Adiós

He llevado esta pica durante más de 30 años, con no poco reconocimiento, algunas frustradas querellas, más de un gesto torcido y bastantes –al menos para mí— satisfacciones. Nos alojamos aquí tras la destrucción de Diario 16 y Dios dirá dónde caerán nuestros huesos –no se confíen nuestros criticados– cuando pasen las vacaciones, que todo es posible. En unas pocas líneas puede decirse mucho y creo que más de una vez lo ha logrado este breve, tan leído en las covachuelas del poder como en el sosiego del lector independiente. Pero es hora de echar el cierre y lo echamos convencidos de que esta guerra no se ha acabado. Nos vemos, pues. Quizá cuando llegue septiembre.

Querido Diamantino

Me imagino la sonrisa irónica del cura Diamantino –ese alma de Dios, gran revolucionario– contemplando desde su alta baranda la opera bufa que se traen entre manos sus antiguos compañeros aquí, al Este del Edén, él que derrochaba sentido común y astucia en su fórmula inimitable, siempre cura y jornalero, nunca profesional de la agitación. Lo estoy viendo en mi casa refiriéndome, exhausto pero sin sombra de dramatismo, su lucha contra el mal que ya lo acorralaba, a la vuelta de su última campaña del espárrago — ¡tan blando con las espigas, tan duro con las espuelas!–, pagando a tocateja el pan que se llevaba a la boca, no como otros. ¿Hubiera Diamantino asaltado un supermercado como algunos de sus compañeros de entonces que han hecho de la protesta –desde entonces— una descansada profesión? Vázquez Parladé decía cuando veíamos a alguno de ellos escalar en esa pendiente: “¡Ése ya no coge más el almocafre!”. Y así ha venido siendo: el arcaico novecentismo de estas luchas campesinas –banderitas blanquiverdes, botella de agua mineral, cómodo salvocheísmo con sifón– se ha convertido en un remedio pingüe para esos profesionales del disturbio. ¿Qué hubiera pensado Diamantino al ver a un diputado electo al Congreso “okupar” una finca y, probablemente, mañana saquear un negocio, siempre con el carné en la boca? Y por otra parte, ¿puede el Congreso permitirse un diputado salteador, un “padre de la patria” al margen de la Ley? Diamantino, discreto y cazurro, habría sonreído sin decir ni que sí ni que no.

No hay mayor enemigo del activismo ético que la profesionalidad. Poco cabe esperar de quienes viven de esa inútil e injusta factoría de conflictos. Borbolla tapó alguna vez esas bocas demostrando que cierto pueblo, el más radical y el de mayor tasa de paro, había incrementado, paradójicamente, en un año, el saldo bancario medio de sus vecinos y a un alcalde famoso hubo, en otra ocasión, que forzarle con alicates para que devolviera el doble sueldo incompatible que venía cobrando. O Cañamero: todos lo hemos visto provocar a la autoridad, imponer su acracia sobre la ley común, pero ¿alguien lo ha visto alguna vez doblar es espinazo como lo doblaba Diamantino hasta echar el bofe? Lo dudo. Doy por cierta, en cambio su exhibición neorrealista y su impostada comedia parlamentaria, ésa que ya ha estrenado incluso antes de levantarse el telón y con el público todavía buscando sus asientos.

El cachondeo de Pacheco

No sé qué sería de la Junta y de muchos corruptos a estas alturas si sus “casos” los llegan a pillar jueces y fiscales como los que parecen empeñados en cifrar en el ex-alcalde jerezano Pacheco todo el peso de las corrupciones. No hay quincena sin que nos enteremos de una nueva petición de cárcel para ese hoy recluso que dijo en su día –impunemente, por cierto– que la Justicia era un cachondeo. Tendrá culpas cuando lo condenan, no lo dudo, pero, oigan, ¿acaso es el único condenable en este puerto de Arrebatacapas, no acaba de anunciar la juez en plena campaña su intención de archivar la “pieza política” del saqueo de los fondos de Formación? Aquí cada sastre tiene su vara pero nada como el caso de Pacheco demuestra lo asimétrica que puede ser la Justicia.

¿Se hunde el mundo?

No se alarmen, es sólo una frase. Me la sugiere la noticia de que la inmensa ciudad de Pequín (permítanme que utilice el antiguo topónimo escrito en castellano), la vieja capital china, se está hundiendo a un ritmo acelerado –dicen que tal vez a 12 centímetros por año—como consecuencia de la explotación irresponsable del freático bajo su suelo. No es fácil, por descontado, satisfacer las necesidades de agua de los 22 millones de habitantes que tiene esa capital en la que se asientan los legendarios complejos palaciegos de épocas pasadas, pero cuesta entender cómo en un país tan bullente como aquel, los sabios no se hubieran percatado del riesgo. Bueno, y se hunde –o no, eso ya lo veremos—la Unión Europea, ese intento, ciertamente tibio y exigente cuyo principal fin sería el de garantizar la paz en una Europa que nunca la tuvo. En Holanda, Gran Bretaña, en Alemania, en Francia, en algún rincón escandinavo, en España, en fin, proliferan los “patriotas” del extremismo de derechas o de izquierdas –Marx calificaba a esa tendencia como “la enfermedad infantil del comunismo”—locos por echar abajo la casa común antes de tener siquiera pensada una alternativa. Ya ven que eso de que se hunde el mundo es, a pesar de todo, algo más que una metáfora.

