Memoria flagelante

Estamos viviendo una era de reconocimiento de errores y demandas de perdón. La Iglesia se lo ha pedido ya lo mismo a Galileo que a las víctimas del Holocausto, los alemanes a los judíos y a los franceses, y nosotros andamos metidos en un incómodo enredo para hacerle justicia a un bando de la pasada guerra, desde el supuesto de que al otro ya se lo habría hecho la dictadura. Miramos hacia atrás con una generosidad a veces extravagante, pero siempre empeñada en rehabilitar a unos a costa de otros. La propuesta de un diputado del PSOE de que se reconozca el viejo atentado de la expulsión de los moriscos hace cuatro siglos procurando reforzar vínculos con sus descendientes que aún viven en el Magreb, es una iniciativa que merece respeto pero, al tiempo, el reparo de que por ese procedimiento acabaríamos todos indemnizándonos unos a otros en un carrusel sin fin. No es lógico ni plantear la expulsión sin contemplar el contexto de una sociedad que buscaba su homogeneidad –como todas y cada una en su momento—ni olvidar que a la tragedia de su exilio, aquellas víctimas hubieron de añadir el expolio sistemático a que las sometieron sus correligionarios del otro lado del Estrecho hasta convertir a la mayoría en piratas contra España. Hace unos años escuché a un sefardí proclamar que para él y los suyos, a pesar de su fidelidad a sus orígenes, la reconciliación llegaba tarde. Todo lo gasta el tiempo, por más que nunca falten intentos de reavivar la que por tantos conceptos habría que llamar “mala memoria”. Cuanto sabemos ya de los moriscos y su suerte (desde Luis de Mármol a Asín Palacios, de Américo Castro o Domínguez Ortiz y Bernard Vincent a C. García Arenal pasando por tantos otros) pertenece a la Historia y no a la política.

¿Tendremos que pedir perdón, a estas alturas, a los indígenas caribeños diezmados por el contagio involuntario de sus descubridores o devolver el oro inca como no hace tanto reclamaba algún iluso? Insisto en que la Historia es de por sí un muy dudoso tribunal, pero eso es lo que hay, y habrá que añadir que el propósito de revisarla con criterios actuales implica inevitablemente un alto grado de anacronismo. ¿Cómo “reparar” a cuatrocientos años vista la expulsión que Lerma aconsejó a Felipe III, en el que influyó sin duda el recelo de una casta aislada –¿ven lo que ocurre en la ‘sociedad multicultural’?— que contaba con una alta demografía, quedaba al margen del proyecto nacional y ni siquiera se incorporó a la aventura americana? No hay memoria ni vista que alcance a cuatro siglos. Cervantes podía conmoverse ante la tragedia del morisco Ricote y su hija. Nosotros, francamente, temo que ya no.

A motores parados

Denuncian los constructores algo gravísimo: que desde que llegó la consejera Aguilar, es decir, tras el relevo de Chaves por Griñán, Obras Públicas no ha licitado ni adjudicado un solo contrato en nuestra comunidad. Es decir, que pretendemos salir de la crisis económica cerrando a tope el grifo imprescindible de la inversión pública, como si fuera posible crear empleo liquidando de hecho al sector más dinámico. La lógica contracción del gasto en estas circunstancias no puede hacerse a costa de cortar por lo sano esa inyección del dinero público, mientras no hay síntomas siquiera de que el gasto corriente –y sus demostradísimos excesos—vaya a ser revisado. Si la Junta se inhibe, saldremos de la crisis detrás de los penúltimos.

Más sobre facturas

Tras el facturazo con que el Ayuntamiento de Valverde pagó presunta y no desmentidamente la mariscada que se zamparon tres de sus ediles, ahora aparecen otras dos facturas sin objeto en el ayuntamiento de Nerva que, mientras fue alcalde el actual delegado de Empleo, justificó el gasto de 5.000 euros en la construcción de un monolito a la “memoria histórica” que nunca se construyó. Veremos que sale de la comisión de investigación municipal, pero parece innecesario mayor esfuerzo puesto que las facturas de lo que no se hizo obran en la contabilidad. El PSOE onubense tiene un problema con las facturas falsas. El delegata de Empleo lo que tiene es un “marrón”.

