El primero en ceder

Ha dimitido, al fin, el ex-delegado de Empleo de la Junta en Sevilla, Antonio Rivas, de sus cargos en la Ejecutiva Provincial del PSOE y en la secretaría local de Camas. Lo ha hecho en  vista de que la fiscalía mantiene contra él su acusación de cohecho y sostiene que intentó cobrar comisiones ilegales cuando aún representaba al Gobierno autonómico. Y ha hecho bien –si es que ha sido por voluntad propia—porque lo desconcertante es ver a imputados de esa naturaleza dirigiendo a partidos de gobierno. Claro que él no es el último pero tampoco el primer responsable del saqueo que está siendo investigado, aunque por el momento sea su cabeza de turco. Una cabeza bien cercenada, de llevar razón el fiscal, pero en absoluto la más responsable.

Caza del pobre

El alcalde de una ciudad rusa situada en la Siberia Oriental y cercana ya a la frontera china, la ciudad de Tchitá, un personajillo en el partido que sostiene a Putin, ha saltado a la actualidad por haber declarado, sin tentarse la ropa, que “desgraciadamente” hoy por hoy no se dispone del derecho a disparar a bocajarro sobre los marginados ni se tienen los medios legales para liquidar tan enojosa cuestión. No me ha sorprendido del todo la declaración de ese monterilla, convencido como estoy de que a más de uno y a más de dos se le habrá pasado por la cabeza con anterioridad semejante “solución”, de hecho puesta en práctica por ciertos grupos paraoficiales en diversos países hace mucho tiempo. En Rusia fingen las estadísticas que puede haber no más de 350.000 “sin techo” pero los expertos aseguran que esa cifra no sería inferior, en ningún caso, a los cuatro millones de excluidos. Muchos hemos visto dormir mendigos entre bolsas de basura lo mismo en Londres que en Madrid y algunos han podido ser testigos incluso de la ayuda voluntaria que en los EEUU trata de paliar los estragos que, especialmente en invierno, sufren esos sectores malditos de nuestras sociedades, no siendo nuevas, ni mucho menos, las denuncias ante las agresiones de que esos desdichados vienen siendo objeto en nombre de muy diversas filosofías que han hecho de la crisis su argumento más eficaz. La experiencia dice hoy, además, que esa legión descarrilada ya no es la clásica constituida por el mendigo solemne o el bohemio irremediable sino que en sus filas militan muchos ciudadanos centrifugados por la coyuntura crítica que buscan su supervivencia en el auxilio extremo. El alcalde de Tchitá, un tal Anatoli Mikhalev que Dios confunda, querría fusilarlos a todos, en especial al creciente enjambre juvenil que no encuentra encaje social posible tras su salida de los albergues primarios. Pero en Brasil, en Australia, en nuestros propios países europeos, a más de uno le habrá rondado por la cabeza alguna “solución” por el estilo. El simple hecho de que un responsable lance esa idea sin ser triturado por el sistema habla por sí solo.

 

El sueño de eliminar a los pobres ha tenido diversas versiones. Entre ellas la de ocultar la realidad estadística o incluso prohibirla. Matilde Fernández, cuando era ministra, retiró a Cáritas la ayuda gubernamental por descubrir que en España había ocho millones de pobres. Otros prefieren, como se ve, técnicas más expeditivas para eliminar al testigo molesto, como ese alcalde bárbaro que se confiesa en público. Estoy por decir que casi prefiero a este bestia que a los asesinos emboscados.

Audiencia pública

El presunto asesino de la niña Mari Cruz ha tenido la osadía de lanzarnos un panfleto en pleno juicio exigiendo justicia en los tribunales y no en los medios de comunicación, mientras su mujer aparecía en un popular programa de televisión diciendo lo contrario de lo que había dicho en la Sala. Es lo que nos faltaba por oír después del mamoneo que se han traído esos presuntos –como los del “caso Marta”—jugando de mala manera con policías y jueces, pero hay que convenir en que urge replantear la responsabilidad de esos “medios” que han hecho posible sus desahogos sin el menor reparo. Algunos de ellos se han convertido en escaparate de la miseria y deberían compartir con los miserables esa responsabilidad.

