El cisma funcionario

La desconfianza respecto al funcionario independiente es un pecado original del PSOE, que ha ido agravándose a medida que su poder crecía y los problemas se acumulaban. En este momento, en Andalucía, se vive en las oficinas públicas un clima de auténtica fronda y todo indica que Griñán, funcionario de carrera y no sólo sus “ninis”, no han entendido nada de cuanto ocurre. El maestro Clavero se pronunciaba ayer aquí opinando que el decretazo no es el camino adecuado para reformar el sector público y que bien pudiera ser inconstitucional. El problema de Griñán, si no se aclara, no va a ser sólo el de tener que escurrirse por la puerta de atrás.

La real distancia

Parece que el deseo de la reina de Inglaterra de incorporarse a los foros que abren las nuevas tecnologías va, finalmente, a llegar a buen puerto. Desde hace poco la reina posee, en efecto, una página en Facebook desde la que pretende, según dicen, aproximarse a sus súbditos –en Inglaterra esta expresión no connota lo mismo que entre nosotros–, para lo cual, de entrada, ha colocado en primer plano una foto suya y del desahogado de su esposo, el bello Mountbatten, como se le llegó a conocer en cierto mundillo, y no una imagen de ahora, obviously, sino de la era del blanco y negro y la juventud perdidos, además de un escogido repertorio de informaciones, videos, reportajes y ecos de su agenda política y personal. Toda una aventura cibernética, ya lo ven, ante la que, sin embargo, no debemos llamarnos a engaño toda vez que el proyecto deja bien claro que se trata de un escaparate, de un expositor para que el pueblo soberano se goce en su gratuita contemplación, pero en modo alguno de un coladero que permita a esos súbditos acercarse a la persona real con intenciones amistosas: la reina se ve pero no se toca, como decían las monjas antiguas de las niñas, incluso mediando la impenetrable defensa que supone la ilusión virtual. Es decir, que ahí estará la reina expuesta día y noche sin que en modo alguno se permita al visitante acercársele porque ni ella ni la familia real deben tener amigos sino, todo lo más, fans. Hay que guardar las distancias, como es natural, si no sobre una base tan alambicada como la que permite la teoría de Kantorowicz al distinguir entre “los dos cuerpos del rey”, sí al menos en los términos razonables que esa añeja monarquía no tiene otro remedio que imponer.

No sólo el autor citado supo ver en la figura real esos dos cuerpos distinguibles que habrían de jugar coordinadamente sus respectivos papeles en el complejo proceso de legitimación de su poder, pero está quizá por explicitar una nueva teoría de esa dualidad inefable en el ámbito de medios tan sutiles como los que constituyen la realidad informática, que malamente casan con la vieja intención de las propagandas sacralizadoras. Un espontáneo en el dormitorio de la soberana pudo ser (o no) en su día un incidente banalizable, pero incluso esa escena extremada tiene más fácil resolución que aquellas que puedan producirse en el decorado hertziano, donde el acceso es universal y las garantías mínimas. Hay realidades que no casan ni a tiros y una reina expuesta en la fresquera del ordenata, donde cualquiera puede meter la mano y dejar su marca, es indudablemente una de ellas. ¡Para Facebook, Shakespeare! Y Shakespeare puede dar el juego que se quiera menos el de publicitario de una reina que gana tanto y habla tan poco.

La ley-escoba

Es desolador el uso que se viene haciendo de la ley de Acompañamiento del Presupuesto, convertida cada vez más en un vehículo trucado para eludir el debate parlamentario. Si se consuma el presumido proyecto de sacar el decretazo contra los funcionarios en ese dudoso marco, Griñán habrá demostrado un desprecio supino por la función pública pero también, qué duda cabe, por la democracia misma. La debilidad tradicional de esos funcionarios explica la prepotencia de la Junta, pero esta medida, de salir adelante, habrá herido de muerte a la Administración de la autonomía. Y habrá quedado claro que la Junta y los dos sindicatos mayoritarios no defienden ya más que sus intereses propios.

Tiempos peores

Unos entusiastas, mucho más jóvenes que los protagonistas, organizan estos días en Sevilla unas jornadas para recordar el significado de la revista “Triunfo”, aquel catecismo de la progresía en la que algunos de nosotros aprendimos a hablar y, ya de paso, a tragarnos las palabras. Coincide la iniciativa con la muerte de Berlanga y es en esa casual confluencia en la que me planto hoy para echar la vista atrás en apoyo de mi vieja tesis de que la más incómoda y cojonera crítica al franquismo la hubieron de hacer a tres manos la gente del humor, la del cine y la de la escasa prensa empeñada en no ceder del todo ante el silencio imperativo. Por lo que se refiere a nosotros, en “Triunfo”, vemos hoy claro que si en algo acertamos fue sin duda en apostar por el silencio clamoroso frente a lo interior compensado en la enérgica perífrasis de la visión internacional, de la parábola histórica y del ejercicio sin concesiones de un criticismo progresista que no desdeñaba ámbito alguno de nuestra cultura. El humor cargó con el fardo, tantas veces abrumador, de una ironía capaz de refractar la realidad reproduciendo en su imagen distorsionada la más eficaz alegoría de sus mezquindades y de sus limitaciones. Y en cuanto al cine, en medio de vulgaridades y connivencias, la verdad es que fue capaz de convertirse en un popularísimo espejo donde, por encima y por debajo de la censura, una buena parte de la sociedad acabó reconociéndose en su impuesta monstruosidad. Gente como Berlanga hicieron con una cámara en las manos la sociología entonces impensable que necesitaba un país abismado en el conformismo, enseñando a reírse de sí mismo a un pueblo que callaba a la fuerza pero con notable resignación. Mucho tuvo que exigir esa generación a la sátira que, en obras como “Mr. Marshall”, “El Verdugo”, “Plácido” o “Calabuch”, fue fraguando una antiépica que venía a ser el antídoto más tolerable para aquella sociedad enervada.

