Cerrados en banda

No entro ni salgo en las razones de unos y de otros para ofrecer y negar pactos. Lo que tengo claro es que el PSOE, no de ahora sino desde hace muchos años, tiene atraillado el Parlamento de Andalucía de manera tan rígida que nadie puede esperar en serio que de él puedan salir acuerdos libres de gobernabilidad. Griñán no ha hecho más que continuar el trillado camino de Chaves y sostener la estrategia unidimensional y maniquea que atribuye al PP todo inconveniente, y así, como es lógico, nada podrá cambiar por más que la crisis apriete y la situación se haga insostenible. Es posible que Griñán no pueda hacer otra cosa ahora. Tras el congreso de marzo ya no dispondrá ni de esa excusa.

Lo de Bollullos

Mala racha lleva el PSOE onubense en materia judicial y poco ha durado la tregua dada por el juez de La Palma al archivar la denuncia presentada por el alcalde de Bollullos contra su antecesor y varios de sus ediles por presuntas irregularidades en la adjudicación de obras municipales. La Fiscalía, en efecto, ha recurrido el auto del juez por entender que carece de base suficiente, que faltan pruebas por hacer y que el alcalde demando tiene una sospechosa “memoria selectiva”, aparte de afirmar que, a su juicio, esas adjudicaciones se hicieron contra los informes preceptivos de la Intervención y de la Asesoría Jurídica. Un mal tema, sin duda, que hay que unir con el de Punta Umbría y otros casos pendientes de un partido en el poder al que le crecen los enanos.

Pobres de primera

Con tanto hablar de la crisis griega y la emergencia que ella supone, ha pasado desapercibida la propuesta del presidente (el efectivo, no el fotográfico) de la UE, el economista belga Van Rompuy, de reducir con realismo a no más de cuatro los grandes objetivos de la estrategia comunitaria para el decenio próximo, incluyendo entre ellos, por primera vez, la lucha contra la pobreza en el continente. Rompuy piensa que combatir la pobreza en pleno paraíso primermundista conlleva  salvar lo que él llama el “modo de vida europeo”, objetivo sólo alcanzable a través de un crecimiento económico capaz de sostener financieramente ese histórico modelo social. ¡Pobres en Europa! Los europeos han sido con frecuencia poco tolerantes con la indefensión económica, en línea con la ocurrencia sartriana de que, existiendo dos clases de pobreza, la colectiva y la solitaria, sólo la primera es auténtica en el sentido de que los pobres de un  país rico no serían más que ricos sin suerte. Al maestro Goldmann le escuché en más de una ocasión celebrar el zarpazo del viejo Chamford cuando dijo que los pobres eran los negros de Europa, ocurrencia que ha perdido hoy día todo sentido y más que lo va a perder, previsiblemente, mañana. Pero la realidad es que el árbol de la preocupación tercermundista no nos deja ver el bosque de este “primer viejo mundo” que, según el informe de Eurostat, cuenta ya con un 17 por ciento de ciudadanos enfrentados a la miseria relativa, porcentaje que resuena más y mejor (peor) en su cifra contante y sonante de 84 millones de europeos pobres. ¿Qué siempre habrá pobres y ricos? Bueno, una cosa es el pesimismo antropológico, como los asesores han enseñado a decir a nuestros barandas, y otra muy diferente la utopía. Europa empieza a pensar en que acaso haya una vía media entre ambos extremos.

 

Claro que con esa declaración de intenciones no hemos más que empezar y que una cosa es predicar y otra dar trigo, especialmente en estos tiempos recios en que la crisis complica el panorama y las buenas intenciones se ven limitadas al máximo. En España, por ejemplo, lo que viene siendo tradicional es relativizar la necesidad, una herencia medieval renovada por el moralismo barroco que desde la propia izquierda siquiera nominal y bajo el propio guerrismo, llegó al punto de retirarle a Cáritas la ayuda estatal sólo por haber destapado en su clásico estudio la realidad de la pobreza española. En marzo deberán “los 27” confirmar la propuesta de Van Rompuy para dejar a los Estados la tarea de aplicarla en sus respectivos feudos. Ya era hora de entender que los pobres europeos hace tiempo que dejaron de ser necesariamente negros.

Europa, ¿qué Europa?

