Mil mantas

En este Estado tan laicista que ya no puede serlo más, la intendencia para los más desvalidos sigue corriendo por cuenta de iniciativas religiosas. Cáritas, por ejemplo, reparte comida, ropa o medicinas, saca de apuros a la familia hipotecada y echa una mano al parado, pero además, ahora acaba de repartir más de mil mantas para que no se congelen los parias de nuestros asentamientos en medio del temporal y las heladas. Y mientras, las Administraciones dilapidan millones por un tubo en lujosas sedes, viajes de fábula y hasta en canallescas mariscadas a cargo del contribuyente. Esas mil mantas son todo un símbolo. De ellas habría que tirar con fuerza si quedara dignidad.

La opinión y el vértigo

Ahora que Alí Agca nada recogiendo el petate carcelario tras pasarse casi tres década en la cárcel por atentar contra Wojtila, otra majara la ha armado en la Plaza de San Pedro al saltarse la valla y el cordón policial para derribar al papa Ratzinger. Un caso más, desde luego, para desbocar la inquietud de los servicios de seguridad que ven cada día más difícil su trabajo en vista de la moda suicida, pero un caso que ha tenido una inmediata repercusión en ese nuevo juguete que es Facebook, donde han surgido como hongos grupos de apoyo a la asaltante como si de una heroína se tratara y como si cualquier transgresión, es especial los magnicidios, fueran en sí mismos actos merecedores de ruidosos apoyos. He leído entre esos comentarios algunos escalofriantes y otros meramente papanatas, pero el hecho mismo de que un atentado, real o imaginario, pueda desatar el entusiasmo de tanto insensato no deja de resultar estremecedor. Cuando escribió su libro sobre Oswald, ya observó Norman Mailer en el ambiente una suerte de difuso sadismo que incluso hacía inventarse a los menos cuerdos fantasiosas intervenciones en aquel complot nunca aclarado, pero lo que está ocurriendo hoy es distinto ya que no trata de siquiera sublimar el protagonismo, sino de asumir la violencia extrema, incluso criminal, como un acto socialmente aceptable. Es verdad que entre esto que hoy nos aflige y lo que ocurría antes no hay más diferencia que la realidad de un instrumento publicitario que, como todo producto de las nuevas tecnologías, tiene en su haz una promesa de progreso y en su envés una cara oscura de imprevisibles consecuencias. Aplaudir en el ciberespacio a una enferma agresiva que a punto ha estado de provocar una tragedia no deja de ser un argumento en manos de quienes propugnan un riguroso control para estos escenarios virtuales.

Otro síntoma de vuelta a la Edad Media, quizá, otro ‘revival’ de aquel ambiente moral en que la mera afirmación partidista justificaba la muerte del pontífice, envenenado y a palos, como la de Juan VIII, estrangulado en su celda como la del papa Bonifacio, o la de cualquier mandatario, con la excusa del tiranicidio o sin ella. Los encuentros en la Red están propiciando una nueva convivencia –otro modo de “interacción”, por decirlo en plan funcionalista—ante cuyos beneficios es tan absurdo cerrarse como insensato no atender a sus excesos. Y jalear un atentado, leve o grave, es otro atentado, por más que probablemente exprese ciertas impotencias inconfesables. Veo en la cara de Susana Maiolo la mirada estupefacta de la víctima reconvertida en verdugo. En los rostros invisibles o falsarios del ordenador no veo sino frustración, si no la más insignificante anomia.

Machos y hembras

Muchas reacciones contra las declaraciones –quizá no del todo aquilatadas y prudentes—del juez Serrano contra la cuestionadísima “ley de género”. Asociaciones feministas de todo tipo se han desmelenado contra él, mientras padres separados lo apoyaban en público quejándose de una desigualdad de trato que, sin duda posible, establece la ley. Y el delegado del Gobierno contra la Violencia, el hasta ahora bien prudente Miguel Llorente, lo ha puesto ayer como a chupa de dómine en estas páginas, eso sí, como si la protesta del juez ante esa ley que, por cierto, no logró reducir los crímenes, respondiera a un complot y no a un clamor. Así no vamos a ninguna parte. Demasiada gente piensa como el juez Serrano, incluso entre los jueces.

