El nuevo sujeto

La gran lección de la aventura de Wikileacks es que una sociedad virtual se está superponiendo en la experiencia cotidiana a la real de toda la vida. No es una novedad, por supuesto, porque hace tiempo que conocemos las potencialidades de una ciberguerra o, simplemente, las que implica el cibercontrol, ya que si la sociedad conocida poco puede hacer sobre la flamante –ésta otra sin rostro, intangible y ubicua—cierto es también que lo contrario no puede predicarse. No hay en el siglo XXI, al menos hasta ahora, nada tan innovador y revolucionario como esa realidad ciberespacial que lo mismo nos facilita la compra o nos instruye generosa, que puede provocar súbitamente un apagón colosal sobre nuestras vidas. ¿Qué puede importarle a la mayoría silenciosa la revelación de secretos que comprometen más o menos el prestigio de un puñado de personajes oficiales? Pues nada o bien poco, ésa es la verdad, pero en cambio, lo que sí debe preocuparla a fondo es ese cambio esencial que ha permitido la suplantación de las instituciones por sujetos menores hasta ahora históricamente insignificantes, incluso por sujetos individuales, aislados y robinsonianos, pero decididos a desafiar –sensata o insensatamente, ése es otro cantar—a la realidad conocida. Quizá no hemos reparado bastante en el hecho de que la virtualidad anula el paradigma de las dimensiones convencionales para abrir las puertas a un mundo y a una vida distintos protagonizados no ya por los sujetos tradicionales, sino por actores hasta ahora carentes de significación y trascendencia sociológica. Un hacker puede ser un membrillo solitario, vale, pero por primera vez en la Historia su acción –la de un individuo aislado—puede conmocionar, con sus demoledores efectos, ámbitos insospechadamente vastos. Claro que habrá quien vea en este hecho, eventualmente, una radical democratización de las relaciones humanas. Lo que yo veo, y eso es lo que me alarma, es la arriesgada posibilidad de que el control social se “democratice” a su vez pero en el sentido más invasor del término.

No tenemos, además, precedente alguno para orientarnos sobre el gran cambio porque nada en el pasado cultural es comparable al actual milagro tecnológico. Frente al ordenata estamos a la intemperie mental, en plena orfandad psíquica, inconscientes tal vez de que en nuestras manos están, por vez primera, el mundo y la vida. Nada será igual en adelante y no porque un prenda alcahuetee en los archivos secretos sino porque la existencia de la propia cultura de la especie ha mutado sin remedio. Wikileacks no es más que relámpago en el cielo viejo y poco o nada sabemos de la tormenta que se avecina.

El botín político

Nos hemos venido quejando de que la política haya dado de sí un Estado subvencionado, una sociedad que no da un paso ni mueve un músculo si no la engrasa el dinero público, pero cada día que pasa comprobamos con mayor claridad que no se trata sólo de esa disfunción sino de la barbaridad que supone que esos fondos públicos, administrados libérrimamente por las instituciones oficiales, acaben masivamente en manos de los fieles del partido que gobierna. Lo que ha ocurrido en Córdoba, en este sentido, es clamoroso, y fíjense en que la Junta no ha dicho ni pío. Griñán cree saber que todo escándalo se disuelve con el tiempo, pero a lo mejor se equivoca.

Olor a podrido

En Dinamarca es, curiosamente, donde hoy por hoy menos huele a podrido, según el personal encuestado por el prestigioso Barómetro 2010 de la Corrupción Mundial que confecciona en Berlín la agencia no gubernamental Transparency International. La podre no es, por supuesto, ni lo fue nunca, un mal privativo de este o aquel país sino una enfermedad de la especie y propia de la condición humana. Lo que hay ahora de nuevo es que empieza a poder medirse y esas mediciones dejan claro que apenas hay nación en el mundo que se libre de la plaga de las corrupciones, bien que en una escala característica que va desde la Dinamarca que comparte liderato de limpieza con Nueva Zelanda hasta los países de Oriente Medio y norte de África que encabezan el triste ránking. El estudio del año en curso revela que una de cada cuatro personas en el mundo han pagado alguna propina (mordida, pot-de-vin, baksheesh…) a alguna institución o servicio, práctica que ha permitió a los investigadores establecer una clasificación de sectores corruptos en los que figuran, según el orden establecido por la estimativa pública, los partidos políticos, el funcionariado, los parlamentos, las empresas, la Justicia y los “medios”, y al margen del cual pueden considerarse en la cima de la corrupción a las policías, los servicios sanitarios y los centros fiscales. Las cifras son desoladoras por lo que se refiere a los países citados así como a los antiguos estados soviéticos y los americanos del Sur, pero la realidad es que no hay país en el planeta que se libre en algún grado de esa ignominia. No puede decirse, por lo demás, que haya el menor interés por parte de los Estados a la hora de luchar contra este estado de cosas y hasta hay que lamentar un cierto conformismo difuso en la misma opinión pública que, con las lógicas diferencias entre países, considera en un alto porcentaje –tres de cada cuatro encuestados—como natural y, en consecuencia, inextirpable la lamentable situación. Con razón se ha dicho que la peor de las corrupciones no es la que desafía y quebranta a las leyes sino la que se hace a sí misma.

