Escrito en el cielo

Parece ser que vamos a tener que cambiar de signo astrológico, pasar, por ejemplo, a ser tauros los que hasta ahora éramos géminis, los que eran virgos van a tener que integrarse con los leones y así sucesivamente. Lo impone el hallazgo astronómico de que la evolución de los desplazamientos celestes han acabado modificando la posición relativa del Sol, de la Tierra y de las constelaciones, que veníamos considerando inmutables desde que, hace tres milenios  mal contados, los babilonios pusieran a punto el calendario astrológico. Alguna vez me enteré en un manuscrito medieval, el « Centiloquium », de que nada es tan fatal e inmutable como muestran esos modelos puesto que el saber está por encima de los astros (« el que sabe vencerá a las estrellas », creo que decía textualmente) de modo y manera que toda noción de fatalidad resulta impropia o cuando menos arriesgada. Y ahora veo corroborado este aforismo gracias a los sabios que han descubierto que el decalage entre la posición de una constelación y el signo zodiacal correspondiente es aproximadamente de un mes, lo que fuerza a corregir el almanaque y a reponer las cosas en su sitio. No sé, claro está, cómo reaccionarán ante esta nueva los profesionales de la adivinación ni cómo podrán ajustarse ahora, a  posteriori, tanto rasgo quizá equivocado como se ha venido atribuyendo, pongo por caso, a los escorpiones que en adelante habrán de ser libras. Y encima con dudas, porque resulta que, según The Minnesota Planetarium, no es hacedero asegurar esos límites sin que en adelante sea posible fijar si quien nace un 30 de octubre es virgo o es libra. Habrán de ajustar sus mapas celestes, pues, como habrá de flexibilizarse la tiranía predictiva por la razón elemental de que tras o bajo ella alienta una lógica insondable que trasciende con mucho el resplandor de los astros. El conde Maeterlink, que era un sabio, ya se dio cuenta de que si esos astros fueran inmóviles el tiempo y el espacio se nos escaparían entre los dedos porque, simplemente, no existirían. Casi un siglo despúes, otros sabios parecen darle la razón.

Tendremos que elegir, en consecuencia, según parece, el signo que preside nuestras vidas que ya no será, seguramente, tan fatal, puesto que ni siquiera podemos estar seguros de pertenecer a él o al contiguo, lo cual no deja de ser una razonable lección para crédulos y un varapalo para embaucadores, o sea, en definitiva, un progreso más que apuntar en el haber de la ciencia. Papas hubo que no convocaban sínodos sin consultar un curso de las estrellas que hoy creemos saber diferente. Hoy estamos viendo por los suelos esas viejas credulidades que eran nuestra más antigua herencia.

El voto inmigrante

Es urgente averiguar qué hay de cierto en la acusación de que desde las instituciones del PSOE onubense (en la capital o en Cartaya) se está ofreciendo trabajo y casa a cambio del voto de los inmigrantes que sobreviven en sus zonas agrícolas. No sólo porque de confirmarse la acusación estaríamos ante un colosal delito electoral sino porque, encima, cabe suponer que no resultaría difícil esclarecer esos hechos, por sofisticadas que hubieran sido las fórmulas utilizadas, en zonas tan reducidas. Lo que le faltaba a esta democracia en vilo sería, como en los tiempos del viejo caciquismo, falsificar el censo y recurrir al voto comprado.

Vuelta al pasado

Lo que le faltaba a Haití, esa llaga abierta de la que el mundo trata de olvidarse, era el retorno de Baby Doc, es decir, de Jean-Claude Duvalier, el hijo de Papa Doc, el tirano que gobernó durante decenios hasta comienzo de los 70. Mi amigo Saltés el gran pintor y desistido humorista, que por allá anduvo una temporada, me contó la escena memorable de cómo un comando de policías motorizados despejaban sin contemplaciones las polvorientas carreteras del país para abrirle paso a los bólidos que conducía como un loco el retoño del dictador, lanzando a la cuneta a los sorprendidos viandantes, con otras muchas hazañas de aquellos “tonton macoutes” que, con sus gafas oscuras y sus machetes desafiantes, acabaron causando unas 150.000 víctimas. A Duvalier padre lo echaron del país cuando ya los EEUU no pudieron mantener por más tiempo aquella terrible tragicomedia en la que el caudillo se había pasar por la reencarnación del dios de la muerte y predicaba con éxito el vudú contra el disparate del catolicismo colonial obligatorio, que fue lo que, en buena medida, le abrió camino político. Y al hijo, el gobernante más joven del mundo a sus 19 años, el mismo que ahora vuelve a ese infierno devastado para “ayudar al pueblo”, tuvieron que echarlo por las bravas cuando ya no fue posible ocultar la arbitrariedad y un expolio que alcanzaría no menos de cien millones de dólares de la época que le propiciarían el asilo político en Francia y una vida de sátrapa en la Costa Azul. Ciertamente ésta es una historia que parece imaginada por Carpentier en un póstumo “siglo de las luces” cuyo siniestro resplandor alumbrara uno de los desastres humanos más desconcertantes de la postmodernidad. Baby Doc besando el suelo del aeropuerto en Puerto Príncipe resulta un escarnio más que una parodia, pero dicen que no han de faltar tambores sagrados para propiciar con benevolencia vudú la nostalgia del primitivismo.

