Pirro en Andalucía

“No es lo mismo un mapa rojo con una mancha azul que un mapa rojo entero”, decía la presidenta Díaz en campaña. Bueno, pues ya tiene ahí un resultado regional bueno, justo en el peor momento registrado en la vida del PSOE y que, entre otras cosas, presenta a la mirada manchas de diversos colores. De nuevo volvemos a la teoría de que no gana el PSOE sino que pierde el PP. Pero ahora la diferencia es que uno y otro se llevan su respectivo papirotazo de castigo en lo alto. De acuerdo, Susana y su liderato de tómbola, salen reforzados hacia dentro. Pero ¿y hacia fuera, quién gana hacia afuera? Pirro se ha instalado en el palacio de San Telmo sin dar explicaciones, de momento. ¡Y parece tan contento, oigan!

Difícil herencia

No hay herencia buena, decían los anarquistas del XIX, aquellos bakuninistas que pretendían demoler el edificio social arrancándole ese cimiento. De que es un derecho, tanto del testador como del heredero, no cabe duda, pero no es menos cierto que el litigio universal, la pelea que rompe familias y tuerce voluntades, nos demuestra un día sí y otro también que, en la práctica, hay derechos que merecen palos. Los descendientes, que no herederos de Peggy Guggenheim se vieron las caras el miércoles pasado en París con los administradores de Fundación Solomon Guggenheim que administran el legado de aquella furia –más de trescientas obras, entre Mondrian, Dalí, Picasso, Matisse, Kandinski o el porpio Max Ernst, uno de sus maridos—por estimar que su gestión no respeta las condiciones de la donación hasta el punto de incorporar a la famosa colección otros legados como la Schulhof Colletion. Si uno va a Venecia no puede dejar de visitar aquel delicioso museo instalado en el Palazzo Venier dei Leoni, cada día, es verdad, más frecuentado –es la primera pinacoteca moderna de Italia—pero también menos fiel a la magia de aquel ambiente casi místico que parecía retener la esencia de la genial aventura de Peggy, enterrada bajo el césped de su jardín junto a las tumbas de sus perrillos. Me trae al fresco la disputa entre descendientes y manijeros, pero reconozco la injuria infligida visiblemente a la memoria de Peggy por unos de tantos vividores del arte como vivaquean en Venecia. Alguna vez vi sobre la tumba de la vieja ama unas flores votivas dispuestas por alguna mano piadosa; luego, hasta el jardín ha ido evanesciendo su aroma post-romántica, y ya parece que apenas se distinguen las tumbas bajo la grama crecida.

Al Guggenheim, que había sido escenario de la turbamulta vanguardista, se iba como en busca de un pasado que flotaba en el ambiente, las salas solitarias, la luz cegadora, el jardín tentador, hasta que llegó la barahúnda turística –me refiero a la masiva—para destruir el encanto. Y en ese sentido, al menos, me pongo de parte de los herederos que claman y reclaman el mantenimiento de una memoria imprescindible. Allí están los “Relojes líquidos” de Dalí, las joyas de Klee, el color de Miró, la silueta de Modigliani o el sueño abstracto de Rothko, el eco de las juergas bohemias, los disparates de Ernst y, lamiendo el cimiento, el agua milenaria, esa obra magna. La herencia es una cosa muy delicada. La atmósfera poética, también.

El animal suicida

Por mucho que desconfiemos de Al Gore y de los tremendistas va a haber que irse rindiendo a la tesis de ese cambio climático que parece ser que amenaza al planeta. Vemos en la tv derretirse los glaciares y abrirse en grietas la tierra labrantía, los sabios no se ponen de acuerdo pero se inquietan ante una meteorología atípica que sirve de caja de resonancia al lamento ecologista. Alguien recuerda, a propósito, la contribución de Sófocles al mito de la idoneidad animal del ser humano: “Muchas cosas asombrosas existen, y con todo, nada tan asombroso como el ser humano”. Ese ser humano que “se enseñó a sí mismo el lenguaje y el alado pensamiento”, el mismo –siempre según el coro—al que “nada de lo porvenir lo encuentra falto de recursos”. Ahí tienen ya el mito blindado ingenuamente, la idea de que el hombre, al margen de la muerte, puede cuanto se propone en su pulso constante con la Madre Naturaleza, ese animal casi divino que ha sabido penetrar la condición de las cosas hasta ponerlas a su servicio. Sólo él sabe contar por encima del nueve hasta el que alcanza el mono y del siete de que es capaz de dar cuenta el cuervo, pero parece que ahora se descubre que no era cierta su capacidad de adaptarse positivamente, como le exige le evolución, sino que hasta sería capaz de permitir el desastre anunciado por los apocalípticos. Es decir, algo impensable en cualquier otra especie, una negra prerrogativa reservada a su famosa monarquía sobre el reino de la vida. Puede que, en fin de cuentas, sea ese animal privilegiado con visos de demiurgo, el único capaz de autoinmolarse y, de paso, poner fin a toda existencia, salvo, según dicen, a la de las cucarachas sobre las que recaería la tarea neohistórica de reiniciar la aventura evolutiva.

