Griñán toca fondo

Se comprende que resulte difícil hallar una réplica al fenomenal zambombazo que los funcionarios le han dado a Griñán y los suyos en la multitudinaria manifestación del sábado. Que él calle mientras un ‘nini’ como Mario Jiménez atribuye el movimiento a la manipulación del rival, se entiende si mayores dificultades. Pero es obvio que deben de haber tomado buena nota de ese gesto decidido de los funcionarios que no le “hacen el juego” más que a su derecho y al sentido común. Lo que el decretazo de Griñán busca es someter injustamente la función pública al partido y los trabajadores públicos no parecen dispuestos a tragar una vez más. Éste es el mayor conflicto al que la Junta se ha enfrentado. Griñán se juega en él el que el resto de su pésima racha.

La ilusión materialista

Hay que admitir que, al menos en última instancia, tan arriesgada es la toma de partido por la interpretación idealista de la realidad como la adhesión a los enfoques materialistas. Me aferro más a este postulado cada vez que tropiezo con alguna de esas teorías novedosas que tratan de explicar los fenómenos vitales en función de una ruda lógica mecanicista extrapolada de la biología, para cual, en definitiva, todo resulta ser efecto automático del penúltimo hallazgo de un laboratorio extrañamente ocupado en investigar las causas de la emocionalidad. La última de esas interpretaciones me llega rebotada desde la universidad de Siracusa, en la que eminentes neurólogos parecen decididos a disecar el alma humana hasta reducir la emoción en su correspondiente tabla de elementos que ignoro si al final resultará también periódica como la que predice la materia, y consiste en otro de esos desarrollos materialistas, en concreto el que sostiene que la relación amorosa, no es sino el efecto neurológico de esos herméticos agentes que son los neurotransmisores del estilo de la dopamina o neuromoduladores como la oxitocina, capaces de provocar cataclismo psíquicos como el flechazo fulminante en pocas décimas de segundo. Me imagino lo que Proust o el gran Amiel se hubieran divertido enterándose por los sabios de que el enamoramiento puede certificarse sólo con detectar en sangre aumentos significativos del llamado Nerve Growth Factor (factor de crecimiento nervioso), molécula –aseguran—implicada en la química social de los seres humanos y en sucesos como el “amor a primera vista”. Hoy los sabios sostienen que el amor materno, por ejemplo, se produce en zonas concretas del cerebro muy diferentes de las responsables del amor apasionado y esperan, en definitiva, acabar controlando enteramente la neurofisiología de esos misterios sin apartar el ojo del microscopio. Uno de momento prefiere aferrarse a la primitiva noción amorosa que inspirara a Tolstoï o a Stendhal.

 

A Azorín le pidieron alguna vez que opinara sobre el amor y Azorín contestó aquello tan celebrado de que hablar del amor sería “hablar de la mar”. Nuestros sabios, por el contrario, han acercado la perspectiva hasta reducir lo sublime al plano grosero en que las catecolaminas, aniquilado el espíritu, ejercen sin remedio su despotismo bioquímico. Y ése es abuso que la visión materialista pagará seguramente con usura a partir del momento en que el hombre esencial decida, harto de coles, reivindicar su condición de enigma. Es posible que entre prisas y ambiciones, esos cerebros estén matando entre todos la verdadera gallina de los huevos de oro.

Hacer el papel

Otro acuerdo del Parlamento autónomo –esta vez por unanimidad—de esos en que el león del escudo se yergue rampante junto al Hércules venido a menos. Se trata ahora de exigir (es un decir) al Gobierno que se plante ante Marruecos y procure que se adopten medidas hasta garantizar en el martirizado Sáhara la paz y la palabra. ¡Le van a hacer el mismo caso que le hicieron al acuerdo protestando por El Cabril y a algún otro por el estilo! Lo que no quiere decir que esté mal hecho lo que hicieron pero sí que lo han hecho a sabiendas de su inutilidad. Teatro dentro del teatro, se llamaba esto antes. Y ahora.

