Fosas comunes

Loca por desviar la atención de la avalancha de subidones de precio que se nos echa encima, la Junta agita vocea desenfrenada los resultados de su costosa investigación sobre las fosas comunes de la guerra civil que, por lo visto, son las más numerosas de España. Está bien honrar a las víctimas –aunque sea más de 70 años después—pero no cabe duda de que, en este preciso momento, lo que abruma a los andaluces no es esa memoria herida sino ésta que ya se anda llamando “la peor cuesta de enero de nuestra vida”. Va a subir todo en cascada en una sociedad con más parados que ninguna y el empleo más precario. Lo de las fosas está muy bien, seguro, pero no debemos dejarnos distraer.

Juguetes y sexo

En pleno debate recurrente sobre el uso sexista de los juguetes (uno de los debates más simplistas que conozco) aparece rebotando por ahí la noticia aparecida en la prestigiosa revista Current Biology sobre comportamiento observado en un grupo de chimpancés de un parque de Uganda por unos sabios de la universidad de Harvard nada menos. Han observado éstos, así, en principio, que tanto machos como hembras del grupo estudiado utilizan trozos de madera para entretenerse, utilizándolos tiernamente en unos casos, al modo que la hembra humana hace con las muñecas, en otras ocasiones usándolos como instrumento de indagación o como arma en sus amistosas peleas juveniles, lo que ha dado pie a la teoría, probablemente inmadura, de que existiría una suerte de inclinación de género o conductas específicas propias de cada uno de ellos. Pero casi simultáneamente ha resonado una voz femenina en la revista Science proclamando que semejantes observaciones para nada autorizan la inferencia de que existan tendencias innatas, dado que el uso y manejo de esas “muñecas” por parte de ambos sexos bien podría ser consecuencia de la socialización, gran obviedad que, a mi juicio, en nada cambia los términos del primer estudio. ¡Vaya manía que lleva el personal con lo del sexo del juguete, como si no fuera sabido que las más remotas muñecas aparecieron, allá en plena prehistoria, en tumbas femeninas, mientras que los objetos relacionados con la violencia lo hicieron asociados siempre a los ámbitos del macho! Es la sociedad la que inventa y atribuye roles y, en consecuencia, la que asigna a cada sexo los instrumentos que le son “socialmente propios”, aunque sólo entre los humanos, como acaba de probarse, a esos hábitos se le adhieran significados simbólicos tan determinantes. Un chimpancé acunando un madero no es mariquita, un humano suele interpretarse que sí. A Saussure le hubiera encantado comprobar que el “significante” está en el ojo, no en el objeto.

 

Tiene garantizado el fracaso el intento de invertir (con perdón) el significado de las conductas atribuyendo a los sujetos cualidades imaginarias. Los niños prefieren mayoritariamente los juegos competitivos y dinámicos mientras las niñas se pirraban y siguen pirrando por los pacíficos y domésticos, sencillamente porque en la conducta pesa más que nada el factor socializador, que es de suyo arbitrario, si se quiere, pero también funcional dada la evolución general de la especie y, por lo que parece, también de las especies. El día en que simios o humanos jueguen indistintamente entre machos y hembras tendremos que habérnosla con un nuevo mundo y, por supuesto, con una nueva selva.

Andar al revés

Quiere Griñán ahora difundir la idea der que el “decretazo” por el que la Junta se tragará a los contratados de las empresas públicas dejará de ser problema cuando, en el trámite parlamentario, se logre entre todos el consenso que debió buscarse antes y no después de la escandalera. Y la pregunta es por qué lo que el PSOE podría conceder en el Parlamento no lo ofreció a tiempo a los mismos negociadores, evitando llegar al punto al que hemos llegado, tan grave que hasta él da ya su brazo a torcer o, por lo menos, lo aparenta. Hay que ser lila para creer en serio que Griñán cederá de verdad. Lo que hay en juego –el control de la Junta incluso en caso de perderla en las urnas—no se lo va a permitir.

Fumar era un placer

Confieso que, como a mucho fumador redimido, el humo del tabaco ajeno me molesta cada día más. Empiezo a comprender la razón de esa gente que reivindica un derecho al aire puro hasta ahora desconocido, pero siento crecer la inquietud como ante toda nueva prohibición, convencido de que la tensión entre individualismo e intervención constituye la disyuntiva característica de la democracia actual. Estamos pasando del tácito “prohibido prohibir” a la idea de que cualquier cosa, todo en suma, resulta prohibible con tal de que el Poder consiga presentar su intervención como medida saludable, pero de lo que no cabe duda es de que acabamos de entrar en una nueva era en la que un interesante instrumento de integración social, como es el fumeque, va a desaparecer dejando un hueco en la convivencia difícil de rellenar, cosa que dará que hacer a los psicólogos tanto como a los expertos en comportamiento social  dado que esa sustancia cumplía una importante función ansiolítica, conocida al menos desde tres o cinco mil años antes de Cristo. ¿Por qué seremos tan tolerantes con la crecida del intervencionismo en un ámbito convivencial caracterizado por su tendencia práctica a una libertad del individuo comparable a las más recordadas del prontuario ideológico? Yo, la verdad, no lo sé, pero temo que algo habrá de sustituir al psicótropo prohibido, dicho sea de paso con toda la razón del mundo, si es que las cosas se contemplan desde el ángulo sanitario. El Poder está para fomentar lo bueno y prohibir lo malo, o al menos eso es lo que difunde su propaganda, y puesto que “El tabaco puede matar”, según se nos informa, bien prohibido estaría.

