Arde París

No sé si será verídica la pregunta que dicen que Hitler le formuló por teléfono, el día de la retirada, al jefe militar de las tropas ocupantes: “¿Arde París?”. No, París no ardía aunque aún quedaban emboscados en algunas mansardas y sobrados pelotones de francotiradores, disparando sobre el gentío que abarrotaba los Campos Elíseos vitoreando a De Gaulle. En el 68 también surgió la ilusión extremista de que París ardía, cuando la realidad era que, fuera de las áreas universitarias—en las que se cultivaba la demagogia y el amor libre–, París seguía siendo el Paname de siempre, con sus cafés acristalados, sus ruidosos bateaux-mouche, sus colas en el Louvre, los ilusos conspirado en el Café de Flore alrededor de un sabio Sartre afectado ya de le “enfermedad senil” del extremismo y la Piaf afinando sus bellas elegías por lo bajini. Cuando París está ardiendo de verdad es hoy, estos días en que cien mil agentes no dan abasto para prevenir el terrorismo, combatir la criminal demencia de los hooligans y enfrentarse a las protestas políticas, lo que sugiere que la seguridad va a tener que replantearse –permita Dios que sin estridencias—hasta en los lugares más adelantados del planeta. Resulta desconcertante ese espectáculo furioso en uno de los Estados más jacobinos que conocemos, y aterrador pensar en lo que puede ocurrir en países menos preparados, como el nuestro, si por desgracia se desata en él un día de la ira, con sus lobos solitarios haciendo piña con los ciudadanos de la protesta social.

La situación de París hoy es un símbolo elocuente del peligroso momento que vivimos y del reto que supone para las democracias blindarse frente a un espíritu anómico que lo mismo dinamitan una iglesia cristiana que retrasmite la degollación de los inocentes o cultiva desde el populismo una acracia sin moral e incluso la amenaza de un puño de hierro leninista que desde Podemos califican de “amable”. La imagen de un París en estado de alerta vale más que cuántas palabras se puedan amontonar para lamentarlas, incluso desde la esperanza de una pronta normalización que reabra los bistró y nos permita de nuevo asomarnos al Sena, callejear por Montmartre escuchando a lo lejos el bandoneón de la libertad y contemplar de nuevo la ciudad alegra y confiada desde el mirador del Sacré Coeur. París simboliza la proeza de levantarse tras cada tragedia intacto su sentido cosmopolita de la convivencia. No ha habido bárbaro hasta ahora capaz de abatir esa solemne insolencia.

Total, una firma…

Todos hemos conocido, junto a muchos aciertos, no pocos errores en la administración de la Justicia, en especial desde que una como la que tenemos haya merecido ser públicamente calificada, por un magistrado, de “amordazada”. Cada cual tendrá su antología de logros y fallos, pero en la mía, acaso ninguna tan pintoresca y bizarra como la que recientemente ha utilizado un juez en una sentencia que, de hecho, da carpetazo al “caso” del actual consejero de Educación, a saber, la que decía que “un alto cargo no tiene por qué conocer al detalle lo que le pongan a la firma” sus funcionarios. Ah, ¿no? ¿Entonces qué es lo que valida una firma de un alto cargo? Con todo respeto, temo que negar la responsabilidad con ese argumento –¡oigan a sus propios colegas!—es darle carta blanca a los de arriba para colar lo que les venga en gana.

Tiempo medroso

Un amigo diplomático me hace desistir de mi proyectado viaje a Egipto. “Espera a que se tranquilicen las cosas allí”, me dice. Otro, gran editor y buen conocedor de México, me aconseja que aplace mi visita a aquel país donde los amigos suelen ir a recogerte al aeropuerto para evitar problemas. Hay miedo, un miedo generalizado como el que pintó Goya en “El coloso”, también llamado “El pánico”. Este es un tiempo medroso en el que nuestra libertad se va viendo constreñida cada día más por las imágenes de la catástrofes, la injuria de la guerra, le demencia machista –que lleva 25 víctimas en estos seis meses mal contados—y el conmovedor chafarrinón del loco que mata a cincuenta personas y deja otro medio centenar de heridos en un bar de Orlando. Hasta antier viajábamos sin temores, atentos sólo a la discreta obligación de adaptarnos a las costumbres del huésped, pero ahora ¿quién en sus cabales viaja a Egipto, quién se expone al caos mexicano, quién osa bajarse al Sahel…? La locura terrorista está celebrando está celebrando su fiesta secreta en el París policial de la Eurocopa y en no poco Estrado fallidos nadie te garantiza tu seguridad. En Praga me encuentro encima de la cama del hotel un aviso de la Policía para que no me deje detener por salteadores disfrazados de policías y en Sudáfrica llegan a robarte en tu hotel protegido, como le ocurrió a nuestros mundialistas. El miedo ha liquidado a esa “paz augusta” que disfrutábamos mientras duró la ingenua ilusión de la “new age”.

