La fosa abierta

El fracaso de le exhumación fallida de los restos de Lorca va a traer cola, aunque sólo sea porque deja en evidencia a los mercachifles que viven de reabrir el pasado. No sé si la cosa es tan grave como para que dimita la consejera de Justicia, como pide el PP –¿no se le habrá ocurrido pedírselas también al juez Garzón–, pero parece lógico esperar que entre todos aprendan la lección y valoren los riesgos de la demagogia. Hay procedimientos legales para que los familiares de supliciados por ambos bandos reclamen su rescate a las Administraciones. Lo que no es tolerable es que cuatro zahoríes nos embelequen con sus fantasías radiestésicas.

Ya no son los únicos

Los concejales de Valverde –el alcalde accidental incluido—pueden pasar la Navidad sin remordimientos (¿) por el escandalazo de la mariscada gratis que se zamparon juntos con sus señoras, como debe ser. Porque ya no están solos, y si en Valencia se ven en la bochornosa precisión de prohibir los regalos a los políticos, en el Ayuntamiento de Sevilla aparece otro caso de mariscada gratis total por el que se pide –menos mal—el cese de sus comensales. En Valverde no será ése el caso, estén seguros, mientras el PSOE provincial se niegue incluso a la atrición. Felices Pascuas, pues, y hasta la próxima Feria.

Talante y ‘grandeur’

Hay que ver cómo Sarkozy ha dejado pudrirse la pera saharaui hasta que le ha bastado dar un empellón al tronco para que cayera madura. Nunca hicimos un ridículo tan eminente, recurriendo a EEUU cuando EEUU estaba ya de sobra conchabado con Francia y, probablemente, también con Marruecos, para darle al escándalo Haidar una salida compensada. El ‘talante’ frente a la ‘grandeur’, un pulso imposible. Pero lo llamativo no es que Francia, tradicional socio de Marruecos tras la descolonización, tuviera en su manga el as decisivo, sino cómo se puede ser tan primo como para no percatarse de ello hasta que le ha convenido publicarlo a Sarko. No le faltado más que echar por delante a la Bruni, como ya hiciera alguna vez, pero ni eso ha precisado para demostrar que nuestra diplomacia no se entera ni de dónde está de pie, y de paso, para dejar en evidencia que el zapaterismo se ha dado traza y modo a replantear el eterno contencioso con el vecino del sur en términos de evidente supeditación por nuestra parte. Es un escarnio escuchar al ministro resaltar el compromiso alauita con la democracia, un escarnio casi tan grande como el calculado silencio de ZP mientras ha durado el sinvivir del ayuno. Pero nadie puede creer que la soberbia marroquí se ha tragado sin agua ese purgante. La pregunta es qué le hemos dado –¿tomates, inversiones, ojos cerrados?—a cambio del trágala. Gana EEUU que confirma su papel imperial incluso sin desplegar el estandarte; gana Francia, que mejorará aún más su cuenta de resultados particular con la ex-colonia; pierde, perdemos, los españoles que vemos cuan incapaces somos de solucionar nuestros problemas y cual es el grado de nuestra dependencia. Aparte de nuestros agricultores y de los saharauis ocupados “de facto” por la tiranía. Sarko es un mago. Seguro que la solución del problema ni le ha alterado la agenda.

El ‘talante’ frente a la ‘grandeur’: no somos nadie. Da grima ver y escuchar a nuestros sofistas, pena verles vender el humo de los triunfos ajenos; desolación comprobar que, presidiendo la UE no tenemos fuerza ni para lo que otros hacen sin despeinarse. Francia trata a Marruecos desde una respetuosa “amitié inégale’, desde un indisimulado complejo de superioridad, que le da el resultado que está a la vista además de llenarle los bolsillos. España mendiga hasta le punto de permitir en silencio que el régimen marroquí nos amenace, como ha hecho, con “problemas” –¿más pateras, más salafistas, más grifa?—si no nos plegamos a su real voluntad. Ni ellos podrían llegar a más –¿o sí?—ni nosotros a menos. Los saharauis, en cambio, sí que podrán, abandonados por España. Al fin y a la cabo, puede que el desierto no sea de nadie. Sólo del viento.

