Talento y ejemplo

Una vieja discusión, no necesariamente moralista, viene discutiendo entre nosotros la delicada cuestión de las relaciones entre el talento, el genio si se prefiere, y el ejemplo que la obra producida pueda ejercer sobre la mentalidad pública. Lo vemos estos días en USA donde algún integrista y homófobo ha osado cuestionar la obra de Walt Witman, aquel inmenso patriota, y más cerca de nosotros, en Francia, estamos asistiendo a un intenso debate provocado por la decisión del ministro de Cultura, Frédéric Mitterand, de eliminar de un plumazo, de la relación de fastos oficiales, los dedicados a recordar la persona y la obra de Céline, el controvertido y torturado autor del “Viaje al fin de la noche” al que ahora se acusa frontalmente de antijudaísmo militante y, en consecuencia, de constituir un mal ejemplo para la opinión pública. La cuestión es vieja, como decimos, y se podría cifrar en la disyuntiva de si el talento de un creador debe primar en cualquier circunstancia o bien su condición personal, digamos su posición ideológica y su actitud moral aconsejan alejarlo del sistema de honras públicas oficiales, es decir, de ese montaje propagandístico de las celebraciones promovidas desde el Poder en las que François Jacob veía un recurso de la mala conciencia iletrada y otros han creído detectar incluso formas encubiertas de autocelebraciones.  Ya ven, habría que dar la espalda desde el propio Céline, en efecto, hasta Ezra Pound o Paul Morand, desde el Baudelaire que escribía con delectación sobre el exterminio judío (“Mon cor mis à nu”) al Verne que caricaturizaba a sus personajes hebreos, por no hablar de Dostoïevski, Jules Vallès o el propio Voltaire, si se pretende sancionar el antisemismo en la gran literatura, y eso no parece ni lógico ni siquiera viable. ¿No sabemos, como se ha señalado, que nada menos que Antonin Artaud dedicó a Hitler alguna obra, no hemos visto a Louis Aragon arrodillarse contra toda lógica frente al dogmatismo soviético incluso en biología?

 

No hay que olvidar que venimos de una tradición ininterrumpida en cuyo amanecer Platón recomendaba (en su “República”) no incluir en la ciudad otra poesía que la contenida en los himnos a los dioses o a los hombres señeros, pero en cuyo curso los episodios censores han sido innumerables. Otra cosa es qué pretende el Poder tachando de su lista de memorables a un genio como Céline, cuyo ejemplo no sé por qué va a resultar hoy más peligroso que el de Wilde o el de Jean Genet. A Mitterand, tan tolerante por cierto, le asusta este hombre oscuro, equívoco y terrible mientras le trae al fresco, al parecer, la temible sombra de su abuelo.

De mal en peor

Se comprende que la Junta no tenga mejor argumento que la negativa o el disimulo para escapar del escándalo de las prejubilaciones ilegales que financió durante años. Lo que ello no le va a proporcionar es una salida digna, aparte de que es más que probable que, a medida que el tiempo transcurra, el panorama se le vaya ennegreciendo. Son dos Presidentes y tres Consejeros lo concernidos por la operación fraudulenta y esa tela es mucha tela. Pero peor puede ser limitarse a aguardar a que los fardos le vayan cayendo encima uno tras otro. Es de temer que los responsables ni siquiera se hayan percatado de la gravedad del negocio a pesar de que los hechos –por una vez—hablan por sí solos.

La perdiz boba

Me llama un jaulero empedernido. Está desolado porque este año de aguas y yerbas altas no le entran pájaros en el puesto. Hasta me dice, lamentando la tragedia, que la perdiz roja, nuestra perdiz brava de toda la vida, se está perdiendo a chorros, que los reclamos se desgañitan sin que el campo les conteste, que aquellas que de antiguo reventaban en la lejanía al primer desafío, merodean ahora alrededor de la plaza desinteresadas, como si la defensa del territorio no les incumbiera ya. ¿Qué está pasando en nuestros montes, qué revoluciones está viviendo la fauna que puede acabar con especies tan señaladas? El embajador Cuenca, escritor y jaulero, me explica que las causas van desde el fin de la agricultura que pregonaba el pobre Ignacio Vázquez Parladé, hasta el envenenamiento causados por los pesticidas, pasando por el progreso de los grandes depredadores como el jabalí y el zorro, que son el fruto fatal de la tierra baldía. La perdiz roja se acaba –me dicen mis dos informantes—esquilmada por esos dos grandes enemigos que son el dinero y el coche, por el hecho de que en las fincas de Sierra Morena, por ejemplo, quienes la cazan no sean ya los serranos sino los señoritos domingueros que la pagan a tanto por pieza. Y encima porque la siembra de “perdices bobas” criadas en las granjas anda desnaturalizándola al mezclar con la suya mansueta la sangre bravía. ¡El enemigo es el dinero! La perdiz es una raza territorial que se cría y muere en un radio de un kilómetro, una especie que no contaba ni con la invasión, ni con el veneno ni con el mestizaje, y que ahora no sabe qué hacer frente a tanta concurrencia. La estampa del jaulero madrugador –ese amante del campo, el “insigne inválido” del que hablaba Delibes–, con su escopeta y su tollo a cuestas, es otra especie en extinción a la que ya el Seprona no le permite ni machetear los jarales para camuflar sus puestos. Una ruina. Pero la gran revolución se está produciendo en el genoma y los cazadores lo saben. Con el dinero no hay quien pueda.

