Edipo en la Pampa

Ya estamos otra vez con la misma imagen, la señora del presidente encaramada al sillón que fuera del marido, la vieja pulsión argentina por la hembra poderosa que ha hecho que muchos de sus psicoexpertos hayan hablado tantas veces del edipismo nacional. Ahí está otra vez la viuda con sus lutos, las lágrimas atrailladas por la voluntad de poder, el rescoldo romántico recalentando el subconsciente en busca de un país que sea como un hogar y un hogar que, como la mayoría, funcione en régimen de matriarcado. Escucho a un disidente porteño escribir que este hembrismo presidencial debe de tener raíces mucho más hondas y ancestrales que las del peronismo, o sea que éste no habría sido, al fin y a al cabo, sino un cauce para aguas más antiguas, acaso en relación bachofeniana con la organización migratoria y espejo oculto en ella de su matriarcalismo. Cualquiera sabe, pero parece razonable pensar que el peso excepcional de la mujer en la gran política argentina no puede obedecer a unas circunstancias casuales y menos a la broma ésa (parece que atribuible al círculo elitista del primer Borges) sobre la paradójica pulsión calzonaza de un pueblo sobrado de testosterona. Lo de Edipo es siempre más sutil, más convincente, porque opera en un plano íntimo, en todo caso inconfesable, y podría funcionar como el bramante que engarza las piezas de una compleja sentimentalidad hasta formar un collar presentable. Evita fue un mito, Isabelita una mala leyenda, las “chiches” unas marujonas listas, esta Cristina –con su radicalismo banal y sus huellas de liftings– un fotograma de telenovela. El país de los gauchos y los milicos, la patria del hombre de la esquina rosada, el solar del tango no serían, en definitiva, más que la fachada de un pueblo enmadrado con ciega voluntad de seguir siéndolo. Dicen que a la cámara de Cristina se pasaba por el antedespacho de su marido. ¿Y qué? El edipismo tiene sus vueltas y revueltas como todo laberinto.

Es verdad que estas reinonas no son ya lo que fueron las grandes sátrapas de la Historia y que hay mucha distancia no sólo entre Cristina, sino entre la propia Evita y Catalina la Grande o Isabel Tudor, grandes en sí mismas, y no por los hombres sino a pesar de ellos. Hoy, por ejemplo, hay ya demasiada gente que duda de la capacidad real de la actual viuda y no poca que empieza a rumiar quién será el marionetista que, agazapado tras el bululú, maneje los hilos de su destino, quizá porque ni se conciba la regencia auténtica de la mujer en quien hasta ahora no ha sido, en última instancia, más que la hembra a la sombra del poder. Edipo nunca ha creído en Yocasta por más que la utilice.

Más pasta

BOJA 215, de 3 del corriente: subvenciones largándole cuatro millones y medio a CCOO y otro tanto a la UGT. Debe de ser el pago a los servicios prestados, pero ayer había oficinas públicas a punto de estallar al ver en tanta dadivosidad un signo inequívoco de connivencia entre la Administración y sus representantes. Es posible que los sindicatos no se estén dando cuenta de que acarician el fin de sus días entre el funcionariado, un sector más atento e informado, como es natural, que otros más fácilmente camelables. Más pasta, en todo caso, que es de lo que se trata. Hace tiempo que aquí no hay más dios que el becerro de oro.

Leyendas negras

Tropiezo todavía en las librerías venecianas con la tragedia inacabada de Simone Weil “Venezia salva”, frustrado y conceptuoso intento de remover de nuevo el tema de la llamada “conjura de los españoles”, epopeya siniestra y tan injustamente divulgada que hasta ha llegado a ser identificada erróneamente en Italia por cierto autor de nota con la obra de título parecido que Larra criticó a Martínez de la Rosa y que, en realidad, no se refería a aquellos hechos del XVII sino a otro bien conocido del XIV. Weil, esa musa de la derecha francesa cuya fama no cumple ya los cien años, vuelve a las andadas románticas de atribuir la famosa “conjura” a los españoles , como propuso en su tiempo Saint-Réal y mantuvieron luego Otway, Goethe y, ya antier como quien dice, Hugo Hoffmannstahl, y como si no estuviera ya bastante claro a estas alturas que aquella infamia debió ser obra que la propia Serenísima atribuyó a la España de Felipe III y, en concreto, al duque de Osuna y al marqués de Bedmar, virrey de Nápoles y embajador en Venecia respectivamente. Nada tan cómodo como seguir la pendiente romántica que en este tema carga al antiespañolismo de antier y de hoy lo que podríamos decir que no fue sino un incidente más en la guerra entre el ideal del feudalismo hasbúrgico y la noción mercantil de la vida y las relaciones que practicó siempre aquella que Goethe llamó “república de castores”, una nación en plena decadencia desde el momento mismo en que España, en efecto, abrió al mundo el camino de Occidente, dando a la hegemonía mediterránea el golpe de gracia. Weil no quiere saber nada de la notoria posibilidad de que aquella orgía de nervios y sangre no fuera más que un carnaval siniestro organizado por los dogos con mercenarios hugonotes franceses, y se aferra, como digo, aunque ciertamente sin concreciones innecesarias pero también sin cambiar de registro, a esa visión romántica que brinda el lado humano de los conspiradores. La leyenda negra fue siempre un buen negocio, incluso manejada con el tacto con que lo hace esta dama que debía saber de sobra de qué iba la vieja película.

