Metaplasmo populista

No voy a negarles que me cae bien la portavoz –¿o se dice portavoza?—de Podemos, la profesora Teresa Rodríguez, la única en la Cámara autonómica que, populismo por populismo, le ha cogido las medidas a la presidenta Díaz hasta vapulearla en los debates. Me encanta su desparpajo, esa elocución aguda y veloz que elimina por sistema las letras que la incomodan y dice, por ejemplo, con distraído acento gadita, “lo hemos intentao pero no hemos podío”, grave metaplasmo que me ha recompensado con una lección magistral de mi entrañable amigo Vaz de Soto, tras la que hemos concluido –en nombre y memoria de Lázaro Carreter– que semejante metaplasmo no es una paragoge sino más bien un apócope, perfectamente explicable en clave populista. Cualquier truco es bueno para aproximarse al pueblo soberano, dueño de epéntesis y haplologías, empezando por echar el anzuelo del habla en el piélago de la lengua que, al final, resulta tanto más rentable electoralmente que oponerse a los desahucios y prometer ayudas que luego no se cumplen, como hace su esposo, el gran Kichi de Cádiz. Ahora bien, una cosa es despejar una letra en las desinencias y otra muy diferente comparar a un poeta eximio como Miguel Hernández con un matón piquetero como el que los ropones han enviado al trullo en Jaén. Y eso tampoco, doña Teresa, porque hay un abismo entre decirle a una novia lo de “ojinegra la oliva en tu mirada/ boquitierna la tórtola en tu risa…” y pegarle cuatro mamporros a un edil. Nunca me han gustado los carceleros, lógico, pero menos me gustan los matones.
Lo malo del populismo –entre tantos riesgos—es que lo mismo se come unas letras que se salta a piola la Ley o promete ese “reino feliz de los tiempos finales” siempre esperado aunque nunca llegue, en plan fenicio que reparte baratijas entre los indígenas o en versión Evita –“volveré y seré legiones”, dice su epitafio—embelesando a sus “cabecitas negras” mientras amasaba su fortuna. Hay que ver la explicable envidia que me da a mí mismo cuando pienso en el feliz fin de mes de esa pareja, Teresa-Kichi, una con la suculenta nómina del Parlamento autónomo, el otro con los haberes heredados de Teófila. Lo que no me gusta de ellos, no lo niego, es verlos afinar la clavija hasta arrancarle a la guitarra falsetas tan demagógicas como esa comparación del gran Miguel con un matón piquetero. Yo creo que “habría sío mejó” acatar una sentencia que zarandear la historia hasta ese disparate extremo que nos tiene confundíos.

Los tres monos

No ver, no oír y callar. La estrategia de los tres monos chino-japoneses ha sido adoptada por la inmensa mayoría de los implicados en los sumarios de corrupción. Por su parte cuenta el presidente de la comisión parlamentaria nada menos, que la Junta se negó a enviar la documentación requerida por la Cámara porque ello supondría “colisión entre el ejecutivo y el legislativo”. Se trata, sin duda, de ganar tiempo y no aportar nada –lo de la colaboración con la Justicia no es más que un tópico obligado–, actitud que muy probablemente contribuirá, ya se verá en qué medida, a la impunidad de los presuntos. Toda la plana mayor de la Junta ha adoptado aquella estrategia simia y, lo mismo que el pobre juez asistente al que la sucesora de Alaya le ha endosado el marrón, los comisionados parlamentarios tienen difícil su cometido. El “gran fraude” que Griñán admitió en su día es probable que no se descubra nunca.

La isla fantasma

Mi buen amigo Ignacio Darnaude, ufólogo y esoterista de estricta observancia, me envía un dossier sobre la famosa isla de San Borondón, ese misterio intermitente del que se viene hablando desde Ptolomeo, que alguna vez fue motivo de negociación y acuerdo entre España y Portugal tras encandilar a tantos cartógrafos y salirle por un pico a los “descubridores” renacentistas que buscaron con ahínco esa isla ignota que aparece y desaparece cuando se le antoja, en ocasiones alejada de Gran Canarias o frente a la isla del Hierro, como un fantasma imprevisible. Ignacio lleva años intentando convertirme al credo antiaristotélico, lo mismo anunciándome misterios como el comentado que tratando de ingresarme en la comunidad anunaki con alguno de cuyos miembros asegura incluso haber hablado por teléfono. Culto y sabedor de tantas cosas, me honro con su amistad –¡y la de su paciente esposa!—quizá porque en él veo, aunque no en ella, una mente supérstite en medio de este mundo demenciado entre el racionalismo más basto y la imaginación más ilusoria. ¿No hay quien cree todavía en la regeneración política o en la superación del conflicto separatista? Pues ya me dirán cómo no apreciar, frente a esa humanidad ingenua, a quien, como el esotérico profeso, indaga la realidad en lo inverosímil. ¡Una isla fantasma! Me cito con los Darnaude en la barra de una bodega para adobar en lo posible la ejemplar irracionalidad del marido con el viático de la solera vieja y las aceitunas gordales.