La erección del ojo

Un nuevo episodio censor acaba de devolver a la polémica el eterno tema del puritanismo y sus límites. Se trata de la expulsión de Facebook de un artista danés, Frode Steinicke, cuyo perfil habría sido desactivado por los vigilantes del decoro convencidos de que constituía un serio peligro, como en él se hacía, mostrar sin condiciones y, en especial, a la santa infancia, la famosa obra de Courbet retratando el sexo femenino que tanto hemos admirado en el Musée d’ Orsay. Otra vez, pues, el debate inacabable sobre esa obra ya legendaria que Lacan le regaló a su mujer no sin ocultarla bajo otro lienzo, y cuya peripecia ha dado pie, que yo sepa, a dos novelas entretenidas, la de Bernard de Teyssèdre, “Le roman de l’origine”, y “El origen del mundo” de Thierry Savatier. Y otra vez la cuestión de las fronteras morales del arte o, mejor, de la representación, siempre sospechosa cuando versa sobre el cuerpo humano a pesar de la larga tradición  artística que, desde los orígenes, consagra la libertad del artista y esa especie de neutralidad sexual de la obra de arte que –salvo el conocido incidente de los “braghetoni” de la Sixtina—ha funcionado siempre como una patente para garantizar su exhibición. Es curioso que las medidas censoras adoptadas en pleno siglo XXI vayan mucho más allá de las críticas que al cuadro se le hicieron a mitad del XIX y es interesante, por lo demás, que esta reacción se haya producido en ese medio virtual que tendemos a considerar, es evidente que de manera errónea, exento y libre de fielatos de esa naturaleza. Ahora bien, no perdamos de vista que el cuadro de Courbet no fue expuesto en público hasta muy tarde (1977 en fotografía y en el 88 en el The Brooklyn Museum) ni que hasta el año 95 no consiguió su actual sitio de exposición. El puritanismo es inveterado, tanto como la perversión, y uno y otro se disputan a dentelladas este fenomenal hallazgo de Courbet quien parece que se identificaba con el coño en cuestión como Flaubert con la Bovary. Recuerdo que Haro Tecglen hablaba siempre en estas situaciones del “pornógrafo interior” como fuente del escándalo. Yo creo que no hay que pasarse ni por un extremo ni por el otro.

 

Se dicho que tocante al sexo, la gente simplona es demasiado simple y el personal inteligente no alcanza a serlo en la medida suficiente. Quizá, no está mal pensado. Pero por mi parte lo que creo es que el sexo suele desequilibrar la conciencia en un sentido parecido al que inspiró a Proust la idea de que el hecho mismo e inevitable de poseer un cuerpo constituye una amenaza casi insuperable para el espíritu. No creo que el censor de Facebook fuera más puritano que el Proust que acaba de evocar.

Programa de máximos

Por debajo de su tono moderado, la exposición de su futuro programa que hizo Arenas en las “Charlas de El Mundo” resulta espectacular: batalla sin tregua contra la corrupción, imposición drástica de la austeridad, reducción funcional del empleo público, privatización de esas ruinosas empresas públicas, derogación del “decretazo”, compromiso de reservar todas las direcciones generales para funcionarios de carrera, norma para que las comisiones de investigación no precisen de la mayoría absoluta… Muchas y graves reformas que son, además, perfectamente factibles a poco que el Poder quiera, y que cambiarían de cabo a rabo este panorama político. A los que dicen que Arenas no tiene programa más les valdría tentarse la ropa.

Nihil novum

La extensa obra del profesor Moreno Alonso sobre la crisis inicial del siglo XIX lo ha convertido en el referente más cualificado de aquella época, una época brillante y confusa, sin duda, en la que figuras colosales como los Jovellanos o los Saavedra ilustran al tiempo que eclipsan uno de los elencos más solventes de la historia política española. Pero si traigo ahora el tema a colación no es por reiterar esos prestigios indiscutibles sino porque en el artículo que antier publicaba en estas páginas a propósito de la rebaja de sueldos a los funcionarios que llevó a cabo la Junta Central en medio de una circunstancia extrema como la provocada por la guerra contra Napoleón, el profesor recogía un párrafo de Jovellanos contra la corrupción, cuya asombrosa actualidad merece ser subrayada. Era el siguiente, que no me resisto a transcribir literalmente: “Cuando me puse a reflexionar de qué manera pudieron los centrales haber convertido en provecho suyo los caudales públicos, hallé que sólo sería posible por uno de tres medios: primero, alterando el sistema económico de la Real Hacienda y sustituyéndole otro que pudiera dar lugar a manejos y usurpaciones; segundo, acordando algunas sumas, bajo el nombre de gastos secretos, o para objetos de inversión supuesta, para embolsárselas después; tercero, aprovechándose de alguna sumas decretadas para objetos de verdadera y legítima inversión y cubriendo después el fraude con cuentas supuestas y figuradas”. ¿Cabe mayor actualidad de los supuestos, no nos remite el primero a ciertas maniobras normativas previas al “caso Matsa”, no nos suena eso de “gastos secretos” a recién oído en boca de un alto cargo de la Junta para explicar el saqueo de los EREs, acaso no parece que en el tercer supuesto está hablando de los numerosos escándalos de facturas falsas o de ingeniería financiera que llevamos descubiertos? Los partidarios de la teoría de que el agio y la corrupción en general constituyen un mal estructural de la política encontrarán en estas “moralia” de nuestro principal “ilustrado” un argumento fenomenal.

El centenario de la muerte de Joaquín Costa va ser ocasión próximamente para que un grupo selecto de expertos planteen la cuestión de si el fenómeno caciquil y los sistemas clientelares que subyacen bajo toda corrupción, son propios de un momento histórico ya pasado o bien constituyen una categoría sociológica “que se refiere a un fenómeno atemporal”, dilema resuelto en la experiencia, como acabamos de ver. La partitocracia es fatalmente clientelar y el clientelismo implica la sombra del cacique. No hay día en que esa repulsiva lógica no se vea confirmada en el albañal de nuestra vida pública.