Puerto de arrebatacapas

Tengo la impresión de que con las declaraciones de ese exdirector general de Empleo y Seguridad Social de la Junta sobre la existencia en ésta de un “fondo de reptiles” (sic) para financiar prejubilaciones ilegales, se supera todo cuanto llevamos visto en este Puerto de Arrebatacapas, que no es poco. Le ha dicho el hombre a la Policía Judicial que ese fondo “se administraba sin haberse tramitado procedimiento previo alguno y sin competencia para ello”, y por descontado, birlando la Intervención y sin rastro de publicidad. Hablamos de cientos de miles de millones de las viejas pesetas y, por tanto, de algo que no se concibe sin un concierto que incluya a la propia Presidencia.

El tonto útil

Laurent Joffrin ha reproducido hace poco en uno de sus magistrales comentarios una anécdota que, según él, tiene mucho éxito en El Cairo. Sostiene esa anécdota que en aquel gran país cada “rais” ha sido reemplazado en su momento por otro más tonto que él y que si Mubarak está todavía en el poder es porque no ha encontrado ninguno que lo supere en tontería. Así será, si lo dicen los propios egipcios, pero hay que reconocer que la perpetuación en el poder no la debe nadie sólo a sus cualidades sino al equilibrio de poderes capaces de sostenerlo en él. No sé, la verdad, si Mubarak es tonto o es muy listo, pero parece más que probable que mantenerse treinta años al frente de una nación con tan serios problemas y en un área tan problemática, no debe de ser cosa hacedera para un idiota por mucho que se adapte a funcionar como marioneta de otros más poderosos, y Mubarak es evidente que ha hecho cosas de enorme calado en ese periodo, en especial el famoso tratado de paz separada con Israel, que los EEUU y también Europa le han pagado generosamente a pesar de conocer al dedillo la corrupción de su régimen y su carácter implacable. Es fácil alancear moro muerto (o medio muerto), por descontado, y por ese lado entiendo la dura broma de Joffrin, y sin embargo me parece que sería mucho más justo decir que si en toda esa amplia zona que va desde Sudán hasta Mauritania imperan las dictaduras más tiránicas no es sólo porque unos tontos o listos locales las hayan impuesto sino porque las grandes potencias les han prestado y siguen prestando la ayuda imprescindible para lograrlo. Por lo demás, yo me apunto a esa teoría popular que dice que jamás un tonto se pilló los dedos con una cancela y lo que veo en esa desgraciada región no es otra cosa sino el éxito de una estrategia occidental que trata de garantizarse su petróleo, contener el auge islamista y salvaguardar la integridad de Israel. Al precio que sea. De tontos, nada, pues, que por allá y en todas partes está visto y comprobado que el más tonto hace un reloj.

Veremos, aparte de ese cuento, cómo se sale, al fin, de esta ratonera en que, como quien no quiere la cosa, se han metido de hoz y coz tantos países. Porque no me resulta fácil tragarme que lo que se reclama en Egipto (ni en Túnez, ni en ninguno de los países afectados) es la democracia tal como la entendemos por estos lares, y más bien preveo que, en cuanto se vuelva la tortilla, vamos a verle de verdad la cara al fantasma que esas dictaduras han tratado de conjurar hasta ahora con éxito. A Occidente le importan un rábano las dictaduras amigas. Tonto o cuerdo, Mubarak sabe eso perfectamente.

La sombra de Postigo

Crece el debate en torno a las autonomías –no a la autonomía—planteado desde el PP que, ciertamente, coincide en secreto con una vasta mayoría. Griñán, su escudero Jiménez, su antecesor Pizarro y hasta Valderas que no quiere perder comba, rescatan del olvido la sombre de Lauren Postigo y hacen ondear con fingido entusiasmo la bandera de la autonomía. Pero hay mucha gente, muchísima, que ha acabado desengañada de un modelo que sirvió para salir del apuro y dio no pocos frutos para acabar convirtiéndose en una huerta sin vallar. Es verdad que 17 Españas son demasiadas y, por supuesto, prohibitivas. De sobra saben esos “autonomistas” que este tren de gastos tendrá que parar antes o después.