Antiguo lector de los viejos navegantes –desde Heródoto a Estrabón, desde el loco Ctesias al escrupuloso Avieno—algo sé de esas tierras de quita-y-pon que, como los barcos fantasmas, han dado de comer a tanto buhonero. Y es esa leyenda de la isla misteriosa que buscaba san Brandán con sus siete frailes ante la que mi racionalismo moderado dobla más devotamente su rodilla. ¡Si sabremos los españoles de islas y aun de continentes ganados y perdidos engullidos por la tempestad o desmayados en plena bonanza! Muy lejos de la escandalosa fe de Darnaude, comparto con él la pulsión superadora del racionalismo garbancero, en la búsqueda de esa ilusión desconocida que nos aguarda tras cada instante de la vida tentándonos con su deslumbrante atractivo. Eso sí, suelo insistirle en que el misterio está aquí mismo, en nuestro coleto, en la belleza y en el horror, en el enigma mismo que nos constituye. Siempre le digo, como Borges, aquello de “ya seguiremos charlando en la eternidad”.

¿Lo ven?

Antier comentábamos en este rincón el aviso, entre ingenuo y trilero, del responsable andaluz de Ciudadanos, que decía, el tío, muy serio, que si Susana Díaz se iba a Madrid, Ciudadanos rompería su pacto para todo en la Junta. Pues bien, en un suspiro ese guardián de las esencias renovadoras ha echado todavía más agua al vino al anunciar, con la misma cara, que, bueno, que tampoco hay que malentenderle, o sea, que si la doña se fuera a Madrid de secretaria general de su partido, ellos no le pondrían obstáculo alguno sino que la seguirían apoyando “in absentia” porque, total, entre Ferraz y San Telmo no hay más que un AVE. ¿Lo ven? La gran pregunta es qué le ha dado doña Susana a estas criaturas para convertirlas, como quien no quiere la cosa, en una franquicia del PSOE.

Muerte en Sevilla

Asisto al funeral de la esposa de mi colega y decano en la Real de Buenas Letras, Juan de Dios Ruiz-Copete, buen poeta y mejor crítico, hombre bueno donde los haya, serio y respetuoso, culto y fervoroso de la amistad. El templo, solemne, estampa en vivo del siglo XVII, con la inigualable pietas presidiendo el retablo y los cuadros de Murillo quitándole hierro al barroquismo fanático de Valdés Leal –“In Ictu Oculi”, ya saben–, el desfile solemne con cruz alzada al frente, pausado el muñidor pausando su campana, escoltado por los asilados de Mañara con sus amplias hopas, los sombreros vueltos con su leve cinta al aire y el farol en la mano abriendo paso al luto supino del féretro. ¡Morir en Sevilla! En nuestra herencia pocas liturgias tan prestigiosas como la muerte, ese rito de paso embellecido piadosamente por el presentimiento de la vida nueva – “mutatur no tollitur”, asegura el oficiante—y sus latines abren en la negrura del duelo el esplendor de la franja de luz más luminosa. Hoy día se muere en el hospital y se vela en el tanatorio, abolida por la secularización la intimidad de la muerte doméstica. Pero no siempre en Sevilla. Miro a Juan de Dios, digno y sereno como el pájaro al que el tiempo venatorio le levanta la hembra, acumulando a otras penas ésta que deja a su lado un hueco irrellenable. Tiene los ojos empañados y el ademán tranquilo. Reza en silencio, quién sabe si reinando en algún endecasílabo para añadir al responso.
La herencia de Mañara: ritos y caridades, belleza inefable del barroco intenso, fascinación por la memoria solemne. Una mirada y un abrazo, sin palabras –los ojos empañados, ya digo, pero sin perder el compás–, en plena Pascua de Resurrección –ahí es nada– y con los primeros vencejos explorando el cielo indeciso. Juan de Dios no está solo y él lo sabe, o mejor, lo cree, lo siente palpitando en el corazón, lo garantiza su memoria devota. Mutatur no tollitur, hoy por ti mañana por mí: la fe es confianza ante todo, saberse efímero y eterno, actor en el reparto de la tragedia con buen fin de esta vida tan breve. Una mirada y un abrazo: sobran las palabras. Y se va el cortejo, sin prisas, contrastando con el tráfico de la ciudad cotidiana y el trajín de los vivos, el pan nuestro de cada día. Sigue la vida, a medias sólo para Juan de Dios, pero plena en su conciencia creyente, en el miajón cálido de su familia que le rodea como a un patriarca. Nos despide una mirada leve. Otro vencejo madruga pro el cielo celeste.

Matonismo de actualidad

Podemos, el “movimiento” (porque no es un partido, ya saben), que viene a liberarnos de la tiranía tradicional, cojea del mismo pie que los pretendidos relevados: la novia del líder contrata ilegalmente al parecer, su número 2 cobra ilegalmente una beca universitaria, otro de los mandamases oculta a Hacienda la pasta gansa apoquinada por sus amigos bolivarianos, el propio líder confiesa haber cobrado en negro en alguna televisión, y ahora, en fin, organiza una movida en las llamadas “redes sociales” para que uno de los suyos –condenado a tres años y medio de cárcel por darle una paliza a un concejal y otros antecedentes similares—no vaya la cárcel a pagar su condena. ¡Los fans de la guillotina autoindultan a sus matones, ya ven que cosa rara! Aunque no lo hicieron hace poco para salvar al joven condenado por el robo de una bici municipal. “Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”: Podemos no ha inventado nada nuevo.