La inquina de Quevedo, enemigo íntimo de lo veneciano (lean “El sueño de la muerte” o “Lince de Italia, entre otras obras) y presunto cómplice de aquellos hechos, no era en el fondo más que ingenua propaganda imperial, y eso era posible porque España no había superado su aristocrático complejo de la superioridad del ocio y de la fuerza, tan denunciado por nuestros “arbitristas”. El caso fue que una mañana aciaga dos pringaos aparecieron ultimados entre las dos columna de San Marcos y que muy probablemente ni ellos mismos llegaron a saber nunca por qué les daban matarile.

Sexo y política

Vean a las mujeres del feminismo de nómina (las del Instituto Andaluz de la Mujer) alinearse con las radicales que andan diciendo que el uso del burka no tiene nada de diferente con el del hábito monjil. Escuchen al presidente Griñán (“¡Llamadme presidenta…!”, ya conocen su invitación) hablar de inyecciones de testoterona por referencia a la decisión de ZP de romper la paridad, como si esa chorrada fuera ya una norma forzosa en un gobierno democrático. Simple ruido. Estos excesos pueden perjudicar la causa razonable del ascenso femenino pero son en sí mismos incapaces de producir beneficio alguno. Con la que está cayendo, además, ese ruido no deja de ser lamentable además de idiota.

La buena memoria

Metido en mis lecturas venecianas releo estos días sobre el terreno la biografía apasionada de Giuseppe Volpi que escribió hace años, cuando aún Italia era un país demediado, Fabrizio Sarazino, un nostálgico pero también un memorioso atenido a la buena memoria. He visto la tumba de Volpi en la basílica de I Frari, ese mausoleo que con él comparten, entre otros, Tiziano o Canova, y me he parado a pensar ante aquellas páginas sobre la inutilidad del rencor y la grandeza que, a diferencia del olvido, implica siempre la razonable asunción del pasado. Volpi, por ejemplo. ¿Imaginaríamos en España un homenaje de Estado como el que la nación italiana le hizo a este gobernador de Tripolitania y ministro de Mussolini –bendición papal en manos del Patriarca, el presidente Saragat y el inescrutable Andreotti presentes—como si el pasado no contara tanto como la clamorosa realidad de la intención? Yo, al menos, no. Hoy se oyen todavía protestas contra el hombre que tuvo la idea de hacer de Venecia –en Porto Marguera, en el Malemocco de los petroleros, en el Mestre humeante—una potencia industrial, y se alegan fuertes razones ecológicas del todo pertinenentes, pero serán pocos quienes no vean que esa opción tan devastadora ha resultado también decisiva. Y se pasa la página para buscar en la siguiente la lógica de la vida, esa silogística tan imperfecta. ¿Se imaginan, insisto, una memoria parecida siquiera para alguno entre aquellos hombres que, bajo la dictadura de aquí, hicieron de un país de subsistencia agraria que se ahogaba en la autarquía, la famosa “novena potencia industrial del mundo”, hombres como un Fernández Ordóñez sin ir más lejos, que capitanearon aquel “sector público”, el INI, cuya voladura controlada fue la paradójica obra magna del sedicente socialismo en el poder? En Venecia todos se descubrieron, medio siglo después, ante el líder vituperado –el amigo de D’Annunzio, la pesadilla de Churchill—que hizo aquel milagro sin pensárselo dos veces. Paul Morand dice en sus memorias, que también releo estos días a pie de obra, que al fin y al cabo Italia tiene un siglo de antigüedad mientras Venecia tiene quince. Nosotros parece que andamos en plena adolescencia.

El actual memorialismo, ese afán revanchista y tuerto de un ojo, tiene mucho que aprender de la memoria italiana o de la francesa, por no hablar de la alemana, aunque no es verosímil que aprenda nunca teniendo en cuenta que, además de una estrategia partidista, es ante todo un negocio. Incluso si entre nosotros también hay amnésicas excepciones –antes he citado una—no cabe imaginar esa libertad de criterio que inspira el caso de Volpi ante cuya tumba vi no hace más que unos días un sugerente rosa marchita.

La piña vacía

Sugerente fórmula la empleada ayer por de Carmen Torres para representar la situación actual de PSOE regional: una piña vacía. En el Comité de ayer volvió a escenificarse el prieta las filas y a cubrirse con ovaciones las indisimulables brechas que se le han abierto a Griñán en la estructura de un partido que, tradicionalmente, hay que decirlo, siempre fue conflictivo salvo bajo la fórmula del “reparto” entre provincias, grupos y tendencias puesto en pie por Chaves. Ahora no hay piña que valga porque no hay quien esté seguro en su nómina y el PSOE, lamentablemente, es hoy más un inmenso colocadero antes que un partido de gobierno. Griñán hace lo que puede. Pedirle más es no conocer el paño.