Rebelde con causas

Un ex-delegado de Empleo de la Junta, Antonio Rivas, absuelto anteriormente de otras dos graves imputaciones, compareció ayer a medias ante la comisión parlamentaria que investiga el saqueo del dinero de Formación. Y digo a medias porque el compareciente llegó, dio su discurso de protesta, reclamó las excusas de la Cámara y luego, como el valentón cervantino, “fuese y no hubo nada” sin contestar a las preguntas de los comisionados ni someterse a otro fuero que el de su libérrima y real gana. Como el palero del chiste, el investigado pareció decir aquello de “yo necesito más autoridad”. Bien, veremos que ocurre con el rebelde y si, efectivamente, hay autoridad suficiente para reducirlo a la obligación común.

Sumo Pontífice

Cuentan que el papa Francisco –que visitó el sábado en la isla de Lesbos junto a los inmigrantes rechazados por Europa— ha renunciado de hecho al título de Sumo Pontífice, al que antes se agregaba, de una sola tacada, los de Vicario de Jesucristo, Sucesor del Príncipe de las Apóstoles, Sumo Pontífice de la Iglesia Universal y Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano, entre otros. Y hace bien, porque eso de “Sumo Pontífice” es una herencia romana que, como ha recordado alguna vez José M. Castillo, era propio y realengo de los Emperadores que oficializaron el cristianismo, lo que dio lugar a que, en pleno siglo IV, el insigne Ambrosio de Milán –un ilustre abogado electo plebiscitariamente por la comunidad de fieles— hiciera renunciar de ese tratamiento a Teodosio I. A Francisco le gusta, por lo visto, que le llamen lisa y llanamente “obispo de Roma”, algo que, contra lo que suele creerse, nunca fue san Pedro ni lo fueron durante algún tiempo sus sucesores. Puede gustar más o menos este papa Francisco, pero en el poco tiempo que lleva en el pontificado, aparte de dar sartenazos que han hecho tambalearse al orbe curial, ha dicho ya, entre otras muchas, cosas tan decisivas como que sueña con “una Iglesia pobre”, que su mayor preocupación es el hambre en el mundo, que muchos trabajadores son rehenes de sus empresarios, que los cristianos necesitan pastores y no burócratas, que en el Vaticano funciona un “lobby gay” o que le duele ver el papel subordinado que la mujer ejerce en la Iglesia.

Conservador en el plano dogmático, este Papa ha entrado en su pontificado, en todo caso, como caballo en cacharrería, no por sus modales, que son pausados y hasta humildes, sino por su intención de devolver a la Iglesia la integridad y pureza que fue propia de sus inicios, sobre todo en cuanto se refiere a aquellas truncadas aspiraciones a la igualdad y al respeto radical por el ser humano. Su visita a Lesbos, lo mismo que la anterior a Lampedusa, prueban su decisión de apoyar a los débiles y su empeño por encontrar una salida humana a la crisis migratoria que, provocada por la guerra y la miseria, ha desbordado por completo a la llamada “Europa de los mercaderes” que seguro que –tal como algunos sectores de su propia Iglesia– hubiera preferido convivir con un Sumo Pontífice antes que con un obispo universal llanamente comprometido hasta este punto con el imperativo de la misericordia.

