Clase y casta

Se ha repetido mucho sin explicarse con rigor el hallazgo de Víctor Pérez-Díaz y J.C. Rodríguez sobre la percepción peyorativa que los ciudadanos españoles tienen de sus representantes políticos, ese colectivo privilegiado que se resiste a verse como “clase” sin sospechar que el concepto que les vendría al pelo, tal como van las cosas, sería más bien el de “casta”. Digo que sin el debido rigor, tras leer con atención el estudio de referencia (“Alerta y desconfiada. La sociedad española ante la crisis”, FUNCAS), excepcional pesquisa sobre el estado de ánimo de unos ciudadanos que, dentro de los límites que señalan con precisión los autores, desconfían de un “estamento” cuya legitimidad no cuestionan pero cuya actitud deploran. Para no extrañarnos demasiado recordemos lo que decía Péguy, a saber, que los políticos tienen un concepto de la política igual al de todo el mundo, es decir, la desprecian, criterio que no implica la miseria ni el rechazo de la política misma (y menos de la democracia) del mismo modo que las ideas sobre la futilidad de la vida no suponen el suicidio. Dos minuciosas encuestas han permitido a los autores, en efecto, entre otras muchas cosas, bosquejar la imagen colectiva de esa “clase” basada en la intuición de que, al convertirse en oficio o profesión, el político se ha distanciado del común al tiempo que se ha unido, por encima de las diferencias supinas, para formar bloque de intereses con los adversarios y aún con los enemigos. ¿Por qué creen tres de cada cuatro españoles que esa “clase” se funda en el disfrute de protecciones y privilegios exclusivos por completo ajenos al peatón? ¿Por qué en esa misma proporción los españoles ven a los políticos como una “comunidad dividida” cuyos bandos sólo escuchan al rival para rebatir, ajenos a cualquier sentido de la autocrítica y por completos “cerrados” en el sentido weberiano? ¿Y por qué estima la gente que los políticos se denigran entre sí para ocultar su incapacidad de reaccionar ante la crisis, lo que lleva a más del 82 por ciento a afirmar que en España no disponemos de políticos responsables?

 

Se percibe una mezcla de esperanzada perplejidad en los autores al comprobar que, a pesar de su pésima opinión del político, el ciudadano conserva cierta serenidad/conformidad de fondo que le permite mantener su malhumorado apoyo al Sistema, acaso porque intuye que la deformidad ética y moral del representante, por patente y escandalosa que resulte, no es sino un reflejo de la propia sociedad. No me explico el disgusto con que estas conclusiones han sido acogidas en amplios sectores partidistas. Con un canto en los dientes deberían darse, bien miradas las cosas, teniendo en cuenta el panorama.

El mayor fraude

Ningún  fraude, entre los registrados en la crónica autonómica, resulta comparable al de las prejubilaciones falsas financiadas por la Junta que, entre otras cosas, se está demostrando (las últimas demostraciones ayer en El Mundo y en El País) que favorecieron a no pocos dirigentes del PSOE. Cerrarse en banda amenazando con querellas a quienes acusen a Griñán o a Chaves de tener responsabilidades en el disparate, como ha hecho la Junta, no pasa de ser un brindis al sol. Ya verán cómo no se querellan ni con Arenas ni con Valderas ni con los diputados acusadores, que no son pocos, a pesar de sus cargas. Si no aclaran este asunto es porque no quieren enfangarse hasta el cuello, pero lo que no pueden es coartar la libertad de expresión.

Historia a posteriori

En diversos medios americanos y europeos compruebo la audaz operación del entorno de Bush de tratar de apuntarse el tanto de las actuales revoluciones árabes, según ellos probable consecuencias del disparate de la invasión de Irak. ¿No serán todos estos movimientos la consecuencia del ataque a Sadam Husein?, se preguntan capciosamente esos pretorianos, que pretenden presentar aquella invasión como el pistoletazo de salida de un movimiento democratizador de amplio alcance. Las reacciones no se han hecho esperar, como era lógico, incluyendo desde las que parten del fracaso pleno de la aventura de Irak y denuncian le calamitoso estado del país en este momento, hasta quienes arguyen que las revoluciones a que estamos asistiendo atónitos estos días no son consecuencia de ningún estímulo exterior sino efecto de variables endógenas, como lo demostraría el indecible despiste de las cancillerías occidentales, comenzando por esa embajada yanqui en Egipto, completamente despistada a pesar de que mantiene en El Cairo nada menos que mil seiscientos funcionarios. Y en fin, ahí están también los objetores que alegan que es muy pronto aún para saber a ciencia cierta qué es lo que van a dar de sí estas convulsiones locales, que son, por otra parte, tan diferentes en Túnez o en Trípoli. Hay una grave diferencia entre imponer la democracia por las armas –como implicaba el alocado el plan de Bush y sus aliados—y apoyar procesos emancipatorios surgidos de los propios pueblos oprimidos de los que –ésta vez sí– cabe esperar una razonable posibilidad éxito popular. La propia actitud dubitativa de las democracias occidentales ante el conflicto y guerra civil abierta en Libia prueba que los proyectos democratizadores del llamado “mundo libre” van muy por detrás de las circunstancias. Gadafi actúa con tanta tranquilidad porque conoce bien el paño. Qua a los otros no les haya dado tiempo a zafarse del lazo no prueba nada.

