Despropósito de enmienda

La Junta no tiene demasiado en cuenta las decisiones de la Justicia. No tienen más que considerar las nuevas “encomiendas de gestión” que, en plena guerra del “decretazo”, acaba de concederle su Servicio Andaluz de Empleo a una de las más destacadas titulares de su “Administración paralela”, la empresa pública Sadesa, a pesar de que esas “encomiendas” han sido tajante y repetidamente declaradas ilegales por los jueces.

¿Tantos intereses se juegan en ese montaje como para explicar el peligroso enredo en que andan metidos la Junta y su partido? Son ellos los que no permiten al ciudadano pensar otra cosa.

Bestiario postmoderno

Con notable frecuencia nos alcanza la noticia de que hay ganaderos que han incorporado a sus ancestrales técnicas, estrategias realmente desconcertantes que ellos aseguran que producen grandes mejoras en el rendimiento de sus explotaciones. La idea de mimar al ganado haciéndole oír (porque decir “escuchar” me parecería excesivo) música clásica es una de ellas y ha multiplicado en los últimos años los establos y rediles en los que Mozart ha sonado tenuemente arrullando la duermevela de las bestias, según dicen, con sorprendentes resultados. En varios países se ha recurrido a ofrecer juguetes a los cerdos desde el convencimiento –con toda evidencia antropocéntrico—de que el presunto entretenimiento con ellos apretaría las magras sin perjuicio de los tocinos e incluso mejoraría el sabor de unas y otros para el paladar humano. La última de esas extravagancias, por el momento, ha sido la comercialización en farmacias de un producto procedente de vacas noctámbulas a las que, aparte de un refuerzo alimentario, se les ha iluminado el ambiente con una luz roja a cuya virtud se atribuye la elevada presencia de la hormona del sueño, la melatonina, en la leche resultante. Ya se vende en farmacias ese somnífero cuya eficacia se debería, según sus apóstoles, al hecho de ser una hormona natural mucho más asimilable por el organismo que las sintéticas. Hay quien dopa a los caballos con amables melodías y quien ha llegado a estimular con luminotecnias la puesta de las ponedoras, pero no cabe duda de que todo este ilusionismo responde a esa fatal proyección que hace que los hombres interpreten el mundo en su totalidad desde una perspectiva fatalmente subjetiva. Ciertamente no deja de resultar insultante la comparación entre estos finos tratos dedicados al bestiario y la dureza lobuna con que el hombre trata al hombre, su único semejante, a quien jamás le cruzaría por la cabeza propiciarle el sueño con un minueto o iluminar su desvelo con luces de colores.

 

En cuanto al posible sueño inducido por esos “cristales de leche nocturna” (Nachtmilchkristalle es el término acuñado por sus inventores tudescos) no sabe uno si imaginarlo plácido como el que adorna las églogas, como la osada “aventura siniestra de cada noche” que temía Baudelaire o acaso como un camelo más de la omnipotente propaganda postmoderna. Imaginen a esos rumiantes bajo el sensual reflejo de la luz encarnada, zampando sin prisa la brazada de escogida mielga, y tendrán la imagen cabal de la idiocia que nos invade, del alcance de la credulidad y del poder de las publicidades. No somos nadie en manos de los “creativos” ni ellos, por supuesto, sin nosotros.

Panacea contable

La factura falsa se ha convertido, por lo visto, en la panacea contable que permite a los políticos sin escrúpulos hacer de nuestra capa un sayo propio. Las hay en el mismísimo Ayuntamiento de Sevilla, las hay, según dicen, en el de Baeza, las hay, de creer al sumario instruido, en El Egido, y ya a escala cutre –para pagar una mariscada de tres ediles– hasta se han denunciado en Valverde del Camino. No esperen mayores recursos, confórmense con ese expediente innoble que es la factura falsa, la “obra fantasma” o ambas cosas a la vez, y estén seguros de que circulan en muchos sitios aparte de los citados. La democracia ha puesto contra las cuerdas a la intervención tradicional y eliminado los controles de la forma más elemental que pueda imaginarse.

