Otros 700 naúfragos

Con que hay que ser optimistas porque el empleo evoluciona bien, ¿no? Huelva ha sido una de las dos provincias andaluzas que más empleo ha perdido el mes pasado, pasando a tener ya casi 49.000 trabajadores mano sobre mano, es decir, aproximadamente el 20 por ciento más que en noviembre del año anterior. Mientras suben otras provincias, la nuestra desfila con las que bajan, a la cola de la cola, para entendernos, mientras los responsables políticos se aferran al sofisma optimista. Y entramos en un año en que el Presupuesto nos maltrata reduciendo las inversiones como hasta Griñán ha reconocido. Esta sociedad no reacciona a la creciente tragedia. Quizá cuando decida reaccionar sea ya demasiado tarde.

Sombra alargada

Le leyenda no nos permite ya orientarnos a ciencia cierta sobre la realidad de Bin Laden. Unos sostienen que murió hace tiempo y que la Administración USA mantiene vivo el mito para justificar ciertas estrategias. Otros que vive y teledirige con mano de hierro un plan que, sin prisa ni pausa, se propone destruir al enemigo occidental, que es el buco con que los países islámicos –millonarios en muchos casos—tratan de ocultar su fracaso sociopolítico. Hay, en fin, quien como el senador Kerry, otrora aspirante a la presidencia, sostiene en un informe reciente que a Bin Laden se le dejó escapar en 2001 de su laberinto de Tora Bora por razones que a Rumsfedl le costaría mucho explicar. Pocos dudan, en todo caso, de que el secuestro de nuestros cooperantes en Mauritania sería obra de una “franquicia” yihadista bien conocida en el Magreb, sin que falte quien sitúe el espectro del líder inencontrable tras el inquietante acontecimiento. El secuestro, hay que decirlo, es un procedimiento utilizado en todas las épocas aunque en algunos momentos se acentúe su recurso, lo mismo en el mundo del bandolerismo post-romántico que en el ambiente insurreccional vivido en Italia hasta el sacrificio de Aldo Moro. Y siempre hay razones para que prospere o para que se retraiga, claro está. En la España isabelina lo liquidó prácticamente la Guardia Civil y un gobernador de hierro, Zugasti, mientras que en la de ZP mucho me temo que lo estemos abonando a base de propiciar la imagen una débil de España, pagadora fácil de rescates y declarada partidaria de renunciar a la fuerza. Si al fin se confirma que el de ahora es un secuestro político, vamos a tener que enfrentarnos lo más unidos posible a un desafío pavoroso al que, por ejemplo, Gordon Brown no le encontró solución, pero algo, bastante, debe de haber influido también en los planes delincuentes el creciente desprestigio de España en el ámbito internacional. Si Marruecos nos toma el pelo con el contencioso saharaui hasta colocarnos en pésima postura, ya me dirán que no podrán hacernos los fanáticos de la yihad o quien los hay relevado.

Nuevamente se nos viene encima, probablemente, como se le fue a Brown, el dilema atroz de cuando Miguel Ángel Blanco. ¿Debe ceder el Estado ante el chantaje terrorista? Habrá que tragarse las lágrimas para decir que no, pero habrá que hacerlo si no queremos que esta escalada de ataques alcance cotas desbordantes hasta dejar en evidencia al Estado legítimo. Ya sé que es fácil mostrarse duros desde fuera y, sin embargo, habrá que hacerlo para no enajenar la propia seguridad colectiva. Habrá que apoyar al Gobierno, esperando que esta vez actúe con la energía y sagacidad que le faltó en casos anteriores. Esos secuestrados somos todos. El gran ejercicio ético y moral consiste en aceptar que, en su lugar, defenderíamos con el mismo brío el muy deteriorado prestigio de la nación.

