Sigue la fiesta

Lo que ha revelado el sumario del “caso Poniente” no es más que lo se esperaba: que el Ayuntamiento de El Egido fue saqueado de modo sistemático por un grupo que manejaba una eficaz trama. Y sin embargo, el alcalde, tras salir de la cárcel, ahí está bajo los focos anunciando que piensa seguir adelante con los faroles, apoyado por un PSOE que funciona como socio suyo a cambio de conservar el chollo de la Diputación de Almería. En Sevilla, prejubilaciones ilegales, en Baeza, facturas falsas, más allá ventas ilegales de terrenos… No es extraño que los españoles vean en su clase política un obstáculo principal para la regeneración.

Ojos cerrados

Un párroco de los Abruzzos, Dom Aldo Antonelli, ha  decidido renunciar finalmente a su anunciado proyecto de mantener una “huelga de misas” en protesta por el silencio, “cómplice” a su juicio”, que la jerarquía eclesiástica mantiene en torno al repugnante escándalo proporcionado por el primer ministro Berlusconi, ese menorero sin escrúpulos que, sin embargo, no poco paradójicamente, ha aumentado su expectativa de voto desde diciembre pasado más o menos en cinco puntos. El párroco, como algunos medios católicos (Famiglia Christiana o Avvenire), entienden que el lenguaje empleado por la jerarquía –incluidos el cardenal Bertoni y el propio Pontífice—resulta tan insuficiente que sugiere una connivencia que los más pragmáticos atribuyen al compromiso adquirido con un Gobierno que ha garantizado, a cambio, el parón indefinido a la cuestión de los matrimonios homo, una pródiga financiación de la escuela religiosa y grandes rigores en materia de bioética. Pero sea lo que fuere, la verdad es que resulta insostenible esa política de paños calientes frente a un caso de corrupción moral que desborda con mucho lo tolerable por cualquier moral social y, muy especialmente, por una moral sexual tan estricta por lo común como lo es la católica, aparte de que constituya un disparate inasumible para la opinión pública en general. Una cosa es la vida íntima de los gobernantes (la de Mitterand y tantos otros ofrecen ejemplos señeros de permisividad por parte de esa opinión) y otra muy diferente el escándalo sistemático de un obseso despreciable que empieza a ser rechazado ya incluso por los tolerantes italianos. No se puede actuar como un cerdo en la vida pública pero tampoco cerrar los ojos ante ese espectáculo por parte de quienes reclaman la consideración de referente moral. El párroco Antonelli ha colgado en la puerta de su templo, entra las necrológicas, un tremendo aviso: “Duelo por el país humillado por un primer ministro y por su Iglesia cómplice”. Seguro que no está solo en su protesta.

 

Es tan difícil prever cómo terminará la lamentable aventura de Berlusconi como obvio que su mantenimiento se debe a la ausencia de una oposición que merezca ese nombre en un país que no se ha recuperado del fracaso de su clásico bipartidismo. Lo único claro es que ningún país decente puede soportar el peso de la desvergüenza y del oprobio sin pagar a cambio un fuerte peaje de desmoralización, y que la ambigüedad crítica no es aceptable cuando anden por medio valores que deben ser considerados innegociables, especialmente por una severa Iglesia cuyo peso electoral es proverbial. Van a terminar echando de menos a Don Camilo y a Pepone.

Más difícil todavía

El negocio de las prejubilaciones ilegales perpetradas entre el Ayuntamiento de Sevilla y la consejería de Empleo de la Junta –casi 700 millones de euros para pagar subvenciones y ayudas al margen de la Ley—es de lo peor hasta ahora descubierto en la saga de las corrupciones, y del proceso judicial en marcha pueden derivarse sanciones que habrían de recaer sobre algunos primeros espadas del partido en el poder. Extraña sobremanera el silencio de Griñán –inspector de Trabajo, hay que repetirlo—ante esta estafa en toda regla. Presidente de la Junta y secretario general de su partido, si lo prolonga deberá soportar sin derecho a protesta las peores sospechas.

