La voz de su amo

El “sindicato hermano” (del PSOE), la UGT, se ha quitado la careta para defender al personal de los llamados “entes instrumentales”, es decir, a los 20.000 colocados a dedo por el poder partidista que ahora pretenden funcionarizarse por las bravas. Lo suyo le ha costado a la Junta este apoyo –no tienen más que revisar el BOJA—pero la mejor explicación al caso es, probablemente, que el desacreditado sindicato busca desesperadamente, además de las subvenciones, una nueva clientela en la Administración Pública. Lo demuestra el desdén mostrado por los funcionarios de pleno derecho a los que acusa hasta de mobbing contra los asaltantes. Griñán va a conseguir con esta ayuda dividir a los trabajadores públicos a cambio de una Administración sumisa.

La vieja dueña

Una noticia de alcance nos trae desde Burdeos la buena nueva de la reconciliación de la familia Bettencourt, es decir, del cierre del contencioso que enfrentaba a la heredera de L’Oréal, Liliane Bettencourt, de 88 añitos, con su hija Françoise, a causa de la prodigalidad con que aquella andaba repartiendo su fortuna (sólo a un fotógrafo amiguete y mucho más joven le había regalado en los últimos años un miliardo de euros) al dictado de su capricho. ¿Ustedes conocen muchas herencias que, sin mayores problemas y tensiones, hayan llegado a buen fin? El ingenioso hidalgo don Eduardo Miura suele preguntar cuando alguien se refiere de unos hermanos que se llevan muy bien: “Bueno, pero han partío ya o todavía no?”. La herencia es una prueba difícil, definitiva acaso, que pone a prueba a los seres humanos enfrentándolos sin ambages –cosa que no escapó a los anarcos decimonónicos cuando planteaban en sus congresos la abolición de ese derecho como un objetivo prioritario de aquella revolución suya que pretendía ser tan humanista—y tantas veces sin remedio a pesar de la minuciosidad y concreción del derecho hereditario. Mala cosa, la herencia, a pesar de su lógica aplastante, pero no, seguramente, por culpa de ésta sino por efecto de la ambición de la que mucha más gente de la postulada suele ser víctima irredenta. Y ése ha sido el espectáculo que durante estos tres últimos años han dado esa madre y esa hija (o al revés, mejor), una haciendo gala la primera de una concepción enteramente realenga del capricho y parapetada la otra en la idea, tan común, de que el derecho decrece con la edad de manera que los ancianos deberían ver limitada su capacidad de decisión patrimonial que suele ser, por otra parte, cuando las circunstancias concurren, lo poco que les queda. A ver por qué no iba a poder enchularse esa vieja dama y tratar principescamente a su favorito justo en una era en que los hijos reclaman para sí toda la libertad del mundo. Yo me he sentido en este largo pleito más al lado de esa vigorosa valetudinaria que de su reivindicativa heredera.

 

Mala cosa la herencia, ya digo, por más que acumule prestigio la institución, al menos siempre que el que recibe no vea eso que le cae de bóbilis como la “herencia del mérito” –fórmula que debo a Rafael Atienza—sino como un mero privilegio al que no lo ata más que el imperativo del beneficio. Bienvenida sea la noticia de la reconciliación, siquiera formal, de las Bettancourt, pero palabra que la función que han representado años tras año disputándose los miliardos sin miramientos ha recordado más que nada a la comida de las fieras.

Diluvios previsibles

Lo que hay que lamentar en los pueblos inundados de nuevo no es tanto la tormenta misma como la pasividad de la Junta en invertir en las obras de defensa que anteriores catástrofes demostraron imprescindibles. Ahora veremos de nuevo, seguramente, a esos responsables retratados con la apropiada trenca  y de nuevo también hemos de oírles prometer –como ya hicieran en febrero y antes de febrero– lo que no tienen la menor intención de cumplir. Una desgracia es algo que ocurre sin remedio. Lo que teniendo remedio sucede es, sin duda posible, la culpa de alguien.