Vivir del caché

Me ha costado dar crédito a la noticia de que el ministro Montoro había impuesto una multa de 70.000 euros al ex-Presidente Aznar y que, encima, le habría hecho apoquinar cerca de 200.000 euros por diversas irregularidades fiscales, especialmente impropias, a mi juicio, tratándose de un distinguido inspector fiscal de este Estado cada día más raro. Pero compruebo que es cierto e, incluso, que el hecho ha provocado en el seno del PP el lógico terremotillo. Hay quien mira con conmiseración a los “ex” de nuestra alta política, ignorantes de que acaso no haya en el planeta estado económico más deseable que el de baranda retirado. En el caso de Aznar –que dicen que se las ha tenido tiesas con Montoro— es obvio que sus méritos no discutibles le han proporcionado su fortunita, más o menos equiparables a las de sus colegas retirados, entre otras cosas porque sus libros y conferencias permiten a estos personajes, aquí y en Pernambuco, cobrar “cachés” por completo inusuales en el mundo de la Cultura, a salvo los autores/as de los folletones y telenovelas destinados, sobre todo, a aliviar el veraneo a nuestras amas de casa. Clinton cobra una millonada por cualquier alocución y cobraría la del tigre si se decidiera a contar en público la tragicomedia de la Lewinski en el Despacho Oval, y su fracasado sucesor Al Gore le ha sacado una pasta a su campaña ecologista repitiendo el pregón milenarista del calentamiento global y el agujero de la capa de ozono. Dios se lo conserve a todos.
Claro que no sólo son las primeras figuras de la política quienes viven divinamente del caché pues, dada la prodigalidad con que en nuestra patria fiscal se administra el dinero público un vocalista como el de “Los toreros muertos” puede afanar en el Cádiz podemita por dar el pregón de los carnavales cerca de los 50.000 euros, una cantidad, por cierto, todavía inferior a las narcotizantes que en su día cobraron allí mismo Merche, Jorge Drexler o la Niña Pastori, que se llevó entre las uñas casi 93.000 euros por el dichoso pregón. ¡Para que digan que la Cultura no es rentable! Lo es, ya lo ven, y permite, además, a un ministro de Hacienda imparcial y riguroso darle un repaso de aquí te espero al mismísimo presidente de su partido. Vivimos en un país raro, ya digo, que “recorta” a tope los servicios cívicos mientras paga fortunas a los amiguetes de la farándula. Estarán de acuerdo conmigo en que si no tuviéramos un ministro Montoro habría que inventarlo.

Más vale tarde

Más vale tarde que nunca. El PP, al que los escándalos no le dan respiro, ha reaccionado sin titubeos ante la detención del alcalde de Granada y lo ha suspendido de militancia. La secretaria general andaluza, Loles López, explicó públicamente que el que la hace la paga, impecable doctrina que a lo peor tiene que aplicar también al ministro Soria y a Rita Barberá. Y yo me pregunto: ¿no parece un poco raro que las únicas corrupciones que esta temporada van destapando las policías conciernan siempre –pero es que siempre– al PP mientras de los saqueos del PSOE y demás, apenas hay rastro mediático? ¿Es que los indicios granadinos son más graves y abrumadores que los hechos que la Junta tapa en la comisión parlamentaria de los fondos de Formación o que el tejemaneje de los ERE? Leña al mono que es de goma, por supuesto, pero a más de uno este festival nos va pareciendo raro, raro, raro.

