Mentiras repetidas

Insisten desde el PSOE, incluso tras descubrirse un segundo “fondo de reptiles” y otro aviso inatendido de la Intervención: para malos, los otros, para irresponsable, el PP, que tiene su propia corrupción y protege a sus corruptos. Hasta ahí es difícil disentir de la estrategia del PSOE, pero cuando empieza el plañido ése de los “cuatro o cinco” desahogados que “han podido traicionar al partido”, es cuando se ve con claridad que Griñán, Chaves y los demás, están contándonos una milonga porque no tienen otra posibilidad. La realidad los ha abrumado, están ahogándose en su propia imprevisión y no tienen otra salida. Pero ello no los librará del oprobio que esos “casos” demostrados suponen. Podrán alargar su agonía, pero no librarse de esa moribundia política.

Ganar y perder

Nunca llueve a gusto de todos y menos en el ámbito de la globalización. Lo estamos viendo estos días aciagos al comprobar el viejo apotegma de que en este perro mundo cuando uno gana un duro, otro lo pierde, y que lo que beneficia a unos perjudica a otros. ¿O no nos hemos percatado de que durante muchos días el terremoto de Japón ha eclipsado la crisis libia permitiendo al sátrapa rehacerse desde el agobio casi hasta la victoria? Los expertos en la Bolsa neoyorquina nos informan de que la crisis nuclear ha hundido los precios del uranio pero ha relanzado con inusitada fuerza los del carbón y el gas natural, mientras que desde el negocio turístico se confirma que las revoluciones en los países árabes están beneficiando en gran medida al sector español convertido de golpe y porrazo en alternativa del turismo mediterráneo. Parece que, por otra parte, no están claras las consecuencias de la masiva repatriación del yen sobre la apreciación de otras monedas, pero parece seguro ya que habrá de frenar los esfuerzos de recuperación que parecían no ir por mal camino en Occidente, y muy señaladamente el leve crecimiento que comenzaba a percibirse en la economía española. Es verdad lo que Tamames nos decía hace unos días –que la especulación es el alcaloide del Sistema—pero estamos descubriendo de paso que la interdependencia actual teje una trama inextricable de causas y efectos que poco tienen que ver con el “efecto  mariposa” pero cuyas consecuencias son los que éste anunciaba. La tierra tiembla en Japón, los pueblos árabes se rebelan en sus desiertos, y se vienen abajo o arriba los ganapanes de medio mundo y los del otro medio. Carbón por uranio, yen por dólares: cada pedrada en el estanque común alcanza con sus puntuales ondas hasta el último confín. La mortandad de Fukushima puede beneficiar la minería asturiana, el síncope egipcio o la batalla libia está compensando en nuestros aeropuertos el daño causado por las huelgas contra Aena.

 

Duro va, duro viene, insisto. No sé por qué dicen algunos que la lectura economicista de la Historia ha pasado a mejor vida, cuando su confirmación está a la vista miremos hacia donde miremos, por más que resulte obligado reformular los términos de aquel determinismo. Aparte de que si ésta es la lógica y virtud del Mercado, la “astucia de la Razón” y su “Mano Invisible”, aviados vamos. ¿Cómo estar seguro en esta escena movediza en la que el gesto de cada actor condiciona al de enfrente y viceversa? Baja el uranio y sube el carbón, se mueve el yen y compromete al dólar. La especie se ha universalizado dentelladas. El pesimismo de esta era se parecerá poco a sus antecesores.

Culpa común

El PSOE se empecina en mantenerla y no enmendalla tras la sentencia del TC que se carga el absurdo de la competencia exclusiva del Guadalquivir y la consiguiente ruptura del principio de unidad de cuenca. Los demás partidos callan, siendo como son igualmente responsables del disparate, uno más entre tantos como esos políticos enredadores utilizaron para vestir el muñeco del nuevo Estatuto. Nadie quiere reconocer que la culpa fue de todos y de cada uno aunque, ciertamente, entre todos tendrán que buscar ahora solución al problema que implica darle marcha atrás a esa moviola. Un pan como unas tortas, ese Estatuto. Pero es de justicia reconocer que la culpa no es de uno solo sino de todos.

