Cultura y política

En Francia está resultado hilarante la reacción provocada por el patinazo de un secretario de Estado conservador que, entrevistado en un periódico, contestó a la clásica pregunta sobre su libro preferido confundiendo el famoso “Zadig” de Voltaire con una marca de “prêt-à-porter”. No hay por qué exigir a los bustos parlantes de la política una cultura extensa ni un granado criterio literario, pero otra cosa es el desahogo de fingir públicamente esos conocimientos de los que, muy probablemente, carece la mayoría de ellos. Al presidente Suárez, que era un instintivo de marca mayor, le preguntaron con ocasión de la muerte de gran escritor que cual de sus obras estimaba más y Suárez replicó sin pensárselo: “Pues todas, hombre, pues todas…”. La “clase política” no suele tener tiempo para leer y ello, junto a la mediocridad de su formación media, acaba produciendo un desahogado distanciamiento de la cultura en general que se ha ido agravando con el tiempo y no solamente en España. A un político de fuste que peroraba encendido sobre la necesidad de fortalecer la educación entre nuestros objetivos políticos, preguntaba el otro día un oyente por la formación de los representantes públicos, a lo que nuestro prohombre, sin duda condicionado por un fuerte ramalazo gremialista, contestó elusivamente con el argumento de que forma parte de la grandeza de la democracia el hecho de que cualquiera, al margen de su bagaje formativo, pueda acceder a los más altos puestos de la sociedad. Menos mal que todavía hay países, como Francia, en que respingan sobresaltados cuando advierten pifias culturales intolerables en sus responsables públicos. Aquí, por el contrario, se han hecho chistes, todo lo más, ante los disparates de una ministra de Cultura, precisamente porque ésta es un área considerada expletiva incluso por su máxima gestora. Lo raro sería otra cosa en un país cuya dirigencia política concibe el estímulo del conocimiento científico como una competencia con los saberes humanísticos y en el que se ha llegado a plantear seriamente eliminar las disciplinas de Historia o Filosofía de los planes de estudio.

 

Da un poco de envidia, ya digo, comprobar lo lejos que estamos de algunos vecinos, pero la verdad es que acaso no sería posible otra cosa en un país como el nuestro, en el que confundir el mismísimo Ministerio a Víctor Hugo con Leonardo, como de hecho hizo alguna vez una  ministra, fue considerado por la mayoría en términos veniales. La política es una actividad pragmática que puede y suele prescindir de eso que entendemos por Cultura. Conforta comprobar que aún quedan lugares donde se cuestiona esta lamentable realidad.

En caída libre

Hemos conocido muchas crisis internas en el PSOE andaluz pero ninguna de ellas resulta comparable a la actual, entre otras cosas, porque jamás Madrid apoyó al Presidente cuestionado frente a los rebeldes. Muy mal deben de andar las cosas para que Griñán rompa la baraja y abra en la organización una riña tumultuaria de consecuencias tan previsibles como seguramente irreparables. Pero ésas son cosas que les ocurren a todos los partidos cuando se deshacen en bandos y la autoridad del líder brilla por su ausencia. El PSOE-A va en caída libre y hay que decir en abono del impotente Griñán que la causa ha sido la desconsiderada estrategia del chavismo. Una vez más y en la peor circunstancia, ese partido hegemónico so olvida de Andalucía para abismarse en su faltriquera.

Burbujas de ocio

Mi maestro José Antonio Maravall, que ahora cumple su centenario en el más riguroso silencio, solía mostrarse inquieto por la trivialización del saber y de la enseñanza que ya en su tiempo se entreveía en el avance de los medios tecnológicos, por entonces, todo hay que decirlo, mínimo si se piensa en lo que está ocurriendo hoy. Lo que le inquietaba era la idea de que ciertas técnicas pudieran acercarnos al saber reduciendo el esfuerzo, no porque el esfuerzo fuera imprescindible –en línea con el concepto mítico del castigo divino—sino porque fuera de él no resultaba fácil imaginar un aprendizaje  auténtico. Por desconfiar, Maravall desconfiaba hasta de los apuntes, aquel instrumento universal y entonces único en manos del estudiante, en la medida en que veía en ellos un atajo hacia un saber consecuentemente reducido respecto al que podía adquirirse en el trato convencional de los libros. Sin darnos cuenta apenas, sin embargo, nos hemos plantado en esta cultureta apocopada que permite informarse sumariamente de cada tema –sin garantía alguna de fiabilidad, eso sí—con sólo teclear nuestro objetivo en un buscador cualquiera que va a ofrecernos la posibilidad de “fusilar” el tema en unos conceptos elementales y, con enorme frecuencia, poco solventes. Ahora me entero de que una universidad argentina, la de El Salvador, ha lanzado un proyecto de postgrado que será impartido ¡por el teléfono móvil!, con la pretensión de “aprovechar” lo que esos cabezas de huevo denominan “burbujas de ocio”, es decir, los mínimos espacios de tiempo libre que nos ofrecen nuestros desplazamientos en el bus o la espera en la antesala del dentista, como si el saber –el conocimiento, en definitiva—fuera asequible en ese régimen precario y urgente que es el que ofrecen esas situaciones. Cinco materias cada tres meses, con sus correspondientes tutorías, permitirán imponerse en matemáticas o en metafísica, con sólo hurgar en el teclado de su telefonillo, a cualquier desocupado que disfrute de esas “burbujas de ocio” en la que, por lo que se ve, vamos a depositar toda nuestra confianza docente.

