Más difícil todavía

El negocio de las prejubilaciones ilegales perpetradas entre el Ayuntamiento de Sevilla y la consejería de Empleo de la Junta –casi 700 millones de euros para pagar subvenciones y ayudas al margen de la Ley—es de lo peor hasta ahora descubierto en la saga de las corrupciones, y del proceso judicial en marcha pueden derivarse sanciones que habrían de recaer sobre algunos primeros espadas del partido en el poder. Extraña sobremanera el silencio de Griñán –inspector de Trabajo, hay que repetirlo—ante esta estafa en toda regla. Presidente de la Junta y secretario general de su partido, si lo prolonga deberá soportar sin derecho a protesta las peores sospechas.

Libertad religiosa

Están ocurriendo incidentes llamativos en este país que, en tanto no se demuestre lo contario, sigue siendo de mayoría católica. Como aquel en que un espontáneo dio pie a un choque con el oficiante de una misa tras haber pisoteado la hostia consagrada que acababa de recibir. O como el incendio frustrado de una iglesia de Majadahonda a la que primero atentaron colocando artefactos incendiarios que hubieron de desactivar los Tedax, y cuya puerta incendiaron luego tras la Misa del Gallo. O como la inconcebible decisión de la Universidad barcelonesa de suspender las misas celebradas en su recinto en función de un convenio vigente, “en tanto no se tengan garantías de seguridad” para los profesores y estudiantes que asistan al culto. Todo muy rancio, muy “frentepopulista” en el peor de los sentidos, es decir, en ése que hoy lamenta mucha gente de la propia izquierda poco dispuesta a permanecer encaramada en el guindo. Anden, vayan a una madrasa islámica y fuercen a la autoridad académica a contratar seguridad privada para preservar el derecho de todos a la libertad religiosa: verán lo que les espera. Aquí, por el contrario, esa autoridad ni siquiera se molesta en abrir expedientes a los reventadores (el 15 de diciembre, por ejemplo, un grupo de estudiantes “reventó” por las bravas una celebración sin que se conozca medida alguna contra ellos) aunque, todo hay que decirlo, discurra medidas tales como la de interponer una puerta en el pasillo que conduce a la capilla para impedir el paso de los vándalos. Con un tufo del peor Lerroux, como un inconcebible legado de eso que se suele llamar el “republicanismo histórico”, con vaharadas de tumulto incendiario y sugestión de profanaciones sacrílegas. Algo que cuesta entender hoy en la universidad española, incluso después de las aviesas campañas propiciadas desde el Poder. Vientos y tempestades. Que estas cosas pasen como meras y efímeras noticias es un mal síntoma. Convendría releer la crónica de nuestra anterior tragedia.

Hay quien acusa a la jerarquía católica española de mantener un integrismo inconveniente y anacrónico, y no seré yo quien discuta esa cuestión. Pero lo que está claro es que desde la acera de enfrente y sin motivo de consideración que lo justifique, lo que sí hay que lamentar es ese integrismo radical, fanático en su esencia, que agudiza a ojos vista su ofensiva anticlerical y antireligiosa, como si los derechos fundamentales pudieran perjudicarse o incluso hacer imposible su ejercicio. Probablemente no haya hoy en España manifestación ideológica más rancia ni síntoma más inquietante para una democracia que tiene que ser de todos.

Más en menos

Acaso ningún gobernante ha logrado, como Griñán, acumular más descrédito en menos tiempo. Algo que debe imputarse a la debacle generalizada que vive su partido y, con él, sus instituciones, más que a él mismo, en quien no pocos depositamos en su día unas esperanzas que se están demostrando vanas. Porque es verdad que Griñán está cometiendo errores colosales desde que llegó, pero sería impropio no recordar los que se perpetraron antes de su llegada. Lo que nadie esperaba, eso sí, es su apatía, esa suerte de atolondramiento que lo hace aparecer como un pasmarote ante una situación límite. Quienes dijimos que era lo menos malo que quedaba, nos vemos hoy en un brete difícil.

La prueba del robo

Un cuadrito de Degas pintado a comienzos de la tercera década del XIX, representando dos cabezas femeninas, ha sido devuelto por las aduanas yanquis a su país de origen 37 años después de haber sido robado del museo del Havre en el que se exhibía como préstamo del Louvre. Lo ha entregado voluntariamente su “propietario, una vez descubierta la pieza en el catálogo de Sotheby en el que se anunciaba su subasta. El negocio del mangazo de arte es tan productivo y diligente que hay ya por el mundo, además de los ficheros policiales como el que confecciona la Interpol (y en el que no figuraba el Degas perdido, ojo), otros tan importantes como el Art Loss Register, pero como puede comprobarse toda precaución resulta insuficiente frente a los mangantes dada la envergadura del negocio y la sofisticación de su estudiada opacidad. La riqueza tiende a la exclusividad y el negocio del robo de arte tienen en esa característica su razón de ser porque es evidente que, sin compradores, los asaltos artísticos serían apenas  incidentes aislados cuando no ocurrencias de majaretas. Eso sí, se roba de todo, es decir, se atribuye valor a un amplio espectro de los museable, como lo prueba que en los últimos tiempos hayan sido devueltos por aquellos servicios americanos lo mismo unas cabezas de Budas afanadas en Camboya que unos huevos de dinosaurios desparecidos de algún museo chino o incluso un sarcófago sacado de matute de los depósitos egipcios. Lo único que está a buen recaudo por su propia naturaleza son las “performances” con que trata de confundirnos una vanguardia que pretende hacer de la excentricidad un valor en sí mismo. ¿Quién compraría en el mercado negro una vaca en formol, un Cristo erecto o la réplica de un ser humano o de un perro ahorcado? Pues nadie, por lo que se ve. Los ladrones saben muy bien que su negocio está en los museos consagrados o en los santuarios privados y no en las bienales.

