Déjà vu

Igual que sucediera cuando el transfugazo de Gibraleón, los expulsados del PSOE en Benidorm, feudo de los Pajines, tenían billete de vuelta: el gran muñidor, como en Gibraleón, ha sido designado candidato por el partido sin necesidad de que, para guardar la cara y como tenía prometido, hiciera el paripé de presentarse como independiente. Y si eso ocurre con los padres de la Secretaria de Organización del partido en cabeza de los expulsados, calculen lo que podrá hacerse en casos menos relevantes. El PSOE bate el récord de fraude al Pacto Antitransfuguista al repetir la operación por ganar dos Ayuntameintos de pueblo. Por conquistar el Poder con mayúscula, da miedo pensar qué podría estar dispuesto a hacer.

Ministra despistada

Yo creía que la ministra de Innovación, Cristina Garmendia, que tiene buenos ojos y orejas en Huelva, estaría mejor informada de los tejemanejes políticos-empresariales que aquí se organizan. Por ejemplo, no me figuraba que pudiera prestarse a inaugurar ese foro “Huelva más allá” que no es sino un fotomatón de la Dipu y la FOE diz que para fomentar la imagen de Huelva, pero hasta ahora con mucho gasto pero sin el menor resultado. No me explico que ella, representando al Gobierno, se haya prestado a esa comedia bufa, a no ser que sea cierto el rumor de su dimisión efectiva y pronta salida del ejecutivo, cosa que, ciertamente, sería de lamentar.

Caros jarrones

Comprendo que la imagen de las monarquías, como la de cualquier otra institución, tiene sus necesidades elementales. La presencia de los consortes, por ejemplo, sería un ejemplo claro entre los prescindibles, y más en el caso de encarnar su figura personajes, machos o hembras, de probada impropiedad. Un caso eminente es el del duque de Edimburgo, ese regio chulo que ha llegado a creer en su propia majestad consorte tanto como en la genuina, y que, con motivo del viaje papal, acaba de organizar otra de las suyas al preguntarle a una líder conservadora si llevaba las bragas con el famoso cuadro escocés tal como el jefe católico de los laboristas lo lucía en su corbata. Edimburgo es, desde luego, toda una leyenda, la mayoría de las veces a costa de su regia señora que, todo hay que decirlo, ha sobrellevado con una flema memorable la saga donjuánica de su cónyuge, pero parece ser que crece el número de súbditos contribuyentes que se cuestionan tanto el derecho del chulo a tan alta remuneración como su propia obligación fiscal. Sostiene esa leyenda –realimentada por el libelismo británico de los tabloides y libros demoledores como el famoso “The Royals” de Kitty Kelley, prohibido en Inglaterra—que ese príncipe sobrevenido, caballero de la Orden del Cardo y Gran Maestre de la Logia Unida de Inglaterra, lleva más de medio siglo pingoneando a hurtadillas o a cara descubierta hasta el punto de escaparse en un crucero privado con sus amiguetes con ocasión de cierto viaje real y de consentir con su indiferencia la divulgación de algunas de sus inconfesables aventuras. Hasta un romance con Giscard d’Estaing se le ha atribuido a ese garañón ocioso. A la Reina lo más que se le descubierto ha sido un espontáneo en su misma alcoba. Aunque por dos veces…

 

Es problema común a las monarquías contemporáneas éste de los parásitos saprofitos del Presupuesto de todos, y Felipe de Edimburgo, el impertinente que preguntó a la diputada por las bragas a cuadro, acaso encarne la figura más evidente entre todos ellos. ¿Incluye el mantenimiento de la institución real la carga de estas rémoras despreciables? No cabe duda de que tras esa pregunta se agita el espíritu crítico que cuestiona la obligación de los pueblos de mantener, implicados en las instituciones constitucionales, a esos fósiles pasmarotes. Y por eso no puede resultar extraño que en buena parte de los medios británicos la grosera (¿senil?) pregunta del Primer Caballero del Reino haya hecho rebosar el vaso de la paciencia. Quizá lo suyo fuera que las monarquías pagaran de su peculio unos adornos que, contemplados de cerca, resultan de lo más indecoroso.

