser condenado a pagar una multa de 750 euros por un comentario, más que venial, que hizo refiriéndose a un joven de origen argelino y que, en todo caso, el tribunal aceptó que no había sido pronunciado en absoluto con la intención de ser difundido. Por su parte, al perfumista Guerlain lo andan poniendo como chupa de dómine por haber comentado, enfatizando su esfuerzo en la creación de una nueva esencia, que “había trabajado como un negro” aunque añadiera que a él no le constaba que los negros hubieran trabajado nunca tanto. Para qué más. Ha faltado tiempo  en la web para que lluevan sobra ambos personajes los más elaborados improperios, en especial sobre Gerlain a quien han llamado –desde el anonimato, claro está—colonialista, apestoso, purulento entre otras gollerías, lo que no eja de resultar previsible porque el hecho es que la susceptibilidad ha avanzado tanto en nuestras sociedades que hemos conseguido un equilibrio invertido en virtud del cual es ultraje e injuria la más mínima alusión a un carácter racial sobre cualquier sujeto con la condición de que no sea blanco: un gitano le puede decir payo a un payo sin problemas, un negro le puede decir blanco a un blanco sin inconveniente alguno, pero, ay si el calificativo recorre el camino inverso y es un payo el que llama gitano a un gitano o un blanco el que llama negro a un negro. Ya no queda rastro (al menos, estimable) de aquella mentalidad que hizo que un Renán pensara que las razas eran creaciones de la Madre Naturaleza que había hecho al chino paciente y disciplinado y al negro ideal para el cultivo de la tierra. Menos mal, porque hoy por hoy una ocurrencia de ese tipo –comparando con las sanciones que vamos conociendo en el día a día—mucho me temo que resultara temible.

 

El equívoco es la base de la falsa conciencia. Por eso creemos pasable que llamar judío a quien lo es por su sangre puede constituir un agravio, mientras que si un judío se refiere al rival por su gentilicio no suele verse en ello nada censurable y menos aún punible, como tampoco nos extraña el hecho de que esa susceptibilidad proteja sólo a tres o cuatro razas entre las 2000 existentes que Amiran Gonem describió sobre la faz de la Tierra. En Francia –un país de hondo raigón colonial—hay más racistas que en el mato pero rige la convención de que conviene crujir sin contemplaciones a quien deje entrever siquiera esa equívoca pluma. Por eso llaman delicadamente “roms” a los gitanos del Este antes de montarlos en un avión y enviarlos de vuelta a casa.

Medidas tardías

Era evidente que, al paso que llevaba la burra del mangoneo, no era posible continuar sin descoñarse institucionalmente. Por eso está muy puesta en razón la iniciativa del PSOE en la Mesa del Parlamento pidiendo instrucciones sobre cómo deben sus Señorías declarar la situación y actividades económicas de sus cónyuges, que también hace falta cuajo para esperar a que estallen las vergüenzas del “caso Velasco” o el “caso Martos” antes de tomar medidas. Es un secreto a voces –nuestros pueblos no son megalópolis y todo acaba sabiéndose en ellos—que la pasta de los cursos de parados está montando en burra a unos cuantos relacionados con el Poder o, mejor dicho, con los poderes. Por eso está bien esta iniciativa del PSOE, aunque sólo sea por la cuenta que tiene.

Fuertes y débiles

Se pregunta el responsable ecologista Juan Romero qué ocurriría si desde esta nuestra tierra enviáramos los residuos tóxicos  más indeseables al País Vasco, vana pregunta –aunque hay que reconocer que todos las hemos hecho por el estilo—pues la respuesta es elemental: no ocurriría nada porque esa posibilidad no existe ni en la teoría. Sin embargo, a Huelva envían desde el País Vasco peligrosos residuos que están convirtiendo su área, según  las mismas fuentes, en el “retrete de España”. Es patente que Huelva pesa poco, por no decir nada frente provincias cuya gravedad es manifiesta, del mismo modo que Andalucía nada pinta frente a las comunidades fuertes. Empieza a ser necesario que alguien piense, al menos, en tirar de la cadena.

Fetiche y mercancía

El Marx que en “El Capital” habló largo y tendido del fetichismo de la mercancía se quedaría hoy colgado a la vista de los procesos de valorización del producto que trascienden las circunstancias mismas de su producción. Él decía que un náufrago como Robinson no podría conseguir mercancías en sentido estricto porque, para que un bien adquiriera esa condición, precisaba de un público y la inevitable secuencia psíquica derivada de la vida comunitaria, que es la responsable del contagio fetichista de la cosa, y jamás hubiera podido imaginar, supongo yo, la rara aventura del fetiche en las sociedades de masas y, menos todavía, las experimentadas por él en la sociedad de la imagen. Me entero de que Pelé percibe más de un millón de euros al año a cambio de permitir que su imagen acoja, bajo  su prestigiosa aureola, lo mismo estimulantes sexuales que bebidas refrescantes que, de algún modo, el consumidor considera contagiadas de las imaginarias  virtudes del icono. Y lo confirmo ante la noticia de que una serie de diez sellos con la imagen de Audrey Hepburn tocada de una amplia pamela y fumando con una larga boquilla en una escena de Desayuno con diamantes” –editada en su día por los servicios alemanes de correos y prohibida por la familia—acaba de conseguir en una subasta berlinesa la nada despreciable cantidad de 430.000 euros, que habrán de dividirse solidariamente entre los propios hijos de la actriz y la causa de los niños pobres que ésta abrazó en el seno de Unicef. El dominio de la imagen ha conseguido refundar la “magia de contagio” hasta convertirla en un milagroso y potente transformador del objeto en algo así como una parte hipostática del sujeto y eso, qué duda ceba, abre las puertas a un negocio exponencial. Desde que las Cruzadas lo hicieron posible, nada había igualado al negocio de las reliquias como este trapicheo del desván del famoso.

 

Las subastas de enseres personales de las estrellas son ya un clásico de esa industria eminentemente americana y ahora, por lo que se ve, también participa de ella, incluso en Europa, la mera imagen de la celebridad cuyo potencial mágico no hubiera sospechado ella misma. Lo cual supone toda una revolución en la teoría del valor y un volantazo descontrolado en la propuesta teórica de las plusvalías que no pudieron imaginar siquiera sus genuinos muñidores. La teoría clásica se viene abajo como un castillo de naipes ante la sideral distancia que separa ya la valía intrínseca de la cosa, incluyendo todos sus añadidos, y el precio de mercado que surge de improviso en el ambón de un subastero. El pensamiento dialéctico anda hecho mixtos. Menos mal que ya no se aplica.

Negro horizonte

Mientras el propio presidente de la Junta se entretiene jugando con las palabras en un ejercicio de nominalismo impropio de una persona seria, los datos sobre el paro se suceden cada día más estremecedores. El último informe de Analistas Económicos de Andalucía (Unicaja/Braulio Medel) cuenta con que el empleo comenzará tímidamente a emerger a mediados de 2011 pero que para entonces ya habrá alcanzado a un temeroso 27’8 de la población activa, la tasa más terrible que ha padecido Andalucía en toda su historia contemporánea. Queda por ver qué hará la Junta, ahora sin dinero para inversiones estimulantes ni más cuartos que los que dedica al despilfarro. Laboralmente estamos tocando fondo. El toque estará en ver a que velocidad saldremos, en su día, desde las profundidades.