El peor balance

Por más vueltas que se le quiera dar a la estadística de paro, lo único evidente es que Andalucía es la región española donde el empleo cayó más durante el año pasado y que nadie entre los responsables se atreve a esperar mejorías sensibles del que acaba de entrar. Está claro que nuestro modelo socioeconómico no funciona pero también que es el peor de todos los españoles, y eso ya concierne a quienes lo mantienen y dirigen sin apuntar siquiera la intención de ensayar otro. Esta catástrofe debe mucho a la crisis pero viene de atrás, no se olvide. La Junta debe de tener que ver bastante con ella y con sus temerosos efectos.

Costosos mamarrachos

Una vieja costumbre administrativa, que la Administración autónoma supo hacer suya con celeridad inaudita, consiste en sacar adelante disposiciones conflictivas o subvenciones discutibles en plenas vacaciones. Así hacía Franco algunos de sus Gobiernos y así lo hacen ahora nuestra instituciones democráticas cada vez que se tercia, sin ir más lejos el 13 de los corrientes en que el BOE publicó la concesión graciosa de une subvención de dos millones raspados de euros para contribuir una vez más a la conclusión de ese engendro descarado que es la cúpula que el pintor Barceló ha decorado con una manguera de colores en la Sala de los Derechos Humanos y de la Alianza de Civilizaciones del Palacio de la Naciones Unidas en Ginebra. Hace poco dio mucho que hablar una indiscretas imágenes televisadas en las que el subvencionado artista se exhibía con descaro supino en pleno manguerazo, pero lo que no sabíamos es lo que nos ha costado, en plena penuria de la crisis, este prodigio que, sumando lo ya trincado durante las vacaciones de agosto (otros dos millones de euros) ha afanado ya una cantidad realmente prohibitiva, tal como van las cosas, incluso si la obra en cuestión pudiera tomarse seriamente por un producto artístico valioso. Se congelan las pensiones, se recortan los sueldos, se encarecen los trenes o se grava hasta el papel de envolver, pero hay dinero a espuertas para financiar un mamarracho perpetrado a chorros por un prodigioso captador de subvenciones, que ese mérito sí que no hay quien pueda discutírselo a Barceló. Claro que hay que escuchar a todos, incluso al Gobierno munífico, y lo que éste ha dicho es que esta pastizara “se enmarca en el contexto de la política de potenciar el arte español en el ámbito de las Naciones Unidas”. Ya, menos mal que lo ha aclarado, que si no…

 

El viejo hidalgo sacudiéndose las migas de pan sobre la barba, los tronados galdosianos luciendo el brocado de la abuela, Valle proclamando aquello tan estupendo de “¡En mi hambre mando yo!”: nada ha cambiado, por lo visto. Aunque en este negocio lo que más me inquieta no es siquiera el gesto dadivoso, sino el recurso artero de subvencionar en vacaciones y, encima, destinar, el pelotazo a una de esas performances que tratan de pervertir el sentido estético al socaire de las inquisiciones elitistas. ¡Oigan, que tenemos más del doble de parados que la UE, que nuestros Ayuntamientos no pueden ni pagar sus nóminas, que si no fuera por la caridad pública volveríamos a ver por nuestras calles a los desmayados de postguerra! Ese pastiche memorable retrata bien a estos humanistas de pacotilla de los que los Barceló deben reírse hasta desternillarse.

Repartir culpas

Ha hablado la Ejecutiva federal del PSOE para echar al presidente Griñán toda la culpa de la debacle electoral que a su partido le anuncian los sondeos. Dicen que la causa de ésta hay que buscarla en el cambiazo en la Presidencia –concebido y ordenado por ZP, no se olvide—y su reflejo en la opinión, como si en la opinión no estuvieran reflejándose a diario los fracasos del Gobierno central peor valorado de la Historia. No hay que olvidar, además, que Chaves ya perdió en dos ocasiones la mayoría absoluta y el barco no se hundió. Evidentemente lo que está ocurriendo ahora no había ocurrido nunca pero ocurriría con Griñán o con otro cualquiera.