Ni siquiera nos damos cuenta de que estamos en el penúltimo grado de la alarma terrorista lo mismo aquí que en Francia o en Bélgica, como si viviéramos en la ciudad alegre y confiada y no bajo el volcán. Y eso es inquietante porque forzará al Poder, bien a mantenerse inerme ante la amenaza, bien a atraillarnos a todos –santos y pecadores—bajo una férula que de sobra conocemos. Fraga habló de “La crisis del Estado” cuando, ya en pleno desarrollismo, media España suspiraba por la y eso que él decía aquello de “la calle es mía”. Hoy el miedo que nos va invadiendo no tiene más que un rostro conjetural y el Estado se tienta la ropa bien protegido por sus guardaespaldas. ¡Hasta París palpita en un sinvivir y vive, de hecho, un estado de guerra! El siglo XXI amenaza con emular la crueldad bárbara del anterior. Tenemos miedo al invisible Fantomas que aterrorizó a nuestros abuelos. Nunca tan pocos apretaron tanto al Poder.

Pulgas y cucarachas

Tres colegios han debido cerrar sus puertas esta temporada al presentarse en ellos unas inquietantes plagas de pulgas, y ahora los propios funcionarios judiciales acaban de denunciar que el despacho en el que se amontona la documentación de los ERE está invadido de cucarachas. Cuando en 1971, con Franco vivo, un jovencísimo Antonio Burgos obtuvo un gran éxito con su estudio “, ¿ Tercer mundo”?, y alguien nos definió como “la tierra más loada y vilipendiada de España”. Luego, “de cara al 92” nos predicaron que la región iba a convertirse en “nexo entre tres continentes” y “guía de la modernidad”. Y aquí estamos, tras más de 30 años de “régimen”, incapaces incluso de eliminar esas ominosas plagas. Será que nos merecemos lo que tenemos, digo yo.

Insignes aburridos

Creo que la opinión más generalizada del “debate a cuatro” coincide en señalar su aburrimiento. Nada nuevo, todos los tópicos de repertorio, la guerra de cifras inverificables para el espectador que, naturalmente, favorecía a un político de tan larga experiencia de gestión como Rajoy. Pero, ay, la “rajoyfobia” alcanza ya incluso a los votantes del PP, incluido el propio Aznar (que no sé si es ya votante del PP o no) pero en rigor, no es más que un instrumento de la estrategia satanizadora de la Derecha que ya inició González, exacerbó Zapatero y ha alcanzado su momento universal al secundar a Sánchez los partidos “emergentes”. Desde que Escuredo abrió la puerta al PSOE en las primeras elecciones andaluzas con el reclamo del “cambio”, no ha habido un solo líder español que no se haya apuntado a él. Pero, teniendo en cuenta que de los cuatro candidatos del debate, tres no tenían la menor experiencia de gestión, no es raro que se agarren a ese concepto que lo mismo puede servir para un barrido que para un fregado. El problema, para mí al menos, es teórico. Verán: no es verdad que el binomio hegemónico PSOE-PP haya funcionado como tal, pues tanto uno como otro prefirieron el pacto con los depredadores del pujolismo o los secesionistas vascos antes que una alianza de izquierda.

Rajoy no puede ser el problema porque negarle a su gestión sus éxitos económicos no son más que ganas de negar. Lo del turnismo PSOE-PP poco tiene que ver con el que practicaron Cánovas y Sagasta, cuyo resultado más desconcertante fue que la inmensa mayoría de las reformas “progresistas” las hicieron los sagastinos. Claro que ni González es Cánovas (de ZP o Sánchez mejor ni comparar) ni Aznar es Sagasta. Y no me vengan con lo del caciquismo de la Restauración porque para caciquismo el que padecemos actualmente. Por eso el debate no aportó la menor esperanza de pacto entre esos implacables rivales, a excepción de la propuesta de Iglesias de formar gobierno con Sánchez, que implicaría el fin del PSOE y, sin duda, una arcaizante experiencia leninista. Sí, ya sé que no es correcto insinuar la posibilidad de unas terceras elecciones, pero ya me dirán qué cabe esperar de un cuarteto en el que, al menos los tres opositores, además de no aportar nada, ponen como los trapos al otro. Tiempo al tiempo y Dios nos libre. Aunque puestos a temer, uno temería más a eso que llaman “coalición de izquierdas” entre los leninistas y los históricos verdugos de Rosa Luxemburgo.

El fantasma

Los jueces son falibles como tales humanos, pero no me digan que no es peregrina la opinión de que no hay nada punible en el hecho de disfrutar de un puesto a dedo en la Junta sin portar siquiera, durante años, por la oficina. El fiscal, que también es falible, acusa al consejero que permitió este contrato fantasma y pide al TSJA que no cierra la causa abierta con motivo del escándalo, pero parece que excluye al trincón que aceptó ese papel de ectoplasma para embolsarse –en plan Errejón—esa pasta que la Junta dice que falta para ciertos servicios esenciales. ¡Un empleado fantasma! En la Junta se han visto muchas cosas aunque quizá ninguna tan bizarra como ésta del empleado sin empleo.