Sólo para hombres

A medida que se sublima la odisea de los mineros chilenos que permanecieron enterrados en vida durante tanto tiempo, vamos enterándonos de algunas particularidades del caso que no dejan de ser interesantes, como el hecho de que, ya la autoridad ya las propias familias, les hayan estado suministrando para aliviar su angustia durante el encierro porros de hachis, o de que ellos mismos reclamaran el envío de muñecas inflables con que mitigar sus ardores. Esto último no les fue facilitado pero no por ningún motivo o consideración moral o estética sino, sencillamente, porque no se disponía más que un número limitado de esos artefactos y era de temer que ello desatara en lo profundo la guerra entre los machos en celo. Por su parte, las autoridades penitenciarias francesas han denegado la petición de un grupo de reclusas para que se aceptara la oferta de una empresa del ramo de proporcionar mil “sextoys” o juguetes sexuales para festejar el día de san Valentín, y lo han hecho con el argumento de que ese tipo de accesorios pertenecen a la “esfera privada” y que la Administración “no tiene por vocación” invadir aquella proporcionando objetos semejantes y con semejantes finalidades. A ambos, hombres y mujeres, se les han negado la oportunidad de desfogarse íntimamente sin salir de sus respectivos infiernos, pero –nótese la diferencia—a unos simplemente por no disponer de suficientes recursos, mientras que a las otras, sin mayores motivos que la lógica administrativa. Nadie se ha extrañado de la “necesidad” masculina esgrimida por los mineros, mientras que la sequedad de la respuesta dada a las presas parece sugerir una ínfima valoración de esos anhelos que no veo razón para considerar menos precisos o urgentes que los de los otros enterrados en vida. El placer no es ningún derecho, evidentemente, pero mucho menos para las mujeres que para los hombres, los cuales, al fin y al cabo, han logrado hacer de él un signo de identidad.

Se ve que para muchos, como para Flaubert, ese placer sigue siendo no más que una “palabra obscena” pero, en cualquier caso, un concepto dudoso que lo es menos en el varón que en la hembra, a la vista está. Nadie cuestiona la insatisfacción o el deseo de los machos que no se mide, evidentemente, con el de las hembras, a pesar del éxito literario del mito de su lubricidad, un clásico de todas las literaturas incluida la sagrada. Una vividora como Colette, que sabía de lo que hablaba, dejó dicho que el vicio no es más que el mal cuando se hace sin placer. Los funcionarios de los que hablamos parecen haberle dado la vuelta a tan alta filosofía.

Los proactivos

Dos consejeros/as, por lo menos, han sacado a relucir ese palabro, “proactivo”, para calificar la actitud de la Junta en el escándalo de los EREs. Pero ni “proactivo” significa nada en español (consulten el DRAE) ni lo que intenta sugerirse con su uso parece confirmado por los hechos, sino todo lo contrario, pues no parece cierto que la Junta se fuera antes que nadie a la Justicia sino que lo hizo una vez que otros se le habían adelantado. Se comprende tanto desconcierto verbal en función del que padecen ante unas evidencias que cada día que pasa resultan más aplastantes. Nunca la autonomía conoció un negocio sucio de esta envergadura. Eso se puede decir ya aunque el baile, probablemente, no haya hecho más que empezar.

La honra olímpica

Crece la polémica en torno al esperpento organizado por autoridades y federaciones en torno al solomillo con clembuterol que parece ser que devoró con inocencia el campeonísimo Contador. Es más, en pocas ocasiones las cosas de España, por decirlo como lo diría Richard Ford hace casi dos siglos, han suscitado tanto interés ni reacción tan viva en nuestros vecinos y socios europeos, unánimes casi al entender que la intervención de nuestros poderes públicos en la polémica reyerta federativa –el presidente del Gobierno, el jefe de la Oposición, el presidente de la Audiencia Nacional…– resulta impropia en una sociedad democrática para la que, por lo que vemos y oímos, sería más grave esa “negligencia no significativa” que supone zamparse un solomillo sin analizarlo antes (¡) que tantos ruborizantes escándalos como se están viviendo por ahí. El problema no es tanto el que plantea el caso de Contador –es obvio que tendrán que actualizar esa normativa marciana—sino el hecho mismo de que un episodio deportivo sea capaz de provocar semejante movilización. Aunque bien es cierto que el deporte se ha instalado ya con tanta firmeza en nuestras arruinadas sociedades que un reciente estudio realizado en la universidad Carlos III de Madrid, teniendo en consideración el gasto gubernamental en relación con el éxito obtenido, calcula en cuarenta millones de euros lo que a cada país le cuesta una medalla de oro conquistada en una Olimpiada. En la Europa abrumada por el paro, ni las cuitas del euro, ni la fractura política que revela el desprestigio de los representantes, ni las supinas miserias de Berlusconi parecen provocar una respuesta tan acordada y enérgica como la que ha merecido el explicable apoyo español a un campeón propio arrastrado de una manera tan absurda. Pocas veces hemos visto desvelar tan claramente, desde dentro y desde fuera, la imagen de una honra nacional, ciertamente, digna de mejor causa.