Denuncia ‘incorrecta’

No entro en el fondo de la denuncia del juez Serrano sobre los efectos perverso de la ley que prima la protección de las hembras sobre los varones. Sólo digo que sus datos son tan alarmantes que deberían esclarecerse sin pérdida de tiempo y, en su caso, proceder también sin demora a reparar el daño. Lo que no creo es que el juez se invente lo que dice, razón por la que cualquier intento de taparle la boca debe ser rechazado con energía. ¿Para qué está ese CGPJ que, llegado el caso, impone multitas a sus jueces? Dada la gravedad de la denuncia de Serrano, ese órgano de control tendría que pronunciarse sin atenerse a otra corrección que a la legal y a la que le dicte su conciencia.

Susto en la Isla

Cuentan que el susto provocado, sobre todo en Isla, por el terremoto ha sido mayúsculo. Y con razón porque su intensidad –6’3 grados en la escala de Richter—y su situación, tan aproximada a la del famoso de 1755, lo justificarían sobradamente. Hay entre la gente, en todo caso, una incierta psicosis heredada del último maremoto famoso por su tragedia pero también por su abrumadora publicidad, que no debiera disparar la sensibilidad ni intranquilizar de manera indebida a las poblaciones. Se echa de menos, por eso, una explicación razonable y solvente por parte de la autoridad que es a la que corresponde, en última instancia, poner las cosas en su sitio y calmar los explicables miedos. Para eso le pagan, entre otras cosas.

La ironía teológica

Aseguraba que en su vida hubo dos grandes amores de mujer, antes de aclararle a la grey estupefacta que el primero de ellos fue Nefertiti, la mujer de Akenatón y el cerebro de aquel efímero monoteísmo; y que el segundo habría sido la Giullieta Masina, la prójima de Fellini, el retratista de “La dolce vita”. Dos amores adúlteros, encima, pero también platónicos, sublimados, irónicos en última instancia como a juego con su permanente ironía vital e incluso teológica. Ha sobrellevado la enfermedad más larga –Burgos dijo en su día: “Me he enterado que Javierre tiene leucemia. ¡Aviada va la leucemia!”–, sin perder la sonrisa hasta que al final, reducido a una sombra de sí mismo, cruelmente devuelto a una infancia imposible, plegó aquella sonrisa y se volvió de espaldas a la vida. Fue uno de esos náufragos que se aclimatan a Sevilla pero un día, paseando, me dijo, que el era un “romano en el exilio”, como su hermano el cardenal habría sido un español trasterrado en su Ponto Euxino vaticano, desde cuyas azoteas nos mostraba su cámara el esplendor de Bernini y, más allá, como un coloso de otro tiempo, el Tíber lamiendo la piedra travertina de Sant’Angelo. Se divertía diciéndome que de no poder ser santo, le hubiera gustado ser santo, y no santo de palo –entendí yo– sino de carne y hueso, santo amasado con el barro supino de lo humano que él y tantos otros vislumbraron a la luz también efímera del Concilio, santo fue a su manera, con los pies sobrevolando la realidad o metidos en el fango cuando fue menester, como hizo en los tiempos recios de la dictadura, cuando le dio la vuelta a un periodismo zarrapastroso y se inventó otro crítico acogido a sagrado, santo de calle, sin alzacuellos siquiera, lo mismo en el Cabildo que la Academia, en sus altos alcázares y con sus pobres secretos, que me consta que los tenía.

Se ha ido, en fin, silencioso, independiente, alma cimarrona y cabeza de pedernal maño, de vuelta de casi todo y querido de muchos, llevándose el secreto de sus saberes ocultos, antiguo y moderno, abierto y castizo, distante desde aquel fingido escepticismo que no era sino el recurso higiénico de un moralista que creo yo que renunció a muchas peras con tal de no partirlas. Sin pelearse con nadie y con un genio de mil demonios, además, que es lo que tiene mérito. Yo creo que desde antier anda por las azoteas romanas, soñando perspectivas sepia y tejados rojos –tan sevillanos–, y allá al fondo el Tíber, como un perro de cristal líquido lamiendo los pies de Sant’Àngelo, el castillón donde los papas tomaban el olivo cuando pintaban esos bastos de los que él tanto supo.