La ley-escoba

Es desolador el uso que se viene haciendo de la ley de Acompañamiento del Presupuesto, convertida cada vez más en un vehículo trucado para eludir el debate parlamentario. Si se consuma el presumido proyecto de sacar el decretazo contra los funcionarios en ese dudoso marco, Griñán habrá demostrado un desprecio supino por la función pública pero también, qué duda cabe, por la democracia misma. La debilidad tradicional de esos funcionarios explica la prepotencia de la Junta, pero esta medida, de salir adelante, habrá herido de muerte a la Administración de la autonomía. Y habrá quedado claro que la Junta y los dos sindicatos mayoritarios no defienden ya más que sus intereses propios.

Tiempos peores

Unos entusiastas, mucho más jóvenes que los protagonistas, organizan estos días en Sevilla unas jornadas para recordar el significado de la revista “Triunfo”, aquel catecismo de la progresía en la que algunos de nosotros aprendimos a hablar y, ya de paso, a tragarnos las palabras. Coincide la iniciativa con la muerte de Berlanga y es en esa casual confluencia en la que me planto hoy para echar la vista atrás en apoyo de mi vieja tesis de que la más incómoda y cojonera crítica al franquismo la hubieron de hacer a tres manos la gente del humor, la del cine y la de la escasa prensa empeñada en no ceder del todo ante el silencio imperativo. Por lo que se refiere a nosotros, en “Triunfo”, vemos hoy claro que si en algo acertamos fue sin duda en apostar por el silencio clamoroso frente a lo interior compensado en la enérgica perífrasis de la visión internacional, de la parábola histórica y del ejercicio sin concesiones de un criticismo progresista que no desdeñaba ámbito alguno de nuestra cultura. El humor cargó con el fardo, tantas veces abrumador, de una ironía capaz de refractar la realidad reproduciendo en su imagen distorsionada la más eficaz alegoría de sus mezquindades y de sus limitaciones. Y en cuanto al cine, en medio de vulgaridades y connivencias, la verdad es que fue capaz de convertirse en un popularísimo espejo donde, por encima y por debajo de la censura, una buena parte de la sociedad acabó reconociéndose en su impuesta monstruosidad. Gente como Berlanga hicieron con una cámara en las manos la sociología entonces impensable que necesitaba un país abismado en el conformismo, enseñando a reírse de sí mismo a un pueblo que callaba a la fuerza pero con notable resignación. Mucho tuvo que exigir esa generación a la sátira que, en obras como “Mr. Marshall”, “El Verdugo”, “Plácido” o “Calabuch”, fue fraguando una antiépica que venía a ser el antídoto más tolerable para aquella sociedad enervada.

 

Nunca es aconsejable la mitificación pero hay que reconocerle su mérito a esas iniciativas que ya entonces tuvieron una acogida tan cálida. Aunque temo que no resulte fácil hallar un adecuado equilibrio entre la leyenda y la realidad y más cuando no pocos de aquellos militantes –como antier mismo Berlanga—campan ya en la memoria libre de su corsé humano. ¿Será verdad que las dificultades aúpan el ingenio y que por eso bajo la dictadura se pudo producir tan meritorio balance? Personalmente prefiero no sublimar pero sospecho que sin aquellos esfuerzos tal vez no se hubiera logrado mucho de lo bueno que vino después. La Historia consiste en este continuo tejer y destejer afanes. Y creo que nosotros hicimos lo que pudimos.

La puerta de atrás

Otra bronca, esta vez con motivo de su vivita a Fibes, se ha llevado el presidente Griñán de los funcionarios, obligándolo a salir por esa puerta de atrás que se va convirtiendo ya en todo un símbolo del desencuentro entre los políticos responsables de la autonomía y sus trabajadores públicos. No es bueno ni decoroso mantener esta situación  de acoso, pero para conjurarla se necesita algo más que el empecinamiento, sobre todo cuando parece cada vez más claro que el rechazo al proyecto que Griñán se trae entre manos es rechazado por una amplia mayoría que va más allá de los propios funcionarios amenazados por él. Sería urgente que se dé una salida a los protestantes antes de que se degrade aún más la imagen de nuestra política en medio de la incomprensión general.