 

Nadie sabe en este momento si la hora del cambio –la salida del Islam de su Edad Media colectiva– ha llegado ya o estamos simplemente ante sucesos que, pasado el remolino, permitirán a las aguas tradicionales volver a sus cauces. Lo que sí sabemos, en cambio, es que en ese mundo no se acepta ni en broma la injerencia extranjera y la imposición de un sistema de organización social por completo ajeno al de su milenaria tradición. Y tampoco estamos seguros de qué podría ocurrir en esa región si los tiros de la escopeta revolucionaria les salieran por la culata a sus simpatizantes oportunistas. ¿Alguien prefiere una Libia tribal a la dictadura de Gadafi? Esa pregunta vale hoy, seguramente, mucho menos que mañana.

UGT apaga la luz

El sindicato UGT, lamentablemente no del todo ajeno ni mucho menos al lío de las prejubilaciones falsas, no quiere que haya comisiones de investigación. Dice que, “con los datos que nos constan”, no deben de ser tantas las personas implicadas en el enorme estafa, y cree que “se está extralimitando de tal manera la situación en términos políticos” que las “comisiones de investigación “enredarían mucho más”. ¡Lo que hay que oír! Bastante debería tener UGT con explicar –ojalá que ante una comisión parlamentaria—qué hacían propios suyos en ese negocio. Apagar la luz por las bravas solamente sugiere un explicable temor a verse en sorprendida en una postura aún peor.

El sueño europeo

Un libro breve de Alain Minc, “Un petit coin de paridis”, que probablemente no tendrá entre nosotros eco ni traducción. Un libro entusiasta y no poco mítico porque el paraíso en cuestión es nada menos que Europa, sí, esta Europa que conocemos, la del laicismo triunfante, el éxito de las libertades y el respeto a la democracia, pero también, ay, la del parpajazo de la Constitución común, la de la crisis financiera del 2008 o la de la moneda única que la siguió, la que carece de política exterior y no logra ni a tiros superar la idea de Monnet que postulaba que una Europa unida surgiría de la realidad de un mercado común eficiente y exitoso. Minc defiende lo que hay con entusiasmo incluso frente a unos EEUU que cada día se alejan más de un destino común, entre otras cosas a causa de esa presunta degeneración y que él ilustra con la imagen de Dick Cheney firmando desde el Poder el contrato de guerra más fastuoso de la historia o con el hecho comprobado de que, al contrario que en nuestro continente, la zanja entre el “gran dinero” y la masa ciudadana es cada vez mayor. Un optimista, Minc, qué duda cabe, que pretende archivar la objeción crítica que suele hacerse a este continente sin concepto, a este ser sartiano en el que, como se ha dicho alguna vez, la existencia es anterior a la esencia. Vale, pero ¿y el milagro alemán, y el prestigio de la cultura comunitaria, y el papel ejemplar que, bien que mal, ejerce Europa todavía sobre su alrededor? Para Minc el problema vendrá para nuestros hijos el día en que los países hoy “emergentes” –toquemos madera—logren desplazar ese modelo que responde, en buena lógica histórica, al desarrollo, quién sabe si póstumo, de la Ilustración. Puestos a medir el grado de democracia en función de la debilidad de las oligarquías –insiste el mitógrafo–, Europa gana por puntos a un rival como EEUU que ha “regresado” en los últimos treinta años hasta el punto de triplicar la renta de sus potentados que aquí habríamos sabido mantener a raya. Pintar como querer, tal vez, pero no puede negarse que tienta tanta voluntad y tanto coraje.

 

Europa se supera tras cada crisis pero la verdad es que en ella se precisaría hoy un microscopio para distinguir entre socialismo y estado liberal, aparte de lo desconcertante que pueda parecernos este inmenso y complejo reloj sin relojero que, de momento, parece tener cuerda. Y no falta quien se pregunte ya, con el libro aún caliente, si Minc no estará mezclando las churras del integrismo neoliberal con las merinas de los logros democráticos. Cerramos el libro con la inquietud de saber si le queda mucho (¿o poco?) a ese ser sartriano amenazado desde lejos pero también desde su interior.

Pobre intervención

Nada tan comprometedor para la Junta de Andalucía en el negocio de las prejubilaciones falsas por ella financiado como los informes que, durante años, emitió la Intervención de Hacienda –que entonces encabezaba Griñán como consejero—descalificando el procedimiento empleado. La otrora poderosa Intervención se ha convertido en el pito del sereno, sometida de hecho a la decisión política y desprovista de cualquier posibilidad de reacción. Ésa es la causa fundamental de todas las corrupciones y el mejor exponente de la politización de la Administración, raíz de todas las corrupciones. De conocerse esos informes, pocas sillas quedarían seguras en las altas esferas. Por eso, precisamente, lo más probable es que nunca se conozcan