El tiempo perdido

La huelga general, la famosa y temible HG de los manuales y la pasquinada, venía a ser el arma atómica del movimiento obrero, aquel esfuerzo centenario de los trabajadores desmontado escrupulosamente por la izquierda “new age”. Era en su origen un arma revolucionaria, la penúltima, pródromo de las barricadas y, en consecuencia, iba dirigida siempre contra el Gobierno, hipóstasis del capitalismo depredador según el catecismo; contra los patronos lo que usaba la agitación clásica era el paro, los brazos caídos, con cajas de resistencia incluidas. Pablo Iglesias en persona frustró la HG de 1902, hundiendo quizá para siempre la utopía obrerista, y explicó su postura –rechazada por Rosa Luxemburgo o por Anselmo Lorenzo—con una receta simple y una razón leonina: “El PS condena la HG por ahora…”, “los obreros sólo podrían salir de la legalidad cuando estén en condiciones de obtener el triunfo completo”. La HG va contra el Gobierno no contra la patronal y por eso no es posible organizar una en sentido contrario, como se vio antier. ¿Cómo, además, acosar a un Presidente que presidió la última HG contra su antecesor? Pues todo lo más jugándola “al cerrojo” en busca del empate, es decir, en procura de su relegitimación los sindicatos desprestigiados y de una tregua el Gobierno en precario. De “huelga general revolucionaria”, es decir, de HGR, ni el forro. ¿Tendría sentido, por otra parte, ese concepto priscosocialista en este colectivismo selectivo y privilegiado, que vive de las arcas públicas y no representa más que a su propia militancia? Se lo va a pensar mucho quien tenga que convocar la siguiente HG, que no serán, por descontado, los actuales dirigentes del cotarro. En cuanto al mundo del trabajo, lo lógico sería ir buscando fórmulas nuevas, ajustadas a la complejidad de nuestra realidad y olvidadas de la nostalgia de los buenos pésimos tiempos. Ya me dirán cómo organizar un paro contra un sistema económico que, con cuatro millones larguísimos de parados,  anda lampando por un puesto de trabajo.

 

Es posible que estos errores del sindicalismo político que acaben cerrando su propio círculo crítico. Tal como había anunciado, por otra parte, la sociología crítica de los años 60 (André Gorz, Pierre Naville, Edgar Morin) o economistas como Mandel, tal como se ha advertido tantas veces luego a sus burocracias profesionalizadas. La HG, en todo caso, ya no funciona porque ¿quién piensa hoy, en serio,  en echar abajo a un Gobierno? Sarko se las pasa por el arco y ZP se agarra a ellas como a una incómoda tabla de salvación. El fracaso actual del sindicalismo es vicario del crak ideológico de la izquierda. Antier se vio que a esa velocidad no se va ya a ninguna parte, si es que alguna vez se fue a alguna.

Deudas andaluzas

Oyendo a Griñán y a su consejera del ramo reclamar frente a la negativa de ZP un aumento de la deuda andaluza, se viene a la cabeza el eslogan que, durante el aznarato, empleó sin tasa la propia Junta: “El Gobierno de Madrid discrimina y castiga a Andalucía”, ¿recuerdan? Otra cosa es que el Gobierno pueda llevar razón porque, siendo cierto que sin más dinero será imposible salir del agujero negro, también lo es que con mayor deuda estaremos cada vez más abajo en esa sima. El Gobierno nos castiga, eso va a misa, porque a pesar de los serios avisos electorales, aún nos considera feudo seguro. En cuanto a la Junta…, la Junta se limita a hacer su papel decidida a todo menos a ahorrar.

Crónica de la agonía

Patética la carta de Margarita Ramírez-Montesinos publicada ayer, en la que se denunciaba la situación patética de la UCI del Infanta Elena. No puede ser más espeluznante y entristecedora. Tratándose de un personaje de primer nivel político –el afectado, su marido, es nada menos que el fundador del PSOE en Huelva—resulta aún más extraña esa historia infernal. Que el PSOE calle si gusta las razones del abandono de su fundador, pero que la Junta explique de inmediato si son ciertas las circunstancias denunciadas o no resulta imprescindible. Huelva no se merece estas cosas, verosímiles teniendo en cuenta que la cuña que esa denuncia, política en el fondo, viene de una cuña de la misma madera que sostiene este tinglado.