¿Qué Europa ni qué cacho cuartos? A la empresa Fertiberia, instalada en el Polo Químico de Huelva, le importa un rábano la autoridad comunitaria europea y se pasa por el arco conopial de sus caprichos al mismísimo Parlamento Europeo. No tienen nada más que ver cómo le ha cerrado la cancela a los europarlamentarios que se han desplazado a la capital onubense para estudiar el caso de los depósitos de fosfoyesos, una vieja cuestión que hace años que viene rodando por los tribunales también con escaso efecto. Y uno se pregunta para qué está la autoridad estatal y la autonómica en casos como éste tan lamentable, aparte de que resulte inevitable plantearse qué podrá estar ocultando esa empresa para plantarse temerariamente y con semejante chulería ante la propia UE. ¿Europa, qué Europa? Hay ocasiones en que dejamos entrever lo mal asumido que está entre nosotros el compromiso europeo.

Palabras en el aire

Al margen de la disputa partidista, es evidente que la oposición lleva razón cuando acusa a la Junta y al Gobierno de no cumplir sus promesas a los onubenses. Se habla ahora de los cinco parques industriales prometidos por las Administraciones regidas por el PSOE que han quedado sólo en palabras, aparte de algún cartel propagandístico levantado en medio de la nada, pero hay que recordar siempre los grandes incumplimientos de promesas infraestructurales clave como el AVE, los puentes de la capital o el aeropuerto, Guadianas que de vez en cuando resurgen para volver a ocultarse. La tesis de que la Junta y su partido castigan a la capital  en tanto que inconquistable fortín municipal del PP no basta a explicar esta actitud cerrada frente a una provincia cada día en peor situación.

Guerras y postguerras

En los felices 60 y70, corrieron noticias sobre presuntos “experimentos” desaprensivos cuando no criminales que habrían hecho o estarían haciendo las potencias del mal encabezadas, ni que decir tiene, por los EEUU. Una de ellas sostuvo que la Administración yanqui practicaba ensayos de guerra vaporizando, en los retretes de bares marginales, mórbidos contaminantes cuyos efectos seguirían luego, discretamente, unos servicios hospitalarios avisados con antelación, atrocidad, por cierto, nunca desmentida del todo pues ciertos papeles desclasificados probaron que los gobiernos respectivos conocían de sobra aquel crimen. Otra más verosímil, decía que entre los veteranos de Vietnam se había detectado un síndrome específico con altas probabilidades de haber sido causado por los químicos tóxicos empleados en la contienda, y en especial por los defoliantes con que se asolaron las selvas del país. Y lo propio ocurrió tras la primera guerra de Irak –la de papá Bush–, tras la cual fue haciéndose imposible al Pentágono mantener el desmentido sistemático, toda vez que hubo de acabar aceptando la tutela médica de al menos 80.000 veteranos a los que trataba inútilmente de sacudirse invocando el consabido estrés postraumático causado por la acción, ya que muchos de ellos ni siquiera pudieron entrar en combate a consecuencia del dichoso síndrome. La última de la serie se puede leer estos días en la prensa francesa más solvente enredada en el debate de qué pasó en realidad en los primeros 60, cuando el ejército galo “experimentó” con tropas convencionales, en el desierto argelino, los efectos de las armas nucleares, extremo finalmente confirmado, cierto que en términos no poco jesuíticos, por el ministro del ramo Hervé Morin. No somos nadie, hacen de nosotros lo que quieren, incluso utilizarnos como cobayas, no ya para favorecer el progreso (lo cual sería más que cuestionable) sino para averiguar modos más efectivos de matar. La rehostia, dirán ustedes, y no seré yo quien les afee la expresión.

 

Lo que cualquiera se pregunta es por qué, una vez descubiertos estos atentados, sus responsables no son juzgados con la dureza que exige la razón democrática, aparte de cómo será posible mantener ese principio básico de integración social que es la confianza en el Poder. La historia de nuestras democracias está infectada por este virus maquiavélico cuya última pirueta ha sido la alarma de la falsa pandemia en que la mayoría hemos picado. Y no hay más que un paso entre la desconfianza y la anomia. Puede que la crisis de la democracia anunciada por los sociólogos de la política tenga en esta quiebra su causa más directa.