Ojo por ojo

Un pastor protestante fue asesinado hace poco, en pleno día y de cinco tiros a bocajarro, en un mercado albanés. La causa no era otra que vengar en él el crimen cometido, al parecer, por un tío suyo hace cinco años, y el fundamento legal, el que ampara el “kanun” –especie de código penal consuetudinario aún vigente en países como la propia Albania, Macedonia, Kosovo o Montenegro—en el que se determina la responsabilidad vitalicia de cualquier varón –las mujeres, por lo visto, no “merecen” siquiera la venganza— por los actos de sus allegados. Una vieja historia, como sabemos, la del código de Hammurabi, ésa que la Biblia (Éxodo, 21, 23 y s.s.) detalla de manera prolija: “Cuando haya lesiones, las pagarás: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, cardenal por cardenal”. Así de terrible, pero vigente en plena modernidad, con el agravante de que se incluye en el precepto a adolescentes e incluso a niños, y que su plazo de vigencia es de siete generaciones. Su han organizado demostraciones varias, casi todas promovidas por organizaciones cristianas, empeñadas sobre todo en desmentir la idea desdramatizadora de que se trata de una reliquia primitivista sólo conservada en el formol ignaro de las tribus del norte y las clases ínfimas del país, aunque, en realidad, es un código que rige en todos los estamentos y niveles. El pastor muerto había pagado incluso un rescate por medio de su familia pero ni esa humillante actitud le ha librado de la venganza, ese placer que a Leopardi le parecía tan sublime que, con tal de ejercerlo, hasta podía desearse la injuria. Nada más entrañado en la baja humanidad y menos susceptible de superación. El problema está en que semejante actitud ha podido funcionar en sociedades aisladas en su propio atraso pero resulta incompatible desde el punto de vista de una convivencia europea.

 

¿O es compatible mantener de socios a países en los que sigue rigiendo a rajatabla esa moral bárbara y ese derecho primitivo? Entre las complejidades que se le plantean a nuestro proyecto europeo no es la menor ésta de acomodar los usos y costumbres de ciertas naciones hasta ahora marginales al concierto psíquico y, por supuesto, normativo, de la unidad superior. La distancia de hecho que aún separa a esas naciones de lo que pretende ser esta gran alianza no es sólo económica, obviamente, sino simplemente de orden psíquico. Un país en el que hay cientos de hombres encerrados en casa a cal y canto porque los persiguen los vengadores no tiene sitio en Europa si no es a riesgo de desmantelar cuanto ésta significa para la esperanza del progreso.

Las malas formas

En el último pleno del Parlamento andaluz se pudieron oír graves expresiones de insulto –“sinvergüenza” y “cabrón” llamaron, respectivamente, el portavoz Jiménez y secretario del PSOE sevillano, Viera, al representante del PP– y hasta a punto se estuvo de pasar de las palabras a los hechos. ¿Acabará este estado de nervios por provocar un parlamentarismo púgil como el que tantas veces escandalizó en ciertas Cámaras orientales? Mucha gente se pregunta para qué está esa Presidenta impertérrita que ni se inmuta ante estos nuevos bárbaros. Puede que cuando se quiera reaccionar ya sea tarde para evitar la bronca.

El macho feroz

Justo cuando los observadores subrayan la activa participación de las mujeres en las revoluciones que están teniendo lugar en los países árabes, un gran premio periodístico ha recaído en la portada de la revista Time en la que aparecía la imagen desoladora de la joven afgana Bibi Aisha, a la que su marido, aconsejado por un notable talib, había mutilado cortándole la nariz y las orejas antes de abandonarla a su suerte en un descampado. Ni que decir tiene que ante la polvareda levantada por el caso, líderes islamistas se han precipitado a negar que esa inconcebible práctica tenga cabida en la preceptiva coránica, pero hay que recordar que hace bien poco tiempo y en Turquía, otro bárbaro mutiló de idéntica manera a su esposa, mientras que en varios de esos países, particularmente en Irán, parece arraigada la norma de colgar o lapidar a la mujer acusada de adulterio. Medio Occidente se rasga hoy las vestiduras ante esa imagen terrible de la mujer desnarigada que oculta las cicatrices de sus orejas bajo una discreta melena mientras mantiene ingenua su mirada a la cámara, de la misma manera que hace poco también clamaba contra la ejecución de una desgraciada o la amenaza de lapidación de otras presuntas convictas. En Argelia se acosa y persigue a las “mujeres solas” que por, circunstancias diversas, se ven forzadas a vivir sin la compañía de un varón y hay constancia de que en Irán alguna hembra habría sido arrestada bajo la acusación de haberse expuesto al sol para broncearse. La brutal discriminación de la mujer va a ser, sin duda, uno de los caballos de batalla en esta guerra ya desatada por las libertades que se está librando en ese mundo instalado en su particular Edad Media frente a la irreversible modernidad. El 99 por ciento de las mujeres afganas padecen algún tipo de maltrato, según la ONU. Resulta lógico pensar que lo que esta temporada se dirime en el ámbito islámico no es sólo la posibilidad de una apertura política sino el cuestionamiento de toda una concepción del ser humano y de la vida que hoy resulta incompatible con el criterio superior de la mayoría civilizada.

