Femenino clerical

No me ha sorprendido demasiado la “reacción” –y le doy al término su doble sentido— de cierto sector tradicionalista del clero católico ante el compromiso adquirido por el papa Francisco de considerar la posibilidad de admitir las mujeres al diaconado. He visto torcer el gesto al comentarlo incluso a clérigos hasta ahora entusiastas del pontífice, lo que deja claro que, en el fondo, la visión masculina del oficio religioso subyace ahí tan viva como siempre, a pesar, incluso, de la creciente insistencia de los estudiosos en el justiprecio del papel de la mujer en los orígenes de la Iglesia. ¡Una mujer diácona y mañana sacerdotisa!, me dicen con mal disimulado enojo. Y yo les recomiendo la lectura del espléndido libro de Karen Jo Torjesen, “Cuando las mujeres eran sacerdotes”, que editó Jesús Peláez hace unos años, y en el que se dejó claro la altura del papel desempeñado por las mujeres no sólo en el entorno evangélico, sino en la primitiva Iglesia. No está del todo claro, ese tema, por lo que yo sé, pero seguro que las mujeres desempeñaron un papel principal en los orígenes del cristianismo hasta que la oficialización del culto por los emperadores romanos las redujo al rol que tradicionalmente las hembras jugaban en las sociedades clásicas mediterráneas. Hay una basílica en Roma en la que puede verse –por supuesto raspado con celo—el nombre de una “Theodora Episcopa”: para que vean que lo de las mujeres obispos no lo ha inventado el sufragismo anglicano.

No a las mujeres, eso es lo que hay, y lo que parece que Francisco se propone cuestionar, aunque no sea más que hasta el orden del diaconado que, por cierto, fue superior al del presbítero –según el maestro Juan Mateos y otros expertos—durante algunos siglos. En la apretada falange clerical no tiene sitio ni siquiera esa Magdalena que fue auténtica apóstol, y no es probable que llegue a tenerlo al menos a corto plazo. Pero en el haber de este Papa reformador quedará, sin duda, aunque sea el intento de dignificar como es debido a la mujer liquidando una discriminación cada día que pasa más insostenible. Sospecho que Francisco lo va a tener cada vez más crudo no sólo frente al integrismo sino ante el grave peso de una tradición pensada en masculino ya desde Tertuliano. “Fragilidad, tienes nombre de mujer”, se dice que dijo el príncipe Hamlet. Hay tópicos en la práctica imborrables y éste en que se funda la desconfianza del macho es uno de ellos.

El ventilador

Nunca entenderé por qué se quejan los políticos de las habladurías sobre las corrupciones, cuando son ellos los que más contribuyen a manifestarlas e incluso a agravarlas. ¿Puede el PSOE de Filesa, Juan Guerra, los ERE, Invercaria, Fondos de Formación y demás acusar al PP por el lío de Bárcenas, de la Gürtel o de los desmanes valencianos? Pues claro que puede y debe, pero con la condición de rendir cuentas propias también. Porque es molesto escuchar al PP reclamar a Susana Díaz el expediente sospechoso que concierne a su marido pero, bien pensado, si no tiene nada que temer, ¿por qué no lo remite de una vez al Parlamento? La corrupción es cosa de ellos –aunque haya penetrado en el pueblo—y su publicidad aún más. Y eso es algo que sólo se explica por la impunidad.