 

Nunca es aconsejable la mitificación pero hay que reconocerle su mérito a esas iniciativas que ya entonces tuvieron una acogida tan cálida. Aunque temo que no resulte fácil hallar un adecuado equilibrio entre la leyenda y la realidad y más cuando no pocos de aquellos militantes –como antier mismo Berlanga—campan ya en la memoria libre de su corsé humano. ¿Será verdad que las dificultades aúpan el ingenio y que por eso bajo la dictadura se pudo producir tan meritorio balance? Personalmente prefiero no sublimar pero sospecho que sin aquellos esfuerzos tal vez no se hubiera logrado mucho de lo bueno que vino después. La Historia consiste en este continuo tejer y destejer afanes. Y creo que nosotros hicimos lo que pudimos.

La puerta de atrás

Otra bronca, esta vez con motivo de su vivita a Fibes, se ha llevado el presidente Griñán de los funcionarios, obligándolo a salir por esa puerta de atrás que se va convirtiendo ya en todo un símbolo del desencuentro entre los políticos responsables de la autonomía y sus trabajadores públicos. No es bueno ni decoroso mantener esta situación  de acoso, pero para conjurarla se necesita algo más que el empecinamiento, sobre todo cuando parece cada vez más claro que el rechazo al proyecto que Griñán se trae entre manos es rechazado por una amplia mayoría que va más allá de los propios funcionarios amenazados por él. Sería urgente que se dé una salida a los protestantes antes de que se degrade aún más la imagen de nuestra política en medio de la incomprensión general.

Drogas numéricas

Con ese nombre, “drogas numéricas”, se está difundiendo en varios países una notable polémica en torno al uso y consumo de unas presuntas drogas virtuales que se andan vendiendo en Internet a buen precio y que permiten, según su publicidad, experimentar los efectos de las drogas convencionales –desde la marihuana al LSD pasando por la coca– sin necesidad de consumir sustancia alguna. El invento, que es conocido en principio desde los años 70, consiste en someter al sujeto al impacto sonoro de ciertas composiciones musicales, si así cabe llamar a simples percusiones binarias que deberán ser escuchadas separadamente en cada oído con una frecuencia diferente, ejercicio que, se asegura, provoca los efectos que ya pueden contemplarse en la pantalla del ordenata interpretados por jóvenes consumidores que aseguran hallarse instalados en esos paraísos al menos mientras mantengan colocado el casco sobre sus cabezas. Por supuesto, nadie puede decir en este momento si estamos ante un experimento revolucionario o, una vez más, la astucia mercante ha sido capaz de traspasar la barrera del escepticismo, pero ya resuenan serias advertencias de organismos sanitarios oficiales (franceses, por ejemplo) que avisan a los padres sobre el peligro intrínseco en el recurso a la droga, real o imaginaria, aparte de la advertencia de que tras falsos productos no tiene por qué no haber verdaderas drogas. La imaginación no descansa, como pueden ver, y el negocio, menos. Pero más allá del debate sobre si de lo que ahora se trata es de efectos de la autosugestión o de efectos reales (esos ritmos binarios podrían provocar ondas lentas capaces, al parecer, de alterar el funcionamiento del cerebro), entiendo que lo interesante está en la búsqueda misma de la felicidad artificial por parte de una demanda, fundamentalmente joven, sin duda propulsada por la disforia. He escuchado algunos de esos testimonios y son no poco espectaculares. Verdad o placebo, pues, esa búsqueda de la euforia resulta tan curiosa como alarmante.

De hecho, la verdad es que, cuando tuve ocasión de asistir a alguna sesión de macumba, no estuve seguro nunca de si las manifestaciones contempladas obedecían al efecto de la cachaza o al producido por el tantán, al humo de los vegueros o al revuelo de los enloquecidos giros de la danza ritual. Pero sí estoy seguro de que la tumultuosa afluencia juvenil a las puertas de los paraísos más o menos imaginarios crece proporcional al fracaso socializador de nuestras sociedades. No sé, quiero decir, ignoro si esas drogas numéricas intoxican o, simplemente sugestionan. Me pregunto sólo en qué seguimos equivocándonos tanto quienes ya no usamos casco aturdidor.