Paraísos de Estado

En más de una ocasión recuerdo entre neblinas la frase atribuida al inefable e incestuoso Bakunin de que él no aceptaría un Estado sobre el individuo ni como mal menor. Y me acuerdo inclinando mi razón jacobina lo más que da de sí, aunque sólo sea por la constante evidencia de la cara oculta del Estado, de todo Estado. Los papeles revelados por Wikileaks son sólo una prueba más, como los que acaban de llegarnos desde Panamá, por no hablar de los millares de expedientes que se apolillan en las covachuelas de la Alemania del caso Baader-Meinhof, en las de la Francia de De Gaulle, en las yanquis del informe Warren, en las italianas del proceso Sofri o en las españolas que ocultan las trolas del GAL o de Atocha. El Estado no es inocente, incluso cuando gente de buena voluntad intenta que lo sea desde su mismo puente de mando. Por eso no me ha extrañado un pelo –lo esperaba—que Panamá se niegue a colaborar con España para esclarecer las conspicuas mangancia que implican desde la Familia Real a Messi pasando por Putin y demás intocables, convencido de que España tampoco colaboraría llegado el caso poniendo en peligro sus paraísos fiscales. Hay que convencerse: los paraísos fiscales no existen y funcionan porque los Estados los consientan sino porque, en última instancia, los protegen, lo mismo en Inglaterra que aquí, igual en Liechtenstein que en Barbados o en las Islas Vírgenes. Hace la tira, cuando lo de Filesa, ya se descubrió que el PSOE, entonces en el poder, guardaba sus jayares en Suiza y en la Isla de Jersey, y en la actualidad ya he perdido la cuenta de dónde los escondía el ex–Honorable Pujol.
No sólo los individuos sino los partidos y hasta la Iglesia en alguna ocasión han hecho de esas alcancías infames algo propio, hasta el punto de que es corriente ya oír que quien no tiene pasta guardada en un paraíso fiscal no es nadie. ¡Coño, si el mismo Franco le exigió a don Juan March antes del 18 de Julio y antes de embarcar en el Dragon Rapide, según cuentan, que le pusiera, por si acaso, una millonada en Suiza! La ingeniería financiera y la caja oculta resulta imprescindible en todo Estado lo mismo que en todo negocio boyante, y estoy convencido de que una inmensa mayoría ciudadana la aprueba si no a las claras, al menos in pectore. El Estado, el Leviatán de Job y de Hobbes, necesita de esas prótesis canallas que consolidan la desigualdad en ese secreto a voces.

Belmonte

Antier sí que el Parlamento de Andalucía parecía una Cámara y no un botafumeiro. En efecto, la oposición logró tumbar por segunda vez el intento de Susana Díaz de integrar por decreto en la función pública a sus “enchufados” de la “Adminstración paralela”, en contra de lo que establece nuestra anticuada ley del ramo y repiten los jueces una y otra vez: que un amiguete contratado no puede desempeñar las tareas reservadas por la normativa y el sentido común a los funcionarios. El fracaso de nuestra autonomía tiene mucho que ver con el fracaso de esa Administración rediseñada por sus edecanes –porque hubo un proyecto jurídico correctísimo—con objeto de ponerla al servicio de los políticos y sus partidos. Un traspiés morrocotudo de la Presidenta facilitado, en esta ocasión, por la abstención de Ciudadanos.

Los Dionis

Pocos rasgos tan españoles como la picaresca, el arte de vivir del buscavidas, la teología del timo, la epistemología de la garduña. El pícaro es una figura sobradamente estudiada, dentro y fuera de España, una suerte de antípoda moral y ética del Quijote que fue, más o menos, “quinto suyo”, como se decía antes. El buen Quijano puede tener sus réplicas por ahí pero al pícaro genuino, al trápala fetén, no hay quien nos lo discuta en el planeta, razón por la que acaso cuenta seamos tan indulgentes con él. Una noche ya lejana, Jesús Quintero, nos llevó a su emisora a Márquez Reviriego y a mí, para entrevistar a tres al campeón de nuestra picaresca hodierna, esto es, al famoso Dioni que le levantó un furgón a su banco, se piró a Brasil, se arregló la cara e implantó el pelo y vivió una temporada de ensueño rodeado de un espléndido gineceo antes de que la bofia lo apresara en una playa carioca, y el Dioni nos dio –dentro de un orden– sopas con hondas a los que él llamó los “leídos”. Pero como no hay dos sin tres ni uno sin dos, ahí tienen ahora al Dioni de Almensilla, otro águila que se ha llevado a Santo Domingo la pasta de la Junta de Compensación de aquel pueblo –que dio vida a uno de los toreros de plata más notables del siglo XX– y hoy vive como Dios en la gloria caribeña. Sí, y qué pasa, ¿no andan por ahí sueltos desde Rato a la tía del Rey y desde Macri a Putin pasando por Messi o Niemar? La gente hace de su simpatía por los pícaros un contrapeso para equilibrar su indignación con los magnates. ¿No lo ven normal? Pues yo sí.
Un secreto bramante engarza la picaresca española reproduciendo siglo tras siglo los mismos métodos –mejorados por las ventajas del progreso material—desde el Guzmán de Alfarache o la golfemia cervantina hasta esta nueva delincuencia que llama a sus pícaras mañas “ingeniería financiera”. Y es obvio que con permiso, siquiera tácito, de la autoridad, dado que es público que existen en el mundo más de setenta “paraísos”, un puñado de ellos en España. ¿Se explican por qué el personal ve con simpatía o, al menos, con divertida comprensión, a trastos como los Rinconete o los Dioni? No me alegra precisamente la idea de que al nuevo Dioni lo trinquen como a su epónimo, y no me alegrará mientras campen por sus respetos en el telediario los insignes mangantes a los que incluso se les ha regalado, por lo visto sin gran éxito, una intolerable amnistía fiscal. ¿La ley es igual para todos? Vamos, hombre, a otro perro con ese hueso.