Uno más

A primeros de enero un nuevo país europeo, Estonia, ha pasado a formar parte del club del euro. Un debut que no deja de resultar paradójico a la vista de cómo crece en Alemania y donde no es Alemania la desconfianza frente a esa moneda única, y en qué medida se encrespa el debate en torno al destino de los fondos comunitarios. El pequeño país báltico (menos del millón y medio de habitantes) llega, no obstante, con buen pie a la cita, una vez cumplidas holgadamente las exigencias de Bruselas a pesar de la debacle sufrida en los últimos tiempos de fuerte recesión, en especial por la reacción de sus exportaciones, hasta el punto de que se le augura un crecimiento del PIB estimado entre el 2’5 y el 4’5 por ciento en el próximo ejercicio. La llegada del euro no cuenta con una acogida unánime, de todas formas, no sólo porque –con razón, como los demás sabemos—los ciudadanos recelan un subidón de los precios, sino porque el nacionalismo latente ha dejado en muchos ciudadanos la añoranza  de las viejas coronas sustituidas a comienzos de los 90 por el rublo ruso. Se dice que Estonia es hoy el país más ordenado y probo de la Unión pero también, probablemente, el más pobre, tras el impacto del durísimo ajuste provocado por una implacable cura de austeridad que se estima alcanzaría un 9 por ciento del PIB, en un país con un 14 por ciento de paro, una cifra, por otras parte, que ya quieran para sí otros socios europeos ciertamente mejor pertrechados para esta batalla. Hay muchas dudas sobre el éxito de la nueva incorporación, en todo caso, dentro y fuera de las fronteras, y más sobre la virtualidad de un modelo expansivo cuya filosofía puede que resulte difícilmente discutible pero cuya praxis no deja de aumentar los problemas reales del espacio común. Lo que nació para pocos va por diecisiete y eso no sería lógico que resultara gratuito. Lo que está por ver es si este ejercicio de cohesión merece la pena y es viable como única baza frente a un futuro más que incierto. Sólo el tiempo dirá.

 

Y sí que lo es, porque la idea de Europa que se ha materializado en la práctica impone la incorporación de todos los aspirantes con título bastante a ese proyecto de futuro, sin que sea imaginable siquiera dejar fuera a ninguno de ellos a no ser que sus cifras macroeconómicas exijan lo contrario. El último país, el más minúsculo, llega con los deberes hechos y la escopeta del recelo cargada y amartillada, pero ése es su derecho y el nuestro. La unidad disimulará lo demás, una vez en funcionamiento ese proyecto común para el que no hay miembros grandes ni pequeños sino aspirantes a participar en el proyecto común.

Socio camuflado

Está en su derecho el coordinador general de IU, Diego Valderas, de pedir el voto de los electores “desencantados” del PSOE. No sólo porque, en este mundo, cuando una gana un duro otro lo pierde, sino porque esa legión que se prevé “descolgada” buscará, probablemente, en la coalición izquierdista un nuevo banderín de enganche. Ahora bien, ¿declarará Valderas su condición de socio camuflado, es decir, de cirineo que, de perder ese PSOE “que hace políticas de derecha”, sin la menor duda le ofrecerá su ayuda para salvar el mal trance? No se debería poder engañar al electorado denigrando a los mismos con quien se piensa pactar en su momento. Esos “desencantados” verán como su nuevo voto o se pierde, o no sirve, en definitiva, más que para consolidar al desencantador.

Todos sospechosos

No parece parable esta tendencia del Estado contemporáneo a emular el modelo de sociedad totalitaria  propuesto por Orwell en su novela “1984”, tan próximo en su argumento a las elucubraciones de Chomski sobre la capacidad de las dictaduras para controlar y manejar la opinión. Pero en medio de esas invasiones que comprobamos día tras día crece la debatida cuestión del abrumador control de la vida ciudadana a través de la vigilancia permanente del tráfico de los individuos, control que basa su razón ya que no su legitimidad en la defensa y protección de la propia sociedad. Una ley nueva, la “loi Loppsi 2” acaba de ampliar gravemente en Francia el alcance de las medidas de observación hasta ahora legales, con ser éste ya demostradamente amplio y, en buena medida, atentatorio contra los derechos de la gente a preservar su imagen y la protección de los datos que la afecten. De este modo, a la autorización que desde 1995 permitía instalar cámaras de vigilancia en la calle y edificios públicos a fin de luchar contra el terrorismo, las agresiones y los robos, la nueva normativa añade el derecho de la Administración a colocarlas allí donde puedan servir también para prevenir  el narcotráfico, los incendios, los riesgos tecnológicos e incluso en los parques de atracciones, despliegue que afecta, en consecuencia, a la práctica totalidad del ámbito vital en una ciudad en la que se podrá decir con todo rigor que va a vivirse en libertad vigilada. La emisión en Internet de imágenes en directo, captadas por coches circulantes, ha eliminado sin que nos percatáramos siquiera la vieja intimidad que proporcionaba el anonimato de la calle, un ámbito desde ahora público en el pleno sentido del término y del que habrá de desaparecer o exponerse a la incómoda contemplación de la conducta libre. Hay vecinos, por supuesto, que reclaman esas cámaras como garantía de su seguridad. El toque está en saber si, una vez más, estaremos supeditando la libertad a la seguridad.

 

El ojo público, al que con tanta antelación se adelantó la ficción, es ya una realidad que prueba el estrechamiento de los márgenes que ha sufrido la libertad cívica, por más que cuente con razones no despreciables que avalan estos procedimientos. En cierto modo parece que hemos aceptado garantizar nuestra libertad renunciando a ella, acaso comprobando de nuevo aquello de que la libertad es una tiranía gobernada por sus caprichos o aquello otro, creo que era de Hugo, de que la libertad consiste inevitablemente en escoger entre dos esclavitudes. Hugo iba más lejos, me parece, pero yo lo dejo aquí mientras me encasqueto diligente mi antifaz de ciudadano libre.