Rara impunidad

Leo: “La Junta ha estado pagando prejubilaciones de manera ilegal durante casi una década”. O esto otro: “Los consejeros Viera y Fernández firmaron en 2001 un convenio que permitía eludir la ley al adjudicar ayudas sociolaborales a empresas”. Y me pregunto estupefacto cómo es posible tanta impunidad, qué necesita la Justicia para sancionar a unos políticos presuntos responsables de acciones que hubieran dado con los huesos de cualquier ciudadano en la cárcel, y de paso, qué necesita el Poder político para reconocer sus propios abusos y pagar por ellos. La corrupción parece ya inseparable de la política. Que no se quejen aquellos a los que correspondería evitarlo.

Nombres propios

Pocas revoluciones de costumbres como la que desde hace unos decenios viene produciéndose en el ámbito de los nombre propios. Lo ha subrayado el humor haciendo befa y mofa de esas modas onomásticas, pero también se han ocupado del asunto sesudos intérpretes, adscritos lo mismo a la clínica que a la sociología, y conformes, por lo general, en considerar el fenómeno desde la inconsistente lógica de las modas. Una primera conclusión apunta al hecho de que la libre elección de los padres responde a la progresiva limitación del peso del factor tradicional en nuestras sociedades, pero todo sugiere que la causa de esa elección consiste en el deseo paternal de singularizar al niño, es decir, en la proyección de unos progenitores que tratarían de conferir al hijo –en un intento de claras connotaciones mágicas– virtudes y valores a través del propio nombre. Los estudios más respetables, conmocionados por el hecho de que apenas en cinco años en Francia se hayan registrado 160.00 Kevin e innumerables apelativos “bíblicos, retro o medievales”, coinciden en subrayar el hecho de que, si tradicionalmente eran las clases superiores las que introducían los nombres y las inferiores las que los imitaban, actualmente se vive la situación contraria, es decir, aquella en que la iniciativa ha pasado a ser ejercida por “los de abajo”, profundamente afectados por la propaganda mediática, especialmente por la yanqui. En Europa las nuevas leyes que regulan el registro civil han cedido ante esa presión dejando en manos de los padres un campo prácticamente ilimitado para la elección del nombre, su “confección” y hasta su invento. En Francia o Inglaterra hay ya miles de Ryan y Brandon, en España prolifera la nomenclatura del Antiguo Testamento alineada con la procedente de las series televisivas y en Bélgica consta que un “couple” culé ha impuesto a su hijo el nombre de “Barça”. A ver quién da más. Los diez nombres favoritos actuales suponen en Francia más de un cuarto de los registrados aunque se prevé que, en cosa de veinte años, ni uno solo de ellos andará ya en esos puestos. La moda es siempre voluble. La descerebrada mucho más.

 

Mucho dice este fenómeno, sin duda, sobre el carácter banal de la opinión, sobre las miserias de la demotización del criterio y, en especial, sobre el potente influjo de las propagandas. Y más aún sobre la psicología de una época abruptamente desasida del pasado, en la que los individuos buscan sin tino la identidad extraviada. Sólo los EEUU se salvan, de momento, de esta epidemia que invade una Europa tan temerariamente olvidada de su tradición.

Cumplida justicia

El enredo del jamón y la denuncia mahometana de un escolar de La Línea, han sido cortados en seco por la Fiscalía de Algeciras al decidir el archivo el caso “inmediato y sin más trámites” y declarar que “no existe el más mínimo indicio de ningún tipo de infracción penal” en el asunto. A otra cosa, pues, porque ya era demasiado grave esta historia como para, encima, haberse enredado en pleitos. Todo un ejemplo para los políticos (para algunos, muchos) incapaces de distinguir entre el respeto debido a cualquier ciudadano y los arbitrarios caprichos de un inmigrante sin adaptar. Hay otros muchos jamones que deberían tener el mismo destino. Como no lo tengan, ya tendremos nosotros tiempo de arrepentirnos.

