La cara del partido

La consejera de Presidencia anda haciendo juegos de palabras (y malabares, claro) para justificar lo injustificable, a saber el escándalo supremo de las prejubilaciones falsas y, posteriormente, el fraude en las ayudas a la creación de  empleo, ambos protagonizados por la Junta. Dice, por ejemplo, que “no estamos echándole cara al asunto” sino “dando la cara”, pero los hechos, que son tremendos y que cada día se agravan, no permiten ya otra dialéctica que la que supondría tirar de la propia manta. Ningún “caso” más grave ni más inverosímil que estos que se están descubriendo en plena crisis, y ella lo sabe. Aunque fuera por respeto a la opinión, en consecuencia, haría bien en renunciar a tanto camelo.

Mal comparado

Inquietante comparación entre el pueblo egipcio y el español la que ha hecho desde el PP, González Pons: “Habéis visto a Egipto. El pueblo, cuando quiere, puede. Y el pueblo español, quiere”, ha dicho sin pensárselo dos veces. O la de Chaves. “Todos somos egipcios”. Malas comparaciones, yo diría que insensatas, no sólo por las abismales diferencias entre nuestras sociedades, sino por el hecho mismo de que la, por el momento, exitosa “revolución” contra la dictadura, puede inspirarnos toda la simpatía que queramos (de hecho, ha sido saludada universalmente y casi sin excepción) pero no deja implicar riesgos de enorme envergadura a medio plazo, incluso si el proceso de transición controlado por los militares sale aceptablemente bien. ¿O es que cabe aplaudir sin reservas un movimiento que compromete seriamente el equilibrio en toda su región y, más allá, eventualmente, el del mundo entero? Es normal y está justificada de sobra la rebelión de las masas contra la tiranía perpetua pero hay que admitir que esa revolución se está haciendo a ciegas, es decir, sin que nadie, en ningún país, las tenga todas consigo sobre un futuro que no aparece nada claro más allá de la explicable y simpática euforia despertada por los rebeldes. Ahí están, sentados en primer plano en la mesa de negociación, esos Hermanos Musulmanes sobre quienes, al margen de especulaciones sobre su eventual adaptación a la democracia, no hay más que motivos de inquietud. No defienden la continuidad de la dictadura quienes plantean el peligro de una salida en falso desde el “régimen” hasta una circunstancia impredecible, en la que la sombra del extremismo islamista no es ninguna elucubración. Por eso no hay parangón posible –ni siquiera metafórico—entre la realidad egipcia y la española. La discreción no es ningún lujo sino una necesidad elemental en la vida política. Ignorar esto es jugar con fuego dialéctico.

 

Y más si cabe considerando que el acontecimiento egipcio no es separable del vasto movimiento, sin duda de trasfondo islamista, por más que, de momento, se limite a una reivindicación democrática. ¿Dirán lo mismo Pons y Chaves si mañana es Argelia la que “quiere” y pasado lo es Marruecos? Seguramente no, por descontado, pero más vale no iniciar la pieza si no se tiene claro el baile. Los egipcios han reclamado y conseguido un cambio imprescindible y legítimo que nada tiene que ver con la alternancia que puedan desear los españoles. Pero nada de nada, vamos. Aparte de que jugar con ese falso parecido emocional no puede ser más que una trampa consciente. Los tramposos saben, seguro, que su juego de palabras carece de sentido.

El buen hombre

No vale un pito el argumento desesperado que consiste en presentar las denuncias contra nuestra dirigencia política como ataques a Andalucía y a su pueblo. Cuentos. Lo que se denuncia son las golferías de quienes sean, por lo general con nombres y apellidos, sin relación alguna con el buen nombre de esta gente nuestra, por cierto muy distanciada –y en ello no es una excepción—de esa “clase” que, desde el Poder, mantiene secuestrada la soberanía. Andalucía no son ellos, no faltaría más que eso. Y en mi opinión la beneficia que se desenmascare a quienes en su nombre están organizando este indecente festín.

La enfermedad urbana

Un airecillo más que fresco ha librado a Barcelona días atrás de la famosa “boina negra” provocada por la contaminación. En Madrid ha sido la lluvia prometida la que ha hecho a la capital el trabajo sucio, aunque no a tiempo de evitar el debate sobre la necesidad de agravar los tributos sobre aquellos que contaminan. El “esmog” no conoce fronteras y como prueba de ello ahí tienen la encuesta publicada antier por un periódico chileno en la que se establece que es ese término inglés el primero que se le viene a la cabeza a uno de cada tres habitantes de las regiones cuando se les evoca la imagen de la capital. No sé si la cosa será tan dramática como la han pintado estos días porque la verdad es que, desde que tengo memoria, vengo oyendo al taxista madrileño la cantinela de que “para Navidad” ni el tráfico sería ya practicable ni la respiración posible, pero los hechos son los hechos y éste último, el de las “boinas” simultáneas de Madrid y Barcelona, no parece que admita ya bromas ni profecías improvisadas. Los encuestadores de Chile han descubierto que casi la mitad de los ciudadanos del país creen que en Santiago se vive peor, al tiempo que la otra mitad, la capitalina, opina que donde se vive bien de verdad es en las regiones, lo cual no quita para que unos y otros declaren sus preferencias por esas aglomeraciones en las que, a pesar de los pesares, los atractivos –desde los servicios a la cultura pasando por los espectáculos y el aeropuerto—parecen compensar con creces la batalla de la comparación. Parece, en todo caso, que hemos llegado a un punto de no retorno en el modelo de vida urbano y que habrá que aceptar medidas limitadoras si queremos seguir respirando siquiera, pero nadie sabe poner en pie ese huevo que, como el de Colón, habrá que cascar, seguramente, para conseguir mantenerlo erguido. El modelo urbano se está agotando asfixiado por su propio éxito. Yo creo que si sobrevive no es por su viabilidad sino por la fetichización de que ha sido objeto en la mentalidad de propios y ajenos.