Secretos discretos

No deja de ser inquietante que los cerebros de Time estén considerando la posibilidad de designar a Julian Assange, el promotor de Wikileacks, como “hombre del año”. Como no deja de producir perplejidad leer en un catecismo progre español que la aventura de la revelación masiva de secretos oficiales “nos ha hecho un poco más libres”. Está claro que lo más fácil es apuntarse al fundamentalismo mediático para proclamar el fin del secreto, como si el secreto –al margen de su abuso, por supuesto– fuera un capricho y no una necesidad sin la cual no parece fácil imaginar el buen funcionamiento de las relaciones no sólo internacionales sino, incluso, de las personales. Cierto que la inmensa mayoría de lo desvelado pro Wikileacks es pura banalidad si no morralla informativa, chismografía diplomática por mucho sigilo oficial de que venga precedida, y ya se sabe –lo dijo Wilde en su “Dorian Grey”—la cosa más simplona del mundo se vuelve una delicia para el curioso desde el momento en que se la oculta. Pero más allá de eso, ¿se puede pensar en serio en unas relaciones internacionales transparentes, en unas relaciones de poder tramadas a la luz del día, o acaso será inevitable, como lo es desde que el mundo es mundo, que los tratos y contratos entre los gobernantes mantengan un cierto grado –un grado muy alto, seguramente—de sigilosa cautela? ¿Se podría medio mantener en pie el planeta si los acuerdos y opiniones de sus gobernantes fueran del dominio público? Puestos a pensar con seriedad, llega uno a la conclusión de que la relación humana en general –la amistosa, la de pareja, cualquiera—necesita un cierto margen de reserva sin el cual resulta difícil si no imposible de imaginar cualquier convivencia. ¿Cuántas sociedades, cuántas Administraciones, cuántos matrimonios si me apuran, podrían sobrevivir al saqueo masivo de sus interioridades? No seamos cínicos negando al secreto al menos un discreto papel.

 

También hay que reconocer que ahora sabemos que los integristas y ricos saudíes susurran a Obama su desprecio por el presidente iraquí, que los árabes desearían verse libres de la potencia iraní y su amenaza nuclear que públicamente apoyan, o que hay terceros países que se prestan a camuflar las operaciones bélicas americanas. La cuestión está en si este tipo de revelaciones ayudarán al proceso general de paz o funcionarán como palos entre los radios de sus múltiples ruedas. ¿Un poco más libres hoy que ayer? Uno la verdad, no puede imaginar por qué razón, pero se siente inquietantemente desnudo ante ese ojo público, tan sospechoso por lo demás, que pretende suprimir uno de los más ancestrales requisitos de la convivencia.

El atraso escolar

Otra Informe Pisa y otro bastinazo de la educación andaluza, muy por debajo de la ya rebajada educación nacional española. No se sabe qué es peor, si la misma evidencia de ese drama social o el empecinamiento de sus responsables en negarlo, la incapacidad de unas Administraciones para remediar un atraso de nuestros escolares respecto a la media europea y de los andaluces respecto a la propia media española que garantiza el estancamiento o, tal vez, el declive aún más pronunciado de nuestra sociedad. Verán cómo, en todo caso, la Junta justifica el fracaso multiplicando sus excusas y racionalizaciones. Es la condición suficiente para que en el siguiente Informe sigamos instalados en los puestos de la cola.

El mono sentado

Nuestros niños van por mal camino sentados indefensos frente a la tele. Son demasiadas horas diarias de televisión (excuso ahora dar cifras, siempre discutidas), demasiado tiempo robado al ejercicio, a la convivencia y hasta al descanso, tantas que proliferan por ahí, a pesar de la presión poderosa del negocio, iniciativas tendentes a preservar esa legión inocente de los peligros de su insensible abducción. Por supuesto que hace tiempo que en toda el área occidental del planeta funcionan sistemas de prevención que lo mismo claman por la reducción del tiempo de exposición del niño a la tele, que se ocupan de clasificar las emisiones, no sólo para prevenir frente al riesgo de deformación que implica la exhibición impúdica de tantos contenidos lamentables, sino incluso de controlar los juegos on line tratando de limitar el uso incontrolado que viene haciéndose de ellos. En Corea del Norte acaba de adoptarse una iniciativa legal que propone impedir a los adolescentes practicar ese tipo de entretenimientos después de la medianoche tras constatar que no resulta infrecuente hallar casos en que esos incautos prolongan la jugada hasta el amanecer, con el consiguiente perjuicio de lo que la norma llama el “derecho al sueño”. En Irán, por su parte, además de adoptar el criterio occidental de prevenir la visualización de mensajes inconvenientes o psíquica y moralmente destructivos, preparan la reglamentación de esos contenidos y juegos según una escala de edades, y en cualquier caso la proscripción de contenidos atentatorios contra sus creencias religiosas y un decoroso concepto de la moral general. Es en Occidente acaso donde la resistencia es menor en este sentido y donde, en consecuencia, la santa infancia y la adolescencia –“la edad  más- turbada”, como dice Savater—está siendo abandonada a su suerte por un sistema social que no encuentra la manera de controlar a la prole y protegerla de esa fascinación colectiva. El tiempo dirá hasta qué punto exponemos al desastre a ese mono sentado que, abstraído por la imagen hertziana, ni nos oye cuando le hablamos.

 

Nuestra infancia se ha convertido en un importante sector de la demanda que ve a esos niños antes que nada como consumidores no sólo del producto televisivo sino del resto de la oferta que a ellos se dirige. Y es esa transfiguración del niño en agente económico la que pesa como un fardo insuperable sobre cualquier intento de racionalización que se proponga por parte de educadores o de los propios padres. Hay niños que ven seis horas diarias de tele (algunos más). No deberíamos olvidar ese dato dentro de unos años, cuando nos llegue la hora de lamentar lo que quizá ya no tenga remedio.