Carne de perro

Siendo alcalde madrileño creo que Arias Navarro, corrió el rumo de que en uno de los populares asaderos de los alrededores de la capital se venían sirviendo chuletas de perro en lugar de las clásicas de cordero. Se opuso a la general aprensión mi amigo el novelista Martínez Menchén con el argumento de que el rumor carecía de sentido toda vez que resultaba mucho más difícil criar perros que criar ovejas, razón equivocada puesto que bien sabemos por los antropólogos que esta crianza es practicada desde antiguo especialmente en esa China que acaba de prohibir—como un guiño de su nueva imagen—el consumo de perros y gatos bajo la amenaza de severas multas. El rechazo occidental a esas ingesta se basa, como es sabido, en el tipo de relación mantenido en ellas con el animal doméstico, pues como advirtió Marvin Harris en su divertido “Bueno para comer”, para que un animal sea aceptado en nuestra dieta ha de mantenerse alejado por igual de la abominación y de la condición de “mascota”, cosa que, por cierto, también se demuestra desacertada en las culturas que miman al cerdo o la vaca antes de zampárselos. Comer perros en China es un hábito ancestral y, por supuesto actual, a causa, sin duda, de esa falta de alternativas cárnicas que condujo a aquel hormiguero a convertirse al “vegeterianismo involuntario”. Somerset Maugham contó alguna vez el soponcio de una turista rica que entregó confiada su gozque al maître creyendo en sus carantoñas para acabar devorándolo en una sofisticada salsa, y un acompañante del capitán Cook comprobó que los polinesios, grandes perrófagos, preferían sobre cualquier otro al perro criado con leche de mujer. De las 245 culturas precolombinas, 75 incluían el can en su dieta, sobre todo en la cocina azteca, pero la regla general es que se come perro allí donde no se dispone de herbívoros domesticados. Por lo demás, como ironizaba Harris, en una nación que va lanzada hacia los 1.400 millones de habitantes, lo que menos se espera de un animal es su compañía.

 

Interesa en ese gesto civilizado lo que en él hay de calculado cinismo, de señuelo para sugerir al occidental –al turista, sobre todo—la nueva realidad de un país económicamente disparado en el que lampan hambrientas ingentes muchedumbres de ciudadanos menos afortunados. Se sigue desnucando de un tiro a los reos –esta misma semana habría sido ejecutado un atracador, Gan Jinhua, a pesar del despliegue internacional organizado para salvarlo—pero se promete excluir del menú las inmemoriales ‘delikatessen’ del perro, el gato, la serpiente o los insectos. El humanismo postcomunista tiene su jerarquía como la tuvo su predecesor.

Del género bobo

Nadie sabe de dónde sacaron al actual consejero de Empleo pero crece la opinión de que urge devolverlo a donde estuviera. La última de sus bobadas ha sido, de paso, un grave insulto al sentido común y a los propios parados, al decir que el paro aumenta porque “por cada persona que pierde el desempleo se generan tres inscripciones más” procedentes de su entorno familiar. Y la penúltima, subestimar la previsión de los técnicos que prevén que en 2010 Andalucía superará el famoso millón de parados arañando el 30 por ciento de la población activa. Nunca un Gobierno menos cualificado ha convivido con una Junta de menor nivel. Griñán debería afrontar ese problema que seguro que él valora. Si es que puede, claro.

Impunidad absoluta

Absuelto por falta de pruebas, después de tanto tiempo, el único acusado de provocar el devastador incendio que en 2004 asoló el monte de dos provincias y se cobró dos vidas. El resultado es la impunidad absoluta: nadie ha tenido la culpa de un siniestro provocado que fue posible, además, por el abandono del monte. De él la crónica recordarán que fue trágico para muchos, que el Presidente prolongó sus vacaciones gallegas con tal de no acudir al quemado y que no se han cumplido, como es habitual, las promesas prodigadas sobre la marcha. Pero no hay culpables. Un fracaso polifacético que implica a varias Administraciones aunque, desde luego, no sea ninguna novedad.

