El espejo turbio

Al enterarme de que un profesor de Carolina del Sur, Mathieu Deflem, anda organizando un curso sobre la arrasadora popularidad  de Lady Gaga, se me ha venido a la cabeza la clásica distinción, procedente de Simmel, entre el prestigio y la fama. La sociología, al menos hasta este Deflem, había venido considerando la fama como función del honor, y eso es lo que, con toda probabilidad, dio lugar a que los estudios americanos (incluido alguno de nuestro Juan J. Linz que ahora no tengo a mano) se centraran con tanta insistencia en lo que llamaban “prestigio ocupacional”, es decir, el propio de las sociedades mesocráticas en las que ya carecía de sentido el enfoque aristocrático de eso que en español se llama “el buen nombre” y que tan lejano queda de la noción ultraligera del renombre al que se refería Virgilio en la “Eneida” cuando escribió aquello tan concluyente de “fama volat”. Lo que los expertos venían entendiendo era que cada país valoraría el renombre en función de su específico sistema cultural de valores, de manera que la jerarquía, por así decirlo, del prestigio profesional resultaría una consecuencia de la propia estructura del sistema. Lady Gaga, por ejemplo, no habría tenido la misma fortuna en Nueva York que en París o en Roma, ni Belén Esteban sería siquiera pensable en sociedades menos desfondadas moral y estéticamente que ésta que nos ha tocado vivir por suerte o por desgracia, sencillamente porque cada cultura social se atiene a un paradigma determinado. Guillermo el Mariscal resultaría inverosímil hoy día en la sociedad de los Botin, eso es todo. Pero es evidente también que para la comprensión de esas famas banales hay que echar mano de la propia lógica del mercado aplicando el axioma del maestro Gustavo Bueno de que quien manda en la sociedad democrática es la audiencia y de que, en consecuencia, los “medios” han de responder a esa demanda. Ponerse estupendos para exigir altura de criterio resulta ocioso porque ya Tasso nos dejó dicho que la fama, difusora indiferente de la verdad y de la mentira, no obedece a más códigos que al propio.

 

La sociedad medial ha hecho que la fama desplace al prestigio, de manera que cualquier saltimbanqui supere al sabio eminente y, por supuesto, de que dentro del ámbito de la misma sabiduría, el renombre se distribuya muchas veces en proporción inversa al mérito. Seguramente Deflem se va a encontrar con que la fama de Gaga se hallaba ya latente en la estimativa americana como la de la Esteban, ese esperpento, yacía en el fondo inconsciente del espejo nacional. Cada sociedad tiene –venía a decir, Bueno—las imágenes que se merece. De eso no nos cabe a muchos la menor duda.

Perder el norte

Los sindicatos mayoritarios, CCOO y UGT, tan “verticalizados” ellos como muestran los hechos y corrobora el BOJA a golpe de subvención, han acusado a sus rivales que defienden la causa justísima de los funcionarios frente al “decretazo”, poco menos que de franquistas, metiéndose así definitivamente en un jardín de lo más intrincado. Griñán, por su parte, no puede dar ya un paso sin toparse con una bronca pública y eso resulta insostenible para la dignidad del cargo. Hay que insistir: ¿qué es eso tan vital que se juegan la Junta y el PSOE en un decreto que parecen dispuestos a pagar un precio tan prohibitivo? No reconsiderar esa apuesta estando aún a tiempo puede que acabe suponiendo el principio del fin del mismo “régimen”.

Premios y discordias

La oficina del Nobel de la Paz acaba de anunciar que la ceremonia de entrega del concedido este año al activista chino Liu Xiaobo será suspendida al no poder estar presente en el acto ni el galardonado ni un familiar próximo suyo. La dictadura china se sale con la suya, pues, y no habrá imágenes que valga de un galardón tan merecido como inquietante para su sistema, cuyo bienaventurado beneficiario sufre desde hace años persecución por la justicia. Hombre, todo hay que decirlo, el Nobel de la Paz ha hecho cuanto ha estado en su mano para conseguir el autodescrédito, no sólo fijándose a veces en personajes tan poco consistentes como Pérez Esquivel o Rigoberta Menchú, Walesa o Desmond Tutu, sino haciendo merced de él a terroristas acreditados como Arafat, ilustres donnadies como Al Gore o recién llegados como Obama a quien no dieron tiempo tras su llegada al poder ni para cambiarse de traje. Durante la Guerra Fría, el mismo Nobel de literatura funcionó como una suerte de oposición internacional que distinguía a los Pasternak, Shólojov o Solzhenitsin con las del beri, al tiempo que metía baza –enhorabuena—en situaciones políticas complejas encumbrando a Juan Ramón o a Salvatore Quasimodo, con el resultado de comprometer no poco su prestigio ante aquellos que consideraban que su función (y su tradición) no era involucrarse en las tensiones políticas sino velar por creación literaria. El caso de Liu Xiaobo demuestra, sin embargo, tanto el interés que mantiene el manejo razonable de esas honras supremas como la relativa inutilidad de sus esfuerzos frente a las situaciones tiránicas cuando éstas cuentan con el respaldo tácito del mundo llamado libre. La China apalancada en el comunismo real pero ascendente en el universo capitalista puede dormir tranquila ante estos arañazos superficiales al menos mientras crezca al ritmo diabólico en que lo viene haciendo, mantenga en su buchaca el enorme paquete de bonos del Tesoro americano que mantiene, y actúe en el mundo como el protagonista más activo de esa globalización que está enriqueciendo a tanta gente a costa del sudor de la de siempre.

