Panacea contable

La factura falsa se ha convertido, por lo visto, en la panacea contable que permite a los políticos sin escrúpulos hacer de nuestra capa un sayo propio. Las hay en el mismísimo Ayuntamiento de Sevilla, las hay, según dicen, en el de Baeza, las hay, de creer al sumario instruido, en El Egido, y ya a escala cutre –para pagar una mariscada de tres ediles– hasta se han denunciado en Valverde del Camino. No esperen mayores recursos, confórmense con ese expediente innoble que es la factura falsa, la “obra fantasma” o ambas cosas a la vez, y estén seguros de que circulan en muchos sitios aparte de los citados. La democracia ha puesto contra las cuerdas a la intervención tradicional y eliminado los controles de la forma más elemental que pueda imaginarse.

Vuelven los bonzos

La Humanidad debe de estar ya cansada en exceso. Lo vimos el otro día en la escalofriante escena del vendedor ambulante que se inmoló en Túnez quemándose a lo bonzo, una imagen que ha desatado una larga cola de imitaciones tan escalofriantes como difíciles de entender. El sábado pasado trató que quemarse un joven en el mismo Arco del Triunfo parisino aunque la policía acabara impidiendo su propósito, pero menos suerte tuvo un adolescente marsellés que convalece ahora de las graves quemaduras sufridas. La ola de imitadores alcanza desde El Cairo, donde se tientan la ropa a la sombra de los servicios de inteligencia occidentales, hasta Marruecos, Argelia o Mauritania, cada cual con sus suicidas correspondientes, una epidemia rara pues todo indica que sus víctimas/protagonistas responden a cierta sugestión integrista islámica a pesar de que el suicidio choca frontalmente con la prohibición coránica. En Occidente, y al margen de las excepciones referidas, que no dejan de ser anecdóticas si bien se mira, contemplamos el espectáculo con la ilusión de la lejanía y sin una idea clara de sus causas profundas, pero parece evidente que un conflicto hondo y agudo se está produciendo en la entraña del mundo islámico y, en especial, en la franja magrebí, un conflicto que seguramente expresa el disgusto radical de sus poblaciones con unos regímenes abusivos sin excepción, en los que las mínimas libertades hoy imprescindibles en la aldea global apenas son respetadas. No se quema uno vivo así como así ni se implica en una causa política poniendo por medio la propia vida si no es impulsado por motivos realmente básicos y menos recurriendo a ese ritual extremo que en el que los desesperados parecen querer dejarnos la evidencia de su deseo de desaparecer hasta la ceniza. Porque el suicidio, más allá de la sugestión de las modas, es una decisión inexplicable sin una causa abrumadora. El romanticismo a lo Kafka, la visión de la vida como un permanente ejercicio de renuncia a la propia muerte, concierne en exclusiva al psiquiatra. Achacarlo a la lucidez tiene tan poco sentido como endosárselo a la cobardía.

 

Claro que hay algo en este fenómeno que desborda la psicología y exige la reflexión sociopolítica, algo que nos fuerza a preguntarnos por la causa de esa sorprendente respuesta que es la autoinmolación, y que sin duda apunta a la insufrible homogeneidad que los regímenes postcoloniales han impuesto en esa vasta zona. No se quema uno vivo así como así, insisto, ni se concibe el martirio voluntario sin una grave causa. Nuestras presumidas democracias tendrían que asomarse sin remilgos a ese macabro plató y entreabrir los ojos para tratar de comprender a tanto desgraciado.

Sigue la fiesta

Lo que ha revelado el sumario del “caso Poniente” no es más que lo se esperaba: que el Ayuntamiento de El Egido fue saqueado de modo sistemático por un grupo que manejaba una eficaz trama. Y sin embargo, el alcalde, tras salir de la cárcel, ahí está bajo los focos anunciando que piensa seguir adelante con los faroles, apoyado por un PSOE que funciona como socio suyo a cambio de conservar el chollo de la Diputación de Almería. En Sevilla, prejubilaciones ilegales, en Baeza, facturas falsas, más allá ventas ilegales de terrenos… No es extraño que los españoles vean en su clase política un obstáculo principal para la regeneración.

