Humos lejanos

El Tribunal Supremo ha pulverizado el proyecto de la Junta de Chaves de cobrar a las tabaqueras, como si estuviéramos en USA, el daño producido por el tabaco a los fumadores. Dinero y tiempo perdido, daños a la industria andaluza del género y nada en conclusión: buena lección para los adictos al electoralismo. Sin contar con la lección política, es decir, el ridículo doble papel de una Administración que defendía el cultivo del tabaco al tiempo que denunciaba sus consecuencias. ¿Puede el poder político exigirle responsabilidad a las tabaqueras y al mismo tiempo forrarse con sus impuestos? Un buen revés para una Junta tan pródiga en brindis al sol.

“Gürtelillo” onubense

Era difícil que acabara bien el montaje de Punta Umbría, con sus conversaciones grabadas probando presiones de altos responsables políticos a los empresarios concursantes, que presuntamente incluían a partes iguales amenazas y promesas, palo y zanahoria. Un alcalde destacado y un miembro de la Ejecutiva provincial imputados junto a otros cuatro por esa sarta de delitos componen un caso difícil de salvar políticamente y, junto a otros casos pendientes, sugiere que por la provincia debe de haber mucha mandanga oculta. Debería estar claro a estas alturas, por lo menos, que la democracia no convierte a los elegidos en dueños.

La cuestión nacional

Ha hecho fortuna, espoleada por la marea nacionalista, el absurdo concepto de que existen dos clases de nacionalismos, es decir, dos teorías y profesiones diferentes y enfrentadas de la ‘nación’, la postulada por los regionalismos (en España, pero también fuera de aquí), que sería signo de razón y progreso, y otra, la esgrimida desde los conjuntos históricos nacionales, que habría de ser, por lo visto, retrógrada e incluso liberticida. La crisis del concepto ‘nación’ tiene ya una edad pero fue en la atmósfera sesentayochista donde acabó fraguando en una suerte de convención indiscutible que involucra en su desprestigio la vecina noción clásica de ‘patria’, considerando que sólo desde proyectos reaccionarios pueden defenderse uno y otra, ya que el ideal progresista “respeta” las reivindicaciones particularistas pero desconfía a muerte de las formuladas desde la unidad. ¿Qué hacer con la herencia de tantos espíritus superiores y libres de toda sospecha, cómo echar al desván de un revés el legado patriótico que tanto tuvo que ver con el progreso, al menos desde esa Revolución Francesa a la que Hegel saludaba como un amanecer y bajo el que se han cometido grandes crímenes, pero también se han logrado inolvidables avances? Hay que volver a Renan: lo del “plebiscito de todos los días”, la acción y el resultado de la solidaridad entre los ciudadanos, la “garantía de la libertad”, tal vez algún día superada en una Europa emergente, pero no por los particularismos: eso es una nación. No una lengua ni un folclore y menos un ‘espíritu’, sino la voluntad de convivir en libertad y en solidaridad, no un producto de la Tradición ni de la Madre Naturaleza, como se propone desde cierto esencialismo infantil cuya ontología apenas despega de aquel prejuicio floclórico. Y un hecho real que hoy implica asumir la asimilación de elementos exógenos desde la perspectiva de un pluralismo que no es sino el resultado de una experiencia global.

La izquierda tendrá que recuperar un debate que, de no ser unitario, no debe ser abandonado a sus oponentes, y deberá hacerlo superando prejuicios antiguos y problemas nuevos, tal como experimenta esta temporada ante el debate sobre la identidad planteado por el conservatismo radical en algunos países. Lo realmente incoherente es lo nuestro: el nacionalismo particularista sostenido por esas dos patas ideológicas, el proyecto de liquidación de la nación unitaria auspiciado desde las posiciones políticas más opuestas. Habrá que ir pensando, sin duda, en rescatar idea de ‘nación’ de manera que no quepan ya en ella fundamentalismos de ningún signo.