Tragedias secretas

Son malas las noticias que llegan desde el Sáhara. Más allá de asaltos policiales y parapoliciales, de destrucción de pacíficos campamentos, de detenciones, cargas y palizas, de censuras y exclusión de periodistas, no sabemos si lo que, en realidad, está sucediendo es una tragedia de mayor cuantía, tal vez un etnocidio con todas las de la ley con el que la tiranía alauita pretendería liquidar de una vez ese viejo quiste que afea su expansionismo usurpador. Cualquier día nos enteramos, y resulta que hay que contar los muertos no por docenas sino por miles, por no hablar de los desaparecidos, que es lo suyo en esa parte del mundo, pero si eso llega a ocurrir no se preocupen porque Marruecos tendrá ya montado su retablillo y en el veremos actuar como cristobitas a nuestros propios representantes, a los americanos que son la madre de ese cordero y a los franceses que, desde la descolonización para acá, andan siempre a lo que cae. En el Congreso español hemos oído a un ministro principal del Gobierno reconocer a Marruecos una soberanía que jamás tuvo sobre aquellos territorios y una condición de potencia administradora que resulta penoso que un ministro principal de España no sepa que no puede poseer nadie sino precisamente España. ¡Pero si la ministra se anda escudando en que no localiza al ministro de Exteriores marroquí!, ¿pueden imaginar ustedes mayor bobada? Malas noticias, en fin, pero peor resulta aún comprobar que en la prensa europea en general ese conflicto feroz y entrañable para muchos de nosotros, ni siquiera existe, no aparece por ninguna parte tras los cuentos del G20, la crisis de imagen de Sarko, las velinas del cerdo de Berlusconi o los apuros financieros de Irlanda. ¿A quién importa una pelea en el desierto, un pleito requeteolvidado frente al que todo el mundo (la ONU, los EEUU, Francia, España o la UE) se pone de perfil para no salir en la incómoda foto, qué más dan unos pocos moros muertos de más o de menos aunque se trate de unos moros que constituyen un ejemplo vivo e irreemplazable del fracaso del orden internacional?

 

Lo de España, por otra parte, es para llorar: excluyen a los periodistas españoles y hasta los expulsan como a maleantes, le toman el pelo al Gobierno por activa y por pasiva, incluso matan a uno de los nuestros (de momento) sin que ni siquiera se le saque tarjeta roja a esos bárbaros. Y encima hemos de tragar con paripés como el del Parlamento andaluz pidiendo por unanimidad lo que de sobra sabe –en especial la mayoría absoluta “amiga del Gobierno”—que no es más que papel mojado. En el Sáhara no está pasando nada según la hemeroteca. Todo indica, sin embargo, que esté ocurriendo lo peor.

El peligro amarillo

La imaginación de Griñán está que se sale. Pudo comprobarse antier al escucharle en el Parlamento replicar a las duras acusaciones de Valderas  (“Vive usted fuera de la realidad”, “no rectifica absolutamente nada porque su soberbia política le ciega) que el quid de la cuestión está en la ebullición financiera china, en los efectos distales del milagro neocomunista y en la conjura que, según él, se traen entre manos los amarillos “contra la deuda soberana de otros países”. En esta legislatura es posible que batamos todos los récords de chorradas parlamentarias y, sin duda, Griñán merecerá ser reconocido como uno de los recordmen indudables.

Nostalgia del saber

Demasiados profesores se quejan hoy de que la incultura generalizada se ha convertido en una obsesión que la connivencia de las tecnologías está agravando hasta un punto de no retorno. Cierto, pero echemos la vista atrás para comprobar que ese fracaso de la educación no es nuevo sino que está ahí presente desde que el mundo docente es tal. En las memorias venecianas de Morand, que estos días he citado, se explaya éste a gusto con esos fallos docentes que dejan al bachiller donde y como lo encontraron, es decir, poco menos que in albis si nos atenemos a lo que sería deseable que conocieran y, evidentemente, no conocen, perdidos en esa mecánica insensible empeñada en inculcar en el aprendiz un gramática rígida y desconectada, una geografía reducida a catálogo de accidentes y, en consecuencia, vacía, deshabitada, junto a una historia reducida a crónica o catálogo en la que igualmente la presencia humana se escaparía de todas todas. ¿Cómo considerar educadas a criaturas que quizá podrían repetir teoremas o clasificar silogismos mientras lo ignoraban todo sobre los orígenes prehistóricos, sobre la Biblia, sobre Bizancio o China, el Extremo Oriente o Rusia, la religión o la música?, se preguntaba el hombre ya a la vista de la última vuelta del camino. Mucho me temo que hoy pudiéramos decir algo semejante, sólo que peor, en la medida en que de nuestra enseñanza real se ha eliminado mucho más, se ha ahondado en esas “omisiones bizarras” y en esas “lagunas ubuescas” que todavía podían lamentar hombres que, después de todo, acabaron siendo sabios de enorme envergadura. Como suele admitirse de la Ciencia, el Saber se rige también por un paradigma determinado por la sociedad, que tiene sus necesidades y sabe perfectamente qué es lo que conviene considerar expletivo y por qué. Yo creo que el magisterio oficial sabe mejor qué es lo que el niño debe ignorar que aquello que debería conocer.

Es más que probable que eso que entendemos por Cultura prosiga decayendo hasta diluirse fósil en ciertas reservadas retaguardias del saber. Nuestros hijos se alejan del conocimiento del pasado o del cultivo de la belleza arrastrados por una absurda lógica productivista que considera inútil e inservible todo saber que no sea reductible a un conocimiento inmediatamente aplicable, que no pertenezca por derecho propio a la praxis. Y es posible que la actual proliferación de materias (me niego a decir disciplinas) improvisadas y hasta absurdas encaje en esta lógica de lo útil obsesionada con eliminar el saber excedente. Ubú parece haber ganado esta batalla. Menos mal que la guerra no ha terminado.