Otros mundos

Supongo que será por la necesidad de distraer a la opinión, no poco atenazada por sus guerras, la amenaza terrorista o la persistencia de la crisis, pero nada menos que la ONU acaba de echar mano del mismo recuso que hace setenta y tantos años sirvió a Orson Welles para aterrorizar a su audiencia radiofónica. Diversos medios han difundido, en efecto, la noticia de que la astrofísica malaya Mazla Othman, actual directora de la Oficina de Relaciones  con el Espacio Exterior, sería designada en breve por el organismo internacional como “embajadora” permanente con la finalidad de que una eventual llegada de los esperados extraterrestres no pille desprevenida a la Humanidad sino con sus mecanismos de respuestas debidamente engrasados. Es verdad que la interesada ha aclarado con celeridad que la noticia era inexacta pero también que el proyecto existe y que ha fraguado como consecuencia del descubrimiento de esos exoplanetas que ha permitido cuestionar a fondo la estrategia negacionista que mi amigo Ignacio Darnaude concibe como un complot y llama en un reciente libro la elusividad, eventualidad que el propio Hawking –que últimamente no se pierde una– ha atacado a fondo con su aviso a los navegantes sobre la potencial existencia de una vida alienígena que podría acabar colonizando la Tierra como Colón colonizó las Américas (sic). Cada era tiene su mitologema y ésta que nos ha tocado vivir lo centra en el viejo sueño astral que se arrastra desde Luciano hasta Campanella, disconforme siempre con la limitación terráquea de la existencia inteligente aunque también siempre limitada al ámbito seductor pero inconcluyente de la metáfora. Uno, qué quieren que les diga, siempre se aferra, en última instancia, al apotegma de aquel lúcido visionario que fue Paul Éluard, ya saben, aquello de “Hay otros mundos, pero están en éste”. No comprendo como una mujer pudo dejar a un hombre así para largarse con Dalí.

 

Más prosaico en este momento, me apunto a la tendencia que ve en estos embelecos no más que sonajeros para distraer al personal, y que protesta ante maniobras tan infantiles destinadas a embargar el criterio público crecientemente inquieto ante nuestros problema reales. Un negocio fácil, en fin de cuentas, pues ya Loyola explicó que para quienes creen (en lo que sea) no hacen falta pruebas mientras que para quienes no creen sobran todas, pero al que una embajadora de la ONU nada menos para asuntos extraterrestres aportaría, sin duda, una notable credibilidad. Cuando Einstein dijo eso de “mira el cielo y aprende de ellos” apostaba, seguramente, por el misterio, pero a los vividores les estaba abriendo la puerta de par en par.

¡Que se besen!

Tranquila huelga, salvo excepciones. Tímidos gritos contra el Presidente del Gobierno, al que llamaron “embustero”, pero con sordina. ¿Era posible organizarle la marimorena al Gobierno al que se apoya? Parece que no: las calles hablaban por sí mismas, y el civismo de los manifestantes discurriendo ante el comercio abierto en su mayoría hablaba por sí solo. Méndez y Toxo, sobre todo Méndez, han ido forzados a este envite pero lo que han dicho no se lo han creído ni ellos. Ahí están ya las ofertas de diálogo abierto y cordial. ¿Acaso no estaban antier? Se ha notado demasiado en esta HG su carpintería política. Daban ganas de animarlos, durante el recorrido, mientras insultaban con la boca pequeña al Gobierno, con el himeneo tradicional: ¡Que se besen, que se besen! Lo otro no se lo creía nadie.

El PSOE contra el Recre

No se explica la enemiga del PSOE contra el Recre, que tan malos resultados les dio ya cuando Ceada estuvo a punto de permitir que el Decano desapareciera. Asocian su imagen a la del PP, que fue quien lo salvó desde el Ayuntamiento, quien hizo el Estadio y propició la mejor ejecutoria del club más que centenario en toda su historia. Y ahora aprovecha el traspiés competitivo y el consiguiente fracaso económico para forzar un estado de opinión contra la vieja institución popular onubense que, muy probablemente, acabará volviéndoseles en contra como se les volvió entonces. Hay cegueras incomprensibles, pero las que provoca el partidismo son insuperables.