 

Lo que resulta dudoso es que hallemos una solución capaz de librarnos de nuestras propias servidumbres, pues dudo de que la opinión acepte nunca de buen grado el retorno a un diseño razonable del hábitat. No hay nada gratis en la lonja del progreso, desde al auge del transporte al de las calefacciones pasando por la lubina de crianza hecha a golpe de pienso compuesto o esa playa universal en la que caben todos pero en la que nadie tiene sitio. Porque esta vez nos hemos librado del Armagedón pero nadie nos garantiza que mañana o pasado llueva de nuevo en Madrid o ventee en Barcelona tan oportunamente como ha sucedido esta vez.

Pipa de la paz

Ha propuesto Griñán en el consistorio celebrado en Sevilla una campaña limpia, discreta y respetuosa –“sin crispación”, dice él- pero a renglón seguido le ha endilgado al rival uno de los ataques más duros posibles, más llamativo todavía dada su condición poco estridente y su habitual moderantismo. Pero ¿cómo osan proponer una política educada y sensata quienes no hacen otra cosa que atizar el fuego de las discrepancias cómo si en el mundo no hubiera otra receta para convivir en público? Claro que si lo que Griñán reclama es silencio sobre lo que está ocurriendo, que es muy grave, ni su reclamo va a tener eco en el rival ni por su parte va a tener mucho margen de defensa. La política se ha convertido en una pelea a cara de perro y eso no se corrige con dos buenas palabras.

Talento y ejemplo

Una vieja discusión, no necesariamente moralista, viene discutiendo entre nosotros la delicada cuestión de las relaciones entre el talento, el genio si se prefiere, y el ejemplo que la obra producida pueda ejercer sobre la mentalidad pública. Lo vemos estos días en USA donde algún integrista y homófobo ha osado cuestionar la obra de Walt Witman, aquel inmenso patriota, y más cerca de nosotros, en Francia, estamos asistiendo a un intenso debate provocado por la decisión del ministro de Cultura, Frédéric Mitterand, de eliminar de un plumazo, de la relación de fastos oficiales, los dedicados a recordar la persona y la obra de Céline, el controvertido y torturado autor del “Viaje al fin de la noche” al que ahora se acusa frontalmente de antijudaísmo militante y, en consecuencia, de constituir un mal ejemplo para la opinión pública. La cuestión es vieja, como decimos, y se podría cifrar en la disyuntiva de si el talento de un creador debe primar en cualquier circunstancia o bien su condición personal, digamos su posición ideológica y su actitud moral aconsejan alejarlo del sistema de honras públicas oficiales, es decir, de ese montaje propagandístico de las celebraciones promovidas desde el Poder en las que François Jacob veía un recurso de la mala conciencia iletrada y otros han creído detectar incluso formas encubiertas de autocelebraciones.  Ya ven, habría que dar la espalda desde el propio Céline, en efecto, hasta Ezra Pound o Paul Morand, desde el Baudelaire que escribía con delectación sobre el exterminio judío (“Mon cor mis à nu”) al Verne que caricaturizaba a sus personajes hebreos, por no hablar de Dostoïevski, Jules Vallès o el propio Voltaire, si se pretende sancionar el antisemismo en la gran literatura, y eso no parece ni lógico ni siquiera viable. ¿No sabemos, como se ha señalado, que nada menos que Antonin Artaud dedicó a Hitler alguna obra, no hemos visto a Louis Aragon arrodillarse contra toda lógica frente al dogmatismo soviético incluso en biología?

 

No hay que olvidar que venimos de una tradición ininterrumpida en cuyo amanecer Platón recomendaba (en su “República”) no incluir en la ciudad otra poesía que la contenida en los himnos a los dioses o a los hombres señeros, pero en cuyo curso los episodios censores han sido innumerables. Otra cosa es qué pretende el Poder tachando de su lista de memorables a un genio como Céline, cuyo ejemplo no sé por qué va a resultar hoy más peligroso que el de Wilde o el de Jean Genet. A Mitterand, tan tolerante por cierto, le asusta este hombre oscuro, equívoco y terrible mientras le trae al fresco, al parecer, la temible sombra de su abuelo.