Inocentes

Entre los recortes de sucesos inauditos que conservo figura uno con la desconcertante historia de un joven de 22 años condenado a catorce años de reclusión de los que cumplió nada menos que nueve antes de ser declarado inocente por el Tribunal Supremo. La criatura permaneció preso todo ese tiempo, no son intentar suicidarse en varias ocasiones, y finalmente, fue puesto en libertad –ya sabe: “Usted disculpe” y todo eso—indemnizado por el Estado a razón de 143 euros diarios, una cantidad que dejaba la obligada compensación muy lejos del millón largo que, con sólidas razones, solicitaba su defensa. Bien, luego se han producido otros –cuyas noticias conservo—lo que no deja de sugerir, más que el fracaso judicial, la mala situación en que se encuentra una Administración de Justicia desbordada por el exceso de litigios y atada de pies y manos por la falta de recursos y entre los cuales está uno reciente, el de Teodoro T.R. al que la Audiencia de Huelva acaba de librar cuando ya llevaba cumplidos tres largos años bajo la falsa acusación de abusar de su propio hijo, y dice la Audiencia ahora que toma esa decisión porque, a la vista de las razones periciales, “no se puede mantener un convencimiento pleno sin dudas de su culpabilidad”. ¡Toma, castaña! A ver quién convence ahora al pobre Teodoro –¡vaya etimología onomástica!—de que la Justicia es una alta dama que, con los ojos vendados, garantiza espada en mano nuestro orden social.

Es triste pero cuesta no apuntarse a la teoría de que hay dos Justicias –una para peatones pobres y otra para presuntos de alto fuste—operando dentro de una democracia que no se preocupa de ellas, como denuncian ya algunos jueces íntegros, si no es la hora de mediatizarla políticamente. ¿No es razonable pensar que estos irreparables “accidentes” dejarían de producirse si jueces y fiscales dispusieran de medios razonables en lugar de caminar urgidos por una excesiva carga de trabajo y ejercer su labor en medio de un soberano caos administrativo? Y en cualquier caso, ¿cómo podrán repararse errores como los comentados una vez que la ergástula haya logrado destruir moralmente a esos condenados inocentes? En USA se cuentan ya por docenas los ejecutados cuya inocencia se ha demostrado tardíamente pero, sin llegar a esa atrocidad, parece evidente que nuestra democracia está expuesta también a esa calamidad que es el error judicial. Me fío más de mi juicio que de mis ojos, decía Diderot. La verdad, uno no sabría que contestarle.

¿Parlamento inútil?

La reprobación parlamentaria del fiscal-consejero de Justicia, parapeto leguleyo de la presidenta Díaz, sitúa a ésta en una posición más que difícil. ¿Lo sustituirá en su cargo, como parece obligado por respeto a la Cámara autonómica, o lo confirmará en él en un nuevo alarde de desdén por la representación parlamentaria? Si el Parlamento está ahí, entre otras cosas, para controlar al Gobierno, lo lógico sería licenciar al consejero reprobado, ya que, en caso contrario, la asamblea de nuestros representantes resultaría inútil. Pero, ay, si lo cesa –sobre todo teniendo en cuenta que ya tiene otro consejero imputado por el TSJA—abriría una crisis preelectoral sin precedentes. Claro que el manotazo con que doña Susana impuso silencio el otro día al presidente de la cámara, nos adelanta la respuesta. Incluso en solitario, el PSOE ha logrado inutilizar de hecho a esa institución.

La Sagrada Familia

Como la parte cómica del espectáculo no podía tardar, ya han visto y escuchado ustedes a esa ménade de la CUP catalana que acaba de proponernos un modelo de sociedad en el que la “gente” –ese concepto degradado que exaltan los nuevos radicales—viva en común y los hijos no pertenezcan ya a sus legítimos padres sino que se inserten y sean educados en la tribu. El argumento de la ménade es que la familia tradicional no produce retoños apocalípticos como ella misma sino más bien individuos abocados a la moderación, lo que a ella le parece un motivo sobrado para reivindicar la educación colectivizada de la prole. Volvemos, pues, a la “comuna”, otra vez tarareando “Lucy in the sky whit diamonds”, de nuevo juntos y revueltos en la utopía hippy sobre la que Edgar Morin escribiría una memorable reflexión tras su viaje por California, si es que no a los desastrados ensayos ácratas que florecieron –y acabaron por amustiarse, claro—durante nuestra Segunda República, mientras en la calle resonaba la consigna “hijos sí, maridos no” lanzado, curiosamente, por la parte más débil de la pareja, es decir, por la mujer. Claro está que el amor monogámico es un producto tardío de la civilización y que la relación comunal ha sido muy probablemente la realidad primitiva, pero no menos claro es que los ensayos colectivistas han solido terminar como el rosario de la aurora, salvo en comunidades como las iroquesas que estudió Morgan, y en las que Marx y Engels entreveían la superación del individualismo.

