Alerta de Estado

El viejo abuso de los controladores aéreos ha tocado techo. Tenía que ocurrir lo que ha ocurrido y lo deseable sería que el Gobierno llegue hasta el final sus enérgicas medidas que, entre otras cosas, verá respaldadas, por una vez, masivamente. No hay derecho al espectáculo que nos ha deparado esa inexplicable elite laboral capaz de provocar un daño de proporciones tan enormes y un perjuicio irreparable a un país entero, en defensa de unos privilegios que rayan el atropello, sobre todo en un momento crítico sin precedentes de nuestra vida social. Es verdad que las medidas anunciadas no se oían desde los tiempos de la dictadura pero, por duro que suene el recurso al Ejército y el cargo de sedición, ahora no se hace más que recurrir a unas medidas previstas en la Constitución y apoyadas por la inmensa mayoría. No cabe imaginar siquiera el derecho de un grupo de trabajadores de excepción a paralizar un país, provocando pérdidas inasumibles en plena crisis, de manera que lo que debería entenderse es que cualquier sanción que recaiga sobre ellos no bastará ni de lejos para enjugar los daños causados a la sociedad por su desafío. Todo el mundo hable ahora de Reagan y su famoso despido colectivo –los 13.000 controladores que puso en la calle sin inmutarse—aunque lo previsible es que aquí no haya necesidad de alcanzar esos extremos porque los ambiciosos asuman su error. Nadie puede tomar como rehén a un país entero ni paralizar la vida nacional, sin que le caiga encima la del tigre que, en este caso, no es más que el peso de la Ley. Pero habría que dar el golpe de una vez por todas, de manera que se excluya para el futuro la posibilidad de nuevas aventuras. España está que arde contra esos trabajadores. Cuesta trabajo entender cómo ellos no se dan cuenta de que, aunque ZP no es Reagan, ellos han ido demasiado lejos.

 

Eso sí, de momento el golpe en cuestión han conseguido disparar uno de los mecanismos extremos previstos en nuestra Carta Magna, algo que, considerando el discreto número de los provocadores, resulta inaudito. Un controlador es ni más ni menos que un trabajador cualificado cuya función es tan importante como exagerada su retribución, a poco que comparemos sus condiciones de trabajo, no sólo con la de los grandes profesionales de la auténtica elite, sino con los sectores laborales sobre los que recaen las funciones más agotadoras e incluso destructoras que quepa imaginar. Y sólo la falta de determinación de los Gobiernos ha hecho posible su abuso y el de algún otro colectivo. España entera le pide al Gobierno que dé un golpe sobre la mesa. Hay momentos y límites que no admiten ya más que la afirmación de la autoridad.

Números cantan

El apoyo decisivo dado por el PSOE en la Diputación de Almería al PAL, el partido del “caso Poniente”, demuestra que ambas formaciones viajan en el mismo barco, más allá de protestas y desmentidos, y a pesar de las vivas reacciones provocadas por la vuelta al Ayuntamiento de El Ejido –sede del presunto saqueo—de sus principales protagonistas del escándalo. Es grave que el partido en el Poder se de la mano con un socio sobre el que pesan tan temibles acusaciones en lugar de forzar su aislamiento mientras los jueces aclaran lo ocurrido. Tan grave que parece complicidad ante una manera de entender la política que hace mucho que debió ser puesta fuera de circulación.

Ricos y patriotas

Puede que algún lector no me crea pero anda circulando por la prensa americana una carta que ochenta prohombres de las finanzas han dirigido al presidente Obama no para que les rebaje los impuestos sino para que les quite las exenciones que los buenos oficios republicanos de Bush les habían proporcionado con el toletole de la reactivación de la economía. Se hacen llamar a sí mismos “millonarios patriotas por una fiscalidad sólida”, instan al presidente a mantenerse terne frente a aquellos que anteponen la política al interés del país en su conjunto y explican que, siendo espléndida su situación financiera y habiendo sido florecientes para sus respectivos negocios los pasados años, ellos no tienen necesidad alguna de rebaja de impuesto como la dispuesta por Bush a favor de quienes gozaran de rentas superiores al millón de dólares anuales, por la sencilla razón de que esa rebaja repercutiría negativamente sobre la economía de los contribuyentes menos poderosos. ¿Cómo se les queda el cuerpo ante esta rara demostración de solidaridad por parte de los propios potentados? Uno de esos príncipes, Warren Buffet, famoso inversor, ha querido recordar por su parte que las tasas impositivas en vigor en los EEUU son las más suaves de los países industrializados y ha hecho incapié en que esas rebajas republicanas para ricos no habían tenido el menor efecto positivo ni habían contribuido en absoluto a relanzar la economía americana, razón por la cual lo lógico sería anularlas. ¿Qué ocurriría en España si un grupito de millonetis escribiera al presidente diciéndole que “los super-ricos deben dar ejemplo en materia de responsabilidad fiscal” y reclamaran del poder político proceder de manera que haga lo preciso para que el país consiga “hacer respetar sus obligaciones financieras de manera justa y responsable”? No sé ustedes pero, por más esfuerzos que hago, yo no puedo ni imaginarlo.

