Primum vivere

No veo la razón del cabreo de muchos por la estrategia doble de CCOO y UGT, entregadas por una parte a la Junta y, por la otra, enfrentadas al “Gobierno hermano”. Hay que vivir, señores, hay que comer todos los días y hay que mantener toda una mesnada, para pagar la cual no bastan ni de lejos las escasas cuotas que los sindicatos reciben de su mínima afiliación. Por tanto, leña al Gobierno que queda más lejos y entra en el lote demagógico, y caricias a la Junta que es la que suelta la pasta año tras año. El aforismo de Hobbes les viene como anillo al dedo a los dos grandes “sindicatos de clase” que, probablemente, estén minando ellos mismos sus propios cimientos.

El año que viene

Hay una gran diferencia estimativa sobre el porvenir respecto al año que acaba de comenzar. Una diferencia que no deja de ser elocuente, si bien se mira, porque ya sabemos que, por encima de todo lo que se ha venido diciendo del pesimismo quizá no sea posible encontrar un dictado tan penetrante como aquel de Cioran que veía en él “la crueldad de los vencidos” incapaces de perdonarle a la vida el hecho de haber truncado su esperanza. En Europa, el pesimismo –véase la gran encuesta BVA-Gallup recién aparecida—parece haber tocado techo con unas tasas de desesperanza que, en general, duplican prácticamente las del resto del mundo, con la excepción de una Alemania que camina con pie firme porque confía en haber hecho bien los deberes impuestos por la severa crisis. Es el paro, por supuesto, el factor que dispara la hipocondría en el “primer mundo”, pero no en todo él, puesto que en América del Norte (EEUU y Canadá), donde la crisis laboral pesa todavía fuerte, uno de cada cuatro ciudadanos opina que todo irá mejor en 2011 para todo el planeta e incluso la mitad de ellos espera mejorar sus condiciones de vida durante su transcurso. Se explica que en países en conflicto abierto, como Irak o Afganistán, sea una exigua minoría la que teme un empeoramiento de las circunstancias y que no sólo en otros exitosos, como Brasil, India o China, sino alguno que acaba de salir de la catástrofe, como Nigeria, crezca como la espuma la esperanza en la mejoría. Pero es en el olvidado Vietnam, comunista alineado en la vía china, donde los optimistas acogen el año nuevo como una bendición de manera casi unánime, lo cual no es extraño en un país que el año pasado creció casi al 7 por ciento del PIB mientras el gran mundo forcejeaba a brazo partido con la recesión. Hay que recordar un dicho vietnamita que ilustra mucho el caso: “No existen situaciones desesperadas sino hombres que se desesperan ante las situaciones”. Quién sabe cuánto podemos aprender a estas alturas del sufrido “Charlie”.

 

Muchos estamos convencidos de que el pesimismo, por más que parezca justificarse a sí mismo en la experiencia objetiva, no deja de ser un instrumento nada despreciable en manos de los especuladores. En el mercado mundial, por ejemplo, se tiene en cuenta un panorama de actitudes como el descrito porque todo en la vida económica –inversión, ahorro, gasto—se origina en algún momento en los entresijos de la duramadre. Hay que reconocerle a Cioran su parte de razón y agradecerle a los vietnamitas su tónico de la voluntad. Creo que alguien dijo que para ser profeta basta con ser pesimista. No me digan que no lleva razón.

Prietas las filas

Gran puesta en escena la de Sevilla en torno a Griñán, con Rubalcaba al timón, Chaves de comparsa acreditada, Pizarro recuperado y los griñaninis haciendo bulto. Se ve que las encuestas –ésas en las que nadie cree y de las que simulan reírse los perdedores—han provocado jindama a los más altos niveles hasta el punto de no ocurrírseles otra cosa que cerrar filas ante la avalancha. ¡Qué poca gente hubiera apostado por este caballo no hace más que unos meses! Ahora, en cambio, hasta a los de Madrid se les vuelven los dedos huéspedes atentos a la voz del oráculo. A la espera de comprobar la anunciada mudanza, hay que reconocer que esto ya es un cambio sin precedentes.

El extraño silencio

Tras el atentado feroz de la catedral de Bagdad y la tragedia vivida estos días en una iglesia de Alejandría, las comunidades de cristianos coptos que viven en Europa, concretamente en Francia y en Alemania, han recibido amenazas por parte de grupos fundamentalistas islámicos decididos a imponer su ley en pleno Occidente. Ha habido como consecuencia de todo ello algunas protestas, como no podía ser menos, pronto ahogadas, en todo caso, en el ruido de las fiestas y la competencia mediática de los balances de fin de año, aunque se haya podido echar de menos algún tipo de respuesta activa por parte de las autoridades concernidas. No hay, está visto, una medida única para valorar el atentado religioso, ya que si está visto que ataques mortíferos como los aludidos apenas se han mantenido en titulares un par de días, las célebres caricaturas de Mahoma publicadas por algún periódico europeo han arrastrado su absurda sombra por la actualidad durante un larguísimo periodo. ¿Alguien puede imaginar cual hubiera sido la reacción de los países islámicos en el impensable caso de que unos atentados causaran la muerte de decenas de fieles mahometanos o que en un país islámico alguien tuviera la peregrina idea de tratar de impedir el legítimo culto de alguna comunidad amenazando con atentados en caso de incumplimiento? Pierden la batalla a ojos vista los defensores –sin duda bienintencionados—que insisten en desvincular a la religión coránica de todo proyecto violento, y no sólo por la literalidad de ciertos mandatos que el texto atribuido a Mahoma contiene, sino por el escándalo que suponen atentados como estos o el proyecto de suprimir sin más ciertos cultos cristianos legítimamente protegidos por las democracias europeas.