¡La tribu, dice! En Roma, la gens se incluía en la fratría y ésta, en efecto, en la tribu sin que ello comportara, que yo sepa, el expolio de la patria potestas ni arrebatara a los progenitores el derecho a la educación de su prole. En tiempos se contaba que en la URSS los hijos eran separados de sus padres para recibir la educación colectiva propia del hombre nuevo de la Revolución. Y eso parece ser que es lo que quieren ahora los comisarios políticos del nuevo radicalismo, volver no ya a la tribu rousseauniana sino al corralito soviético. Asombra la ignorancia de estos oportunistas casi más que su osadía, pero de momento ya hemos puesto en nómina a esos anacrónicos estúpidos. Y no es la política, sino la civilización lo que está en juego. Engels y Marx no sabían lo que estaba haciendo cuando, para contradecir a los Bauer, exprimieron hasta la última gota su limón romántico. Éstos, los recién venidos, han metido la marcha atrás, ya veremos con qué resultados.

Burro y elefante

Izquierda Unida, o sea, sus restos mortales, se ha entregado a los agitadores populistas con armas y bagajes. ¡El plato de lentejas! La vieja creación de Julio Anguita que constituyó una esperanza para mucha gente –sin la ley D’Hont por medio hubiera supuesto algo decisivo en la democracia española—la ha puesto en almoneda una generación novísima de ávidos retrógrados que vuelven a Lenin vía Laclau. Bueno, después de todo, la sociología política sabe que una izquierda auténtica, vamos, una opción inspirada en la utopía, tiene poco que hacer en medio de un Estado del Bienestar por “recortado” que éste vaya, y que el futuro, al menos el inmediato, pasa por la única alternativa socialdemócrata con sifón, como en los EEUU, como en el laborismo británico, un poco como en todas partes. No hay sitio para los sueños redentores en un mundo que, mejor o peor, cuenta con el subsidio de paro, la telenovela y el Inserso. ¡Adiós a la utopía! Como diría Baroja, hay que aceptar que “el mundo es ansí” y están de más las esperanzas vanas. A nuestros hijos y nietos les espera esa alternativa –la del burro y el elefante yanquis–, la de la elección que, arroje el resultado que arroje, deja las cosas, básicamente, como estaban. No hay opción tendente a la igualdad mientras la hegeliana “astucia de la razón” permita malvivir siquiera del excedente y el instinto solidario apriete a las familias en su jaula. Peor están en Zambia. ¡Qué duda cabe!
Lo malo es que, como también sabe esa sociología, cuando falla el consenso aparece el conflicto. En las oficinas de paro han tenido que instalar un botón de alarma para proteger a los funcionarios, en los hospitales “recortados” los sanitarios son cada día más agredidos, la criminalidad adquiere tintes insólitos sólo explicables por la disforia de fondo. Y una Izquierda inteligente y realista podría ser, seguramente, lo único capaz de encauzar esas energías disipadas. Aquí, sin embargo, esa posibilidad acaba de liquidarse aprovechando la resaca de una crisis que no ha de durar toda la vida, y tras la cual –ojalá– habrá que rehabilitar la utopía. El populismo de la nueva alianza de izquierda no hará sino empujar a los conservadores hacia el búnker, ofreciendo a cambio, todo lo más, el carajal venezolano con sus gorilas achulapados y sus huertos familiares. Los que dicen que ya no son horas de izquierdas y derechas, se van a enterar.