Los dos reyes

Vivimos un tiempo raro en el que el país corre acéfalo sin Gobierno, como el gallo degollado, mientras, tal como en el Vaticano hay dos Papas, nosotros tenemos dos Reyes, uno efectivo y el otro emérito, pero ambos, como es natural, en nómina. Sobre lo de la acefalia no me detendré, que doctores sobran en la iglesia opinante, pero sí que me parece oportuno resaltar algo sobre la doble corona. Por ejemplo, sobre el rey Felipe –sin duda el Rey mejor formado de nuestra Historia contemporánea y de la otra— quien acaba de tomar dos diestras decisiones, la primera en el llamamiento a los partidos para que traten de evitar unas nuevas elecciones y pacten un acuerdo-puente siquiera; la segunda, la decisión de alta política de no designar un tercer candidato a la Presidencia en tanto no le conste un acuerdo previo. ¡Sobra con dos ridículos derivados, además, no de su actitud sino de la inepcia de los políticos! Felipe VI de está ganado su sitio en el panteón vivo de la memoria pública aunque le haya tocado lidiar con este encierro de sobreros mansos y reparados de la vista. A don Juan Carlos, en cambio, le ha tocado la amable bonoloto de una jubilación de oro en la que vivirá como un rey, que es lo que es, la doble o no dé palo al agua. Hay una diferencia generacional interesante entre las dos generaciones –que en realidad son tres—y, a poco que la Reina modere sus ínfulas contra los “medios” que la contrarían, es más que probable que esta última, la de don Felipe, acabe restaurando una institución ciertamente necesitada de un enérgico revoco.
Mientras el Rey felizmente reinante pasa con dignidad el maltrago de la acefalia política, el emérito, en cambio, se entretiene en las mejores sobremesas o se baja en plan castizo a los toros en la Maestranza –quiero decir, en la Plaza de Toros de Sevilla—tal como hacía madre cuando vivía, para ver a Curro sobre todo, pero, en todo caso, para recoger una ovación unánime sobre la Marcha Real. Bueno, pues qué quieren que les diga, por muy taurino que uno sea, que lo soy, no puede dejar de extrañarse de esa imagen del Rey que reinó recibiendo los brindis de las figuras mientras tiene una hija en el banquillo, una hermana señalada por los tejemanejes financieros y un yerno con un pie en la cárcel y el otro en el aire, amén de un país descabezado. Porque eso viene a ser como darle carrete a la Colau o el biberón energético a Errejón. Nadie puede abandonar las buenas maneras. Del Rey abajo, ninguno.

Delincuencia común

Allá por los años 90, un amigo querido que dirigía una importante sucursal de Banesto me llamó para reprocharme –¡a mí!—la información que mi periódico acaba de dar sobre las tropelías del por entonces mito nacional, Mario Conde, a quien cualquier pintamonas acaba de hacer doctor honoris causa de la Universidad Complutense. Conseguí apaciguarlo y una vez sereno me dijo, ya más confidencialmente: “¡Pero cómo va a ser cierto eso que decís si yo mismo tengo mi dinero en mi banco!”. Percibí una cierta inquietud en su argumento y aproveché para decirle: “Pues, mira, José, date prisa y sácalo lo antes que puedas”. Días después, cuando la evidencia ya resultaba abrumadora, mi amigo me llamó de nuevo y me espetó un mensaje sombrío que no dejó de confortarme: “¡Y cuánta razón llevabas, joío!”. No me he extrañado un pelo, por eso, de la reincidencia de Conde aunque sí discrepo de su relación con el clima de corrupción institucional que enseguida se ha establecido en la opinión. Y no, no es eso. Los mangantes de Valencia o los de Madrid, los que en Andalucía montaron un sistema ilegal que impedía la gestión ajustada a la ley, son efectos lógicos de un vicio inmemorial de la vida pública que practicaron en desde Julio César al marqués de Salamanca, pero lo que han hecho los Conde –como los Almodóvar, los Messi o Neymar, los Thyssen o la infanta Pilar y los que faltan—no concierne a la esfera pública sino a la privada y, por tanto, no debe incluirse sin más en la corrupción ambiente sino considerarse como presuntos delitos comunes.