 

El Degas ahora recuperado fue cortado y extraído de su marco sin contemplaciones y a plena luz, lo que una vez más sugiere la posibilidad de que, en poco tiempo, los fondos de nuestros museos hayan de ser protegidos hasta el blindaje o, como se ha llegado a sugerir, incluso sustituidos por copias exactas que la reprografía actual tal vez permitiera mejorar casi hasta la perfección. Y estoy pensando, no sin un estremecimiento de nostalgia anticipada, en “El museo imaginario” descrito y vaticinado por André Malraux, concepto que las circunstancias podrían acabar imponiendo. Quién sabe si esa doble delincuencia conseguirá librar al arte de su fabulosa e inexplicable servidumbre económica.

Pulso sin sentido

La rebelión de los funcionarios es ya indisimulable y sus consecuencias, malas sin remedio. Que se hayan echado a la calle es ya no poco insólito y que estén mostrando tanta constancia permite confiar en que de este brete salga, de manera paradójica, una profesión más consciente de la necesidad de su independencia. Por graves que puedan ser los intereses particulares en juego, Griñán se equivoca al mantener este pulso que no puede acabar bien y que, en cualquier caso, ya ha averiado, quien sabe si irremediablemente, una relación –la que tiene que darse entre la Función Pública y la Política—en términos difíciles de restaurar. Ayer sábado se vio en la calle. Lo malo será cuando se vea en las oficinas.

El sueño ilustrado

El dictador chino, HuJintao, ha dicho a Obama, durante su visita a EEUU, que en su país se están haciendo grandes progresos en materia de derechos humanos, pero que en esa delicada cuestión no está dispuesto a admitir consejos y menos a soportar presiones. Lógico, teniendo en cuenta que se trata de una potencia que le presta al Imperio americano, según se dice, la estupefaciente cifra de dos mil millones de dólares diarios y a la que nadie le discute hoy por hoy ser la única en el mundo que puede compartir su hegemonía. Los derechos humanos, los del hombre y el ciudadano, como decían los revolucionarios franceses, aquellos universales, igualitarios, inherentes a la persona, irrevocables, inalienables, intrasmisibles e irrenunciables, tienen poco sentido en un inmenso hormiguero donde la inmensa mayoría de la población sobrevive en las orillas de un sistema que, es cierto, crece a un ritmo desaforado sobre la base de una inmensa miseria y de una sumisión férrea. Lo que Hu quiere decir (y dice) es que vale lo que se quiera en esta materia salvo postular, como hacen los clásicos del sueño ilustrado, que tales derechos no dependen de factores particulares incluyendo la nacionalidad, sino que son, eso, universales, por su propia naturaleza y no por gracia de poder alguno. ¿Y quién le lleva la contraria a un tío que te presta dos mil millones de dólares diarios, a ver, díganme? Viendo las acrobacias dialécticas de Obama nos turba la idea de que el auge chino puede ser la piedra que acabe destrozando el tejado de cristal de la vieja construcción iusnaturalista y, en consecuencia, el factor que propicie una marcha atrás en ese reconocimiento jurídico en el que veníamos creyendo a pies juntilla que culminaba el impulso moral de una civilización, la occidental,  a la que consideramos única. Dos mil millones de dólares diarios es mucho dinero. Se comprende que Obama haya tenido que mirar para otra parte y aceptar la exigencia del acreedor.

 

Entre unas cosas y otras, la verdad es que estamos asistiendo a un ocaso lento pero certísimo de aquellos progresos que ingenuamente llegamos a creer definitivos en un mundo en el que como, sobrado de sentido positivista, pesaba Henry de Montherlant, el derecho, al fin y a al cabo, no es más que el juicio de valor que una parte trata de imponer a otra menos fuerte que ella. Y por parte de Obama sería temerario creerse más fuerte que un país que, por más que vulnere los derechos de sus súbditos, crece a paso de carga y que te presta dos mil millones de dólares cada día que pasa. Paine no entendería nada y a Jefferson se le caería la cara de vergüenza pero, simplemente, Obama no es ninguno de esos dos.