Vuelven los bonzos

La Humanidad debe de estar ya cansada en exceso. Lo vimos el otro día en la escalofriante escena del vendedor ambulante que se inmoló en Túnez quemándose a lo bonzo, una imagen que ha desatado una larga cola de imitaciones tan escalofriantes como difíciles de entender. El sábado pasado trató que quemarse un joven en el mismo Arco del Triunfo parisino aunque la policía acabara impidiendo su propósito, pero menos suerte tuvo un adolescente marsellés que convalece ahora de las graves quemaduras sufridas. La ola de imitadores alcanza desde El Cairo, donde se tientan la ropa a la sombra de los servicios de inteligencia occidentales, hasta Marruecos, Argelia o Mauritania, cada cual con sus suicidas correspondientes, una epidemia rara pues todo indica que sus víctimas/protagonistas responden a cierta sugestión integrista islámica a pesar de que el suicidio choca frontalmente con la prohibición coránica. En Occidente, y al margen de las excepciones referidas, que no dejan de ser anecdóticas si bien se mira, contemplamos el espectáculo con la ilusión de la lejanía y sin una idea clara de sus causas profundas, pero parece evidente que un conflicto hondo y agudo se está produciendo en la entraña del mundo islámico y, en especial, en la franja magrebí, un conflicto que seguramente expresa el disgusto radical de sus poblaciones con unos regímenes abusivos sin excepción, en los que las mínimas libertades hoy imprescindibles en la aldea global apenas son respetadas. No se quema uno vivo así como así ni se implica en una causa política poniendo por medio la propia vida si no es impulsado por motivos realmente básicos y menos recurriendo a ese ritual extremo que en el que los desesperados parecen querer dejarnos la evidencia de su deseo de desaparecer hasta la ceniza. Porque el suicidio, más allá de la sugestión de las modas, es una decisión inexplicable sin una causa abrumadora. El romanticismo a lo Kafka, la visión de la vida como un permanente ejercicio de renuncia a la propia muerte, concierne en exclusiva al psiquiatra. Achacarlo a la lucidez tiene tan poco sentido como endosárselo a la cobardía.

 

Claro que hay algo en este fenómeno que desborda la psicología y exige la reflexión sociopolítica, algo que nos fuerza a preguntarnos por la causa de esa sorprendente respuesta que es la autoinmolación, y que sin duda apunta a la insufrible homogeneidad que los regímenes postcoloniales han impuesto en esa vasta zona. No se quema uno vivo así como así, insisto, ni se concibe el martirio voluntario sin una grave causa. Nuestras presumidas democracias tendrían que asomarse sin remilgos a ese macabro plató y entreabrir los ojos para tratar de comprender a tanto desgraciado.

Sigue la fiesta

Lo que ha revelado el sumario del “caso Poniente” no es más que lo se esperaba: que el Ayuntamiento de El Egido fue saqueado de modo sistemático por un grupo que manejaba una eficaz trama. Y sin embargo, el alcalde, tras salir de la cárcel, ahí está bajo los focos anunciando que piensa seguir adelante con los faroles, apoyado por un PSOE que funciona como socio suyo a cambio de conservar el chollo de la Diputación de Almería. En Sevilla, prejubilaciones ilegales, en Baeza, facturas falsas, más allá ventas ilegales de terrenos… No es extraño que los españoles vean en su clase política un obstáculo principal para la regeneración.

Ojos cerrados

Un párroco de los Abruzzos, Dom Aldo Antonelli, ha  decidido renunciar finalmente a su anunciado proyecto de mantener una “huelga de misas” en protesta por el silencio, “cómplice” a su juicio”, que la jerarquía eclesiástica mantiene en torno al repugnante escándalo proporcionado por el primer ministro Berlusconi, ese menorero sin escrúpulos que, sin embargo, no poco paradójicamente, ha aumentado su expectativa de voto desde diciembre pasado más o menos en cinco puntos. El párroco, como algunos medios católicos (Famiglia Christiana o Avvenire), entienden que el lenguaje empleado por la jerarquía –incluidos el cardenal Bertoni y el propio Pontífice—resulta tan insuficiente que sugiere una connivencia que los más pragmáticos atribuyen al compromiso adquirido con un Gobierno que ha garantizado, a cambio, el parón indefinido a la cuestión de los matrimonios homo, una pródiga financiación de la escuela religiosa y grandes rigores en materia de bioética. Pero sea lo que fuere, la verdad es que resulta insostenible esa política de paños calientes frente a un caso de corrupción moral que desborda con mucho lo tolerable por cualquier moral social y, muy especialmente, por una moral sexual tan estricta por lo común como lo es la católica, aparte de que constituya un disparate inasumible para la opinión pública en general. Una cosa es la vida íntima de los gobernantes (la de Mitterand y tantos otros ofrecen ejemplos señeros de permisividad por parte de esa opinión) y otra muy diferente el escándalo sistemático de un obseso despreciable que empieza a ser rechazado ya incluso por los tolerantes italianos. No se puede actuar como un cerdo en la vida pública pero tampoco cerrar los ojos ante ese espectáculo por parte de quienes reclaman la consideración de referente moral. El párroco Antonelli ha colgado en la puerta de su templo, entra las necrológicas, un tremendo aviso: “Duelo por el país humillado por un primer ministro y por su Iglesia cómplice”. Seguro que no está solo en su protesta.

 

Es tan difícil prever cómo terminará la lamentable aventura de Berlusconi como obvio que su mantenimiento se debe a la ausencia de una oposición que merezca ese nombre en un país que no se ha recuperado del fracaso de su clásico bipartidismo. Lo único claro es que ningún país decente puede soportar el peso de la desvergüenza y del oprobio sin pagar a cambio un fuerte peaje de desmoralización, y que la ambigüedad crítica no es aceptable cuando anden por medio valores que deben ser considerados innegociables, especialmente por una severa Iglesia cuyo peso electoral es proverbial. Van a terminar echando de menos a Don Camilo y a Pepone.