 

No hay que olvidar la pujanza del negocio deportivo, uno de los pocos sectores que pueden permitirse mantener la suntuosidad e incluso el despilfarro en plena crisis, frente a las gurumías generalizadas que vive un país en almoneda, con las pensiones congeladas, los sueldos reducidos y más de cuatro millones de parados en el banquillo. Porque esa grave inversión en el deporte no es privativa de España, por supuesto, sino que afecta a los demás tanto o más que a nuestro país y estos montajes económicos necesitan coartadas ideológicas eficaces como ésa que consiste en situar la honrilla deportiva en el centro de la axiología. En la antigüedad clásica la competición era capaz de detener las guerras. Hoy parece en condiciones incluso de provocarlas.

Ni luz ni taquígrafos

Es fácil comprender que el presidente Griñán haga el ridículo descalificando la figura de la comisión parlamentaria de investigación como un artefacto que “sólo sirve para difamar con inmunidad”. Él no puede hacer otra cosa, eso es evidente, atrapado en ese diabólico laberinto de las prejubilaciones falsas y el saqueo de los fondos correspondientes, en el que no tiene más remedio que estar contaminado por activa o por pasiva. Pero cegar esa vía parlamentaria es un abuso antidemocrático elemental y supone, además, un desprecio de primera categoría al propio Parlamento. Griñán no sabe cómo escapar en esta encrucijada. Desgraciadamente, no se le puede pedir más por más que su actitud suponga todo un fracaso del sistema de libertades.

Ojo por ojo

Un pastor protestante fue asesinado hace poco, en pleno día y de cinco tiros a bocajarro, en un mercado albanés. La causa no era otra que vengar en él el crimen cometido, al parecer, por un tío suyo hace cinco años, y el fundamento legal, el que ampara el “kanun” –especie de código penal consuetudinario aún vigente en países como la propia Albania, Macedonia, Kosovo o Montenegro—en el que se determina la responsabilidad vitalicia de cualquier varón –las mujeres, por lo visto, no “merecen” siquiera la venganza— por los actos de sus allegados. Una vieja historia, como sabemos, la del código de Hammurabi, ésa que la Biblia (Éxodo, 21, 23 y s.s.) detalla de manera prolija: “Cuando haya lesiones, las pagarás: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, cardenal por cardenal”. Así de terrible, pero vigente en plena modernidad, con el agravante de que se incluye en el precepto a adolescentes e incluso a niños, y que su plazo de vigencia es de siete generaciones. Su han organizado demostraciones varias, casi todas promovidas por organizaciones cristianas, empeñadas sobre todo en desmentir la idea desdramatizadora de que se trata de una reliquia primitivista sólo conservada en el formol ignaro de las tribus del norte y las clases ínfimas del país, aunque, en realidad, es un código que rige en todos los estamentos y niveles. El pastor muerto había pagado incluso un rescate por medio de su familia pero ni esa humillante actitud le ha librado de la venganza, ese placer que a Leopardi le parecía tan sublime que, con tal de ejercerlo, hasta podía desearse la injuria. Nada más entrañado en la baja humanidad y menos susceptible de superación. El problema está en que semejante actitud ha podido funcionar en sociedades aisladas en su propio atraso pero resulta incompatible desde el punto de vista de una convivencia europea.

 

¿O es compatible mantener de socios a países en los que sigue rigiendo a rajatabla esa moral bárbara y ese derecho primitivo? Entre las complejidades que se le plantean a nuestro proyecto europeo no es la menor ésta de acomodar los usos y costumbres de ciertas naciones hasta ahora marginales al concierto psíquico y, por supuesto, normativo, de la unidad superior. La distancia de hecho que aún separa a esas naciones de lo que pretende ser esta gran alianza no es sólo económica, obviamente, sino simplemente de orden psíquico. Un país en el que hay cientos de hombres encerrados en casa a cal y canto porque los persiguen los vengadores no tiene sitio en Europa si no es a riesgo de desmantelar cuanto ésta significa para la esperanza del progreso.

Las malas formas

En el último pleno del Parlamento andaluz se pudieron oír graves expresiones de insulto –“sinvergüenza” y “cabrón” llamaron, respectivamente, el portavoz Jiménez y secretario del PSOE sevillano, Viera, al representante del PP– y hasta a punto se estuvo de pasar de las palabras a los hechos. ¿Acabará este estado de nervios por provocar un parlamentarismo púgil como el que tantas veces escandalizó en ciertas Cámaras orientales? Mucha gente se pregunta para qué está esa Presidenta impertérrita que ni se inmuta ante estos nuevos bárbaros. Puede que cuando se quiera reaccionar ya sea tarde para evitar la bronca.