Los dos reyes

Vivimos un tiempo raro en el que el país corre acéfalo sin Gobierno, como el gallo degollado, mientras, tal como en el Vaticano hay dos Papas, nosotros tenemos dos Reyes, uno efectivo y el otro emérito, pero ambos, como es natural, en nómina. Sobre lo de la acefalia no me detendré, que doctores sobran en la iglesia opinante, pero sí que me parece oportuno resaltar algo sobre la doble corona. Por ejemplo, sobre el rey Felipe –sin duda el Rey mejor formado de nuestra Historia contemporánea y de la otra— quien acaba de tomar dos diestras decisiones, la primera en el llamamiento a los partidos para que traten de evitar unas nuevas elecciones y pacten un acuerdo-puente siquiera; la segunda, la decisión de alta política de no designar un tercer candidato a la Presidencia en tanto no le conste un acuerdo previo. ¡Sobra con dos ridículos derivados, además, no de su actitud sino de la inepcia de los políticos! Felipe VI de está ganado su sitio en el panteón vivo de la memoria pública aunque le haya tocado lidiar con este encierro de sobreros mansos y reparados de la vista. A don Juan Carlos, en cambio, le ha tocado la amable bonoloto de una jubilación de oro en la que vivirá como un rey, que es lo que es, la doble o no dé palo al agua. Hay una diferencia generacional interesante entre las dos generaciones –que en realidad son tres—y, a poco que la Reina modere sus ínfulas contra los “medios” que la contrarían, es más que probable que esta última, la de don Felipe, acabe restaurando una institución ciertamente necesitada de un enérgico revoco.
Mientras el Rey felizmente reinante pasa con dignidad el maltrago de la acefalia política, el emérito, en cambio, se entretiene en las mejores sobremesas o se baja en plan castizo a los toros en la Maestranza –quiero decir, en la Plaza de Toros de Sevilla—tal como hacía madre cuando vivía, para ver a Curro sobre todo, pero, en todo caso, para recoger una ovación unánime sobre la Marcha Real. Bueno, pues qué quieren que les diga, por muy taurino que uno sea, que lo soy, no puede dejar de extrañarse de esa imagen del Rey que reinó recibiendo los brindis de las figuras mientras tiene una hija en el banquillo, una hermana señalada por los tejemanejes financieros y un yerno con un pie en la cárcel y el otro en el aire, amén de un país descabezado. Porque eso viene a ser como darle carrete a la Colau o el biberón energético a Errejón. Nadie puede abandonar las buenas maneras. Del Rey abajo, ninguno.

Delincuencia común

Allá por los años 90, un amigo querido que dirigía una importante sucursal de Banesto me llamó para reprocharme –¡a mí!—la información que mi periódico acaba de dar sobre las tropelías del por entonces mito nacional, Mario Conde, a quien cualquier pintamonas acaba de hacer doctor honoris causa de la Universidad Complutense. Conseguí apaciguarlo y una vez sereno me dijo, ya más confidencialmente: “¡Pero cómo va a ser cierto eso que decís si yo mismo tengo mi dinero en mi banco!”. Percibí una cierta inquietud en su argumento y aproveché para decirle: “Pues, mira, José, date prisa y sácalo lo antes que puedas”. Días después, cuando la evidencia ya resultaba abrumadora, mi amigo me llamó de nuevo y me espetó un mensaje sombrío que no dejó de confortarme: “¡Y cuánta razón llevabas, joío!”. No me he extrañado un pelo, por eso, de la reincidencia de Conde aunque sí discrepo de su relación con el clima de corrupción institucional que enseguida se ha establecido en la opinión. Y no, no es eso. Los mangantes de Valencia o los de Madrid, los que en Andalucía montaron un sistema ilegal que impedía la gestión ajustada a la ley, son efectos lógicos de un vicio inmemorial de la vida pública que practicaron en desde Julio César al marqués de Salamanca, pero lo que han hecho los Conde –como los Almodóvar, los Messi o Neymar, los Thyssen o la infanta Pilar y los que faltan—no concierne a la esfera pública sino a la privada y, por tanto, no debe incluirse sin más en la corrupción ambiente sino considerarse como presuntos delitos comunes.

Conde está en línea con el Dioni no con los autores de los ERE o la Gürtel ni con el cambalache valenciano de Rita Barberá, en la medida en que –por mucho que su ambición final fuera la política—sus fechorías no son más que crímenes que pertenecen de pleno derecho al concepto de delitos comunes. Conde será un estafador, si se quiere, o un defraudador –con conexiones con el Poder, vale, pero independiente en todo momento–, un timador superdotado que, no se olvide, fue durante años un ídolo social en este país cabrerizo, que lo admiraba con mimo y lo encumbraba hasta los más altos honores. Lo que demuestra que no sólo el montaje político sufre un crisis de imprevisible efectos, sino que la actividad económica privada se agita –tal vez a su imagen y semejanza, no digo que no— en el inmundo tremedal de este mundo desmoralizado. Urge desmitificar a estos ídolos de barro y, de paso, hacer colectivamente un severo examen de conciencia.