 

No tiene salida ese concepto del aprendizaje sin esfuerzo, y menos si cabe el cuento del aprovechamiento de circunstancias, como ésa del tiempo intersticial, para sustituir al viejo e insuperable modelo de la dedicación intensiva. ¡Cursar una materia en un móvil e instaurar la utopía del “elaerning” o formación en Internet! Todo indica que llevamos el camino de la reducción del saber y la esquematización de los aprendizajes y que, por supuesto, mi maestro no iba descaminado cuando se inquietaba ante unos simples apuntes. El saber no es ningún juego ni existe al margen del sacrificio. No ha de pasar mucho tiempo para que comprendamos esa elemental obviedad.

El partido manda

Tremenda reaparición de Guerra en la precampaña electoral, en amor y compaña del gran muñidor del caso de las prejubilaciones falsas y dispuesto a defender esa rapiña con los argumentos más pobres y gastados, para decepción de quienes aún pudieran esperar de él algún refuerzo moral, incluidos muchos guerristas. Guerra es el paradigma del político profesional, atado al partido como a una empresa y al cargo como a un clavo ardiente, y lo mismo vota los Estatutos que descalificó en público, que defiende ahora el mayor montaje defraudador registrado en la autonomía. De Guerra no queda más que su demagogia y el estómago agradecido. Hay que ver por lo poco que puede ponerse en almoneda incluso un personaje que lo tuvo todo.

La paz deportiva

La prensa india se venía abajo la semana pasada repleta de titulares apocalípticos. En el sombrío panorama de las relaciones con Pakistán, en especial tras el atentado registrado en Bombay hace unos años, un acontecimiento ha logrado elevar al máximo la tensión propiciando, sin embargo, la insólita aventura diplomática que en aquellas circunstancias supone un entendimiento oficial, pero éste ha llegado al aceptar el primer ministro pakistaní la invitación de su colega indio para asistir al encuentro de semifinales de la copa mundial de cricket que habría de celebrarse en Mohali, una localidad del estado de Penjab. Dos países atrapados entre la tensión y la parálisis y una paz precaria en torno a un acontecimiento deportivo, un aluvión de declaraciones invitando a la paralización del trabajo para asistir al espectáculo, unanimidad favorable en la prensa a ambos lados de la frontera y, en fin, un clima de entusiasmo que ha logrado, de momento, abrir una grieta en el muro bien fraguado de la histórica enemistad entre esas dos naciones. La competición muestra, una vez más, su paradójica capacidad conciliadora hasta el punto de permitir en nuestros días una réplica de la clásica “paz olímpica”, en una región dividida por la enemistad histórica, desmentida durante unas horas por esa minicumbre circunstancial de los dos líderes celebrada en el palco de un estadio, que ya ha sido retratada por la prensa como la “diplomacia del cricket”. El deporte es un agente político de primer orden para bien y para mal, como lo prueba que allá por el año 70, con motivo de las eliminatorias para la final del Mundial correspondiente, la que Kapuzinski llamó “guerra del fútbol” se saldó con miles de muertos y una ruina económica sin precedentes para ambos países. Bienvenida, pues, esta provisional paz del cricket que abre limitadas pero reales esperanzas al deseado entendimiento.

 

Me han llamado la atención, junto con la foto sonriente de los mandatarios,  los titulares de los periódicos de uno y otro bando –“La última aventura”, “La fiebre se apodera de India”, “Todos los caminos conducen a Mohali”–, expresiones de un estado de ánimo, sin duda, pero también prueba del papel inductor que los medios tienen en cualquier situación y muy especialmente en circunstancias extremas. Y esa tensión espectacular vivida durante un par de horas por dos países, que ni siquiera han dudado en muchas ocasiones en amenazarse con sus armas nucleares, reducida ahora al debate sobre los lances de un partido. El deporte es un psicótropo con el que resulta obligado contar en un mundo que apenas concibe ya la paz fuera de la cancha y al margen del reglamento.

Flexibilidad sindical

El sindicato Comisiones Obreras (CCOO) no quiere discusiones sobre el negocio de las prejubilaciones falsas financiadas por la Junta ni quiere saber nada de nuevos controles para evitar fraudes como los indignantes que se han descubierto. Incluso recurre la manoseado argumento de que la denuncia de este colosal estafón público esté perjudicando la imagen de Andalucía, y llega a decir que si la jueza está en su derecho de reclamar la documentación que considere necesaria, la Junta también lo está en el suyo de decidir qué documentos quiere entregar. La “concertación” funciona como un reloj, no cabe duda. Lo que no se es qué opinarán de esta actitud los trabajadores y jubilados.