Ojos cerrados

Un párroco de los Abruzzos, Dom Aldo Antonelli, ha  decidido renunciar finalmente a su anunciado proyecto de mantener una “huelga de misas” en protesta por el silencio, “cómplice” a su juicio”, que la jerarquía eclesiástica mantiene en torno al repugnante escándalo proporcionado por el primer ministro Berlusconi, ese menorero sin escrúpulos que, sin embargo, no poco paradójicamente, ha aumentado su expectativa de voto desde diciembre pasado más o menos en cinco puntos. El párroco, como algunos medios católicos (Famiglia Christiana o Avvenire), entienden que el lenguaje empleado por la jerarquía –incluidos el cardenal Bertoni y el propio Pontífice—resulta tan insuficiente que sugiere una connivencia que los más pragmáticos atribuyen al compromiso adquirido con un Gobierno que ha garantizado, a cambio, el parón indefinido a la cuestión de los matrimonios homo, una pródiga financiación de la escuela religiosa y grandes rigores en materia de bioética. Pero sea lo que fuere, la verdad es que resulta insostenible esa política de paños calientes frente a un caso de corrupción moral que desborda con mucho lo tolerable por cualquier moral social y, muy especialmente, por una moral sexual tan estricta por lo común como lo es la católica, aparte de que constituya un disparate inasumible para la opinión pública en general. Una cosa es la vida íntima de los gobernantes (la de Mitterand y tantos otros ofrecen ejemplos señeros de permisividad por parte de esa opinión) y otra muy diferente el escándalo sistemático de un obseso despreciable que empieza a ser rechazado ya incluso por los tolerantes italianos. No se puede actuar como un cerdo en la vida pública pero tampoco cerrar los ojos ante ese espectáculo por parte de quienes reclaman la consideración de referente moral. El párroco Antonelli ha colgado en la puerta de su templo, entra las necrológicas, un tremendo aviso: “Duelo por el país humillado por un primer ministro y por su Iglesia cómplice”. Seguro que no está solo en su protesta.

 

Es tan difícil prever cómo terminará la lamentable aventura de Berlusconi como obvio que su mantenimiento se debe a la ausencia de una oposición que merezca ese nombre en un país que no se ha recuperado del fracaso de su clásico bipartidismo. Lo único claro es que ningún país decente puede soportar el peso de la desvergüenza y del oprobio sin pagar a cambio un fuerte peaje de desmoralización, y que la ambigüedad crítica no es aceptable cuando anden por medio valores que deben ser considerados innegociables, especialmente por una severa Iglesia cuyo peso electoral es proverbial. Van a terminar echando de menos a Don Camilo y a Pepone.

Más difícil todavía

El negocio de las prejubilaciones ilegales perpetradas entre el Ayuntamiento de Sevilla y la consejería de Empleo de la Junta –casi 700 millones de euros para pagar subvenciones y ayudas al margen de la Ley—es de lo peor hasta ahora descubierto en la saga de las corrupciones, y del proceso judicial en marcha pueden derivarse sanciones que habrían de recaer sobre algunos primeros espadas del partido en el poder. Extraña sobremanera el silencio de Griñán –inspector de Trabajo, hay que repetirlo—ante esta estafa en toda regla. Presidente de la Junta y secretario general de su partido, si lo prolonga deberá soportar sin derecho a protesta las peores sospechas.

Libertad religiosa

Están ocurriendo incidentes llamativos en este país que, en tanto no se demuestre lo contario, sigue siendo de mayoría católica. Como aquel en que un espontáneo dio pie a un choque con el oficiante de una misa tras haber pisoteado la hostia consagrada que acababa de recibir. O como el incendio frustrado de una iglesia de Majadahonda a la que primero atentaron colocando artefactos incendiarios que hubieron de desactivar los Tedax, y cuya puerta incendiaron luego tras la Misa del Gallo. O como la inconcebible decisión de la Universidad barcelonesa de suspender las misas celebradas en su recinto en función de un convenio vigente, “en tanto no se tengan garantías de seguridad” para los profesores y estudiantes que asistan al culto. Todo muy rancio, muy “frentepopulista” en el peor de los sentidos, es decir, en ése que hoy lamenta mucha gente de la propia izquierda poco dispuesta a permanecer encaramada en el guindo. Anden, vayan a una madrasa islámica y fuercen a la autoridad académica a contratar seguridad privada para preservar el derecho de todos a la libertad religiosa: verán lo que les espera. Aquí, por el contrario, esa autoridad ni siquiera se molesta en abrir expedientes a los reventadores (el 15 de diciembre, por ejemplo, un grupo de estudiantes “reventó” por las bravas una celebración sin que se conozca medida alguna contra ellos) aunque, todo hay que decirlo, discurra medidas tales como la de interponer una puerta en el pasillo que conduce a la capilla para impedir el paso de los vándalos. Con un tufo del peor Lerroux, como un inconcebible legado de eso que se suele llamar el “republicanismo histórico”, con vaharadas de tumulto incendiario y sugestión de profanaciones sacrílegas. Algo que cuesta entender hoy en la universidad española, incluso después de las aviesas campañas propiciadas desde el Poder. Vientos y tempestades. Que estas cosas pasen como meras y efímeras noticias es un mal síntoma. Convendría releer la crónica de nuestra anterior tragedia.

Hay quien acusa a la jerarquía católica española de mantener un integrismo inconveniente y anacrónico, y no seré yo quien discuta esa cuestión. Pero lo que está claro es que desde la acera de enfrente y sin motivo de consideración que lo justifique, lo que sí hay que lamentar es ese integrismo radical, fanático en su esencia, que agudiza a ojos vista su ofensiva anticlerical y antireligiosa, como si los derechos fundamentales pudieran perjudicarse o incluso hacer imposible su ejercicio. Probablemente no haya hoy en España manifestación ideológica más rancia ni síntoma más inquietante para una democracia que tiene que ser de todos.