Conde está en línea con el Dioni no con los autores de los ERE o la Gürtel ni con el cambalache valenciano de Rita Barberá, en la medida en que –por mucho que su ambición final fuera la política—sus fechorías no son más que crímenes que pertenecen de pleno derecho al concepto de delitos comunes. Conde será un estafador, si se quiere, o un defraudador –con conexiones con el Poder, vale, pero independiente en todo momento–, un timador superdotado que, no se olvide, fue durante años un ídolo social en este país cabrerizo, que lo admiraba con mimo y lo encumbraba hasta los más altos honores. Lo que demuestra que no sólo el montaje político sufre un crisis de imprevisible efectos, sino que la actividad económica privada se agita –tal vez a su imagen y semejanza, no digo que no— en el inmundo tremedal de este mundo desmoralizado. Urge desmitificar a estos ídolos de barro y, de paso, hacer colectivamente un severo examen de conciencia.

Circo parlamentario

El presidente de la comisión parlamentaria que investiga el saqueo de los fondos de Formación (C’s) ha dicho que no quiere que su organismo se convierta en un circo. El problema es que un circo va siendo ya esa comisión a la que la Junta ha decidido no enviarle los expedientes clave, todo quisque se acoge a su derecho a no declarar, no hay forma de saber a ciencia cierta la función que desempeñaba en esos cursos investigados el marido de Susana Díaz y el ex–consejero Ojeda no sólo se autodefine como un “ciudadano casi ejemplar” víctima de la Junta y del Gobierno, sino que afirma que su enorme montaje empresarial obedecía a su deseo de colaborar socialmente sin ganar un euro en aquellos 9.000 cursos subvencionados, aparte de señalar, con las del beri, pero seguramente con razón, en dirección a la patronal y a los sindicatos. Un circo de tres pistas en el que pueden contemplarse a un tiempo equilibristas, prestidigitadores y payasos.

Una de gorilas

Cuenta una leyenda que cuando Cristóbal Colón descubrió Venezuela creyó haber dado con el Paraíso Terrenal. El paisaje deslumbrante, los palmerales adornando como un espejismo el horizonte azul, los canales de agua viva y la fertilidad evidente de la tierra lo engañaron, a pesar de su experiencia, hasta representarle el Génesis. Siglos después, cuando un oscuro golpe logró echar del país a Chávez por unos días y Aznar se precipitó a aplaudir la operación, la opinión tertuliana –esa “doxa” improvisada y tan raramente reflexiva–, en especial, por el lado izquierdo, se aferró al argumento de que, aunque golpista él mismo, Chávez había sido luego legitimado por las urnas. ¿Es que las urnas incluyen en su legitimación la absolutización del Poder, incluída la tiranía? Nada, incluso tuve un amable asiduo a mi blog que me fulminaba cuando yo osaba llamar “gorila rojo” a aquel energúmeno. Lo malo no fueron, sin embargo, aquellos principios, sino que ni siquiera ante la implosión incontrolada que vive el país como consecuencia del disparate bolivariano, aquella “doxa” es capaz de admitir que el bárbaro heredero que hoy lo rige contra todo derecho, es un sátrapa que ha convertido el paraíso en un trascorral. Hay que ser obcecado para no entender que cuando en un país falta el pan y el papel higiénico, es que ha tocado fondo. Ese axioma me entró por los ojos la primera vez que visité mi idealizada Cuba.