Desde principios del siglo XX medra la idea de que las hegemonías históricas –Roma, España, Inglaterra— son determinaciones de sus culturas, bajo el presupuesto de que una cultura –y, por tanto, una entidad política dominante— viene a ser como una planta, es decir, como un ser vivo y finito que lo mismo que nace y crece acaba por morir. Hasta ahí Spengler y en su variante liberal, Toynbee, propondrán a su modo la idea del carácter cíclico de la Historia: los imperios se suceden unos a otros, indefectiblemente. Ya ven como se previó de antiguo tanto “La decadencia de Occidente” como un “Estudio de la Historia”, profetas de la propuesta cíclica. Nada hay estable –no hay mal que cien años dure…–, hemos de hacernos el cuerpo a estas mudanzas sin las que no se entendería la crónica de la especie humana. ¡Vaya dos ejemplos, el hundimiento de Pequín y el crujido en los cimientos de Europa! Claro que nada hay escrito sobre los tiempos y modos de esos cambios. Quizá los radicales británicos arríen el pabellón cuando les arda la faltriquera y acaso los españoles radicales se den cuenta cuando sea tarde. Pero no se va a caer el mundo, ¡ca! Las ideas, como el Ave Fénix, renacen de sus propias cenizas.

No enmendalla

La presidenta Díaz nos ha revelado la clave del bastinazo electoral sufrido por su partido (de los 120.000 votos perdidos por el PSOE en las elecciones pasadas, 80.000 eran andaluces), y aquella no es otra que la falta de “un proyecto auténticamente atractivo y con credibilidad” para el PSOE. ¿Por qué si no pide ahora que se construya uno nuevo con esas características? Resulta curioso escuchar este reconocimiento inocente, que no es sino un dardo más dirigido contra el pobre Sánchez para segarle la hierba bajo los pies y, a ser posible, sucederle en el solio de ese desbaratado partido. Pero, en fin, más vale un reconocimiento temprano que seguir caminando con el ojo tapado como caballo de picador. Sostenella y no endendalla, dice el refrán antiguo. Sobran ejemplos de que, en política, esa estrategia ha dado tantos éxitos como descalabros.

El diablo cojuelo

No me hallo desde que estalló el bombazo conspiratorio de las grabaciones al ministro de Interior. No me siento seguro, qué quieren, sabiendo que un ojo cibernético puede vigilar mi intimidad como quien no quiere la cosa. Vélez de Guevara imaginó a un diablo encerrado en una redoma de cristal al que un estudiante de los antiguos libera recibiendo a cambio el privilegio de observar la vida de toda la ciudad. El hormiguero de Madrid –aquella “Babilonia española”— apareció inocente a los ojos de los alcahuetes que contemplaron a placer aquella hora del descanso en que las gentes se daban prisa a quitarse zapatos y medias, calzados y jubones, basquiñas, verdugados, guardainfantes, polleras, enaguas y guardapiés, “quedando las humanidades menos mesuradas y volviéndose a los primeros originales que comenzaron el mundo horros de toda baratija”. Un viejo sueño –penetrar la intimidad–, eterna ilusión de los curiosos y tarea de las dictaduras. Pues bien, Guevara no podía imaginar la literalidad que su metáfora adquiriría en nuestro tiempo, la era de ese “homo loquens” alienado desde su “esmarfon” en el vértigo de la locuacidad.

Mi amigo Maikel, que es sumo conocedor de los secretos informáticos, sonríe ante mi cándida estupefacción por lo del ministro jaqueado: “Mira –me dice condescendiente–, ¿es que tú no sabes que tu móvil puede ser una oreja y hasta un ojo vigilantes en tu privacidad? Hay programas espías capaces de activar el micro de tu móvil de manera remota, localizarte y grabar tus conversas, hacerse con tus mensajes y, en definitiva, vigilarte de la mañana a la noche”. “¡No jodas, Maikel!”. “No,si no jodo, es que es así, y no imagines al hacker escondido en su garaje; piensa mejor en las universidades, en las grandes, y en las cuevas más altas del poder. ¡Los americanos se quejan de Snowden como si ellos no hubieran espiado a la mismísima Merkel…!”. Maikel ha apurado su copa de solera y se ha despedido con esa libérrima naturalidad propia de la edad de oro, y yo he vuelto a casa dispuesto a quitarle la batería al celular que, por lo visto y oído, es lo único que puede protegerte de Cojuelo. ¡El techo de cristal! El mito no podía imaginar siquiera que el progreso arrasara la intimidad, esa conquista cívica exclusiva de nuestra especie. Lo raro es que no lo supiera el pobre Fernández, el ministro que dicen que levita los sábados viajando sin cesar desde Fátima a Lourdes. No son más primos porque no se entrenan.