La puerta de atrás

Otra bronca, esta vez con motivo de su vivita a Fibes, se ha llevado el presidente Griñán de los funcionarios, obligándolo a salir por esa puerta de atrás que se va convirtiendo ya en todo un símbolo del desencuentro entre los políticos responsables de la autonomía y sus trabajadores públicos. No es bueno ni decoroso mantener esta situación  de acoso, pero para conjurarla se necesita algo más que el empecinamiento, sobre todo cuando parece cada vez más claro que el rechazo al proyecto que Griñán se trae entre manos es rechazado por una amplia mayoría que va más allá de los propios funcionarios amenazados por él. Sería urgente que se dé una salida a los protestantes antes de que se degrade aún más la imagen de nuestra política en medio de la incomprensión general.

Drogas numéricas

Con ese nombre, “drogas numéricas”, se está difundiendo en varios países una notable polémica en torno al uso y consumo de unas presuntas drogas virtuales que se andan vendiendo en Internet a buen precio y que permiten, según su publicidad, experimentar los efectos de las drogas convencionales –desde la marihuana al LSD pasando por la coca– sin necesidad de consumir sustancia alguna. El invento, que es conocido en principio desde los años 70, consiste en someter al sujeto al impacto sonoro de ciertas composiciones musicales, si así cabe llamar a simples percusiones binarias que deberán ser escuchadas separadamente en cada oído con una frecuencia diferente, ejercicio que, se asegura, provoca los efectos que ya pueden contemplarse en la pantalla del ordenata interpretados por jóvenes consumidores que aseguran hallarse instalados en esos paraísos al menos mientras mantengan colocado el casco sobre sus cabezas. Por supuesto, nadie puede decir en este momento si estamos ante un experimento revolucionario o, una vez más, la astucia mercante ha sido capaz de traspasar la barrera del escepticismo, pero ya resuenan serias advertencias de organismos sanitarios oficiales (franceses, por ejemplo) que avisan a los padres sobre el peligro intrínseco en el recurso a la droga, real o imaginaria, aparte de la advertencia de que tras falsos productos no tiene por qué no haber verdaderas drogas. La imaginación no descansa, como pueden ver, y el negocio, menos. Pero más allá del debate sobre si de lo que ahora se trata es de efectos de la autosugestión o de efectos reales (esos ritmos binarios podrían provocar ondas lentas capaces, al parecer, de alterar el funcionamiento del cerebro), entiendo que lo interesante está en la búsqueda misma de la felicidad artificial por parte de una demanda, fundamentalmente joven, sin duda propulsada por la disforia. He escuchado algunos de esos testimonios y son no poco espectaculares. Verdad o placebo, pues, esa búsqueda de la euforia resulta tan curiosa como alarmante.

De hecho, la verdad es que, cuando tuve ocasión de asistir a alguna sesión de macumba, no estuve seguro nunca de si las manifestaciones contempladas obedecían al efecto de la cachaza o al producido por el tantán, al humo de los vegueros o al revuelo de los enloquecidos giros de la danza ritual. Pero sí estoy seguro de que la tumultuosa afluencia juvenil a las puertas de los paraísos más o menos imaginarios crece proporcional al fracaso socializador de nuestras sociedades. No sé, quiero decir, ignoro si esas drogas numéricas intoxican o, simplemente sugestionan. Me pregunto sólo en qué seguimos equivocándonos tanto quienes ya no usamos casco aturdidor.

Griñán toca fondo

Se comprende que resulte difícil hallar una réplica al fenomenal zambombazo que los funcionarios le han dado a Griñán y los suyos en la multitudinaria manifestación del sábado. Que él calle mientras un ‘nini’ como Mario Jiménez atribuye el movimiento a la manipulación del rival, se entiende si mayores dificultades. Pero es obvio que deben de haber tomado buena nota de ese gesto decidido de los funcionarios que no le “hacen el juego” más que a su derecho y al sentido común. Lo que el decretazo de Griñán busca es someter injustamente la función pública al partido y los trabajadores públicos no parecen dispuestos a tragar una vez más. Éste es el mayor conflicto al que la Junta se ha enfrentado. Griñán se juega en él el que el resto de su pésima racha.

