¿Qué hay detrás?

Mucho hablar, mucho hablar, pero no hemos reparado tranquilos sobre las razones que puede tener un gobiernillo como el de Griñán para jugársela sin remedio con tal de sacar adelante un “decretazo”. Mucha ganancia deben esperar sus promotores, al arriesgarse a crear y mantener hasta las elecciones un clima de bronca callejera que va a hacer imposible la normalidad política en Andalucía. ¿Pero qué puede ser eso que tanto desean? Pues la consolidación de la mayor clientela partidista de nuestra historia y el sueño de una Administración mayoritariamente en manos de “amigos políticos”. El problema está en cruzar ilesos este ruidoso desierto y enfrentarse luego a una Administración partida por dos. Y, francamente, no sé cuál de esos dos despropósitos resultará, a la larga, más peligroso para esta amenazada democracia.

La utopía juvenil

Una vez más el Informe PISA ha dado su aldabonazo en las puertas europeas. Se está convirtiendo este oráculo en un puntal de la mala conciencia civilizada que ve como las nuevas cohortes generacionales van derechas al agua, quiero decir al desastre educativo, persuadidas de la inutilidad del esfuerzo y la aspereza de la disciplina. Todos o casi todos tenemos algo que ver con esta crisis de la sensibilidad que está acarreando la ruina a las sociedades a fuerza de obstaculizar o destruir unos sistemas de socialización despojándolos de su capacidad sancionadora, y no es ningún secreto que estos lodos vienen de aquellos polvos sesentayochistas que, ciertamente, contribuyeron no poco a liberar a la sociedad de viejos hábitos mentales pero también a destruir esa capacidad pedagógica que resulta impensable sin el rodrigón del esfuerzo. Me parece, sin embargo, que el problema que plantea el estudiantado actual resulta inseparable de otros fracasos ligados todos ellos a la insensata quiebra del principio de autoridad que hace posible la ilusión de la autarquía juvenil. ¿Por qué mirar sólo a las aulas cuando el seísmo registrado en nuestra moral social tiene sus epicentros en la familia o en el “grupo pequeño”, afecta a la autoridad en todas sus manifestaciones y se expande en círculos concéntricos a partir de una idea crucial de permisividad frente a la que pocos recursos quedan al alcance del propio poder? Hoy sabemos que dos de cada diez jóvenes se emborrachan una vez al mes, que la estadística de agresiones “interfamiliares” crece desbocada, que el respeto colegial se ha esfumado de colegios e institutos, y es sobre ese ambiente general donde hay que proyectar las fallas que se detectan en el sistema educativo. Si se acaba perdiendo esta generación no va a ser sólo porque la docencia haya fallado sino porque las sociedades concernidas han renunciado al deber de magisterio cediendo terreno ante esa utopía de la autosuficiencia moral y ética de las jóvenes generaciones.

Estamos pagando y más que vamos a pagar, con usura, el precio de una educación sentimental que se ha demostrado prohibitiva en el marco de un mundo de abundancia, mientras algunos países asiáticos –en Corea la media de estudio diaria registrada es de diez horas—parecen tomar el relevo en la carrera civilizatoria. Y con la complicidad de un Poder que no ve ya el modo de interferir el grave proceso de degradación de una generación con tantas ventajas pero con tan malas perspectivas. Quizá nunca una juventud fue a un tiempo tan mimada como expuesta al fracaso. Lo que ella no sabe aún es que la factura de su rebeldía la estará aguardando a las puertas de su madurez.

La voz de su amo

El “sindicato hermano” (del PSOE), la UGT, se ha quitado la careta para defender al personal de los llamados “entes instrumentales”, es decir, a los 20.000 colocados a dedo por el poder partidista que ahora pretenden funcionarizarse por las bravas. Lo suyo le ha costado a la Junta este apoyo –no tienen más que revisar el BOJA—pero la mejor explicación al caso es, probablemente, que el desacreditado sindicato busca desesperadamente, además de las subvenciones, una nueva clientela en la Administración Pública. Lo demuestra el desdén mostrado por los funcionarios de pleno derecho a los que acusa hasta de mobbing contra los asaltantes. Griñán va a conseguir con esta ayuda dividir a los trabajadores públicos a cambio de una Administración sumisa.

