La cara de dios

Me propongo asistir en París estas semanas, si la bronca me lo permite, a una comparecencia pública de esos dos hermanos franceses, Grichka e Igor Bogdanoff, que hace tiempo vienen agitando el cotarro con sus hallazgos pretendidamente científicos tendentes a demostrar la existencia de Dios, no de un Dios convencional ni cualquiera, sino uno que ellos dicen haber “entrevisto en la luz que precede al Big Bang”. Vaya por delante que el severo Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS) acaba de propinarle a esos dos aventureros un sartenazo de no te menees al rechazar de plano la tesis contendía en su libro “Le visage de Dieu”, cuya fundamentación física y matemática cuestionan los prudentes sabios hasta el punto de decir que no se explican cómo ha podido prosperar en la universidad un producto semejante, tan ajeno a los rigores científicos. Los Bogdanoff vienen a ser esa especie recurrente de iluminados que irrumpen en la escena científica con la pretensión de haber resuelto el problema eterno pero no basándose en el impulso de la fe sino encaramándose en ecuaciones y teoremas, esos aventureros que al filo de alguna novedad cosmológica –en este caso la presunta visión del origen del cosmos divulgada el año pasado por las trasmisiones del satélite Planck—en las que ellos sostienen que el espíritu avisado puede columbrar el escondido rostro del Creador, ese “visage de Dieu” que hace unos años anunció también George Smoot ante las imágenes retrasmitidas por el famoso COBE. ¿No había opinado Einstein hace más de 70 años que todo el que ande metido en estos berenjenales acabará inclinándose ante la hipótesis de ese ser trascendente que todo un Max Planck apostó incluso que habría de ser un “espíritu consciente”? Los Bogdanoff no habrán avanzado gran cosa más allá de esas hipótesis ni han podido eludir el zarpazo demoledor del CNRS pero se están poniendo tibios vendiéndoles a los eternos ansiosos esa cara de Dios sobre la que hasta Valle-Inclán especuló irónicamente en alguna novela por entregas.

 

Iré a esa cita parisina, ya digo, más por comprobar una vez más la portentosa capacidad de convicción que tiene la especulación libre que por cualquier otra cosa. Sin tragarme nada de ese “orden preciso” en el que emerge la “luz primigenia”, sin esperanzas de verme de pronto “in conspectu Dei” más allá del tiempo y del espacio, por descontado, pero cautivado, como siempre me ha ocurrido, por el espectáculo del desafío intelectual cuando éste sobrepasa de lejos las bardas de la episteme y las severidades de la lógica. Ya les contaré, si hay algo que contar, que lo dudo. Lo que uno no puede hacer es dejar de asistir a una parusía donde los profetas se anuncian a pares.

El quitaypón

La prueba del 9 de la ineficacia de la autonomía andaluza, de su resignación ante la adversidad, es cómo funciona su consejería de Obras Públicas. No ya porque su presupuesto de inversiones haya caído por los suelos y todo apunte a que continuará postrado en ellos durante varios años, sino por el hecho mismo de que por su puente de mando hayan desfilado en dos años ¡seis consejeros! si no del todo diferentes, casi. En efecto, consejeros/as lo han sido allí Concepción Gutiérrez, Luis García, Mar Moreno, otra vez Luis García, Rosa Aguilar y ahora, en fin, Josefina Cruz. A ver cómo puede funcionar un departamento arruinado al que, además, Madrid le va cambiando de jefe sin la menor consideración cada dos por tres.

Bollulleros en lucha

Dos años le ha costado a la familia bollullera que recurrió su derecho a que no le “adoctrinaran” (el término es de la propia sentencia que ahora dicta el TSJA) a sus hijos en la escuela. Pero lo han conseguido y en circunstancias que deberían provocar al menos una explicación y excusa de la Junta, ya que, además der “adoctrinador”, el texto que se aplicaba con permiso de la autoridad, dicen los jueces que carece de “la necesaria neutralidad ideológica” y hasta que va “contra los principios constitucionales”. Un palo para la postura oficial y un  argumento para los objetores que puede dar mucho de sí todavía.