La botella del empleo

Sigue subiendo el paro en Andalucía –casi uno de cada tres parados españoles es andaluz y eso que por cada parado francés hay cinco españoles–, y sigue la Junta forzando el optimismo de la botella medio llena con el argumento de que la destrucción de empleo es menor. ¡Toma, claro, y cada vez será menor a medida que el empleo total disminuya! Con el silencio de los sindicatos, más atentos que nada a pasar por caja para cobrar el acuerdo de “concertación” y empeñados en la demagogia de culpar a la empresa exculpando a una Junta y a un Gobierno que apenas hacen otra cosa que poner parches. ¿Qué señales de esperanza son esas que ve la Junta mientras Almunia avisa desde Bruselas que no tendremos cuartel hasta el 2012? Ocultar los problemas no fue nunca una solución.

Ahora, astilleros

Dicen desde los sindicatos que la Junta planea liquidar Astilleros con la siempre vaga promesa –recuérdese el cuento de Delphi y tantos otros—de futuros y nuevos inversores. Ya no manda el PSOE agitadores a enardecer a la plantilla subidos en un cajón como Yeltsin en el tanque. Ahora secretea el desmantelamiento y prepara a cencerros tapados una “solución final”. Y mientras tanto sigue subiendo el paro en la provincia –mil más el mes pasado, un 23’5 más que en 2008– y el partido en el gobierno sigue con el cuento de que ya se ve la luz al final de un túnel que uno de los suyos, Joaquín Almunia, avisa desde Bruselas que desemboca lo menos en el 2012. Cuando se salga, al fin, de la crisis, a Huelva no va a conocerla ni la madre que la parió.

El exilio interior

A Manuel Andújar no le divertía la insistencia de Francisco Ayala en que para él, como para otros muchos, el exilio no fue una mortificación, ni su broma de que un andaluz se adapta mejor en Buenos Aires que en Barcelona. Tan rígido en sus moralidades, Manolo –un pedazo de pan– no penetraba acaso la ironía oculta con que Ayala condimentaba su amarga crítica de tantas cosas, incluso de las republicanas. Guardo su voz grabada en el piso luminoso en que tenía en Marqués de Cubas, su confidencia llena de “off de records”, la imagen de su escogida librería a la que iba a buscar primeras ediciones dedicadas de Emilio Prados o de Romero Murube. Un día me regaló el monumental “Tratado de Sociología”, la inencontrable edición de los años 40, sobre la que había subrayados suyos o enérgicos trazos que tachaban párrafos y hasta páginas enteras, siempre comprensivo con nuestras veleidades marxistonas, nunca distante a pesar de la edad y el magisterio. Grabé su explicación del milagro de “La cabeza del cordero” –ese espléndido relato que alguien confunde estos días necrófagos con una novela…–, el detalle de cómo traspuso su imagen Marruecos imaginario –¡como Raymond Rousell!– en el transparente de sus recuerdos andaluces, sin haber pisado jamás aquel país. Y su fuerte crítica de Azaña, su insistencia en la idea de que todos, los mayores y los jóvenes españoles del momento, convalecíamos, conscientes o no, de los horrores de la guerra y los errores de la ilusión republicana, por la que tanto luchó. No tenía pelos en la lengua, Ayala, sobre todo cuando el trago gustoso de güisqui le alumbraba la pajarilla granadina. Íbamos mucho a aquel santuario (Félix Grande, Víctor Márquez, tantos otros) en el que escuchábamos devotamente al testigo y al genio. Todavía no la habían descubierto los jurados y los premios.

Decía que su exilio real no fue el de Buenos Aires, Puerto Rico, Nueva York o Chicago, sino la “jaula moral” (no olvidaré esa expresión) en que se convirtió su ilusión generacional, el encierro sin barrotes de una sociedad que enloqueció arrastrando en su locura los mejores sueños. Nunca me ha sorprendido la entrañable familiaridad que mostraba a los Reyes, tan desconcertante para algunos, porque he reconocido en ella el gesto conciliatorio que pueden permitirse mejor los personajes habituados al exilio interior. El viejo discípulo de Hermann Heller y Karl Schmit aprendió mucho de Sartre y de Borges. Un día me dijo que de salvar unas páginas suyas echaría mano sin dudarlo de “El Hechizado”. Yo las pondría en el relicario junto con “La cabeza del cordero”.