¿Tenemos miedo?

Hace bien la autoridad en desmarcarse del voluntarismo optimista del “no tenemos miedo” y estudiar sin demora medidas de seguridad para prevenir en lo posible la calamidad terrorista. Está bien, por supuesto, el discurso de la “normalidad”, eso de que, tras la catástrofe, lo que procede no es desconcertarse sino seguir adelante como si nada hubiera ocurrido, pero es más prudente plantear con rigor los riesgos que aparentar ignorarlos. “Más allá de los bolardos”, dice con razón el alcalde de Sevilla, y sin darle tres cuartos al pregonero sobre las medidas adoptadas, como aconseja el delegado del Gobierno. El peligro terrorista es real y no una mera hipótesis, lo cual exige reforzar la seguridad pública sin pérdida de tiempo. Mejor prevenir que curar. Con alardes de valor no se va a ninguna parte.

Pagar dos veces

Parece que la Junta comprende, por fin, que mantener el impuesto de sucesiones más caro de España es una aberración, y que anda en busca de parches para esquivar el compromiso político. Por su parte, la consejera de Hacienda ya ha explicado, desde la demagogia más trivial, que la causa (y la culpa) del fraude fiscal la tienen los “ricos” que trampean con sus grandes patrimonios en perjuicio de los pecheros, pero ni siquiera esa minerva conseguirá distraer a una opinión que está viviendo y viendo día tras día que a los que aplasta ese gravamen injusto a la hora de heredar es a los medianos y más chicos. Pechar el heredero por lo que ya pechó en su día el testador es una aberración que apenas se mantiene ya en Andalucía.

¿”Alcaldes monterillas”?

Ni es nuevo el hecho, ni conviene mantenerlo en una democracia: los alcaldes –como los antiguos “de monterilla” y aquel tan nuestro que derogó el Concilio de Trento por su cuenta y riesgo— no atienden ni mucho ni poco a los órganos fiscalizadores. Lo ha dicho y repetido mil veces la Cámara de Cuentas y lo publica ahora el Tribunal de Cuentas aclarando que los concejos andaluces son los menos cumplidores de España. Es verdad que no son sólo los Ayuntamientos los que ignoran impunemente a esos órganos imprescindibles, pero parece que en ellos se ha convertido ya en una costumbre eludir por las bravas el control de sus gastos. Habría que preguntarse para qué están ahí nuestras costosísimas Diputaciones… si estuviéramos seguros de que ellas cumplen esa elemental obligación.

Intelectuales y espirituales

Uno de los aspectos más desconocidos de la época que estoy evocando –los años 60 y 70— fue acaso la extraordinaria floración del pensamiento religioso que ha continuado hasta nuestros días. Tiempo de fuerte secularización, esa etapa que abre el Concilio en 1962 tuvo en España, sin embargo, una amplia respuesta intelectual que resonó no solamente en la prensa de orientación católica (“Destino”, “Cuadernos para el diálogo”, “El Ciervo”…– sino incluso en aquel “catecismo” abiertamente progresista que fue la revista “Triunfo” de la que ya hemos hablado aquí. Desde el mismo año 62 apareció en ella, en efecto, la palabra de un estupendo personaje, doctor en Química y empresario, Enrique Miret Magdalena, gran teólogo laico de toda una generación en la que coincidiría con una élite insuperada y radicalmente innovadora de estudiosos de la religión, me atrevo a decir que como nunca la hubo en España. Sabios como Alonso Schökel o Juan Mateos, Juan Antonio Estrada o José Castillo (ambos privados de sus licencias docentes), Gómez Caffarena, José Luis Sicre, Fernando Camacho, Tamayo, González Faus, Torres Queiruga, Ion Sobrino y tantos otros, compusieron un conjunto de “espirituales” con los pies asentados fuertemente en el suelo.

Los lectores de “Triunfo” extrañaban – y no pocos reprochaban—la presencia de Miret en su página habitual, mientras éste continuaba su tarea ajeno a las críticas, llegando a presidir la influyente Asociación de Teólogos Juan XXIII. Aparecía por la redacción con su aire distraído, siempre afable, para entregar su artículo y, a veces, charlaba con algunos de nosotros, consciente de la lejanía que nos separaba (entonces) aunque siempre abierto al debate sosegado. Rara vez tropecé con un espíritu tan cimarrón y al mismo tiempo tan templado, con un intelectual tan firme en sus creencias espirituales y tan riguroso en su crítica. Dos libros suyos me impresionaron especialmente: uno temprano y casi profético (1976), “España: destino socialismo”, y otro tardío (2006), “¿Dónde está Dios?: la religión en el siglo XXI”, que conservan íntegro hoy, a mi entender, todo su valor.

No se ha valorado debidamente, ya digo, el trabajo intelectual de estos “espirituales”, que han debido afrontar la resistencia de sus instituciones además de la relativa indiferencia de una sociedad cada día más secularizada, a pesar de que en esa nómina poco celebrada hayan de reconocerse algunos de los perfiles más interesantes de una cultura española que ha sido capaz de abordar en profundidad no sólo la teología propiamente dicha, sino la restauración del texto bíblico, la sociología o filosofía de la religión y la crítica de la teodicea o la ponerología. En el panorama del pensamiento español reciente, pocos habrán sido los sectores capaces de competir con esa espectacular hornada de estudiosos a contracorriente.

¿Pelotón de los torpes?

Mientras se constata el avance de las universidades asiáticas y hasta de las de Oceanía, las nuestras continúan sin salir en la foto de las 500 mejores del mundo, según un prestigioso informe anual. Ni una sola entre las españolas figura en esa foto, pero es que sólo una de las andaluzas da señales de vida: la de Granada. Proliferan los nuevos estudios, incluidos los extravagantes, aumentan los “másters” por doquier, pero, en conjunto, nuestra “alma mater” se arrastra como puede, produciendo titulados con destino al paro y a la frustración. La autonomía trajo la proliferación de universidades aunque no la calidad. No es de extrañar, visto el nivel de una dirigencia política de la que tampoco sería razonable esperar más.

Negocio infame

Ayer fue la última vez que los servicios de rescate españoles salvaron de la muerte a las víctimas de la “trata de negros”: en tres operaciones, en efecto, fueron rescatadas 139 personas, incluyendo mujeres y niños como viene siendo de costumbre. ¿Hasta cuándo nos limitaremos a recoger en el último momento lo que nos envían las mafias, por qué no interponer nuestra Armada para impedir “manu militari” ese infame negocio que –no pueden caber dudas– es consentido por los países de origen? Ni la multitud de ahogados en el Mediterráneo resulta suficiente para que España y, por supuesto, Europa, afronten de una vez el tremendo e inevitable problema de la migración masiva de esas poblaciones indefensas. Es nuestro gran crimen del nuevo siglo.