El fracaso de Chaves

No pudo ser. Chaves no consiguió meter en la cárcel ni arruinar al director de El Mundo ni a su jefe de redacción por haber publicado en solitario el caso del espionaje ordenado contra un presidente de caja sevillana. Lo ha intentado hasta el final, con inquina y contumacia, pero los jueces lo han  revolcado dos veces. Ahora bien, algo sí ha conseguido ese político amortizado, y es acallar durante toda esta larga espera a cuantos espíritus pusilámines brujulean por los medios con el ojo puesto en el Poder. Se acabó, de todas formas, Chaves ha perdido en su estrategia de amedrentar a la prensa crítica que denunció sus escándalos familiares. Por vergüenza torera debería irse a casa con su espléndida pensión vitalicia.

Arón

Ya sabemos la verdad, como la sabían desde siempre los mitineros y dirigentes del PSOE onubense. Lo que la Junta proyecta y el partido respalda en Astilleros es el cierre de Huelva y la continuidad de Sevilla, además de la incorporación como inversionistas de personajes tan identificados con su proyecto partidista como es Alfonso Gallardo. Todo encaja: el cese del biólogo Ginés Morata en Doñana, el nombramiento de González, la entrega del proyecto estratégico que el partido necesita en Sevilla pero del que puede prescindir en Huelva. Gallardo, hasta hace poco el empresario mediático del PSOE en la provincia, es ya el empresario del partido sin más.

Pandemia y psicosis

Poco ha trascendido en España el giro radical que ha dado el negocio de la pandemia de la gripe A. Algún busto parlante y poco más, para un asunto que amenaza con convertirse en un desastre psicólogo frente a la clase política que se ha dejado engañar por el inconcebible plan de la farmaindustria hasta desatar una autentica psicosis frente a la amenaza de la llamada gripe A. Ni siquiera nos hacemos eco del debate europeo iniciado por las terminantes declaraciones del epidemiólogo Wolfgang Wodarg, presidente del la Comisión de Salud del Consejo de Europa, denunciando sin ambages una campaña organizada por el lobby de los laboratorios y difundida por la OMS contando con la ingenuida de los responsable políticos, unas declaraciones en que las que se asegura que todo ha sido un cuento de unos fabricantes que cuentan en la OMS con una representación poderosa. Ya hay peticiones urgentes para que se abra una comisión investigadora en la Comisión Europea y averigüe cómo se ha tramado canallescamente esta campaña de pánico planificad. ¿Será posible, podrá llegar hasta ese punto el afán explotador del Mercado, tan indefenso está el poder político (y la comunidad científica, todo hay que decirlo) ante las argucias de esos desalmados mercachifles? La gripe A ha causado una décima parte de muertes que suele causar la gripe estacional, pero los Gobierno se han empeñado hasta las cejas, en plena crisis, y con un criterio difícil de reprochar. ¿No habría que organizar legalmente una sanción que implicara la restitución de tanto beneficio a una industria que acaba de probar su absoluto desprecio por la población?

 

Cuesta creer esta historia en pleno siglo XXI a no ser que aceptemos, una de dos, o la plena capacidad embaucadora de la farmaindustria o el entreguismo de las instancias políticas, pero la realidad es que un  impenetrable silencio rodea a esta noticia escandalosa que ha mantenido en vilo a la opinión durante casi un año. Para el ciudadano, aparte ya del peligro felizmente negado, subsisten ahora dos dudas tremendas, a saber, la de si puede fiarse del máximo organismo sanitario mundial, la OMS, y la de si nuestros gobiernos son, en definitiva, tan pardillos como para aterrarnos y arruinarnos por una simple maniobra publicitaria de los mercaderes del miedo. No habrán escuchado ustedes una palabra de los responsables que nos recomendaban hasta antier mismo lavarnos las manos y suprimir el beso mientras se gastaban a ciegas, por lo visto, lo que no teníamos. La gripe A ha matado poco pero ha destruido la confianza pública. El cuento del pastor y el lobo se nos representa como una aterradora amenaza.