Drogas numéricas

Con ese nombre, “drogas numéricas”, se está difundiendo en varios países una notable polémica en torno al uso y consumo de unas presuntas drogas virtuales que se andan vendiendo en Internet a buen precio y que permiten, según su publicidad, experimentar los efectos de las drogas convencionales –desde la marihuana al LSD pasando por la coca– sin necesidad de consumir sustancia alguna. El invento, que es conocido en principio desde los años 70, consiste en someter al sujeto al impacto sonoro de ciertas composiciones musicales, si así cabe llamar a simples percusiones binarias que deberán ser escuchadas separadamente en cada oído con una frecuencia diferente, ejercicio que, se asegura, provoca los efectos que ya pueden contemplarse en la pantalla del ordenata interpretados por jóvenes consumidores que aseguran hallarse instalados en esos paraísos al menos mientras mantengan colocado el casco sobre sus cabezas. Por supuesto, nadie puede decir en este momento si estamos ante un experimento revolucionario o, una vez más, la astucia mercante ha sido capaz de traspasar la barrera del escepticismo, pero ya resuenan serias advertencias de organismos sanitarios oficiales (franceses, por ejemplo) que avisan a los padres sobre el peligro intrínseco en el recurso a la droga, real o imaginaria, aparte de la advertencia de que tras falsos productos no tiene por qué no haber verdaderas drogas. La imaginación no descansa, como pueden ver, y el negocio, menos. Pero más allá del debate sobre si de lo que ahora se trata es de efectos de la autosugestión o de efectos reales (esos ritmos binarios podrían provocar ondas lentas capaces, al parecer, de alterar el funcionamiento del cerebro), entiendo que lo interesante está en la búsqueda misma de la felicidad artificial por parte de una demanda, fundamentalmente joven, sin duda propulsada por la disforia. He escuchado algunos de esos testimonios y son no poco espectaculares. Verdad o placebo, pues, esa búsqueda de la euforia resulta tan curiosa como alarmante.

De hecho, la verdad es que, cuando tuve ocasión de asistir a alguna sesión de macumba, no estuve seguro nunca de si las manifestaciones contempladas obedecían al efecto de la cachaza o al producido por el tantán, al humo de los vegueros o al revuelo de los enloquecidos giros de la danza ritual. Pero sí estoy seguro de que la tumultuosa afluencia juvenil a las puertas de los paraísos más o menos imaginarios crece proporcional al fracaso socializador de nuestras sociedades. No sé, quiero decir, ignoro si esas drogas numéricas intoxican o, simplemente sugestionan. Me pregunto sólo en qué seguimos equivocándonos tanto quienes ya no usamos casco aturdidor.

Griñán toca fondo

Se comprende que resulte difícil hallar una réplica al fenomenal zambombazo que los funcionarios le han dado a Griñán y los suyos en la multitudinaria manifestación del sábado. Que él calle mientras un ‘nini’ como Mario Jiménez atribuye el movimiento a la manipulación del rival, se entiende si mayores dificultades. Pero es obvio que deben de haber tomado buena nota de ese gesto decidido de los funcionarios que no le “hacen el juego” más que a su derecho y al sentido común. Lo que el decretazo de Griñán busca es someter injustamente la función pública al partido y los trabajadores públicos no parecen dispuestos a tragar una vez más. Éste es el mayor conflicto al que la Junta se ha enfrentado. Griñán se juega en él el que el resto de su pésima racha.

La ilusión materialista

Hay que admitir que, al menos en última instancia, tan arriesgada es la toma de partido por la interpretación idealista de la realidad como la adhesión a los enfoques materialistas. Me aferro más a este postulado cada vez que tropiezo con alguna de esas teorías novedosas que tratan de explicar los fenómenos vitales en función de una ruda lógica mecanicista extrapolada de la biología, para cual, en definitiva, todo resulta ser efecto automático del penúltimo hallazgo de un laboratorio extrañamente ocupado en investigar las causas de la emocionalidad. La última de esas interpretaciones me llega rebotada desde la universidad de Siracusa, en la que eminentes neurólogos parecen decididos a disecar el alma humana hasta reducir la emoción en su correspondiente tabla de elementos que ignoro si al final resultará también periódica como la que predice la materia, y consiste en otro de esos desarrollos materialistas, en concreto el que sostiene que la relación amorosa, no es sino el efecto neurológico de esos herméticos agentes que son los neurotransmisores del estilo de la dopamina o neuromoduladores como la oxitocina, capaces de provocar cataclismo psíquicos como el flechazo fulminante en pocas décimas de segundo. Me imagino lo que Proust o el gran Amiel se hubieran divertido enterándose por los sabios de que el enamoramiento puede certificarse sólo con detectar en sangre aumentos significativos del llamado Nerve Growth Factor (factor de crecimiento nervioso), molécula –aseguran—implicada en la química social de los seres humanos y en sucesos como el “amor a primera vista”. Hoy los sabios sostienen que el amor materno, por ejemplo, se produce en zonas concretas del cerebro muy diferentes de las responsables del amor apasionado y esperan, en definitiva, acabar controlando enteramente la neurofisiología de esos misterios sin apartar el ojo del microscopio. Uno de momento prefiere aferrarse a la primitiva noción amorosa que inspirara a Tolstoï o a Stendhal.

 

A Azorín le pidieron alguna vez que opinara sobre el amor y Azorín contestó aquello tan celebrado de que hablar del amor sería “hablar de la mar”. Nuestros sabios, por el contrario, han acercado la perspectiva hasta reducir lo sublime al plano grosero en que las catecolaminas, aniquilado el espíritu, ejercen sin remedio su despotismo bioquímico. Y ése es abuso que la visión materialista pagará seguramente con usura a partir del momento en que el hombre esencial decida, harto de coles, reivindicar su condición de enigma. Es posible que entre prisas y ambiciones, esos cerebros estén matando entre todos la verdadera gallina de los huevos de oro.