 

La fuerza de las cosas empieza a iluminar la intuición de Faulkner de que a la corrupción no hay que combatirla sólo cuando la contemplamos, sino incluso antes de saber lo que es. Y de paso el hecho patente de que si ese mal es impuesto de arriba abajo también es cierto que de abajo recibe, hacia arriba, un fuerte impulso psíquico. Poco resquicio queda al traído y llevado optimismo antropológico, incluso al rousseauniano, para confiar en la deseada superación de este vicio constante. A la altura de 2010, desde luego, no cabe esperar otra cosa.

¡Agua va!

Nuestros políticos regionales pierden su valioso tiempo en naderías memorables, de las que no escapa ya ni el mito de Sansón y Goliat, glosado en la última sesión parlamentaria. Ya aparte parecen especializados en el deporte inútil de la pedrea mutua, como se acaba de poner de relieve en sus recíprocas acusaciones de haber o no haber acudido a los pueblos inundados. A favor de la Oposición hay que decir, en todo caso, y con perdón de la tautología, que el que gobierna es el Gobierno, sin contar con que lo que ha ocurrido es atribuido por la inmensa mayoría de víctimas y de los expertos al fracaso de la gestión del agua que lleva a cabo la autonomía. Como con la Educación o la Justicia, puede que acabemos lamentando la transferencia de esos servicios esenciales desde Madrid a Sevilla.

Las dos manos

Van a acabar llevando razón esos escépticos que niegan la virtualidad del par derecha-izquierda y acusan de antiguos a quienes nos mantenemos en posiciones dualistas. O mejo dicho, van a acabar forzando esa razón unas circunstancias que, al contrario de lo que sucedió durante muchos decenios, andan imponiendo la similitud a las fuerzas políticas que se reclaman de uno u otro signo y obran, en consecuencia, bien desde el Poder bien desde la oposición, atentos y fieles a una misma partitura. La idea de que “derecha” e “izquierda” es un par de honda raigambre simbólica, que ha tenido en política durante mucho tiempo su correlato bien reconocible, se va debilitando hasta el punto de aparecer ya como un material arcaico sin trascendencia práctica, fuera de su capacidad –intacta, ojo a ese hecho—en el plano electoral. Me excuso de argumentos más demorados remitiendo a mi libro sobre el particular en el que defendí que la izquierda es un sistema de ideas proyectadas hacia un cambio radical de la sociedad mientras que la derecha, más que un “pensamiento”, es una “actitud” determinada a conservar más que innovar los fundamentos del orden existente. No se me oculta que la crisis actual de la democracia, ya advertida por Bourdieu y otros, decolora la tonalidad de esas dos opciones que, todo hay que decirlo, salieron seriamente tocadas de la polarización de la política vigente desde los años 20 hasta la caída del Muro, pero también es verdad que otra crisis, la actual, se ha encargado de liquidar febrilmente los restos de aquella dialéctica que hasta hace poco servía al común de los mortales para retratarse frente a la vida pública. En USA se persigue hoy a Obama por izquierdista , la Gran Bretaña de la “tercera vía” se ha convertido en la tumba del progresismo teórico y las encuestas muestran por doquier una invencible tendencia popular a confundir en un matiz único las opciones enfrentadas. Tras esta crisis, si salimos de ella medio bien, habrá que revisar a fondo el muestrario conceptual.

 

En España el caso es claro, al margen de ínfimas protestas marginales. Ahí tienen a la socialdemocracia en el Poder congelando las pensiones de hambre, retirando la ayuda de subsistencia que ella misma inventó o privatizando a calzón quitado el patrimonio del Estado para hacer caja y salir de apuros. ¿Por qué son de izquierda esas medidas –que dicen que resultan imprescindibles—si las dicta el PSOE y reaccionarias si las impusiera el PP? Personalmente veo en este proceso una razón más en el sentido de la unidimensionalidad marcusiana y creo, con toda sinceridad, que es a la sedicente izquierda a la que habría que pasarle esa histórica factura.

¿Qué hay detrás?

Mucho hablar, mucho hablar, pero no hemos reparado tranquilos sobre las razones que puede tener un gobiernillo como el de Griñán para jugársela sin remedio con tal de sacar adelante un “decretazo”. Mucha ganancia deben esperar sus promotores, al arriesgarse a crear y mantener hasta las elecciones un clima de bronca callejera que va a hacer imposible la normalidad política en Andalucía. ¿Pero qué puede ser eso que tanto desean? Pues la consolidación de la mayor clientela partidista de nuestra historia y el sueño de una Administración mayoritariamente en manos de “amigos políticos”. El problema está en cruzar ilesos este ruidoso desierto y enfrentarse luego a una Administración partida por dos. Y, francamente, no sé cuál de esos dos despropósitos resultará, a la larga, más peligroso para esta amenazada democracia.