Cortinas de humo

Hacen mal quienes lanzan la cortina de humo de los viejos EREs de la cuenca minera onubense con la intención de neutralizar al PP al implicarlo en los mismos, porque aquellas maniobras fueron pactadas entre PSOE, PP y sindicatos mayoritarios para evitar el síncope de toda una comarca, mientras que los ahora descubiertos constituyen una práctica ilegal y secreta de la Junta. El PSOE no sabe cómo despejar este proceloso asunto, el más grave de la autonomía, probablemente, pero no gana nada tratando de embarrar el terreno de juego porque, a estas alturas, ese partido no tiene más remedio que celebrarse ya, le guste o no. Enterrar este gigantesco fraude sería, en todo caso, como legitimar una política transgresora si es que no delincuente.

Sueños de enfermo

Un senado elegido por el propio Colegio de Arquitectos sevillano acaba de hacer un llamamiento reclamando el retorno a “un cierto clasicismo”. Se quejan los senadores de las tendencias actuales en las que ven “un modelo de arquitectura que sólo busca hacer negocio y que, en realidad nos conduce a la ruina”, teoría que exponen como colofón a sus críticas abiertas a las novedades que esta temporada se andan materializando en la capital andaluza, y en especial a un célebre mamarracho, económicamente prohibitivo, que se construye más que nada por una cuestión de redaños en la que ha implicado los suyos el señor alcalde. Ante todo me ha llamado la atención el discreto calificativo –ese “cierto” relativizador—con que atenúan su demanda, aunque el propio recurso al concepto de “clasicismo” no deje de resultar tan elocuente como discutible. Por supuesto que este incidente no es sino uno más en la inacabable polémica entre “clásicos” y “modernos”, porque a lo que se refieren esos maestros es a esos cánones intemporales cada día más desplazados por el prurito vanguardista. Vieja polémica entrillada entre la pulla de Duchamp sobre los peligros del “buen gusto” y la advertencia de Apollinaire de que vamos (y ya ha llovido desde que lo dijo) hacia un arte tan nuevo que acabará siendo respecto al clásico lo que la pintura es a la literatura. Relean a Horacio cuando compara la estimativa del irrealismo a los “sueños de un enfermo” (Ad Pisones, II, 3) y describe el esperpento que supondría algo tan actual como unir una cabeza humana a un cuello de caballo, para comprender que esta polémica no la han inventado los marchantes ni los divinos de la Bienal veneciana. No iba muy descaminado Lobstein cuando vaticinaba que el arte acabaría desembocando en la publicidad.

 

Ya sabemos que esa batalla está semiperdida de antemano frente a la evolución de un gusto público que siempre fue marcado por el privado de los creadores.  El producto del arte acaba en mercancía en una lonja en la que, encima, a una clientela sin alternativa le es forzoso consumir la oferta disponible. Y por eso precisamente llama la atención una llamada al criterio “clásico” aunque sea templada por ese adjetivo componedor, que hacen unos profesionales no sin cierto acento apocalíptico que tiene todas las papeletas para perder este nuevo pulso. Siempre que revisito el palacete de la Guggenheim en Venecia recuerdo que Max Jacob, cuando era su novio, sostenía que el arte es un juego en el que es vano intento tratar de introducir la idea de deber. ¡Un cierto clasicismo! Me temo que estos médicos del alma no verán revivir al desahuciado ni lograrán cobrar su minuta.

La Real gana

El Servicio Andaluz de Salud (o sea ustedes y nadie más) deberá indemnizar  con 120.000 euros a una facultativa por el acoso a que fue sometida por denunciar que las listas de espera estaban manipuladas para salir del paso políticamente. Por otra parte, ahí tienen el cierre de filas de ese cortijo en torno a la cuñada de su gerente, designada a dedo, de la manera más arbitraria, por la casta dominante y con todas las bendiciones precisas. ¿Responsabilidades? Pues ninguna, como de costumbre, que poco sentido tiene exigirlas en un cortijo. Aquí hacen los que mandan cuanto les viene en gana y a otra cosa. Por eso quizá las encuestas detectan cada día más convencidos de que la única reforma posible es un relevo político completo. Tanto la ingenuidad como la apatía ciudadana tienen un límite.