 

Ha ganado, una vez más, como puede verse, la presión del poder, y Liu Xiaobo no irá a recoger su diploma como no fueron en su día los represaliados del sovietismo. En España el Nobel a Juan Ramón fue acogido por la dictadura con toda la frialdad del mundo, lo que no dejaba de suponer un progreso teniendo en cuenta que pocos años antes aún había quemas de sus libros en alguna de nuestras ciudades. Uno se pregunta si el Nobel gana o pierde jugando esta partida política, tan de agradecer a veces, como de lamentar en otras ocasiones.

El fin y los medios

La Junta no quiere testigos de vista en la contabilidad que refleja sus manejos en el exterior. Se agarra a que lo que la oposición pretende al reclamar cuentas claras es dañar los proyectos –“Este no es un debate contable, sino ideológico”, remachó la consejera Mar Moreno, convencida de que estaba diciendo algo—, pero lo que resulta evidente es que esas cuentas no son publicables sin riesgo de escándalo mayúsculo. Darle el dinero de la ayuda exterior a los sindicatos afines o despilfarrarlo en el proyecto Barenboim sin rendir cuentas a nadie le parece a la Junta una simple “cuestión de valores”, como si el valor supremo en una democracia no fuera la transparencia.

Mabuse en el vestuario

Por gentileza de un Paul Sicart, me llega flamante el libro que Jean- Pierre Mondenard ha escrito sobre el dopaje en el fútbol, ese secreto a voces, con el impetuoso título de “La loi du silence”. Es una denuncia en toda regla de las prácticas drogatas que se llevan a cabo, por lo visto, en los vestuarios del deporte privilegiado ante la ceguera voluntaria de una autoridad que hasta casi los años 80 no admitió ese pecado futbolero pero que, al filo del Milenio, se vio inmersa en Italia en el tremendo caso de la Juventus en que todavía jugaba Zidane, cuya investigación policial permitió descubrir la existencia en esos vestuarios de auténticas farmacias (“equivalentes a las de una ciudad de mediano tamaño”, sostiene Mondenard) que en algunos casos acumulaban varios centenares de medicamentos. Desde luego no hay que olvidar que el dopaje –“dopa” es término sudafricano que designaba a una bebida alucinante empleada en el ceremonial—acompaña al deporte desde sus orígenes clásicos, incluso en sus más olímpicas circunstancias, pues conocemos bien el uso de drogas naturales que hicieron tanto los atletas como el que se transmitió en las caballerizas. Pero lo que Mondenard pretende descubrir al ingenuo forofo es que sus ídolos saltan a la cancha casi habitualmente atiborrados de estimulantes, anabolizantes y productos favorecedores de la circulación del oxígeno en el cuerpo, cuando no hábilmente chutados lo mismo con esas sustancias que a través de transfusiones diversas, incluidas las de su propia sangre. Un atacante será estimulado preferentemente, al parecer, con efedrina y a un hombre de área podría suministrársele incluso alguna calada de cannabis desinhibidor, pero la tendencia del fútbol actual –eso que se llama “fútbol-fuerza”—parece que ha desarrollado toda una farmacopea adecuada a las necesidades de resistencia física que las nuevas tácticas exigirían. En este negocio hay ya demasiado dinero por medio.

 

Se encoge al ánimo leyendo que, en realidad, estas exigencias en continuo crecimiento han conducido a una situación en la que los futbolistas están siendo tratados como “grands malades”, esos grandes enfermos de oro que exponen su salud, ciertamente, no a cambio de un plato de lentejas. Se le caen al lector los palos del sombrajo pensando en los abdominales de Cristiano Ronaldo o los glúteos de Ronaldinho, pero sobre todo confunde la imagen de tantos sensatos entrenadores presidiendo en el vestuario esa ceremonia antigua. He cerrado el libro que me envía mi amigo para echarle una ojeada a Píndaro. Hay que ver en cuántas cosas los hombres hemos evolucionado de mal en peor.

El cisma funcionario

La desconfianza respecto al funcionario independiente es un pecado original del PSOE, que ha ido agravándose a medida que su poder crecía y los problemas se acumulaban. En este momento, en Andalucía, se vive en las oficinas públicas un clima de auténtica fronda y todo indica que Griñán, funcionario de carrera y no sólo sus “ninis”, no han entendido nada de cuanto ocurre. El maestro Clavero se pronunciaba ayer aquí opinando que el decretazo no es el camino adecuado para reformar el sector público y que bien pudiera ser inconstitucional. El problema de Griñán, si no se aclara, no va a ser sólo el de tener que escurrirse por la puerta de atrás.