¿La gran estafa?

Acaba de decir la ministra de Sanidad que niega rotundamente cualquier hipótesis que contemple la colusión entre el su Gobierno y la farmaindustria. En Francia, mientras tanto, se pide desde la izquierda radical la apertura de una comisión investigadora para aclarar el rumor, difundido con lujo de detalles por la prensa, de que al menos cinco altos responsables sanitarios de la OMS habrían  sido untados por los laboratorios, cosa que niega desgañitada la dirección del organismo, insinuando incluso que la epidemia no debe darse aún por cancelada y que más nos valdría recordar que la durante la “gripe española” que mató más gente que la Gran Guerra, la mortalidad no se acentuó hasta muy tarde. Hasta se ha dicho desde ese púlpito que las víctimas infantiles de esta pandemia han triplicado las que suele causar la gripe estacional, pero la evidencia de que tras este embrollo lo que ha habido ha sido un enorme bluff crece por momentos, contribuyendo a disparar la desconfianza de los ciudadanos en el imprescindible referente que es el Poder. ¿Será posible que el Estado esté en manos de unos de unos especuladores a los que, ocupando puestos decisivos en la sanidad mundial, se acusa con detalle de haber cobrado de los laboratorios que habrían hecho el negocio del siglo explotando una pandemia imaginaria? Si esta desconcertante tesis llegara a demostrarse –y todo indica que se está muy cerca de ello—lo que habría que repensar no es sólo el funcionamiento del observatorio sanitario sino la capacidad real del Estado para conservar la confianza ciudadana. ¿Qué si alguien sería capaz de perpetrar una aventura tan difícil de aceptar? Recuerden los casos de las vacas locas, de las dioxinas, de la sangre contaminada, del amianto, de la colza, y las caras de panolis exhibidas, en cada momento, por los respectivos responsables. Esta no habría sido, en resumen, una crisis de la salud pública sino un fracaso del Estado.

 

El riesgo de la fábula del pastor y el lobo se cierne sobre una autoridad que se ha limitado, aparte de gastarse una millonada inútilmente, a recomendarnos que nos laváramos las manos con frecuencia y estornudáramos con discreción. Los propios médicos no se han quedado atrás al recetar a los efusivos minimizar los saludos manuales y evitar los besos, al tiempo que rechazan mayoritariamente la vacuna que se les ofrecía. ¿A quién creer, en adelante, en caso de emergencia? Un chiste de Forges retrataba la sociedad de la Transición como una orquesta de directores con batuta dirigida por un saxofonista. El hombre del siglo XXI puede mirarse atemorizado en esa viñeta como en un espejo.

El opio de la hembra

Vaya numerito el protagonizado por las amazonas del ‘Lobby Europeo de Mujeres’ reclamando la extinción de las religiones, así, en plan genérico, como culpables de la “castración de la sexualidad femenina”. La idea no puede ser más ridícula, aunque todo es proponérselo, y pone de relieve el despilfarro de energías perpetrado en esta sociedad en defensa de causas absurdas y infantilmente planteadas. ¡Con la que está cayendo en el planeta pajiniano, salir a la calle esgrimiendo el comecuras! Manolo Summers y Chumi decían, en tiempos, que estas entretenidas no han fregado nunca una escalera de madrugada. Yo no digo nada, Dios me libre, sino que parece mentira que iniciativas como ésas hayamos de pagarlas entre todos.

Pedrisco en punta

De mal en peor va el sumario en el que se imputan al alcalde de Punta Umbría, al secretario local de PSOE y al concejal de Urbanismo los delitos de prevaricación, fraude en la contratación, falsedad y alteración del precio de subastas. Un caso malo para los implicados y para el PSOE que, con su estrategia de ganar tiempo, puede verse con el estallido del “caso” en puertas de las municipales. Además de la cinta intimidatoria grabada, ahora se esgrime también el fantasma de una firma falsificada. Mal asunto, ya digo, del que no se escapa ni la Ejecutiva provincial de la que, incomprensiblemente, sigue siendo miembro uno de los acusados.