 

La pregunta es por qué hemos tardado, entonces, veinte años en prohibir algo que, además de causar tanto estrago y padecimiento, ha venido proporcionando al Estado una auténtica fortuna en forma de impuesto indirecto. Aunque quede por ver también qué ocurre en la práctica, qué harán esas turbas de empleados que en Nueva York como en Madrid, en Huelva como en Brujas, vienen siendo vistos a la puerta de su empresa, a media mañana, aspirando como posesos las caladas prohibidas. El tabaco, como deseo dependiente o como ritual social, tenía su importancia tanto a la hora de cerrar u  trato como a la de darle garrote vil a un desgraciado. Y eso habrá que sustituirlo por algo o la convivencia quedará renqueante por mucho tiempo. Ya no hay, como hubo, una Inquisición que te metiera en galeras por humear diabólicamente con un petardo mal reliado. Hay un Poder mucho más eficaz pero que haría bien en ir pensando qué hacer ahora con tanto pringao devorado por el síndrome de abstención.

Rara impunidad

Leo: “La Junta ha estado pagando prejubilaciones de manera ilegal durante casi una década”. O esto otro: “Los consejeros Viera y Fernández firmaron en 2001 un convenio que permitía eludir la ley al adjudicar ayudas sociolaborales a empresas”. Y me pregunto estupefacto cómo es posible tanta impunidad, qué necesita la Justicia para sancionar a unos políticos presuntos responsables de acciones que hubieran dado con los huesos de cualquier ciudadano en la cárcel, y de paso, qué necesita el Poder político para reconocer sus propios abusos y pagar por ellos. La corrupción parece ya inseparable de la política. Que no se quejen aquellos a los que correspondería evitarlo.

Nombres propios

Pocas revoluciones de costumbres como la que desde hace unos decenios viene produciéndose en el ámbito de los nombre propios. Lo ha subrayado el humor haciendo befa y mofa de esas modas onomásticas, pero también se han ocupado del asunto sesudos intérpretes, adscritos lo mismo a la clínica que a la sociología, y conformes, por lo general, en considerar el fenómeno desde la inconsistente lógica de las modas. Una primera conclusión apunta al hecho de que la libre elección de los padres responde a la progresiva limitación del peso del factor tradicional en nuestras sociedades, pero todo sugiere que la causa de esa elección consiste en el deseo paternal de singularizar al niño, es decir, en la proyección de unos progenitores que tratarían de conferir al hijo –en un intento de claras connotaciones mágicas– virtudes y valores a través del propio nombre. Los estudios más respetables, conmocionados por el hecho de que apenas en cinco años en Francia se hayan registrado 160.00 Kevin e innumerables apelativos “bíblicos, retro o medievales”, coinciden en subrayar el hecho de que, si tradicionalmente eran las clases superiores las que introducían los nombres y las inferiores las que los imitaban, actualmente se vive la situación contraria, es decir, aquella en que la iniciativa ha pasado a ser ejercida por “los de abajo”, profundamente afectados por la propaganda mediática, especialmente por la yanqui. En Europa las nuevas leyes que regulan el registro civil han cedido ante esa presión dejando en manos de los padres un campo prácticamente ilimitado para la elección del nombre, su “confección” y hasta su invento. En Francia o Inglaterra hay ya miles de Ryan y Brandon, en España prolifera la nomenclatura del Antiguo Testamento alineada con la procedente de las series televisivas y en Bélgica consta que un “couple” culé ha impuesto a su hijo el nombre de “Barça”. A ver quién da más. Los diez nombres favoritos actuales suponen en Francia más de un cuarto de los registrados aunque se prevé que, en cosa de veinte años, ni uno solo de ellos andará ya en esos puestos. La moda es siempre voluble. La descerebrada mucho más.

 

Mucho dice este fenómeno, sin duda, sobre el carácter banal de la opinión, sobre las miserias de la demotización del criterio y, en especial, sobre el potente influjo de las propagandas. Y más aún sobre la psicología de una época abruptamente desasida del pasado, en la que los individuos buscan sin tino la identidad extraviada. Sólo los EEUU se salvan, de momento, de esta epidemia que invade una Europa tan temerariamente olvidada de su tradición.