 

Va más allá de la noticia y de la anécdota, indudablemente, la mano tendida por el mundo libre a Bibi Aisha, cuya aterradora imagen fuerza a cerrar a cal y canto el inverosímil diálogo que algunos pretenden mantener en pie de igualdad con ámbitos inconciliables. Porque si algo está dejando claro la realidad es que no hay trato posible con ese macho enloquecido que hoy ve como la hembra se empina con entusiasmo sobre el proyecto revolucionario de una sociedad nueva.

La cara del partido

La consejera de Presidencia anda haciendo juegos de palabras (y malabares, claro) para justificar lo injustificable, a saber el escándalo supremo de las prejubilaciones falsas y, posteriormente, el fraude en las ayudas a la creación de  empleo, ambos protagonizados por la Junta. Dice, por ejemplo, que “no estamos echándole cara al asunto” sino “dando la cara”, pero los hechos, que son tremendos y que cada día se agravan, no permiten ya otra dialéctica que la que supondría tirar de la propia manta. Ningún “caso” más grave ni más inverosímil que estos que se están descubriendo en plena crisis, y ella lo sabe. Aunque fuera por respeto a la opinión, en consecuencia, haría bien en renunciar a tanto camelo.

Mal comparado

Inquietante comparación entre el pueblo egipcio y el español la que ha hecho desde el PP, González Pons: “Habéis visto a Egipto. El pueblo, cuando quiere, puede. Y el pueblo español, quiere”, ha dicho sin pensárselo dos veces. O la de Chaves. “Todos somos egipcios”. Malas comparaciones, yo diría que insensatas, no sólo por las abismales diferencias entre nuestras sociedades, sino por el hecho mismo de que la, por el momento, exitosa “revolución” contra la dictadura, puede inspirarnos toda la simpatía que queramos (de hecho, ha sido saludada universalmente y casi sin excepción) pero no deja implicar riesgos de enorme envergadura a medio plazo, incluso si el proceso de transición controlado por los militares sale aceptablemente bien. ¿O es que cabe aplaudir sin reservas un movimiento que compromete seriamente el equilibrio en toda su región y, más allá, eventualmente, el del mundo entero? Es normal y está justificada de sobra la rebelión de las masas contra la tiranía perpetua pero hay que admitir que esa revolución se está haciendo a ciegas, es decir, sin que nadie, en ningún país, las tenga todas consigo sobre un futuro que no aparece nada claro más allá de la explicable y simpática euforia despertada por los rebeldes. Ahí están, sentados en primer plano en la mesa de negociación, esos Hermanos Musulmanes sobre quienes, al margen de especulaciones sobre su eventual adaptación a la democracia, no hay más que motivos de inquietud. No defienden la continuidad de la dictadura quienes plantean el peligro de una salida en falso desde el “régimen” hasta una circunstancia impredecible, en la que la sombra del extremismo islamista no es ninguna elucubración. Por eso no hay parangón posible –ni siquiera metafórico—entre la realidad egipcia y la española. La discreción no es ningún lujo sino una necesidad elemental en la vida política. Ignorar esto es jugar con fuego dialéctico.

 

Y más si cabe considerando que el acontecimiento egipcio no es separable del vasto movimiento, sin duda de trasfondo islamista, por más que, de momento, se limite a una reivindicación democrática. ¿Dirán lo mismo Pons y Chaves si mañana es Argelia la que “quiere” y pasado lo es Marruecos? Seguramente no, por descontado, pero más vale no iniciar la pieza si no se tiene claro el baile. Los egipcios han reclamado y conseguido un cambio imprescindible y legítimo que nada tiene que ver con la alternancia que puedan desear los españoles. Pero nada de nada, vamos. Aparte de que jugar con ese falso parecido emocional no puede ser más que una trampa consciente. Los tramposos saben, seguro, que su juego de palabras carece de sentido.

El buen hombre

No vale un pito el argumento desesperado que consiste en presentar las denuncias contra nuestra dirigencia política como ataques a Andalucía y a su pueblo. Cuentos. Lo que se denuncia son las golferías de quienes sean, por lo general con nombres y apellidos, sin relación alguna con el buen nombre de esta gente nuestra, por cierto muy distanciada –y en ello no es una excepción—de esa “clase” que, desde el Poder, mantiene secuestrada la soberanía. Andalucía no son ellos, no faltaría más que eso. Y en mi opinión la beneficia que se desenmascare a quienes en su nombre están organizando este indecente festín.