Las mejores cabezas

Un ministro alemán, en línea con el proyecto de la presidenta Merkel de ofrecer empleo a los jóvenes españoles cualificados y en paro, ha dicho sin encogerse que de lo que trata su país es de “captar las mejores cabezas” e incorporarlas al proceso ascendente que lleva su vida económica. Hay en juego, según perece, nada menos que entre medio millón y ochocientos mil plazas aguardando a estos inmigrantes invitados y con ellos se cuenta como elemento imprescindible para cumplir los objetivos marcados por un plan que ha permitido ya crecer a buen ritmo en el pasado ejercicio y que mantiene expectativas nada desdeñables para el año en curso. A Alemania hemos enviado “fuerza de trabajo” (la expresión ahora es de un miembro destacado del CSU), es decir, trabajadores que aquí no encontraban acomodo en otras ocasiones pero siempre extraída de las capas bajas de la población laboral, por lo que esta sería la primera vez que lo que se nos pidiera fuera mano de obra cualificada, y ello plantea la cuestión de si eso –que se invite a abandonar el país a una legión de jóvenes de alta preparación—resulta bueno o no tanto para un país como España, cuya baja competitividad es desde siempre el problema principal del sistema económicosocial. En principio, por supuesto, aliviar la situación de paro de nuestra juventud es un bien indiscutible y más si se considera el beneficio que la experiencia habrá de aportar a quienes, en definitiva, algún día volverán a casa. Pero también hay que pensar en el efecto quién sabe si desastroso que esta descapitalización de nuestro mercado de trabajo habrá de producir, sin lugar a dudas, dentro de él. Estos mismos días hemos sabido que nuestra situación escolar es pésima en la medida en que encabeza el pelotón de los absentistas, y uno tras otro los informes técnicos demuestran que los niveles conseguidos por nuestro sistema educativo son de lo más precario. ¿Qué ocurrirá si, encima, se fuga al extranjero buena parte de la flor de la nueva generación?

No parece difícil entender que, en la situación en que estamos, esa mano tendida a nuestros jóvenes supone un interesante apoyo al panorama laboral, y menos aún aceptar que una emigración siquiera temporal a esa Alemania emergente reportará ventajas de gran calado a toda una generación. Por más que no deje de resultar nostálgica la imagen de esta nueva aventura que ya no se dejará ver en los andenes con las maletas atadas con cuerdas ni deberá convivir en su país de destino como un ejército paria sino integrado en el cogollo del gran proyecto de recuperación europea que Alemania encabeza. Como con Hitler, como en los 60, Alemania se convierte en Meca para españoles. Menos mal que en esta ocasión vamos invitados.

IU atrapada

Se suceden las declaraciones más o menos formales sobre los propósitos postelectorales de IU, es decir, sobre su intención de pactar tras los comicios con un PSOE en caída libre que de ganar seguiría sin mirarla a la cara. Es triste el atolladero de IU, entrillada entre el oportunismo a lo Valderas, las críticas Alcaraz o las soflamas de Gordillo pero, en definitiva, forzada a ir de acólita del PSOE o resignarse a seguir braceando en la nada. Pactar con el PSOE sería su fin, no hacerlo sería seguir en la insignificancia. Nunca esa “izquierda a la izquierda” se ha visto en una encrucijada más difícil. Ni sus votantes.

El sujeto colectivo

Todas las teorías del sujeto revolucionario se están quedando obsoletas. La partidista de Lenin, la moralista del “militante” que Sartre esboza en “Situations”, la sugerida por Gramsci, hasta la sacrificial de Gandhi, se han visto desbordada por la aparición de un desconocido sujeto colectivo que no tiene rostro ni voz concretos pero que aprovecha la condición ubicua que le proporcionan las tecnologías en la sociedad de la información. Lo primero que ha hecho Mubarak en Egipto al estallar los disturbios no ha sido diferente de lo que se viene haciendo en China sin necesidad de ellos: intervenir Internet e impedir la telefonía móvil, convencido de que ha pasado la hora de ponerle nombre y rostro a una agitación que se ha convertido en virtual en el marco escurridizo de las “redes sociales”. Hubieran hecho bien leyendo a tiempo la obra de Castell “La Sociedad Red”, comprendiendo que el decisivo proceso de las tecnologías digitales conduce sin remedio al surgimiento de una “estructura social en red” en la que el protagonista individual cede su plaza al sujeto colectivo, o mejor, al sujeto anónimo de capacidad  planetaria y alcance prácticamente ilimitado. Lo de Rubalcaba el 11-M, convocando a sus huestes por el telefonillo, es una broma si se lo compara con lo que desde entonces ha galopado ese nuevo “medio” que hoy no ven la manera de controlar ni siquiera los Estados Mayores cuando se sienten amenazados. Quizá no somos capaces de entender esta mutación social decisiva a causa de una proximidad que impide la perspectiva adecuada, pero lo que resulta evidente es que aquel daguerrotipo prestigioso del conspirador romántico, embozado en el secreto pero de perfil seguro, tiene ya un sucesor incalculablemente más eficaz porque está en todas partes y en ninguna, y porque no hay modo de cogerle las vueltas en un terreno que ni siquiera tiene entidad física. Miro las imágenes que nos llegan de El Cairo y me convenzo de que no tenemos no idea de dónde estamos aparcados.