El arca del abuelo

Entre mis recuerdos familiares aparece uno curioso que se refiere a la testamentaría un trasbuelo mío, entre cuyos bienes se menciona un arca repleta de monedas de oro, producto, según la leyenda familiar, del comercio de aceite que hasta el otro lado de la península acarreaban sus recuas muleras. Me he acordado de mi ancestro muchas veces, desde que en mi adolescencia leía los prodigios de la vida bucanera, con sus islas ignoradas y sus tesoros escondidos, hasta hace poco, cuando me enteré de que el ministro Solbes había decidido vender las reservas de oro depositadas en el Banco de España dado que, a su juicio, ese metal nada vil habría perdido hoy por hoy toda relevancia. Vendimos el oro, a Rusia concretamente, y ahora resulta que no sólo estábamos haciendo un mal negocio sino que su precio sube y sube hasta alcanzar este mismo noviembre, un máximo histórico, superando la onza por vez primera los 1.140 dólares en Londres y Nueva York, sin duda a causa de la debilidad de esa mítica moneda y de las benditas bajas tasas de interés del dinero. Los bancos centrales de los países emergentes están acaparando oro como locos, como lo prueba que India ha comprado este mismo mes al FMI nada menos que 200 toneladas por una auténtica fortuna, mientras Sri Lanka, el antiguo Ceilán, viene haciendo lo propio desde hace tiempo con la declarada intención de diversificar sus reservas. ¡Gran negocio, el de Solbes, no cabe duda, al acceder a la demanda rusa! Sería curioso que mi viejo amigo el historiador Ángel Viñas, debelador de la leyenda del “oro de Moscú”, echara su cuarto a espadas sólo a efectos de comparar lo que nos costó aquella deuda de guerra y lo que acaba de costarnos este cambalache de paz.

Esta crisis y sus meandros van a contribuir a poner en su sitio ciertas estimativas, señaladamente la que se presupone a la economía en cuanto ciencia predictiva. Habrá que fiarse menos de los expertos ante la evidencia de que lo que de verdad está ocurriendo en cada momento no lo conocen los economistas sino los gestores del gran chiringo, únicos en librarse de la actual catástrofe, como es notorio. Pero nosotros, de momento, nos hemos quedado sin el oro que era, fíjense que contrasentido, el activo más rentable y la mejor inversión, sólo porque un señor se levantó una mañana dispuesto a aplicar su triaca al enfermo delicado. Dicen que uno de los indicadores más realistas de la hondura de esta crisis es el espectáculo de la venta del oro doméstico por parte de las familias más débiles. Seguro que Solbes tiene explicación para ello pero a uno ya, qué quieren que les diga, no le apetece ni escucharla.

Renuncio flagrante

En política, ya se sabe, el toque está en salir del regate como sea. Lo malo es que luego, cuando la realidad se impone, los regatistas quedan mal como ha quedado el presidente de la Junta por asegurar que la llamada “deuda histórica” se cobraría en dinero “contante y sonante” (sic) y que esos 800 millones extra caerían como agua de mayo sobre la educación, la sanidad y la vivienda sobre “las ocho provincias andaluzas” (sic también). Al final hemos tragado con lo que nos ha dado el “Gobierno amigo”, que han sido las lentejas tramposas de Jacob. Así acaba una vieja historia sin la que resulta inimaginable qué hubiera sido de la autonomía mientras gobernó el rival.

La voz de su amo

Justificada enteramente la bronca de los trabajadores de Astilleros al grupo municipal del PSOE capitalino por defender a la Junta –o sea, a su partido, para qué engañarnos—frente a las propuestas críticas de la oposición, tanto de la derecha como de la izquierda. Es posible que la situación de Astilleros tenga mal arreglo pero lo que le faltaba a esos trabajadores es que el problema se agrave con proposiciones oficiales formuladas a favor de corriente. Otro gallo cantaría si hubiera elecciones en el horizonte, pero como no las hay, lo probable es que la Junta se limite, como en tantas ocasiones, a escurrir el bulto. ¿Qué fue de la foto del autodidacta Jiménez arengando a las masas en el tajo? Verán como a ése no le ven en el pelo en lo que quede de conflicto.