Ningún animal es suicida, es incierta la leyenda del escorpión que se inmola si se ve en peligro clavándose su propio aguijón. El único animal que ha demostrado capacidad para retar al destino e incluirse a sí mismo en esa apuesta es ése que, no sé bien por qué, se llama a sí mismo “sapiens” mereciendo más bien el dictado de “demens”. Gran paradoja: sólo el “progreso” en su etapa vertiginosa habría sido capaz de acarrear el riesgo del exterminio, cuando la misma inteligencia que descifra la índole relativa de lo real produce provoca el riesgo cierto de su propia destrucción. Admirable contradicción entre la proeza humana y su locura sin límites, acaso resumida misteriosamente en el signo de Caín.

Floresta de campaña

“Nadie quiere en el PSOE gobernar en coalición. Ésa es una idea del Ibex 35”, Elena Valenciano, candidata a las Europeas por el PSOE. “No está el horno ‘pa’ bollos”, Alfonso Guerra, diputado. “A Felipe González le respetamos más en el PP que en su propio partido”, Alberto Núñez Feijoó, presidente de la Xunta de Galicia. “Es más fácil gobernar en Alemania que en Andalucía”, el mismo. “No es lo mismo un mapa con siete provincias rojas y una mancha azul, que entero rojo”, Susana Díaz, presidenta de la Junta de Andalucía. “Andalucía es el espejo donde mirarse la UE”, J.L. Rodríguez Zapatero, ex-presidente del Gobierno. “No hay cuartel ni política en esta campaña de bajo coste y rendimiento cultural aún más bajo”, Antonio Soler, escritor.

El Cid cabalga

Siempre me llamó la atención en la leyenda del Cid Campeador la viñeta del caballero muerto y embalsamado cabalgando en su caballo “Babieca” con la rienda atada a la mano. De pequeño sobre todo, me llamaba la atención el cuento de que, tras el flechazo mortal que el Campeador recibió encaramado en su muralla, fueran los suyos –y por tanto, antes que nadie doña Ximena—quienes decidieran la estratagema que le haría derrotar a Ben Yusuf incluso después de muerto, circunstancia que se refuerza con el hecho probado de que Ximena siguió aún durante unos años gobernando la plaza. Lo recordé muchas veces viendo al pobre Juan Pablo I, extenuado por el mal de Parkinson y el peso de la edad, expuesto impíamente a la mirada pública, y lo recuerdo ahora al ver la foto del pobre Pascual Maragall, navegando ya inseguro por las aguas del Alzheimer, asomarse en un mitin para apoyar el proyecto separatista de su hermano pero, según confesión propia, por decisión también de la propia esposa. ¿No es repugnante este abuso del personaje abatido por la enfermedad y manejado sin contemplaciones como un cristobita, con tal de arañar unos votos, por sus allegados más próximos? Yo creo que sí, sin la menor duda, y entiendo, además, que maniobras como las descritas deshonran el ejercicio democrático hasta arrastrarlo por los suelos. No sé, por supuesto, qué habría decidido Maragall en pleno uso de sus facultades mentales, pero lo realmente inobjetable es que meter en campaña a un enfermo –y a un enfermo que padece, precisamente, una dolencia que destruye su capacidad mental—no tiene perdón. Ya sé que hay americanos que creen en la inmortalidad de Elvis y españoles que no han perdido la esperanza de ver a Franco en el telediario, pero estos son fenómenos que pertenecen al orden psiquiátrico. Maragall con media sonrisa y como flotante en medio del fragor de un mitin es algo más sencillo: es una vergüenza.

A Franco por cierto, parece que, aparte de prolongarle la agonía hasta un límite insufrible, también le retrasaron el anuncio de su muerte por razones políticas, y siempre con la anuencia de doña Ximena. Lo de Maragall, en cualquier caso, es peor porque supone, no sólo utilizar de mala manera al enfermo, sino recurrir a esa miseria máxima de la propaganda que es la compasión. La política malamente reconoce límites a la maldad. Dentro de su ámbito viciado, ni los muertos, como si dijéramos, pueden respirar tranquilos.

“Torcía” y “Doblá”

Parece que el Gobierno de la nación ha iniciado ya el trámite para conseguir que Magdalena Álvarez, imputada por la Justicia como presunta diseñadora de sistema de saqueo de los ERE, abandone su puestazo en el Banco Europeo de Finanzas. Es lo lógico, o mejor, ya era hora, porque lo que resulta evidente es que la famosa “lady Aviaco” que liquidó su responsabilidad en aquel tremendo abuso con un “Tengo derecho”, no iba a dejar esta otra bicoca por voluntad propia. Su lema “Antes ‘torcía’ que ‘doblá’ ” expresa sin ambages el talante de este personaje áspero que lleva tantos años viviendo de la política sin otro referente ético que su propio interés.