 

Dicen que la caza se ha convertido en un recurso eminente para los explotadores agrarios. Lo que no dicen es que para que ello sea posible se le está dando al cliente gato por liebre y se está tachando una especie con mano decidida del nomenclátor de Noé: la de la perdiz roja. Aparte de que hubo fincones que daban mil quinientas perdices y ahora apenas llegan a dar tres docenas. Lo mismo que ha desaparecido el zorzal o que la tórtola turca está desplazando por doquier a la autóctona que toda la vida arrulló al atardecer en nuestros pinares. El hombre es un demiurgo peligroso. Sobre todo cuando le sobra el dinero.

Registros a Gogó

Se percibe cierta incomodidad en el comentario del fiscal de Medio Ambiente de Huelva ante la espectacular intervención de la Guardia Civil en el Ayuntamiento de Ayamonte y ese registro de seis horas que él recela que acabe resultando más bien perjudicial a la investigación secreta y selectiva que se venía haciendo. Algo no encaja, desde luego, en esta historia de tantas cinematográficas invasiones de sedes institucionales que tal vez valen más para la galería que para el buen fin de la Justicia. ¿Falta coordinación, qué tiene que decir el subdelegado del Gobierno ante esa acción que su partido califica de normal? Algo va manga por hombro en este terreno. Quizá porque así convenga a más de uno.

La máquina parlante

Uno de estos días va a celebrarse un encuentro público entre un robot dotado de cierta capacidad parlante y dos expertos concursantes que vienen ya de vueltas de esos concursos televisivos aunque, en enero pasado, ya fueron derrotados por poco por “Watson”, la primera máquina capaz de comprender, siquiera parcialmente, el lenguaje natural hasta ahora reservado a los hombres. La máquina responde, por descontado, al menos en apariencia, al modelo imaginado por la ciencia-ficción, pero es capaz ya de darse por enterada de cuestiones escritas y, en el plazo de tres segundos, dar la respuesta adecuada sobre su sentido oral, asistida por un complejísimo sistema informático que maneja con sus algoritmos un fondo importante de documentación previamente suministrado en el que se incluyen desde enciclopedias y diccionarios hasta textos mayores como la Biblia y un escogido repertorio literario. Ni siquiera en el caso, no poco verosímil, de que “Watson” acabe triunfando sobre sus adversarios, debemos confundir esa capacidad robótica con la singular facultad humana de hablar que implica, entre otras cosas, una libertad de la que no dispone todavía el artefacto ni es verosímil que llegue a disponer enteramente nunca si nos atenemos al aviso inteligente de Asimov que decía que el robot no razona sino que, simplemente, “es lógico”, es decir, responde consecuentemente a las exigencias de sus antecedentes. Como ya ocurriera a los primatólogos en sus intentos de enseñar la lengua a los monos, los constructores de máquinas parlantes –hoy en el mercado en sus versiones limitadas—saben de sobra que una cosa es responder a un estímulo determinante y otro del todo distinta manejar con libertad ese sistema simbólico que ha otorgado al ser humano su probada superioridad sobre las demás especies y, ni que decir tiene, sobre sus propias construcciones. “Watson” podrá ser capaz de manejarse utilizando el lenguaje sin comprenderlo y hasta de resultar vencedor en esa competición sin saber hablar. La construcción de la conciencia no es asequible al ingenio humano por más que su imitación pueda ser ya una realidad.

 

En el viejo empeño de crear la máquina replicante el científico choca siempre, al final de la partida, con el escollo que supone la imposibilidad de dotarla de libertad. “Deep Blue” derrotó a Kasparov non hace tanto pero es evidente que la respuesta cibernética a una jugada de ajedrez resulta incomparablemente menos sutil que el acierto sobre el sentido de la palabra. “Watson”, de hecho, se muestra inseguro frente a los dobles sentidos como “Deep Blue” se desconcertaba ante las réplicas ilógicas del campeón ruso. Lévy-Strauss puso en claro que la lengua es una razón humana que tiene unas razones que el hombre no conoce. Tantos años después no hay algoritmo que desmonte este hallazgo.

Marbella consentida

Un responsable directo del negocio ha declarado en el juicio por el “caso Malaya” que la Junta de Andalucía no recurrió ni impugnó uno solo de los muchos cientos de convenios urbanísticos urdidos en el Ayuntamiento de Marbella durante el gilismo. Buena ayuda para los acusados de aquel saqueo que siempre podrán decir, en consecuencia, que ellos trabajaban a la luz del día sin que los servicios del gobierno regional le dijeran ni mu. Lo que ha ocurrido en Marbella no resulta concebible sin esa ceguera de la Junta que ahora confirma un juntero. Quizá es cierto aquello de que no hay verdad que pueda permanecer indefinidamente oculta.