Tocomocho y trágala

Realmente es una tomadura de pelo la forma en que se ha resuelto el larguísimo contencioso de la llamada “deuda histórica” que sirvió al PSOE, a través de la Junta, de ariete opositor mientras gobernó el PP. ¿Qué hubiera contestado Chaves si Aznar le hubiera propuesto liquidar el compromiso dándonos, en lugar del dinero comprometido, solares de suelo precisamente andaluz? Lo del pago en especie es un tocomocho entero y pleno, y la Junta, al funcionar como un dócil apéndice del “Gobierno amigo”, demuestra ser cualquier cosa menos ‘autónoma’. Nos han tomado el pelo sin resistencia. En otras autonomías que todos sabemos no hubieran osado ni plantearse semejante trágala.

Acusación infundada

No lleva razón, a mi entender, el sindicato que ha sugerido que Diputación podría estar prevaricando al “privatizar” encubiertamente la prestación de ayuda a domicilio. El coste de esa prestación por medios públicos resulta casi prohibitivo y por esa razón muchos Ayuntamientos han montado sus cooperativas propias para atenderla, o bien la han contratado con empresas privadas. La Diputación sigue, seguramente, esa tendencia que cualquiera puede comprobar con facilidad con sólo informarse, y hace bien porque lo que no tendría sentido sería elegir el procedimiento más caro. Medir las críticas para ganar credibilidad resulta cada día más imprescindible.

La crisis y el compromiso de todos

PERFIL – Nicolás Redondo

Otra voz autorizada, la de Nicolás Redondo Terreros, ex-secretario general del PSV y personalidad de discreción más que probada, viene hoy a las “Charlas de El Mundo” para reflexionar ante la crisis económica, sus consecuencias y, sobre todo, la eventual salida que hoy parece vislumbrarse. No será la suya una voz que se apunte, seguramente, a disfrazar la situación, que sigue siendo evidentemente desastrosa en muchos aspectos, ni es probable que lo escuchemos ampararse en el recurso a esos términos-talismán, como el de “recuperación” y otros por el estilo, que constituyen hoy por hoy el único recurso del Poder. Nadie bien informado duda de que nuestra salida de la crisis será más tardía y más lenta que en los países equiparables al nuestro, ni de que las esperanzas que anda diseminando el Gobierno no pasan de trucos para ganar tiempo a base, además, de ir prorrogando sucesivamente los plazos anunciados. Pero ante esa razonable convicción, el espectáculo de desunión y rivalidad que están ofreciendo los dos grandes partidos en este terreno resulta escandaloso, en la medida en que incluso puede sugerir la imagen de una Oposición que se regodea ennegreciendo el panorama frente a la de un Gobierno empeñado en desdramatizar sin fundamento, e incluso contra toda evidencia, la gravedad de la situación real.

Si ha habido una reacción a resaltar en toda esta tragedia será, seguramente, la diligencia con que las grandes potencias apearon diferencias y limaron matices para lograr un acuerdo fulminante con el fin de salvar al sistema financiero mundial. No hubiera tenido sentido otra actitud, desde luego, como no lo tiene ver cada día en le telediario la viñeta correspondiente a un pulso partidista insensato que constituye uno de los grandes obstáculos para salir del atolladero. Conociendo a Redondo y su discreto criterio, preveo que viene a abogar por un amplio acuerdo político que, superando las estrategias, tantas veces míseras, de las fuerzas políticas, cree un marco social y político en el que los esfuerzos por superar la debacle puedan arraigar con más fuerza. En Francia o en Alemania hubo y hay discrepancias entre esas fuerzas a la hora de valorar la crisis y sus remedios, pero nada comparable a la sistemática disyuntiva que estamos sufriendo en España, donde los dos partidos decisivos no han sido capaces de templar un pacto que desde hace tiempo está ofrecido, todo hay que decirlo, por uno de ellos. Que el Gobierno y su partido recelen de iniciativas comunes no tiene perdón, en especial si se contempla desde la perspectiva de 4 millones trescientos mil parados y una deuda que se ha disparado en un 20 por ciento en dos años. Y menos aún puede tenerlo que las minorías se dediquen al cambalache de la venta de apoyos parlamentarios ocasionales, incluso a la hora de sacar adelante unos Presupuestos que todas ellas coinciden en calificar de inadecuados para la tarea que queda por delante.