La cabra de Gadafi

No sabemos con claridad qué está ocurriendo en Libia. Sabemos de buena fuente que las víctimas de la represión del “régimen” son incontables, una auténtica matanza. Y si no se confirma el rumor de que Gadafi –treinta y un años en el poder—haya huido, parece evidente lo hasta antier impensable: que el “régimen” se desploma. Gadafi es un hombre raro, sin duda carismático, que fue capaz de llevar a su pueblo y al ámbito árabe en general la ilusión de un modelo político independiente y populista, para evolucionar luego hacia la satrapía, caer en la infamia del terrorismo internacional, soportar la alevosa invasión americana y, finalmente, verse reconvertido en el aliado del mismo Occidente. Un tipo que ha sabido hacer de la extravagancia un signo del carisma hasta el punto de imponer a sus huéspedes occidentales su famosa tienda, su camello y su exclusiva guardia de doscientas vírgenes. Allá por los primeros 70, en plena Transición, fue a verlo a Trípoli una delegación andalucista encabezada por Rojas-Marcos y Gadafi la hizo esperar varios días recluida en su hotel mientras él permanecía en el desierto a solas con su Biblia y su cabra, con la que tal vez hablara a solas como ahora recomienda otro Rojas-Marcos, Luis, que ve en el soliloquio un saludable recurso para los espíritus abrumados. Una rara convención ha hecho que la izquierda y la derecha lo hayan apoyado, hasta que de pronto ha mostrado su verdadero perfil liquidando la insurgencia con tiros a la cabeza y tiros a la barriga. Aunque no sé por qué hemos esperado tanto conociendo lo del atentado de Lockerville. Aquí no se libra casi nadie de tan triste responsabilidad.

Ya veremos en que acaba la función pero su hijo –otro heredero republicano—ya ha amenazado nada menos que con una guerra civil y éste, que sepamos, no gasta ya cabra ni se aísla en el desierto sino que se mueve por Europa como pez en el agua con la chequera a mano, mimado por nuestros pedigüeños. Ni idea tenemos de lo que se está cociendo en esa vasta zona, hasta el punto de que prospera la teoría medrosa de que más valen los tiranos conocidos que los ayatolás por conocer. La arenga del imán nos rebrinca más que el diálogo de Gadafi con su cabra. ¿O es que tiene sentido jugarnos los cuartos a la temible carta tapada? Ya digo que ni idea. Aparte de que quienes hoy condenan la fusilada de Gadafi son los mismos que lo han invitado a acampar en sus jardines. Un hombre que habla con una cabra no deja de ser una garantía de estabilidad visto desde la civilización. Sus cómplices occidentales lo han sabido siempre.

De mal en peor

Nos enteramos de que no sólo la Intervención había denunciado reiteradamente la ilegalidad de los procedimientos seguidos por la Junta desde Empleo sino que la Inspección de Trabajo también levantó esa liebre sin el menor resultado. La Junta no sólo ha actuado saltándose las normas sino que ha saltado sin problemas sobre los órganos legales de control, a los que se ha pasado por el forro. Y eso es demasiado para echárselo a las espaldas en exclusiva a un director general, sobre todo teniendo en cuenta el montante de semejante estrategia defraudadora. Es natural que Griñán huya como gato escaldado de una comisión investigadora pero, muy probablemente, tampoco le va a resultar fácil escapar sin ella.

No somos nadie

El incidente diplomático provocado por la expulsión de dos relevantes diplomáticos de la embajada de Moscú como respuesta a las medida adoptadas por nuestro Gobierno con los espías descubiertos aquí pocos antes, ha servido para demostrar el peso escasísimo que España mantiene hoy en el ámbito internacional. Pero ese incidente es poca cosa comparado con el derivado de la detención en Teherán de nuestro cónsul, un “hecho muy grave e inaceptable” según la propia ministra, por el que, sin embargo, ni siquiera se va llamar a consultas al embajador mientras que países como Francia protestan de modo espontáneo ante lo que constituye una flagrante violación de las reglas imprescindibles que hacen posible el servicio diplomático. Poco queda del prestigio que nuestro país fue adquiriendo en los años del aznarato, a pesar de que su atlantismo militante no facilitara nuestro ascenso en Europa, y es de temer que la cosa vaya a peor a medida que estas defecciones fomenten una imagen de debilidad que nada va a ayudarnos por ahí fuera, en especial, en esos países aferrados en exceso a su autoestima para los que cualquier gesto débil se convierte en ocasión para imponer trágalas. La realidad es que hemos pasado de figurar entre los países dirigentes del planeta a ser un país que se rebaja a tratar benévolo con los tiranos o que tolera que le secuestren un cónsul durante horas sin motivos que es lo que ha ocurrido en Teherán por más que el encogido Gobierno prefiera disimular los hechos y pasar página. Alejados de Europa por la crisis económica y liquidada nuestra posición preferente en las grandes potencias, representamos cada día menos en esa esfera internacional en la que ya un país como Irán se permite ultrajarnos ante el silencio y disimulo de una autoridad timorata. No somos casi nadie y menos que vamos a ser a este paso, aunque algunos países extranjeros –más que nada por el grave significado de los hechos—todavía nos hagan el trabajo diplomático.

A la actual ministra la llaman algunos colegas con un diminutivo familiar, ignoro si por mera simpatía o acaso porque conozcan la desconcertante circunstancia de que haya llegado a encabezar la jerarquía diplomática tras fracasar reiteradamente en esa exclusiva Carrera que, al parecer, hubo de abandonar aburrida. Pero sea por lo que fuere, es evidente el decaimiento de una política exterior que ha malbaratado en bien poco tiempo el prestigio adquirido. No tener redaños ni para exigir una explicación a actos despectivos como los mencionados es la mejor garantía de convertirnos en un país menor al que grandes y chicos toman ya por el pito de un sereno.