 

Cuando hace unos años este espontáneo pidió perdón a través de las ondas por los “errores” cometidos durante su mandato, el presidente Préval aclaró, para uso indistinto de nostálgicos y vindicadores, que si desde luego existía el perdón, la Justicia había de prevalecer ante todo. Y hay que esperar que, por encima del desbarajuste que reina en aquel torturado país, semejante premisa se mantenga hoy también frente al paternalismo del tirano que era lo que le faltaba a la situación. Si alguna vez en tiempos recientes ha habido una nación en trance de disolución ésa ha sido este Haití asolado por la Madre Naturaleza tanto como por sus propios hijos. La vuelta de Baby Doc  no es siquiera un desafío sino un sarcasmo. Y Francia y los EEUU comparten esa infamia a partes iguales.

De rebote

Hay que suponer que, para Chaves, el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, puesto que comparte ce por be, las tesis de este denostado periódico y las acusaciones de la Oposición conservadora, también sería falso, basurero, manipulador, mentiroso, infame y necesitado de ir al psicólogo para librarse de sus obsesiones. O bien que tendrá que aceptar esa realidad que resultaba clamorosamente para todos el mundo menos para él, a saber, que largó una millonada de aquí te espero a la multinacional apoderada por su propia hija. No hay como esperar a que la Justicia se pronuncie, en efecto, y ya se ha pronunciado. Ahora, si les queda un rastro de pundonor, lo suyo sería recoger os bártulos y largarse.

Países de misión

Mientras un sociólogo amigo mío vaticina que pronto los países occidentales serán, de hecho, para las iglesias cristianas, países de misión, y no precisamente por la erosión secularizadora, una asidua y querida visitante de mi blog, Marthe Sicard, me remite por correo aparte un informe que alguien ha hecho en Francia sobre la crecida de la ola anticristiana expresada en actos salvajes como son las profanaciones, los sacrilegios, los ataques y los insultos soportados por sus instituciones y fieles. El prestigioso Le Figaro ofrece también un balance realmente inaudito sobre las primeras, según el cual, durante 2010 se ha producido en Francia 226 profanaciones, de las cuales seis habrían sido de carácter antimusulmán, cuatro de naturaleza antisemita y nada menos que 216 dirigidas contra el mundo cristiano, extravagante resultado tratándose de la “católica Francia” que, sin embargo, ha pasado perfectamente silenciado por los medios de comunicación que, si acaso se han hecho eco de algunos de los sucesos, ha sido casi sin excepción para protestar por los perpetrados contra las religiones semitas. En Gond, un sencillo nacimiento ha sido vandalizado estas Navidades, en Montfermeil han incendiado una iglesia evangelista, en Avignon han metido fuego al ciprés de la parroquia y un vándalo ha irrumpido en la iglesia en pleno culto para orinar sobre el pavimento y amenazar con la tea a fieles y monumentos, en Estrasburgo extremistas islámicos han encartelado la puerta de un templo con una llamada a la yihad, en Bazas han profanado una iglesia y otra en Echillais, en la que ha entrado en plan motocross otro grupo salvaje. ¿Las autoridades? Pues las autoridades reclamando paciencia y barajar, “bon sens” y resignación cristiana, placebos que poco tienen que ver, por supuesto, con las enérgicas triacas recomendadas cada vez que las agresiones se producen contra los no cristianos. Le Pen y los suyos se han quedado solos defendiendo lo que los enervados poderes “republicanos” no tienen ya hace tiempo energía para impedir o sancionar.

No creo que ninguno de estos héroes de pacotilla tenga redaños para irrumpir en una mezquita y ciscarse en el “haram” y desde luego estoy convencido de que de perpetrarlo algún loco el escándalo mediático sería mayúsculo. Las Juventudes Socialistas publican aquí mismo estos días una publicidad del condón claramente blasfema y nadie les dice nada aunque yo me pregunto qué ocurriría si en la puerta de uno de esos centros de oración alguien convocara a una nueva Cruzada o si algún descerebrado injuriara al Corán en público. Dejo la respuesta al lector, ahora que aún estamos a tiempo al menos de plantear preguntas.

Complejo patrimonial

Habrá que llevar la cuenta de las ocasiones en que la Junta y otras Administraciones regidas por el PSOE le ceden locales a su partido para celebrar actos electorales en los próximos tiempos, tal como han venido haciendo –en ejercicio de ese claro complejo patrimonial de lo público que los embarga—desde siempre. De momento, al PP le han negado una sede en la Cartuja sevillana en la que el temido rival pretendía organizar una convención de alcaldes presidida por Rajoy. Habrá que llevar las cuentas, ya digo, aunque no se me oculta que para ello habrá que ser constantes. La ministra Calvo decía que lo público no era de nadie. Su partido parece que opina de manera distinta.