Bromas villanas

La Justicia se ha plantado dura frente al sujeto desaprensivo que gastó a una diputada autonómica la “broma” de simular que la besaba públicamente en la boca. Muy justo, evidentemente, porque eso no es una broma, como admitiría hasta el bárbaro bromista si la víctima hubiera sido su mujer o su hija. Estos “machos” incontrolados (con perdón por lo de “machos”) han de ser reducidos por la Ley con la dureza necesaria para que el ejemplo cunda en la horda y nuestra convivencia alcance su inaplazable civilización. Porque, hay que insistir, ésas no son bromas sino agresiones que, con toda seguridad, el agresor repudiaría si el afectado fuera él, ni son, además, deslices banales sino acciones graves. Que se les caiga el pelo a los bromistas en nombre de la respetabilidad común.

Mala fama

Llevamos un tiempo injustamente zaheridos por la constante alusión mediática a los violadores “sevillanos” del “caso Manada”. Y ahora seremos pasto de informativos y tertulias durante una temporada con motivo del macrojuicio de los ERE. Una pena y una injusticia, que deben estimularnos colectiva (¡e institucionalmente!) a repensar con calma ciertas actitudes y, por supuesto también a superar esa “mala fama” que nos persigue como comunidad desde hace siglos. No hay juicio “esencialista” bueno ni cierto, y Andalucía debe sacudirse ese sambenito, entre “simpático” y despectivo, con que nos agravian quienes nos desconocen, qué duda cabe que, en ocasiones –a la vista está– con la colaboración necesaria de algunos ciudadanos. Una pena, repito, en cuyo remedio debemos confiar, entre todos y orgullosos, sin bajar la guardia.

La pasión del poder

En la primavera de 2003 nos citamos para almorzar con Rubén Amón en París, en el balconcillo de “Lipp” desde el que cuentan que la Beauvoir solía espiar las citas clandestinas de Sartre en el “Café de Flore”. Rubén llegó tarde y algo alterado por la noticia de la detención del capo de la Mafia siciliana, Bernardo Provenzano, que le obligaba a viajar esa misma tarde para cubrir el suceso. Me contó que Provenzano acababa de ser detenido en una casucha de campo, cerca de Corleone, donde vivía solitario y desarmado, abastecido frugalmente por alguna mano amiga que fue la que finalmente orientó a la intrigada policía. Había estado ¡más de cuarenta años! en la sombra –su mote era “el Fantasma”—dirigiendo, sin embargo, al alimón con Totó Riína, su imperio criminal. Frente a las copas de los árboles de Saint Germain-des-Prés, nos preguntamos –mientras Rubén engullía su “steak tartare”—qué razón podía sostener a un hombre tantos decenios aferrado a la ilusión de un poder tan real como ilusorio.

Me trae estos recuerdos la noticia de la muerte de Riína, ese asesino múltiple –el amigo de Andreotti y verdugo de los jueces de “mani pulite”—otro señor de vidas y haciendas, millonario y connivente político, que también pasó más de un cuarto de siglo entre rejas y aislado –“ma non troppo…”— en una celda milanesa. ¡Los dos caudillos indiscutibles de la poderosa Mafia consumiendo su vida escondidos o entre rejas! Algo irresistible debe contener el trampantojo del Poder cuando hace que sus líderes acepten existencias tan miserables hasta perder la propia vida en el impenetrable designio de conservarlo.

De niño me impresionó la figura de Salvatore Giuliano, el último bandido “clásico” según Hobsbawn, y del que yo mismo me ocupé en algún libro remoto. Pero éste no era sino un asocial más, un rebelde campesino como los nuestros del XIX, y su vida se cifraba en la estricta sintaxis del relato bandolero que anuncia ya la noticia del Roque Guinart que aparece en el Quijote, con los que Riína y Provenzano, como otros tantos de la caterva yanqui, no tienen más contacto que el de la condición delincuente. ¿Qué puede motivar a un hombre a sacrificar su vida por un Poder que, a veces, aspira incluso a ser “un Estado dentro del Estado”, pero que, en la práctica, resulta ilusorio para el poderoso recluso o aislado en medio de la zozobra? Dicen que la Mafia tal vez no vuelva a ser lo que fue tras estos singulares anacoretas, tan vulnerables en cuanto les falla el soporte político. Recuerdo la foto de Riína dando a Andreotti el beso ritual y no me cabe duda ante ella de la superior inteligencia de los prevaricadores frente al fanatismo casi supersticioso de los otros temibles aspirantes al poder.

La raya penal

Es lógico que el ex-consejero Luciano Alonso lamente el calvario que ha supuesto para él y su familia su doble proceso judicial provocado por el caso de los “contratos fantasmas”. Es delgada la raya que separa la “conducta irregular y reprochable administrativamente”, como dice la sentencia del TSJA, y la responsabilidad penal. Pero el señor consejero debe aceptar que esos “contratos fantasmas” justifican sobradamente el escándalo social y político, como no ha escapado –a juzgar por lo que dice en su sentencia– al mismo juzgador que lo ha vuelto a absolver. Ni no llegar ni pasarse: la Junta –y éste caso es paradigmático— prodiga estos manejos en el filo de la navaja en detrimento –también lo dice la sentencia—de su propia credibilidad. Lamentable lo del consejero. Pero, sin duda, también “reprochable”.

Prudencia y barajar

Ayer comenzó, al fin (¡siete años después!), el juicio de los ERE, un tremendo caso de desprestigio no sólo para los justiciables sino para todo un “régimen” que, junto a sus logros, tiene en su haber graves yerros. Insistimos en solicitar prudencia y templanza, en recomendar sentido de la Justicia –y no hay otro que dejar a esa Justicia trabajar en paz–, lejos siempre tanto del sentimiento revanchista como de la tentación lenitiva. Entiendo que no se trata de castigar tanto como de corregir, y lamento que, no sólo a los afectados sino a todos los andaluces, nos salpique el triste espectáculo del Poder en el banquillo. Confiemos en el juicio justo y en la consiguiente enmienda. Cualquier otra expectativa defraudaría nuestra conciencia común.

La buena pipa

El cuento de “la buena pipa” recuerda, en efecto, el inacabable pleito que afecta al hotel de El Algarrobico que, en pleno Parque Natural del Cabo de Gata, la Junta apoyó en su momento para pasar luego a un incomprensible juego de amagar y no dar en torno a la ordenada demolición del edificio invasor. ¿Quiere de verdad la Junta llevar a cabo esa demolición judicialmente ordenada o más bien trata es de impedirla dilatando los plazos? No podrán quejarse sus responsables si en tales manejos se cree entrever una simple estrategia de dilación, ni si esa estrategia se interpreta como un designio encubierto de “mantenella y no enmendalla”. Son demasiados años y demasiadas idas y venidas, excesivas oscuridades. En el supuesto más inocente, la Junta ha probado su incapacidad de gestión.