Difícil juventud

La aparición de la juventud en el conflicto francés de las pensiones ha disparado el miedo en amplios sectores “responsables” de la sociedad. Se habla ya de un nuevo Mayo, como si la Historia se repitiera tan fácilmente, se acusa a los jóvenes –hasta ahora duramente criticados por su pasividad y hasta por lo que se denominado su autismo—de meterse en harinas ajenas y complicar el debate francés con la participación de sus demandas irresponsables, se les acusa de actuar manejados por manos invisibles y hasta se carga sobre ellos con el argumento de que lo ignoran todo sobre lo que se debate en la sociedad y tratan en exclusiva de ventilarse el curso lo más divertidamente posible. No obstante, desde altas instancia del Poder –desde la secretaría de Estado para el Deporte, por ejemplo—se ofrece a esos “ados embobinés” la posibilidad de manifestarse de manera decorosa, es decir, a favor del proyecto del Gobierno pero nunca en contra de él, solicitud a la que se ha sumado nada menos que el gobernador del Banco de Francia (instancia, como es obvio, muda por lo general ente este tipo de cuestiones) al pedir a los jóvenes manifestantes que hagan suya la filosofía gubernamental del retraso de las pensiones, ni que decir tiene que… ¡por su propio bien! Ni contigo ni sin ti, ni con la participación activa de los estudiantes en la discusión pública ni con su retranqueo en la privacidad radical de sus denostadas modas aislacionistas, parece posible encontrar un punto de equilibrio desde el que los adultos acepten el derecho juvenil a intervenir en la opinión aportando sus puntos de vista. Y ello nos condena a no acabar de saber nunca si las nuevas generaciones podrán mostrar su madurez interviniendo en los grandes debates sociales o, en efecto, terminarán resignándose a su reclusión voluntaria en esa inopia que con tanta dureza se le reprocha. Las imágenes que nos llegan de Francia ponen en evidencia este dilema que los adultos no parecen capaces de afrontar con serenidad.

 

En una sociedad cada día más envejecida y, en consecuencia, más dependiente de los que vienen detrás, choca esta incapacidad para ver en la inquietud juvenil si no un instrumento decisivo, al menos una respuesta apreciable contra el prejuicio que no es capaz de apreciar en la presencia contestaría más que una bronca juvenil que trata de imponer “la dictature des monômes”, el monólogo de las manifestaciones. Que lo que sucede hoy en esas calles no es lo ocurrido en Mayo del 68 es obvio. Los timoratos pueden estar tan tranquilos ante eso como preocupados por su propia incapacidad para escuchar a quienes, llegado el momento, tendrán que mantenerlos.

Parientes y afectos

La hija de su padre, la señora de su marido, el hermano de su hermano, la cuñada de su cuñado, el sobrino del de más allá: la política andaluza –y la otra, por supuesto—ha abrazado el familiarismo con tanto entusiasmo que ni siquiera es capaz de caer en la cuenta de que la influencia política es un paño delicado que se mancha con suma facilidad. No hace falta siquiera que el deudo influyente decida (y hay casos en que ha decidido, incluso al más alto nivel); basta con que el deudo influido se deje beneficiar. La Junta es hoy y desde el principio la mano que mueve un largo e implacable brazo de partido. Cuando se oye hablar de la “familia del partido” más de uno sonreirá malicioso.

Media jornada, ¿medio salario?

Es propósito anunciado de la presidente de la Diputación y candidata a la alcaldía de la capital, trabajar desde ahora sólo media jornada en la institución  provincial y dedicar la otra media jornada a la promoción de su candidatura, es decir, al partido. Bueno, ¿pero cobrará también la mitad de lo que venía cobrando, ya que sólo trabajará la mitad? Eso sería lo justo y me atrevo a decir que lo legal, porque en ninguna parte está legalizado que un cargo público cobre en un sitio y trabaje en otro, sobre todo si ese otro trabajo es en beneficio propio. Es verdad que la Dipu no se va a derrumbar por esa ausencia, pero hay gestos que provocan escándalo y deben ser evitados o prohibidos.