La vieja dueña

Una noticia de alcance nos trae desde Burdeos la buena nueva de la reconciliación de la familia Bettencourt, es decir, del cierre del contencioso que enfrentaba a la heredera de L’Oréal, Liliane Bettencourt, de 88 añitos, con su hija Françoise, a causa de la prodigalidad con que aquella andaba repartiendo su fortuna (sólo a un fotógrafo amiguete y mucho más joven le había regalado en los últimos años un miliardo de euros) al dictado de su capricho. ¿Ustedes conocen muchas herencias que, sin mayores problemas y tensiones, hayan llegado a buen fin? El ingenioso hidalgo don Eduardo Miura suele preguntar cuando alguien se refiere de unos hermanos que se llevan muy bien: “Bueno, pero han partío ya o todavía no?”. La herencia es una prueba difícil, definitiva acaso, que pone a prueba a los seres humanos enfrentándolos sin ambages –cosa que no escapó a los anarcos decimonónicos cuando planteaban en sus congresos la abolición de ese derecho como un objetivo prioritario de aquella revolución suya que pretendía ser tan humanista—y tantas veces sin remedio a pesar de la minuciosidad y concreción del derecho hereditario. Mala cosa, la herencia, a pesar de su lógica aplastante, pero no, seguramente, por culpa de ésta sino por efecto de la ambición de la que mucha más gente de la postulada suele ser víctima irredenta. Y ése ha sido el espectáculo que durante estos tres últimos años han dado esa madre y esa hija (o al revés, mejor), una haciendo gala la primera de una concepción enteramente realenga del capricho y parapetada la otra en la idea, tan común, de que el derecho decrece con la edad de manera que los ancianos deberían ver limitada su capacidad de decisión patrimonial que suele ser, por otra parte, cuando las circunstancias concurren, lo poco que les queda. A ver por qué no iba a poder enchularse esa vieja dama y tratar principescamente a su favorito justo en una era en que los hijos reclaman para sí toda la libertad del mundo. Yo me he sentido en este largo pleito más al lado de esa vigorosa valetudinaria que de su reivindicativa heredera.

 

Mala cosa la herencia, ya digo, por más que acumule prestigio la institución, al menos siempre que el que recibe no vea eso que le cae de bóbilis como la “herencia del mérito” –fórmula que debo a Rafael Atienza—sino como un mero privilegio al que no lo ata más que el imperativo del beneficio. Bienvenida sea la noticia de la reconciliación, siquiera formal, de las Bettancourt, pero palabra que la función que han representado años tras año disputándose los miliardos sin miramientos ha recordado más que nada a la comida de las fieras.

Diluvios previsibles

Lo que hay que lamentar en los pueblos inundados de nuevo no es tanto la tormenta misma como la pasividad de la Junta en invertir en las obras de defensa que anteriores catástrofes demostraron imprescindibles. Ahora veremos de nuevo, seguramente, a esos responsables retratados con la apropiada trenca  y de nuevo también hemos de oírles prometer –como ya hicieran en febrero y antes de febrero– lo que no tienen la menor intención de cumplir. Una desgracia es algo que ocurre sin remedio. Lo que teniendo remedio sucede es, sin duda posible, la culpa de alguien.

Secretos discretos

No deja de ser inquietante que los cerebros de Time estén considerando la posibilidad de designar a Julian Assange, el promotor de Wikileacks, como “hombre del año”. Como no deja de producir perplejidad leer en un catecismo progre español que la aventura de la revelación masiva de secretos oficiales “nos ha hecho un poco más libres”. Está claro que lo más fácil es apuntarse al fundamentalismo mediático para proclamar el fin del secreto, como si el secreto –al margen de su abuso, por supuesto– fuera un capricho y no una necesidad sin la cual no parece fácil imaginar el buen funcionamiento de las relaciones no sólo internacionales sino, incluso, de las personales. Cierto que la inmensa mayoría de lo desvelado pro Wikileacks es pura banalidad si no morralla informativa, chismografía diplomática por mucho sigilo oficial de que venga precedida, y ya se sabe –lo dijo Wilde en su “Dorian Grey”—la cosa más simplona del mundo se vuelve una delicia para el curioso desde el momento en que se la oculta. Pero más allá de eso, ¿se puede pensar en serio en unas relaciones internacionales transparentes, en unas relaciones de poder tramadas a la luz del día, o acaso será inevitable, como lo es desde que el mundo es mundo, que los tratos y contratos entre los gobernantes mantengan un cierto grado –un grado muy alto, seguramente—de sigilosa cautela? ¿Se podría medio mantener en pie el planeta si los acuerdos y opiniones de sus gobernantes fueran del dominio público? Puestos a pensar con seriedad, llega uno a la conclusión de que la relación humana en general –la amistosa, la de pareja, cualquiera—necesita un cierto margen de reserva sin el cual resulta difícil si no imposible de imaginar cualquier convivencia. ¿Cuántas sociedades, cuántas Administraciones, cuántos matrimonios si me apuran, podrían sobrevivir al saqueo masivo de sus interioridades? No seamos cínicos negando al secreto al menos un discreto papel.

 

También hay que reconocer que ahora sabemos que los integristas y ricos saudíes susurran a Obama su desprecio por el presidente iraquí, que los árabes desearían verse libres de la potencia iraní y su amenaza nuclear que públicamente apoyan, o que hay terceros países que se prestan a camuflar las operaciones bélicas americanas. La cuestión está en si este tipo de revelaciones ayudarán al proceso general de paz o funcionarán como palos entre los radios de sus múltiples ruedas. ¿Un poco más libres hoy que ayer? Uno la verdad, no puede imaginar por qué razón, pero se siente inquietantemente desnudo ante ese ojo público, tan sospechoso por lo demás, que pretende suprimir uno de los más ancestrales requisitos de la convivencia.