 

Mi mamá me ama

Afirma el presidente Griñán su propósito de impulsar un pacto por la Educación y que el presupuesto de ésta habría subido un 48 por ciento en los últimos cinco años, dato importante habida cuenta de que a pesar de ese espectacular aumento, nuestros recursos siguen por debajo de la media española y comunitaria, a pesar también del desastre que, diga él lo que diga, constatan los observadores especializados. Pero rompe también una lanza por una discreta vuelta a los “conceptos tradicionales” como “aprender a leer, escribir o las matemáticas simples” y eso es algo que no debería echa en saco roto la nueva pedagogía. Porque que nuestro fracaso docente empieza por abajo hace tiempo que está fuera de toda duda.

Huelgas y huelgas

CCOO ha renunciado a su propia convocatoria de huelga en este periódico. Dice que es “su huelga” y que por tanto decide ella por su cuenta y riesgo, sobre todo por su cuenta, como si el sindicato fuera algo al margen de los trabajadores. En este caso renuncia a la huelga anunciada no se sabe por qué y a pesar de que los trabajadores lleven seis meses son cobrar. ¿Con quién está CCOO, a quién defiende, en realidad, el sindicato, qué buenas razones puede darle a esos trabajadores explotados para explicar su aparente connivencia con el dinero? El 29-S, cuando llame a la huelga general más o menos concertada, más de uno sabrá que responderle.

Camino de Bolonia

El ministro de Educación, que es un hacedor de frases que va para memorable, ha representado en una jornada de la “Menéndez  Pelayo” una defensa de la universidad que él considera ahora más necesaria que nunca. ¿Qué por qué? Pues porque, a su juicio, y entre otros motivos, a su tarea debemos los españoles que al menos parezca que “hoy haya menos idiotas perdidos” en nuestra patria, aunque bies es cierto que no sé si con ello el ministro trata de decir que se ha reducido el número de los idiotas irremediables o bien que se habría logrado recogerlos e integrarlos de nuevo en el redil del que nunca debieron extraviarse. Reconoce el mando, eso sí, que sigue habiendo problemas, sin ir más lejos el del bajo rendimiento que se debería, en su opinión, al abandono y al fracaso escolar, pero ese argumento se viene abajo con sólo considerar que en su propio Gobierno cortan el bacalao ilustres fracasados y abandonistas, incluso en los más elevados puestos. En unas memorias generacionales de extraordinaria agudeza (“Memorias y desahogos”, ed. Infova) , Amando de Miguel llama la atención sobre el descenso de los estándares de formación en las últimas décadas, se pregunta cómo es posible que una generación tan preparada como la anterior no haya logrado transformar para bien una Universidad que salió seriamente dañada de la Guerra Civil, sino convertirla en un “alma mater” aún más “estrecha y provinciana”, aunque dotándola, eso sí, de una “burocracia creciente y sumamente estéril”. Amando lleva razón: estos ministrables no son ya Cánovas ni Pi y Margall, entre otras causas porque el esfuerzo por la cultura ha dejado de ser el instrumento de promoción política y, en buena medida, también el del ascenso social. Echen una mirada a los títulos –¿y cómo medir los niveles si no?—en nuestras Administraciones y podrán comprobar que el problema no es, como parece creer el ministro, un accidente del proceso educativo, sino la consecuencia de un modelo de vida cada instante que pasa menos cercano al humanismo.

¡Idiotas perdidos! Sorprende incluso la expresión en quien desde su escaño ha tenido que tragarse y quizá aplaudir en el Congreso arengas a sus “miembros y miembras”, mientras hacía la estatua despectivo ante los reiterados avisos que encuestas rigurosas como el Informe Pisa le enviaban sobre nuestra debacle educativa. Seguro que Gabilondo es consciente de que lo que sobran son “idiotas perdidos”, deban éstos su salvación o no a la Universidad. Amando señala que este desastre se ha producido en España al tiempo que la sociedad se modernizaba. Eso es lo que convierte en tragedia de todos la dramática fortuna de los idiotas.