La guerra del agua

No asume quien sea la salida del Ayuntamiento de Lepe de Giahsa y la privatización de ese servicio que, por cierto, no siempre fue ejemplar en ese próspero pueblo. Hasta en la Nochebuena hubo lío porque la Policía Municipal, por orden del Alcalde, precintó una nueva sede del holding sociata, lo que provocó la airada denuncia del PSOE y la réplica del PP alegando que la tal sede carecía de los más elementales permisos. No está bien esta guerra del agua y menos que se sustancia –como se está sustanciando—a tenor del interés de los partidos. Cada Ayuntamiento tiene derecho a defender su modelo de gestión entre otras cosas porque no está demostrado, ni mucho menos, que el de Giahsa haya sido siempre idóneo.Como etamos en Nochebuena no pondremos ejemplos.

El color político

He leído que un estudio de la universidad de Chicago, que se llevó a cabo con anterioridad a las elecciones que divinizaron a Obama, ha descubierto que los encuestados condicionan su simpatía y su intención de voto en función del color de la piel del candidato, cosa que demostrada al comprobar que, ante fotos manipuladas en las que se había atenuado o intensificado la negritud del luego Presidente, aquellos que declaraban tendencia liberal e inclinación a Obama tendían abrumadoramente a elegir la foto menos negra, mientras que los que se identificaron como conservatas y renuentes a votarlo, eligieron en su mayoría también significativa las imágenes más oscurecidas. El color de la piel afecta, al parecer, subliminalmente, a la perceptiva del elector, al menos en el caso de la piel oscura, puesto que esos mismos estudiosos comprobaron que, frente a fotos manipuladas de McCain, un caucasiano nada ambigüo, no se colegía la menor relación entre ese color y la actitud de los votantes. Bueno, nada nuevo, porque eso es el abc de la simbología como sabemos, al menos, desde que Marc Sonier propuso hace un siglo justo, su teoría de que las razas negras proceden de las tinieblas mientras que las blancas vienen de la luz. Es abrumadora esa presión simbólica que en los niños se observa con facilidad –el cordero blanco frente al lobo negro—y que ya en la Biblia es asumida como algo elemental, como enseñó René Génon al recordarnos que el blanco es el color divino por excelencia mientras que el negro es el propio de las fuerzas oscuras y maléficas. Vamos por la vida creyéndonos los dueños de nuestra estimativa cuando ésta se nos permite, en realidad, sólo condicionamientos muy severos impuestos por el subconsciente. El votante americano lo ha tenido y tiene claro como el agua. Mucho menos lo tiene el cobrizo Evo Morales cuando se refiere a Barak Obama como el negro. Tiene guasa.

Habrá que pensar –con el tiempo, se entiende—en que la fragilidad de nuestro sistema de representación política procede nuestra capacidad de representación en general. ¿No ve el Apocalipsis como a figurines vestidos de blanco a los justos redimidos por la roja sangre del Cordero y describe a un joven treinteño como Cristo –lo recordaba el maestro Cirlot– con cabellos “blancos como la lana”? Pues ya me dirán como impedir que una sensibilidad criada en ese caldo maniqueo ignore en política lo que en su vida es normal. O sea que Obama no es propiamente un presidente negro, sino un presidente mulato, alguien lo suficientemente ambiguo como para colarse sin mayor problema entre los dos racismos tradicionales de su país. Me parece a mí que el que no tiene ni idea es el indio.

Toros y teatro

La iniciativa separatista para abolir las corridas de toros están dando para mucho. Por su parte, el PSOE, en su condición de cooperador necesario de esa arbitrariedad, da y quita la libertad de votos a sus diputados, según el escenario. Y desde Andalucía se invita a los diputados catalanes a viajar gratis a nuestra tierra, a cargo de Gobernación, para que –como si se tratara de siberianos o zulúes– conozcan de cerca lo que es el mundo el toro. Sería difícil perpetrar más tonterías en un solo proyecto, aunque en manos del compañero Pizarro, director de escena en esta ocasión, nada es descartable. Griñán, que es otra cosa y muy distinta, seguro que se estará riendo mientras deja hacer.