Por eso se me abren las carnes cada vez que veo a los socialdemócratas profesionales humillarse hasta el ridículo para conseguir formar Gobierno con la adhesión de esa biempagada franquicia del Gorila que es Podemos y que parece que ha recibido por bolivarizarnos –aparte del oro y la mirra persas– lo menos seis millones de euros para sus gastos. ¿De verdad se contempla desde las ruinas del PSOE la implantación del “huerto familiar” en nuestras azoteas y las inacabables colas ante el supermercado? Cada vez que oigo en la tele a ese energúmeno fulminando a Rajoy con sus maldiciones e insulto, me pongo a considerar lo bajo que hemos caído en una democracia que hasta hace nada y menos iba por el mundo explicando su cívico milagro en una pizarra. Vale, nuestra Izquierda se ha diluido en el excipiente neoliberal, ¿pero vamos a ganar algo sustituyendo el viejo centralismo democrático por estos nuevos comisarios? Nunca había visto a nuestros líderes de rodilla como ahora ni a España tan cerca de pedir la vez en la cola del papel higiénico.

Políticos intermitentes

Que la Junta se trata a sí misma con prodigalidad no hará falta recordarlo y justo es decir que con el visto bueno de todos, no sólo del PSOE. El último caso es desopilante: una directora general, la de Pesca y Acuicultura, la señora Pérez Martín, se ha tomado un receso de aquí te espero para atender sus asuntos propios, utilizando la fórmula genial de que la Junta la cesara a mediados de noviembre para volverla a nombrar a finales de marzo pero… cobrando durante esas vacaciones la cesantía, equivalente al sueldo íntegro como directora general. ¡Ole, eso es vida y lo demás son cuentos! Habrá que ir pensando en hacer una antología de abusos y extravagancias como ésta frente a la que, hay que repetirlo, ningún partido ha dicho esta boca es mía. ¿Ven para lo que, en definitiva, sirve la “transparencia”?

Norma de estilo

Siempre hubo modas jergales, palabros o expresiones que surgían, por lo general de círculos restringidos para ser incorporados al uso relativamente común y, muy en especial, al de los jóvenes y al de los políticos. En mis clases de la Complutense solía yo imponer a los alumnos una sola condición oral: la de no anteponer nunca a los juicios valorativos latiguillos como “de alguna manera” o “a nivel de”, amén de proscribir radicalmente el relativizador “como muy” que, asociado a los anteriores, diluía casi por completo la intención. La novedad léxica suele ser espontánea y fulminante y, en general, por lo que llevamos visto, confía en ser prontamente admitida al uso oficial nada menos que por la Real Academia Española, amable anfitriona ya de términos tan peregrinos (y seguro que efímeros) como “amigovio”, “despelote”, “guay”, “bluyín” o “pilates”, seguro que haciendo removerse en su tumba las huesas de don Julio Casares o de doña María Moliner. Nadie es dueño del lenguaje, eso no lo discuto, pero es bien cierto que, a este paso, la degradación –aliada con el extranjerismo, las aféresis y síncopas que teclean nuestros benjamines—no tardará en tocar un fondo del que resultará imposible o poco menos rescatarla si alguna vez se intenta. ¿Quién podría detener hoy el uso solecista del adjetivo “viral” introducido por las redes sociales en la duramadre del hablante moderno, o el de “cameo” proveniente de la industria del cine? Yo conocí un tiempo en que la vanguardia no apeaba ni a tiros el uso de “vicario”, en la inmensa mayoría de los casos ignorante de su carga etimológica.

Algunos nos resistimos, es verdad, comprometidos a no utilizar jamás el verbo “implementar” sin el que nuestro orador político parece incapaz de encadenar tres palabras, ni es galicismo tan pesado que es “poner en valor”, así como de confundir gramaticalmente “género” con “sexo” o apelar al socorrido concepto de la “sostenibilidad”. En el centenario de Cervantes parece un despropósito escribir “feminicidio” o “bótox”, y en el coincidente de Shakespeare incrustarle una aféresis a “spray”, a pesar de lo cual mucho me temo que esa gangrena del idioma siga prosperando con la inestimable ayuda de los medios, en especial, de los audivisuales. Hombre, no es pretendamos ahora volver a aquellos excesos tan rubenianos de “ínclitas razas ubérrimas” o de “que púberes canéforas te ofrenden el acanto”, pero al menos recobrar un cierto sentido de la dignidad oral y escrita.