Tres al día

Desde que comenzó este año de gracia, es decir, en el último mes, han sido ejecutadas en Irán nada menos que 74 personas. El sábado pasado colgaron a Zahra Bahrami, la iranoholandesa a la que el régimen de Ahmedinejad, tras detenerla en el curso de los disturbios que tuvieron lugar con motivo de su reelección en 2009, acusó primero de haber atentado contra la seguridad del Estado y, posteriormente, de un más que improbable tráfico de drogas para probar el cual el tribunal revolucionario no ha necesitado demasiadas pruebas. Holanda ha suspendido todo contacto diplomático con Irán y la UE ha protestado enfáticamente, pero lo cierto y verdad es que, como Zahra, al menos 74 personas han sido ejecutadas en Irán este mes –dos de ellas en la plaza pública— a razón de tres diarias. Según los estremecedores cálculos de Human Rights Watch, todo indica que Irán se cepillará alrededor de un millar de criaturas en 2011, superando tal vez por primera vez a la propia China, cuyo primer mandatario, por su parte, acaba de dejar claro en Washington que no admite presiones exteriores en materias consideradas internas y, por tanto, exclusivas, incluyendo los precitos derechos del hombre. Sólo el cinismo internacional puede mantener en pie esta tragicomedia y seguir argumentando el siempre relativo derecho de cada país a aplicar su tradición, aunque esa tradición consista en algo tan desmesuradamente brutal como es el hecho de estas ejecuciones masivas, lo cual obligaría en conciencia a plantearse la licitud de mantener la farsa de la convivencia con Estados tan demostradamente incivilizados, si esa mera cuestión teórica fuera posible en un mundo dentro del cual raro es el país que no tiene su cara oscura y sus cadáveres en el armario. El asesinato de Zahra Bahrami demuestra que ha fracasado de plano el proyecto de abolición de la pena de muerte que propugna la comunidad internacional y que ese proyecto sigue constituyendo una utopía que nadie ha pensado realizar en serio. La verdad es que a ninguna de esas instancias les quita el sueño que cuelguen a una mujer o a mil en Teherán. Holanda misma lo confirma con sus lágrimas de cocodrilo.

¿Y cómo podría ser de otra forma mientras los EEUU, China y Rusia sigan manteniendo en vigor esa bárbara actitud, y el resto de los países se limiten a representar cada cual el papel que le toca en el libreto? Hoy se empieza a relacionar el progresivo desvalor de la vida con el enrocamiento de quienes defienden la pena capital y no va a quedar otro remedio que darle la razón a los pesimistas. Un ser humano no vale un pito vivo, calculen muerto. Mañana nadie volverá a acordarse de Zahra Bahrami.

…Y no enmendalla

“Acusaciones muy gruesas con argumentos muy flacos”, le parece al PSOE, por boca de la sucesora in pectore, Mar Moreno, las que el PP ha formulado a propósito de las prejubilaciones ilegales que la Junta ha financiado descaradamente en una empresa pública del Ayuntamiento de Sevilla. Mantenella y no enmendalla, se llama eso, echarle cara al asunto y negar cínicamente, porque la verdad es que no hay modo de escurrir el bulto ante ese escándalo mayúsculo que, por cierto, deriva de las investigaciones de este periódico. No conocen ni por el forro la dignidad del reconocimiento de culpa. Así les va y así, previsiblemente, les irá.

Medir el mérito

Una propuesta lanzada en noviembre pasado en la prensa francesa sobre la posibilidad de eliminar las notas en la escuela está provocando en todo el país un subido debate entre profesionales, políticos y padres, partidarios unos de mantener el clásico sistema de calificaciones, inclinados los otros a sustituirlo por evaluaciones a cargo del profesor. La idea venía avalada por personalidades del peso del exprimer ministro Michel Rocard, el sociólogo François Dubet, el presidente del Observatorio Internacional de la Violencia o el director de Sciences Po, Richard Descoing, un elenco que, sin duda, ha contribuido a prolongar una discusión condenada de antemano al fracaso en un país tan aferrado al sistema antiguo. Se ha alegado, claro está, que el procedimiento de calificar a los alumnos mediante una nota numérica es rígido porque contribuye a la espiral del fracaso desde una obsesión clasificadora, pero por el contrario, el exministro de Educación Luc Ferry ha definido el proyecto como una “buena falsa idea” inspirada en la “estrategia del avestruz”. Ha habido, en cualquier caso, colegios que han suprimido ya el procedimiento de toda la vida alegando que la nota perjudica a los más débiles que ven en ella una sanción más que un estímulo, pero, como ya ocurriera en los años 60 en relación con experiencias similares, todo indica que serán las viejas notas escolares las que ganarán este nuevo pulso. Desde el Gobierno, Luc Chatel, actual responsable, se ha situado contra el ensayo oponiéndose frontalmente a la supresión del sistema tradicional, único capaz, probablemente, de reflejar con aceptable aproximación la realidad educativa. No se cuestiona la perfectibilidad del sistema, por supuesto, pero tampoco se conoce ninguno que pueda competir con él en cuanto útil de comunicación entre padres, enseñantes y alumnos. El mérito es una cosa muy seria para andar jugando con él a hacer experimentos.

Está claro que el fiasco escolar preocupa a gobernantes y gobernados pero no parece razonable buscarle solución a los actuales problemas de absentismo y fracaso en esos paños calientes que suponen facilitar el progreso del alumno incompetente o maquillar los malos resultados “premiando” con pluses de sueldo a los docentes, como se ha tratado de hacer en Andalucía, por cierto, con el digno rechazo de éstos. Pero lo que resulta extravagante es esta vuelta a los felices 60 en busca, quién sabe, si de una utopía extraviada o, simplemente, de la juventud perdida. Lo que está claro es que la solución a este fracaso generacional no puede consistir en igualar por las bravas al primero con el último de la clase.