El oso y el Dios

Dos imágenes han llevado al ánimo de los japoneses la gravedad de la hora en que vive su país. La primera es la de un osezno, un panda desconcertado por el seísmo, que buscaba amparo desesperadamente refugiando su cara entre las piernas de un policía del zoo que, a su vez, lo consolaba con visible ternura. La otra es la del propio emperador, la del “Hijo del Cielo”, la del que fuera trece siglos trasnieto del Sol Naciente y sólo jefe del Estado constitucional desde 1943, que se ha dignado asomarse al televisor rompiendo la norma de lejanía en que se ha fundado siempre su misterioso prestigio. La del oso habla por sí sola, en especial si recordamos que lo habitual en las catástrofes es que nos lleguen noticias del infalible instinto animal para presentirlas y poner tierra por medio. La del emperador, porque confirma la veneración residual de ese pueblo por sus tradiciones al tiempo que la inutilidad de una institución cuyo mensaje, a la hora aciaga de la verdad, apenas ha consistido en unos cuantos tópicos del todo prescindibles. Nunca se ha confirmado la leyenda de que Mac Arthur pensara en su día en la imagen rompedora de poner al dios de rodillas en el acto formal de la rendición y de que sólo la discreción de Washington lograra frenar el insensato proyecto, pero viendo a Akihito asomarse a la pantalla como un portavoz cualquiera y desgranar como un político más su breve sarta de banalidades, la verdad es que la miseria actual del mito se revelaba con insuperable rotundidad. Entre el cúmulo de observaciones y lugares comunes que estos días está provocando la tragedia japonesa, se me antoja que esas dos representaciones, conmovedoras cada cual a su manera, tardarán en borrarse tanto de la memoria propia como de la ajena. El tsunami no sólo ha herido de gravedad al país sino que ha servido para revelar súbitamente el secreto a voces, tan bien guardado por lo demás, de la liquidación del pasado.

 

Para lo que, de momento al menos, no hay imágenes es para ilustrar el futuro del Japón. Nadie sabe qué está ocurriendo y menos qué puede pasar una vez acallado el clamor si es que se logra superar la crisis de modo al menos razonable. Todo el mundo se hace lenguas de la disciplina nipona, de la capacidad de sacrificio de un pueblo que desde sus cenizas supo elevarse a la cima entre las grandes potencias, pero nadie puede imaginar siquiera qué suerte le espera a la salida de este apocalipsis. Un oso asustado buscando amparo en un gendarme y un emperador sin palabras son la única respuesta, por el momento, a ese interrogante. Japón está lejos pero cerca. Ni sus zoos ni sus palacios son tan diferentes de los nuestros.

¿Final de partida?

El escándalo del fraude en las jubilaciones se ha cargado a Griñán. Y no sólo al poner en almoneda su futuro sino al liquidar su pasado con la evidencia de que lleva años copresidiendo o presidiendo el desorden y la arbitrariedad de este partido sin reglamento. Y encima no puede cesar a su consejera insostenible porque es su propia coartada mientras que ésta lo tiene difícil para dimitir porque al hacerlo arruinaría el montaje completo. Lo que pretendieron que no era más que un incidente de aprovechados ha resultado ser una trampa mortal en la que puede que naufrague el “régimen” y se liquide toda una generación.

Zafiedad nacional

No ha sido la de Luis Olivencia la primera crítica del estreno ése que anda revolucionando nuestras taquillas en la que tropiezo con la negativa a asimilar con el zafio autor de ese engendro al público que lo consume. Se alega que el personal tiene derecho a relajarse, que la grosería y la vulgaridad no son nuevas en el cine español y que, sobre todo, al menos este ejercicio extremo de insolvencia estética se lleva a cabo sin aprovecharse de las subvenciones con que aquí se asiste a cualquiera desde el Estado en nombre de una industria que tiene demostrada su inviabilidad. Bueno, cuestión de enfoques, por supuesto, pero estoy seguro de que una notable mayoría de españoles –y lamentablemente también aquí la estratificación social tendría mucho que decir—rechaza con indignación estas exhibiciones cutrerío y pésimo gusto que no son, por fortuna, al menos todavía y a pesar de los pesares, la tónica común de nuestra sociedad. Siempre fue norma de la representación artística la libertad de expresión e incluso el recurso a la truculencia humorística más degradada, eso es cierto, pero dudo que jamás se le haya ocurrido (ni permitido) a un responsable de espectáculos dirigidos al público en general el margen irresponsable de que gozan engendros como el que estos días arrasa en nuestra taquillas. Y si eso es así, si ese mismo público, que no va al cine si no es a base de ayudas públicas o privadas, se arremolina ahora para garantizarse la contemplación de semejantes torpezas, tienta la hipótesis de que él también –nuestra gente de la calle y algo más seguramente—se va deslizando hacia los mismos niveles de degradación y patanería que se le proponen desde ese cine descerebrado. Y que no me vengan con la monserga de Baudalaire de que el atractivo del mal gusto reside precisamente en el placer aristocrático de repudiarlo. El atractivo de la ruindad y la bellaquería pertenece a los ruines y a los bellacos, no hay que darle vueltas.

Lo alarmante de un éxito masivo como el de la saga de Torrente es su dependencia de ese humor bergante que se ofrece como alternativa y tal vez como catarsis a un público seguramente desbordado por las dificultades de la vida. Toda una escuela –eficacísima, sin duda—de baja picaresca, una eficiente universidad del mal gusto subliminalmente ofrecido como envés de la lógica urbanidad, miga miserable de la aberración en que aprender a deletrear el silabario de la miseria. Don Eugenio D’Ors sostuvo que lo más revolucionario que se puede hacer en España es tener buen gusto. Al menos en este sentido, no cabe duda de que andamos hundidos en aguas de la más profunda reacción.