Bollulleros en lucha

Dos años le ha costado a la familia bollullera que recurrió su derecho a que no le “adoctrinaran” (el término es de la propia sentencia que ahora dicta el TSJA) a sus hijos en la escuela. Pero lo han conseguido y en circunstancias que deberían provocar al menos una explicación y excusa de la Junta, ya que, además der “adoctrinador”, el texto que se aplicaba con permiso de la autoridad, dicen los jueces que carece de “la necesaria neutralidad ideológica” y hasta que va “contra los principios constitucionales”. Un palo para la postura oficial y un  argumento para los objetores que puede dar mucho de sí todavía.

Difícil juventud

La aparición de la juventud en el conflicto francés de las pensiones ha disparado el miedo en amplios sectores “responsables” de la sociedad. Se habla ya de un nuevo Mayo, como si la Historia se repitiera tan fácilmente, se acusa a los jóvenes –hasta ahora duramente criticados por su pasividad y hasta por lo que se denominado su autismo—de meterse en harinas ajenas y complicar el debate francés con la participación de sus demandas irresponsables, se les acusa de actuar manejados por manos invisibles y hasta se carga sobre ellos con el argumento de que lo ignoran todo sobre lo que se debate en la sociedad y tratan en exclusiva de ventilarse el curso lo más divertidamente posible. No obstante, desde altas instancia del Poder –desde la secretaría de Estado para el Deporte, por ejemplo—se ofrece a esos “ados embobinés” la posibilidad de manifestarse de manera decorosa, es decir, a favor del proyecto del Gobierno pero nunca en contra de él, solicitud a la que se ha sumado nada menos que el gobernador del Banco de Francia (instancia, como es obvio, muda por lo general ente este tipo de cuestiones) al pedir a los jóvenes manifestantes que hagan suya la filosofía gubernamental del retraso de las pensiones, ni que decir tiene que… ¡por su propio bien! Ni contigo ni sin ti, ni con la participación activa de los estudiantes en la discusión pública ni con su retranqueo en la privacidad radical de sus denostadas modas aislacionistas, parece posible encontrar un punto de equilibrio desde el que los adultos acepten el derecho juvenil a intervenir en la opinión aportando sus puntos de vista. Y ello nos condena a no acabar de saber nunca si las nuevas generaciones podrán mostrar su madurez interviniendo en los grandes debates sociales o, en efecto, terminarán resignándose a su reclusión voluntaria en esa inopia que con tanta dureza se le reprocha. Las imágenes que nos llegan de Francia ponen en evidencia este dilema que los adultos no parecen capaces de afrontar con serenidad.

 

En una sociedad cada día más envejecida y, en consecuencia, más dependiente de los que vienen detrás, choca esta incapacidad para ver en la inquietud juvenil si no un instrumento decisivo, al menos una respuesta apreciable contra el prejuicio que no es capaz de apreciar en la presencia contestaría más que una bronca juvenil que trata de imponer “la dictature des monômes”, el monólogo de las manifestaciones. Que lo que sucede hoy en esas calles no es lo ocurrido en Mayo del 68 es obvio. Los timoratos pueden estar tan tranquilos ante eso como preocupados por su propia incapacidad para escuchar a quienes, llegado el momento, tendrán que mantenerlos.

Parientes y afectos

La hija de su padre, la señora de su marido, el hermano de su hermano, la cuñada de su cuñado, el sobrino del de más allá: la política andaluza –y la otra, por supuesto—ha abrazado el familiarismo con tanto entusiasmo que ni siquiera es capaz de caer en la cuenta de que la influencia política es un paño delicado que se mancha con suma facilidad. No hace falta siquiera que el deudo influyente decida (y hay casos en que ha decidido, incluso al más alto nivel); basta con que el deudo influido se deje beneficiar. La Junta es hoy y desde el principio la mano que mueve un largo e implacable brazo de partido. Cuando se oye hablar de la “familia del partido” más de uno sonreirá malicioso.

Media jornada, ¿medio salario?