Es verdad que en nuestra democracia parece definitivamente perdida la opción unitaria —que hasta en supuestos como el del penúltimo secuestro ha resultado imposible—pero en la medida en que la crisis, por definición, es un hecho coyuntural, carece de sentido que los responsables de la nación resulten incapaces de acercarse lo suficiente como para remar de manera acompasada en la misma dirección. No se saldrá del profundo pozo en que ha caído la economía si no es con el concurso de todas las fuerzas políticas agrupadas alrededor de un Gobierno que tendría que empezar por tender sus puentes levadizos hasta ahora levantados, una situación que reforzaría a todas ellas, sin duda posible, mejorando una imagen hoy deplorable. No es verdad que en la crisis nos han metido otros; en la crisis nos han metido y nos hemos dejado meter, eso es todo. Pero hoy de lo que se trata es de salir de ella y ese objetivo ha de estar muy por encima de cualquier razón particular. Seguro que Nico Redondo va por ese camino. Lo garantiza un discreción que ni sus enemigos más arriscados, incluyendo a los que impidieron que sea hoy el gran lehendakari que pudo ser, le han negado nunca.

Estados inventados

El nacionalismo no precisa de mucha base para funcionar. Antier mismo nos enterábamos por un obituario de Irene Hdez. de Velasco de la muerte de S.A.R el “príncipe” Jorge I de Seborga, un solar de menos de cinco kilómetros cuadrados cercano a Génova, que declaró unilateralmente su independencia con base en una retorcida interpretación de una lejana historia, ante la lógica indiferencia del Estado italiano. Otro más. Hace años que se habla del país de “Sealand” cuyo territorio es la superficie de una plataforma militar abandonada en medio del Mar del Norte, a cuyos cinco habitantes reales se suman los 160.000 virtuales que a través de Internet ha conseguido un exguardia civil almeriense que lo mismo vende pasaportes diplomáticos que inmunidad penal o exención de impuestos, y que tiene bandera, himno, moneda, embajada en la madrileña calle Serrano y hasta de “selección nacional”. Un dictamen del Comité de Arbitraje de la UE reforzó en su día esta insólita broma al declarar que, al fin y al cabo, un Estado no necesita para serlo más que un territorio, una población y un poder político, extravagante criterio que de hecho liquida la entidad histórica de la realidad estatal reduciéndola a una penosa caricatura. Pero, eso sí, no se lo tomen a coña, porque el negocio informático de ese “principado” demuestra lo cerca que puede estar la comedia de dar de sí un “paraíso fiscal” que, ciertamente, no sería ni mejor ni peor que los amparados por los Estados legítimos, aunque estiraría al extremo la lógica paranoica de los nacionalismos inventados. Por la Historia es que ya nadie da un duro, oigan. Cualquier estafador puede forrarse hoy reescribiéndola o, simplemente, prescindiendo de ella.

Cuando este diciembre se celebren las ilegales consultas independentistas en Cataluña no estaremos ya tan lejos del principado de Seborga como requeriría el sentido común, entre otras cosas, porque aceptado el principio de secesión regional, nadie impediría en buena lógica que nuevas aspiraciones disgregadoras convocaran sucesivos referendos hasta alcanzar por los pelos la soberanía de la masía. Y estén seguros que en cada uno de esos sátrapas terruñeros posaría coronado un príncipe imaginario con derechos similares a los del escalón superior, conformando una nueva aristocracia de campanario para la que la historia comienza siempre hoy, que es día de cobro. La independencia en vieja, el despotismo es moderno, aseguraba madame de Staël al interpretar la historia europea. Lo que ella no podía prever era lo fácil que acabaría resultándole a aquel anular a ésta para montar su negocio.