Cemento armado

Hay que tener la cara de cemento armado para salir a la palestra y justificar la evidente estrategia ralentizadora de la Junta a la hora de remitir los expedientes que les exigen el juez por un lado y el Parlamento por otro, con el infumable argumento de que atender a los dos podría dar lugar a un “conflicto de prioridades”. ¡Como si pudiera justificarse la demora ante el juez o ante la Cámara, que es lo que evidentemente cree y practica la Junta desde que comenzó el zafarrancho de los ERE! No se engañen: lo que la Junta busca –en este caso con la colaboración de Ciudadanos—es retrasar las investigaciones en busca de una prescripción que beneficiaría a los suyos y a nadie más que a los suyos, aunque la pagáramos entre todos los demás, y de paso evitar que la mugre crezca hasta alcanzar, como es del todo previsible, a la presidenta Díaz. De cemento armado, ya digo. El Dioni de Almensilla, al menos, no se esconde.

¡Pobres ricos!

Se está demostrando que la realidad, a medio o largo plazo, supera siempre a la demagogia. Ahí tienen el escándalo llamada “Wikileaks” demostrativo de la generalización de la indecencia política y aquí tienen ahora la revelación de los llamados “papeles de Panamá” para reafirmarse en la opinión de que la corrupción en bruto o la de guante blanco afecta hasta límites insospechados a lo que los anglosajones llaman la “upper class”, es decir, ese segmento privilegiado en que culmina la pirámide social y en el que el elemento común que los constituye es el dinero. Ya sabíamos que los Gobiernos –casi todos por no decir todos y cada uno—se saltan a la torera la ética y, por descontado la ley, cada vez que les viene bien. Ahora sabemos, además, que deben ser pocos o lelos los ricos que renuncian a guardar su alcancía en los paraísos fiscales incluyendo, como diría don Juan (Tenorio), desde la princesa altiva a la que pesca en ruin barca y desde los jefes de Estado y de Gobierno a los ministros y sus allegados. La propia Iglesia se vio en un brete al descubrirse que una diócesis española guardaba sus caudales en una hucha británica que prometía buenos réditos y máxima seguridad y discreción, de la misma manera que ahora se ve en apuros otra “miembra” de la Familia Real por hacer más o menos lo que los Pujol han hecho durante su inacabable mandato.

Doce jefes de Estado o de Gobierno, 128 ministros, 61 familiares de primer grado, futbolistas millonetis y Dios sabe quién más, han aparecido esta vez en los archivos descubiertos en una sola empresa panameña, burlando la Ley sin sombra de mala conciencia, lo que nos da una idea de la que podría organizarse si cualquier día lo que se destapa no es ya un fichero concreto sino la gran olla podrida del privilegio y la desigualdad. No hace ni un mes en que los poderes públicos vacilaban en conceder el indulto a un malandrín de menor cuantía, reo de haber mangado una bici de un depósito municipal. ¿Qué pensará esa criatura si se entera de los más altos políticos –y también algunos entre los medianos y más bajos—y esa “upper class” en peso viola tan gravemente la Ley manteniendo, sin embargo, el tratamiento de excelencia o de alteza cuando no se beneficia de una amnistía fiscal que los blanquea como uno de esos mágicos detergentes de la tele? Hay razones sobradas para que el peatón desconfíe de los poderosos. El milagro consiste en que con tanta pólvora en la santabárbara moral, no estalle de una vez.

Muelas autonómicas

Es sabido que la sanidad autonómica no entiende de dentaduras. Lo más que te hacen en el SAS es una extracción, pues la endodoncia, y para qué hablar de la ortodoncia, no es cosa para pobres. Pero como todo puede empeorarse, ahí tienen ahora el caso de la provincia de Almería, con un solo equipo odontológico, lo que obliga al ciudadano a viajar hasta 150 kilómetros para que le saquen la muela dañada. No hay dinero –se entiende–, y más en medio de una crisis tan dura, pero ¿por qué lo hay, entonces, para pagarle a los más altos cargos de la Junta el alquiler de su piso en Sevilla a poco que vivan habitualmente a más de sesenta kilómetros de la capital, o para pagarle a los diputados regionales dietas y kilometraje incluso durante el mes en que el Parlamento está cerrado a cal y canto? Más de tres trienios de autonomía no han dado para un mal empaste y, por lo que se ve, apenas para una extracción.