Libertad religiosa

Están ocurriendo incidentes llamativos en este país que, en tanto no se demuestre lo contario, sigue siendo de mayoría católica. Como aquel en que un espontáneo dio pie a un choque con el oficiante de una misa tras haber pisoteado la hostia consagrada que acababa de recibir. O como el incendio frustrado de una iglesia de Majadahonda a la que primero atentaron colocando artefactos incendiarios que hubieron de desactivar los Tedax, y cuya puerta incendiaron luego tras la Misa del Gallo. O como la inconcebible decisión de la Universidad barcelonesa de suspender las misas celebradas en su recinto en función de un convenio vigente, “en tanto no se tengan garantías de seguridad” para los profesores y estudiantes que asistan al culto. Todo muy rancio, muy “frentepopulista” en el peor de los sentidos, es decir, en ése que hoy lamenta mucha gente de la propia izquierda poco dispuesta a permanecer encaramada en el guindo. Anden, vayan a una madrasa islámica y fuercen a la autoridad académica a contratar seguridad privada para preservar el derecho de todos a la libertad religiosa: verán lo que les espera. Aquí, por el contrario, esa autoridad ni siquiera se molesta en abrir expedientes a los reventadores (el 15 de diciembre, por ejemplo, un grupo de estudiantes “reventó” por las bravas una celebración sin que se conozca medida alguna contra ellos) aunque, todo hay que decirlo, discurra medidas tales como la de interponer una puerta en el pasillo que conduce a la capilla para impedir el paso de los vándalos. Con un tufo del peor Lerroux, como un inconcebible legado de eso que se suele llamar el “republicanismo histórico”, con vaharadas de tumulto incendiario y sugestión de profanaciones sacrílegas. Algo que cuesta entender hoy en la universidad española, incluso después de las aviesas campañas propiciadas desde el Poder. Vientos y tempestades. Que estas cosas pasen como meras y efímeras noticias es un mal síntoma. Convendría releer la crónica de nuestra anterior tragedia.

Hay quien acusa a la jerarquía católica española de mantener un integrismo inconveniente y anacrónico, y no seré yo quien discuta esa cuestión. Pero lo que está claro es que desde la acera de enfrente y sin motivo de consideración que lo justifique, lo que sí hay que lamentar es ese integrismo radical, fanático en su esencia, que agudiza a ojos vista su ofensiva anticlerical y antireligiosa, como si los derechos fundamentales pudieran perjudicarse o incluso hacer imposible su ejercicio. Probablemente no haya hoy en España manifestación ideológica más rancia ni síntoma más inquietante para una democracia que tiene que ser de todos.

Más en menos

Acaso ningún gobernante ha logrado, como Griñán, acumular más descrédito en menos tiempo. Algo que debe imputarse a la debacle generalizada que vive su partido y, con él, sus instituciones, más que a él mismo, en quien no pocos depositamos en su día unas esperanzas que se están demostrando vanas. Porque es verdad que Griñán está cometiendo errores colosales desde que llegó, pero sería impropio no recordar los que se perpetraron antes de su llegada. Lo que nadie esperaba, eso sí, es su apatía, esa suerte de atolondramiento que lo hace aparecer como un pasmarote ante una situación límite. Quienes dijimos que era lo menos malo que quedaba, nos vemos hoy en un brete difícil.

La prueba del robo

Un cuadrito de Degas pintado a comienzos de la tercera década del XIX, representando dos cabezas femeninas, ha sido devuelto por las aduanas yanquis a su país de origen 37 años después de haber sido robado del museo del Havre en el que se exhibía como préstamo del Louvre. Lo ha entregado voluntariamente su “propietario, una vez descubierta la pieza en el catálogo de Sotheby en el que se anunciaba su subasta. El negocio del mangazo de arte es tan productivo y diligente que hay ya por el mundo, además de los ficheros policiales como el que confecciona la Interpol (y en el que no figuraba el Degas perdido, ojo), otros tan importantes como el Art Loss Register, pero como puede comprobarse toda precaución resulta insuficiente frente a los mangantes dada la envergadura del negocio y la sofisticación de su estudiada opacidad. La riqueza tiende a la exclusividad y el negocio del robo de arte tienen en esa característica su razón de ser porque es evidente que, sin compradores, los asaltos artísticos serían apenas  incidentes aislados cuando no ocurrencias de majaretas. Eso sí, se roba de todo, es decir, se atribuye valor a un amplio espectro de los museable, como lo prueba que en los últimos tiempos hayan sido devueltos por aquellos servicios americanos lo mismo unas cabezas de Budas afanadas en Camboya que unos huevos de dinosaurios desparecidos de algún museo chino o incluso un sarcófago sacado de matute de los depósitos egipcios. Lo único que está a buen recaudo por su propia naturaleza son las “performances” con que trata de confundirnos una vanguardia que pretende hacer de la excentricidad un valor en sí mismo. ¿Quién compraría en el mercado negro una vaca en formol, un Cristo erecto o la réplica de un ser humano o de un perro ahorcado? Pues nadie, por lo que se ve. Los ladrones saben muy bien que su negocio está en los museos consagrados o en los santuarios privados y no en las bienales.

 

El Degas ahora recuperado fue cortado y extraído de su marco sin contemplaciones y a plena luz, lo que una vez más sugiere la posibilidad de que, en poco tiempo, los fondos de nuestros museos hayan de ser protegidos hasta el blindaje o, como se ha llegado a sugerir, incluso sustituidos por copias exactas que la reprografía actual tal vez permitiera mejorar casi hasta la perfección. Y estoy pensando, no sin un estremecimiento de nostalgia anticipada, en “El museo imaginario” descrito y vaticinado por André Malraux, concepto que las circunstancias podrían acabar imponiendo. Quién sabe si esa doble delincuencia conseguirá librar al arte de su fabulosa e inexplicable servidumbre económica.