Es propósito anunciado de la presidente de la Diputación y candidata a la alcaldía de la capital, trabajar desde ahora sólo media jornada en la institución  provincial y dedicar la otra media jornada a la promoción de su candidatura, es decir, al partido. Bueno, ¿pero cobrará también la mitad de lo que venía cobrando, ya que sólo trabajará la mitad? Eso sería lo justo y me atrevo a decir que lo legal, porque en ninguna parte está legalizado que un cargo público cobre en un sitio y trabaje en otro, sobre todo si ese otro trabajo es en beneficio propio. Es verdad que la Dipu no se va a derrumbar por esa ausencia, pero hay gestos que provocan escándalo y deben ser evitados o prohibidos.

Hijos y padres

Un comentario de Manuel Pimentel me llama la atención sobre la frase pronunciada por un joven estos días. Se refería a su situación generacional, a las dificultades de vario tipo que se oponen a su desarrollo y, en definitiva, a la razonable impresión de que, de seguir así las cosas, los hijos de hoy vivirán peor que vivieron sus padres ayer: “Queremos vivir como nuestro padres”, decía el joven, no mejor ni peor, sino como ellos, conservando el nivel que el controvertido pero siempre presente mito del progreso les ofreció a aquellos para negárselo a sus descendientes. Es verdad que no es nueva la impresión manriqueña de que los tiempos presentes –los de todo momento histórico—son peores y más degradados que los que les precedieron, algo curiosamente paradójico puestos a componer la contradicción entre el evidente avance de la evolución material y esa suerte de mal del ánimo que nos hace volvernos con nostalgia hacia el pasado. Hoy, sin embargo, la frase de ese muchacho me parece que penetra mucho más hondo en el dilema puesto que, siendo cierto que las condiciones materiales mejoran a ojos vista de manera innegable, también lo es que la suerte de las nuevas generaciones han sufrido por doquier un duro golpe del que a sus afectados y nosotros, como espectadores, nos resulta difícil dar razón. Con más riqueza que nunca, con mayores recursos vitales que en cualquier tiempo pasado, con un paisaje riente ante nuestros ojos perplejos, la verdad es que todos sabemos que nuestros vástagos lo van a tener crudo, en general, a pesar de sus muchos esfuerzos y de los nuestros. Nunca existió una generación más preparada –suele decirse—y probablemente sea cierto al menos en parte. El enigma está en cómo entre todos hemos hecho un mundo que le niega a nuestros hijos incluso lo que a nosotros nos ofreció. La verdad es que le hemos dado todas las opciones posibles para la rebeldía a la generación más mansueta de los últimos tiempos.

 

Demasiado sencillo culpar a los padres arrojándoles a la cara la culpa de su tolerancia, casi tanto como dramatizar el acomodo de los hijos apalancados de modo muelle entre los intersticios de un sistema patriarcal debilitado en extremo. Ni siquiera creo que tenga sentido responsabilizar al Estado que, al fin y al cabo, no ha hecho sino ejercer su superestructura de un dudoso momento de la convivencia humana. Acaso pueda decirse, en fin, que este traspiés generacional –que ni es el primero ni ha de ser el último—haya que endosárselo a un cambio tan brusco del Sistema que no ha permitido siquiera la reproducción  tradicional de las estructuras sociales. Parvo consuelo, ciertamente, pero menos da una piedra.

Kafka vive

La historia de Alejo Pozo, el ciudadano muerto el sábado tras diez años de lucha a brazo partido para recuperar a sus hijos arrebatados por los servicios burocráticos de la Junta de Andalucía pertenece, de pleno derecho, a la literatura kafkiana: morirse sin conseguir su propósito a pesar de haber ganado 12 pleitos y obtenido un dictamen favorable del Consejo Consultivo de Andalucía certifican plenamente esa filiación. Demasiados fallos de la Junta, demasiados pulso con los jueces, demasiados juicios sumarios a los padres –por lo general, desgraciados– los que cuentan con posibles son una exigua minoría–, demasías familias rotas. La Junta tiene que revisar de una vez su política protectora del menor. Y en ello los jueces deberían tener mucho que decir.