La ilusión materialista

Hay que admitir que, al menos en última instancia, tan arriesgada es la toma de partido por la interpretación idealista de la realidad como la adhesión a los enfoques materialistas. Me aferro más a este postulado cada vez que tropiezo con alguna de esas teorías novedosas que tratan de explicar los fenómenos vitales en función de una ruda lógica mecanicista extrapolada de la biología, para cual, en definitiva, todo resulta ser efecto automático del penúltimo hallazgo de un laboratorio extrañamente ocupado en investigar las causas de la emocionalidad. La última de esas interpretaciones me llega rebotada desde la universidad de Siracusa, en la que eminentes neurólogos parecen decididos a disecar el alma humana hasta reducir la emoción en su correspondiente tabla de elementos que ignoro si al final resultará también periódica como la que predice la materia, y consiste en otro de esos desarrollos materialistas, en concreto el que sostiene que la relación amorosa, no es sino el efecto neurológico de esos herméticos agentes que son los neurotransmisores del estilo de la dopamina o neuromoduladores como la oxitocina, capaces de provocar cataclismo psíquicos como el flechazo fulminante en pocas décimas de segundo. Me imagino lo que Proust o el gran Amiel se hubieran divertido enterándose por los sabios de que el enamoramiento puede certificarse sólo con detectar en sangre aumentos significativos del llamado Nerve Growth Factor (factor de crecimiento nervioso), molécula –aseguran—implicada en la química social de los seres humanos y en sucesos como el “amor a primera vista”. Hoy los sabios sostienen que el amor materno, por ejemplo, se produce en zonas concretas del cerebro muy diferentes de las responsables del amor apasionado y esperan, en definitiva, acabar controlando enteramente la neurofisiología de esos misterios sin apartar el ojo del microscopio. Uno de momento prefiere aferrarse a la primitiva noción amorosa que inspirara a Tolstoï o a Stendhal.

 

A Azorín le pidieron alguna vez que opinara sobre el amor y Azorín contestó aquello tan celebrado de que hablar del amor sería “hablar de la mar”. Nuestros sabios, por el contrario, han acercado la perspectiva hasta reducir lo sublime al plano grosero en que las catecolaminas, aniquilado el espíritu, ejercen sin remedio su despotismo bioquímico. Y ése es abuso que la visión materialista pagará seguramente con usura a partir del momento en que el hombre esencial decida, harto de coles, reivindicar su condición de enigma. Es posible que entre prisas y ambiciones, esos cerebros estén matando entre todos la verdadera gallina de los huevos de oro.

Hacer el papel

Otro acuerdo del Parlamento autónomo –esta vez por unanimidad—de esos en que el león del escudo se yergue rampante junto al Hércules venido a menos. Se trata ahora de exigir (es un decir) al Gobierno que se plante ante Marruecos y procure que se adopten medidas hasta garantizar en el martirizado Sáhara la paz y la palabra. ¡Le van a hacer el mismo caso que le hicieron al acuerdo protestando por El Cabril y a algún otro por el estilo! Lo que no quiere decir que esté mal hecho lo que hicieron pero sí que lo han hecho a sabiendas de su inutilidad. Teatro dentro del teatro, se llamaba esto antes. Y ahora.

Tragedias secretas

Son malas las noticias que llegan desde el Sáhara. Más allá de asaltos policiales y parapoliciales, de destrucción de pacíficos campamentos, de detenciones, cargas y palizas, de censuras y exclusión de periodistas, no sabemos si lo que, en realidad, está sucediendo es una tragedia de mayor cuantía, tal vez un etnocidio con todas las de la ley con el que la tiranía alauita pretendería liquidar de una vez ese viejo quiste que afea su expansionismo usurpador. Cualquier día nos enteramos, y resulta que hay que contar los muertos no por docenas sino por miles, por no hablar de los desaparecidos, que es lo suyo en esa parte del mundo, pero si eso llega a ocurrir no se preocupen porque Marruecos tendrá ya montado su retablillo y en el veremos actuar como cristobitas a nuestros propios representantes, a los americanos que son la madre de ese cordero y a los franceses que, desde la descolonización para acá, andan siempre a lo que cae. En el Congreso español hemos oído a un ministro principal del Gobierno reconocer a Marruecos una soberanía que jamás tuvo sobre aquellos territorios y una condición de potencia administradora que resulta penoso que un ministro principal de España no sepa que no puede poseer nadie sino precisamente España. ¡Pero si la ministra se anda escudando en que no localiza al ministro de Exteriores marroquí!, ¿pueden imaginar ustedes mayor bobada? Malas noticias, en fin, pero peor resulta aún comprobar que en la prensa europea en general ese conflicto feroz y entrañable para muchos de nosotros, ni siquiera existe, no aparece por ninguna parte tras los cuentos del G20, la crisis de imagen de Sarko, las velinas del cerdo de Berlusconi o los apuros financieros de Irlanda. ¿A quién importa una pelea en el desierto, un pleito requeteolvidado frente al que todo el mundo (la ONU, los EEUU, Francia, España o la UE) se pone de perfil para no salir en la incómoda foto, qué más dan unos pocos moros muertos de más o de menos aunque se trate de unos moros que constituyen un ejemplo vivo e irreemplazable del fracaso del orden internacional?

 

Lo de España, por otra parte, es para llorar: excluyen a los periodistas españoles y hasta los expulsan como a maleantes, le toman el pelo al Gobierno por activa y por pasiva, incluso matan a uno de los nuestros (de momento) sin que ni siquiera se le saque tarjeta roja a esos bárbaros. Y encima hemos de tragar con paripés como el del Parlamento andaluz pidiendo por unanimidad lo que de sobra sabe –en especial la mayoría absoluta “amiga del Gobierno”—que no es más que papel mojado. En el Sáhara no está pasando nada según la hemeroteca. Todo indica, sin embargo, que esté ocurriendo lo peor.