Caso indignante

Si al “caso Baena” –los presuntos despilafarros perpetrados en el Ayuntamiento con facturas falsas para sufragar visitas a costosos puticlubs—le faltaba algún ingrediente despreciable, ahí tienen la historia del chivatazo que avisó a los presuntos perpetradores de que la Guardia Civil espiaba sus teléfonos. Es un error distinguir entre corrupción mayor y menor, como si el saqueo o desvalijamiento de las arcas de un pueblo modesto fuera menos trascendente que los mangazos célebres que se producen en las alturas. Hay que recordar que ese alcalde bajo sospechas graves es, además, senador, y que el PSOE no ha movido un músculo para apartarlo de su sillón a pesar de los testimonios aplastantes. La corrupción existe porque se la consiente y ello implica a los de arriba con independencia de su tamaño.

No querer enterarse

El portavoz de IU onubense, tras admitir que no hay “pinza” que valga en el Ayuntamiento de Huelva como dice el PSOE (¿y qué necesidad tendría de ella el gobierno mayoritario?) se ha apresurado a confirmar la política de pactos municipales con los que, según él, se logra el objetivo mayúsculo de cerrar el paso de los gobierno de derechas. Bien, es muy libre el portavoz de diseñar sus estrategias, pero en veo como casa ese discurso en el que antier dio su jefe Valderas denunciado como objetivo a batir el “régimen” que gobierna Andalucía desde hace treinta años. Deberían ponerse de acuerdo aunque eso, con las cuentas en la mano, se comprende que es difícil.

La eterna juventud

Nos van a volver locos con tanto descubrimiento del remedio para conseguir la juventud perenne. No pasa un mes sin que sabios y majaretas nos aseguren que uno puede vivir la intemerata –hasta mil años, ven ya posible los del Queen’s College de Cambridge—bien a base de atiborrase de proteínas , entregarse al yoga y los ritos tibetanos,  observar la dieta hipocalórica, beber agua alcalina, tratarse con la coenzima Q10 o hacerte en Nueva York, aprovechando la crisis del dólar, con tu provisión de melatonina para tomar en el desayuno junto a ese antioxidante infalible que es el ácido ascórbico de nuestro zumo de naranja. La última moda –la ingesta de oro– es, por cierto, bien antigua como se ha recordado estos días a propósito del diagnóstico de la causa de la muerte de Diana de Poitiers, la amante de Enrique II y amiga de aquel gran vividor que fue Brântome, ese ‘burlador’ a la francesa que no le llega a la suela del zapato ni al caballero Casanova ni, por supuesto, a nuestro Don Juan. Lo de la tal Diana, que era un pendón considerable terciado de amazona –una combinación entre la fornida Estefanía de Mónaco y Lilí Álvarez–,  lo ha descubierto ahora, según el British Medical Journal, un científico francés, analizando un mechón de su cabello conservado durante siglos en el ‘chateau’ de Annet y haciendo no sé qué macabras comparaciones entre su conservada momia y el famoso retrato de Clouet. Y lo que han hallado, en definitiva, es que la real concubina consumía a diario altas dosis de oro disuelto como pócima contra el envejecimiento, un viejo camelo alquímico cuya peligrosidad ignoraba aquella empecinada vividora como hoy se ignoran la de tantos presuntos remedios. El mito de la eterna juventud compite sin tregua con la quimera del oro.

 

Cuando publiqué aquí un comentario sobre el denigrante empleo del oro en los obradores de la “nouvelle cuisine” un crítico y sin embargo amigo me escribió desolado al comprobar mi condición de “garbancero” incapaz de penetrar las exclusivas razones de esa moda elitista y canalla, además de evidentemente idiota. Y no diré que me ha alegrado la noticia de su toxicidad y el caso de la Poitiers, pero sí que se me ha pasado por la cabeza la conveniencia de que alguna autoridad con mando sobre los fogones informara a esos privilegiados aurífagos de los peligros a los que se exponen bailándole el agua a esa panda de estafabobos que se han forrado desvalijando a los ultraístas de restaurant. Me inquieta ver cómo la ‘inteligentsia’ se deja vender la burra tan ingenuamente. Tanto que, por más esfuerzos que hago, no veo la manera de olvidar el hallazgo supino de Valéry, aquello de  “¡Dios mío de mi alma, todo cambia menos la vanguardia!”.