 

Para que vean que no es tan ingenuo como parece eso que andan haciendo los peques en la leonera con el ordenata. Han tirado un régimen, están a punto de derribar otro y no sería de extrañar que acabaran revolucionando el mundo árabe en su conjunto y, con él, el judío y hasta el cristiano, y ésta es la hora en que nadie tiene idea de quién es ese sujeto nuevo, ni de dónde para, ni cuál es el timbre de su voz. Estamos, no hay que darle vueltas, ante (o “en”) la mayor revolución de la Historia de la especie, en un recodo decisivo de la civilización desde el que lo malo es que lo que se vislumbra en perspectiva no parece nada tranquilizador.

El “caso Junta”

Lo de las prejubilaciones fraudulentas se está convirtiendo en el peor enredo que haya vivido la Junta desde que hay autonomía. No sólo por la enormidad del dinero comprometido, ni por la desfachatez del procedimiento que describe el propio director general que lo administraba, sino porque –sobre todo tras la ampliación del “caso” decretada por la jueza—resulta evidente que un enjuague de esa naturaleza y volumen no es concebible siquiera sin que fuera conocido y autorizado desde la Presidencia. Todo apunta a que este presunto saqueo es de máximo calado. Probablemente sea el primero de los tinglados descubiertos que merezca ser llamado “caso Junta”.

Miedo a la hembra

En una nueva joya de su acervo medievalista, Jacques Le Goff nos ha hablado recientemente del mito de la papisa Juana –ese cuento antiguo resucitado por la Reforma y del que, todavía en nuestro tiempo, se ocupan Lawrence Durrell o el converso Bernanos– para descubrirnos en él ni más ni menos que el miedo de los machos a la intrusión de la hembra en la decisiva zona de lo sagrado. Refuerza con ello la hipótesis de que la no poco ridícula historieta de la papisa no fue más que un recurso para apartar a la mujer de la responsabilidad institucional y de las funciones sacramentales, una estrategia de la Iglesia que encajaba a la perfección en ese fabuloso mosaico que el maestro Duby llama “la Edad Media masculina” y, por supuesto, también con la inacabable tradición de detractores de la mujer que va desde los clásicos griegos a Taine o Nietzsche (por no hablar de Schopenhauer) pasando por Mahoma o Maquiavelo. Durante siglos, a la mujer se le ha tenido un miedo disfrazado de desprecio que ha dado de sí una inconcebible antología de disparates la mayoría de las veces rayanas en la simple imbecilidad, como aquel famoso dictado de Jacobo de la Vorágine que afirmaba rotundamente que “la mujer comienza por presunción, continúa con estupidez y acaba en la ignominia”. Es el mito de la hembra impura, insensata, falaz, débil y viciosa, perdición de los hombres, en definitiva, del que no se libraron siquiera los más insignes “ilustrados”, y que ha servido para mantenerla al margen del área de lo sagrado monopolizada por los varones. La lógica decisión del arzobispo de Sevilla de liquidar la discriminación cofrade de las mujeres adquiere a la luz de esta realidad antecedente un significado y una importancia sin duda relevantes por más que, a estas alturas, la medida sea ya, en el fondo y una vez más, un pase a toro pasado.

Sobran teorías para explicar ese miedo a la hembra consustancial a la psicología patriarcal, pero no hay ninguna excusa sensata para mantener exclusiones en una sociedad como ésta en la que vivimos. Lo que no quiere decir que no siga habiendo resistencias y menos que vayan a faltar en ese enrarecido ambiente en el que la medida no ha dejado de levantar ampollas a pesar de que no habrá quien sea capaz de esgrimir en contra un solo argumento razonable. El Poder, el eclesiástico incluido, va siempre por detrás de la realidad y a rastra de sus imposiciones, lo que no obsta para valorar debidamente la medida del arzobispo. Hemos entrado sin darnos cuenta en un mundo nuevo. Ilustrando una fenomenal paradoja, las mujeres van a certificarlo entrado en él encapuchadas.

Puerto de arrebatacapas

Tengo la impresión de que con las declaraciones de ese exdirector general de Empleo y Seguridad Social de la Junta sobre la existencia en ésta de un “fondo de reptiles” (sic) para financiar prejubilaciones ilegales, se supera todo cuanto llevamos visto en este Puerto de Arrebatacapas, que no es poco. Le ha dicho el hombre a la Policía Judicial que ese fondo “se administraba sin haberse tramitado procedimiento previo alguno y sin competencia para ello”, y por descontado, birlando la Intervención y sin rastro de publicidad. Hablamos de cientos de miles de millones de las viejas pesetas y, por tanto, de algo que no se concibe sin un concierto que incluya a la propia Presidencia.