La guerra pendiente

El general Videla, ese monstruo, tiene una hoja penal complicadísima. Fue juzgado y condenado en 1983, indultado por Menem en el 90, vuelto a encarcelar brevemente en el 98 y ha permanecido en cómoda prisión domiciliaria hasta el 2008 para ser condenado a perpetuidad antesdeayer, después de que hace unos meses la Justicia anulara el indulto famoso por considerarlo contrario a la Constitución. Videla no actuó sólo, por supuesto, pero ni siquiera podría decirse que ha vivido en solitario su experiencia posterior a la tiranía. Yo mismo recuerdo, como si las estuviera viendo, aquellas tertulias porteñas en las que, desde la derecha como desde la izquierda, se defendía con uñas y dientes la medida de perdón por aquello de que habían que mirar al futuro, y sería absurdo negar que aquel contradiós sólo fue posible por el apoyo tácito o ni siquiera tácito de algunos regímenes considerados democráticos. El Poder no quiere, por lo general, ajustes de cuenta, ni siquiera cuando estos se presentan como sosegados y circunscritos al ámbito judicial, por la sencilla razón de que jamás dejó de funcionar entre los poderosos un cierto gremialismo más propenso a cerrar los ojos y hacérnoslos cerrar que a echar sobre los infames el peso de la ley. Hoy Videla se va por fin a la cárcel, viejo y acabado, es cierto, pero terne hasta el punto de negarse a admitir su participación canalla en una guerra sucia que él insiste en ver como “una guerra justa que aún no ha acabado”. Han pasado casi treinta años, es cierto, lo que supone que ya no estarán para verse compensadas muchas de sus víctimas, los desaparecidos, los torturados, los asesinados o los raptados. Ni la pena más dura parece suficiente cuando se contempla con objetividad el paisaje moral de la degradación campando por sus respetos en un país. Mandar a la cárcel de por vida a un miserable como Videla no arregla nada, si bien se mira. Aunque sirva solamente, pero nada menos, para enderezar el fiel de la balanza.

 

No sé qué dirán ahora aquellos progres que defendían el indulto de Menem a principio de la década prodigiosa. Quizá hayan mudado la postura y ahora acepten la sentencia y justifiquen el castigo. Las que no estarán para nada, insisto, son las víctimas, por más que hayamos visto imágenes hasta la locura, películas estremecedoras, testimonios ruines hasta más no poder. A sus 85 años Videla no es ya nadie aunque siga siendo todo un símbolo cuya condena festejan no poco ingenuamente sus tenaces acusadores. Yo me acuerdo más de los que defendían el indulto, qué quieren que les diga, porque esos mismos pueden estar mañana ahí, nuevamente, defendiendo lo mismo en otra parte.

Meter el hombro

Ni una sola de las enmiendas propuestas por el PP ha sido aceptada por Griñán, empeñado en sacar adelante sus Presupuestos de la miseria con el pírrico apoyo de IU, su dócil socia eventual. Mucho reclamar colaboración, mayor insistencia en que “se arrime el hombro”, pero a la hora de la verdad queda claro, sin excepción, que el “régimen” no observa otra lógica que la de la exclusión, y por eso no acepta –ni siquiera en las circunstancias extremas en que nos encontramos—una mano ajena. Está visto que las peticiones de colaboración lanzadas desde el Poder no son más que simple y barata retórica.

La liga educativa

El Informe Pisa no deja de provocar reacciones aquí y allá, cábalas sobre el significado de éxitos y fracasos. Inquieta sobre todo la escalada de los países orientales y, muy concretamente, el apabullante triunfo de la enseñanza china y coreana que contrasta, para mayor paradoja, con el relativo declive de los prestigiosos sistemas escandinavos, un contraste del que algunos observadores han sacado la conclusión provisional de que la estricta disciplina y la exigencia máxima de aquellos lejanos modelos acaba desplazando a esos otros basados en el paradigma ultraliberal. Expertos en la materia nos informan de que en ellos tal exigencia se concreta, aparte de un férreo imperativo de respeto, en la auténtica carrera de obstáculos que suponen las sucesivas reválidas exigidas a los estudiantes para pasar de un nivel al siguiente, así como el rigor y la intensidad de un aprendizaje cuyo resultado parece ser un alumno cumplido y sabedor pero escaso de fantasía. Un responsable chino descubre en un medio local que el éxito de su país a los ojos de los expertos del PISA no se debe más que al hecho de que el PISA es básicamente un test y los escolares chinos son adiestrados desde el comienzo de su aprendizaje en el conocimiento de esas técnicas  que suelen dominar, y opone ese hecho al muy significativo de que, sometidos a otras pruebas más libres, los alumnos chinos se muestran sumamente expertos en cálculo pero apenas alcanzan un nivel medianejo en innovación. Al contrario de lo que parece sugerir la situación en los países occidentales más desarrollados, los orientales están preparando hornadas de escolares informados de muchas cosas pero carentes de la imprescindible imaginación. Es probablemente el resultado de aplicar un sistema exigente y riguroso frente a los ensayos de liberalización progresiva de la pedagogía. Toda luna jubilosa tiene, al parecer, su cara oculta y oscura.

 

Es pronto para decidir, pero no parece impropio plantear al menos la posibilidad de que a lo que estemos asistiendo no sea más que al ocaso de la utopía libertaria que va desde Ivan Illich a la LOGSE y que ha tratado de arrinconar la pedagogía disciplinaria para sustituirla por una docencia orientada a la autarquía. Chinos y suecos –y españoles, por descontado—no tienen más que lo que se han buscado, cada cual con su cuenta y razón, desde sus respectivos designios políticos. Pero ahí sigue la vieja tensión entre esas dos viejas concepciones de la enseñanza como un pulso inútil e incapaz de vislumbrar siquiera un esquema intermedio. Las sociedades suelen equivocarse a través de sus políticos por más que las consecuencias las paguen luego los propios equivocados.