 

Es preciso insistir en que un solo atentado contra un solo fiel musulmán, perpetrado en nuestro ámbito, resulta imposible de concebir no sólo porque carece de sentido cultural y político sino porque provocaría las presumibles reacciones en cadena que ya hemos visto en ocasiones mucho menos críticas. Y eso no es tolerable, ni por razón de la libertad religiosa que ahora hay nueva necesidad de enfatizar, sino por el propio prestigio básico de una civilización –ay, Samuel Huntington—que anda bajando la guardia inexplicablemente acobardada ante este mundo al revés. ¿Qué ocurriría en el mundo si en una mezquita española un fanático destruyera la vida de decenas de fieles? Ésa es la pregunta elemental con que debe responderse a este desafío por más que el Papa, afortunadamente, carezca de esas divisiones por las que un viejo seminarista como Stalin fingía preguntar.

El peor balance

Por más vueltas que se le quiera dar a la estadística de paro, lo único evidente es que Andalucía es la región española donde el empleo cayó más durante el año pasado y que nadie entre los responsables se atreve a esperar mejorías sensibles del que acaba de entrar. Está claro que nuestro modelo socioeconómico no funciona pero también que es el peor de todos los españoles, y eso ya concierne a quienes lo mantienen y dirigen sin apuntar siquiera la intención de ensayar otro. Esta catástrofe debe mucho a la crisis pero viene de atrás, no se olvide. La Junta debe de tener que ver bastante con ella y con sus temerosos efectos.

Costosos mamarrachos

Una vieja costumbre administrativa, que la Administración autónoma supo hacer suya con celeridad inaudita, consiste en sacar adelante disposiciones conflictivas o subvenciones discutibles en plenas vacaciones. Así hacía Franco algunos de sus Gobiernos y así lo hacen ahora nuestra instituciones democráticas cada vez que se tercia, sin ir más lejos el 13 de los corrientes en que el BOE publicó la concesión graciosa de une subvención de dos millones raspados de euros para contribuir una vez más a la conclusión de ese engendro descarado que es la cúpula que el pintor Barceló ha decorado con una manguera de colores en la Sala de los Derechos Humanos y de la Alianza de Civilizaciones del Palacio de la Naciones Unidas en Ginebra. Hace poco dio mucho que hablar una indiscretas imágenes televisadas en las que el subvencionado artista se exhibía con descaro supino en pleno manguerazo, pero lo que no sabíamos es lo que nos ha costado, en plena penuria de la crisis, este prodigio que, sumando lo ya trincado durante las vacaciones de agosto (otros dos millones de euros) ha afanado ya una cantidad realmente prohibitiva, tal como van las cosas, incluso si la obra en cuestión pudiera tomarse seriamente por un producto artístico valioso. Se congelan las pensiones, se recortan los sueldos, se encarecen los trenes o se grava hasta el papel de envolver, pero hay dinero a espuertas para financiar un mamarracho perpetrado a chorros por un prodigioso captador de subvenciones, que ese mérito sí que no hay quien pueda discutírselo a Barceló. Claro que hay que escuchar a todos, incluso al Gobierno munífico, y lo que éste ha dicho es que esta pastizara “se enmarca en el contexto de la política de potenciar el arte español en el ámbito de las Naciones Unidas”. Ya, menos mal que lo ha aclarado, que si no…

 

El viejo hidalgo sacudiéndose las migas de pan sobre la barba, los tronados galdosianos luciendo el brocado de la abuela, Valle proclamando aquello tan estupendo de “¡En mi hambre mando yo!”: nada ha cambiado, por lo visto. Aunque en este negocio lo que más me inquieta no es siquiera el gesto dadivoso, sino el recurso artero de subvencionar en vacaciones y, encima, destinar, el pelotazo a una de esas performances que tratan de pervertir el sentido estético al socaire de las inquisiciones elitistas. ¡Oigan, que tenemos más del doble de parados que la UE, que nuestros Ayuntamientos no pueden ni pagar sus nóminas, que si no fuera por la caridad pública volveríamos a ver por nuestras calles a los desmayados de postguerra! Ese pastiche memorable retrata bien a estos humanistas de pacotilla de los que los Barceló deben reírse hasta desternillarse.