Puestos a decirlo todo hay que reseñar que, al menos de momento, los demócratas, favorables en su mayoría a abolir los privilegios establecidos por Bush, no cuentan con la mayoría precisa en el Senado para abordar esa operación y que, por descontado, los republicanos se oponen con uñas y dientes a perder la bicoca conquistada. Pero por lo que a nosotros respecta, quede ahí la iniciativa de esos “millonarios patriotas” respecto a los cuales el solo intento de buscar un paralelo español resulta una quimera. Claro que los millonarios firmantes de la carta famosa no son más que ochenta entre los 375.000 que hay censados en aquella gran nación, pero sería interesante saber cuántos habría entre nosotros capaces siquiera de algo parecido.

Un lío de juzgado

Otros cinco casos de prejubilaciones amañadas en el ámbito del ERE de la empresa municipal sevillana Mercasevilla han sido reconocidos por la propia Junta. Cinco criaturas afortunadas más0 fueron prejubiladas, en efecto, en este negocio que lleva trazas de convertirse en el escándalo más insultante de los últimos tiempos pero que, paradójicamente, no acaba de salpicar a nadie ni en el Ayuntamiento gobernado por el PSOE-IU ni en la consejería de Empleo. Asó no vamos a ninguna parte, como es natural. Lo menos que se le puede ofrecer a la opinión es la sanción de unos responsables que se trasparentan desde el Alcalde y el consejero hacia abajo.

Divino tesoro

La Fundación SM, en la que colabora un equipo excepcional de sociólogos y otros expertos, viene observando de cerca a la juventud española desde comienzo de los años 80, es decir, un largo trecho ya que, sin duda, le permite contemplar en una amplia perspectiva la enorme evolución experimentada por nuestros jóvenes en ese largo periodo. Su última aportación –el estudio de los españoles comprendidos entre los 14 y los 25 años al filo del año 2010– nos ofrece un panorama no poco desolador por más que coherente con las circunstancias de vida que rodean a esa población tan característica que los mayores solemos empeñarnos en considerar tan sólo como una fase pasajera de la vida. Y resulta que nuestros jóvenes hodiernos no están lo que se dice contentos con su privilegio, son pesimistas en casi la mitad de su población, no quieren saber nada de la vida ni de las instituciones, tanto políticas como religiosas, se sitúan mayoritariamente en posiciones moderadas hacia lo que pudiéramos considerar una expectativa de centro-izquierda, descreen de las posibilidades que tenemos de conseguir integrar a esta sociedad tan compleja y protestan si se les sugiere el ejercicio de la solidaridad dentro de la propia familia, pero –ojo con ese dato revelador—no teniendo en excesivo aprecio por la monarquía, la consideran por encima de los sindicatos, de la Iglesia o de las empresas. Esta es la juventud que tenemos y a la que tal vez resultaría impropio exigirle más considerando las poco halagüeñas perspectivas de futuro que se le ofrecen y la incapacidad de la sociedad adulta para brindarle mejores esperanzas. Página a página, el estudio en cuestión va instilándonos en el ánimo la cuestión de las causas de este relativo fracaso que el pesimismo supone, qué duda cabe, cuando se deja sentir con tanta premura en la mentalidad de las generaciones. Algo hemos hecho mal y es pronto (o tarde, según se mire la cosa) para arrepentirnos sin precipitación.

Siempre nos quedará el consuelo de que Cocteau llevara razón en aquello de que el pesimismo no es más que una forma de optimismo, pero temo que a corto plazo, que es el que se impone, el peso de una juventud desanimada pueda resultar si no prohibitivo probablemente sí gravosísimo para cualquier sociedad que pretenda mantenerse viva aunque no haya sido capaz de funcionar como su propia necesidad le exigiera. En cierto modo, hemos de reconocer muchos de nuestros propios rasgos en los que ahora asoman al espejo los que vienen detrás y acabar descubriendo bajos sus rasgos nuestro propio perfil. Se ha dicho que ser adulto es estar solo. Ya lo irán comprobando ellos también.

Tocando fondo

La supresión por parte del Gobierno de los 426 euros que hasta ahora recibían los parados con prestaciones agotadas, ha dado a la derecha su mejor argumento y ha hecho caer del guindo a los grandes sindicatos “de clase”, desde uno de los cuales, el “sindicato hermano” UGT, se le pregunta a Zapatero “si piensa mandar a la cola de Cáritas” a esas 350.000 familias que no perciben ningún ingreso al tener a todos sus miembros en paro. Desde el PSOE un espontáneo como Mario Jiménez –que nunca estuvo en el paro ni tuvo trabajo—ofreció como alternativa “las políticas activas de empleo que estimulan la empleabilidad”. Juzgue cada cual. Sobre todo si pertenece a aquel “ejército de pobreza”.