Valverde arruinado

El pueblo de Valverde, noble villa, resulta que es hoy por hoy, con más de 2 millones seiscientos mil euros amarrados,  el octavo Ayuntamiento de España en el lamentable ránking de la deuda a la Seguridad Social, una circunstancia que nada de raro tiene teniendo en cuenta quiénes son los administradores del caudal público, pero que resultará un grave obstáculo para que el pueblo consiga los préstamos imprescindibles, las inversiones del Plan E –¡y con la Plaza hecha un solar!—o los Talleres de Empleo. Sale mucho más cara esta tropa advenediza –incluso sin contar las mariscadas– que un equipo de profesionales solventes. Los valverdeños deberían considerar esta paradoja calamitosa.

Mito con cascabel

De nuevo asoma la gaita la leyenda del gato empeñada en ver el sinuoso animal un sujeto mágico, venerado desde antiguo en culturas muy distintas que en él han visto lo mismo la cara de Dio que el disfraz del demonio. En cualquier manual tiene el lector el resumen de esa creencia inmemorial que los papiros egipcios divulgaron mucho antes de que la superstición del mundo cristiano se fijara en él como inquietante expresión lo maligno muy relacionada con la muerte. Esta vez la noticia surge lanzada nada menos que por ‘The New England Journal of Medicine’ aunque la verdad es que viene rebotando hace tiempo por las gacetillas que dan cuenta de las hazañas de un gato hospitalario capaz de predecir la muerte simplemente ovillándose junto al paciente en el que detectaría, nadie sabe por qué oscuro mecanismo, la inminencia del desenlace, es decir, justo lo que la medicina científica siempre renunció a asumir. La leyenda del gato surge con un milagro atribuido a Noé quien, desesperado por la presencia de ratones en el Arca, habría hecho surgir la especie del estornudo del león mucho antes de que, ya en pleno nilotismo, la diosa Bastet se hiciera de prestado con su cara y esos ojos nictólogos que le permiten cazar en la oscuridad. Sólo en el ámbito cristiano prospera la idea e imagen del gato maléfico, encarnación satánica incluso, aunque parece que ya los celtas desconfiaron de esa mirada enigmática, asociada con insistencia a lo femenino. Y ahí tienen a todo un prestigioso geriátrico yanqui acollonado ante los devaneos del minino a cuyas premoniciones atribuyen sus galenos causas tan improbables como extravagantes. ¿Por qué se traga el hombre con tanta facilidad la leyenda, sobre todo si resulta escalofriante? Poe tampoco debía de saberlo pero hizo con los poderes de un gato negro un relato aterrador.

Imagino el terror de los asilados conscientes que alcancen a ver al gato predictor darse un garbeo por sus habitaciones, pero sobre todo, flipo oyendo a esos médicos forzar la máquina y hablar sin ton ni son de feromonas y otras sustancias como causas posibles de la prodigiosa facultad del animal, hasta rendir el centro a la superstición aparcando de un revés el incómodo sentido crítico, como si ese fracaso multifactorial que suele ser la muerte guardara sus claves en exclusiva para la intuición gatuna. Hace poco era un perro el que diagnosticaba cánceres como el que destapa un alijo da grifa. Quizá esta pujanza del augurio en pleno progreso no es más que un recurso primitivo de nuestro cerebro reptiliano. Un gato rezongando por un pasillo nos devuelve por las buenas a la noche de los tiempos.

Volver a empezar

No deja de ser desoladora la única ocurrencia que, por boca de la consejera de Economía, ha tenido la Junta frente a la debacle del paro: invertir en vivienda. ¿Pero no habíamos quedado en que en ese modelo basado en la construcción estaba el huevo de la serpiente de la crisis? Y encima empujando, amenazando con que si no te la compras ahora, te perderás las desgravaciones que van a eliminarse de la ley. Hay que andar despistado y no tener ni la más remota idea de qué hacer, para recurrir a este expediente. Desde luego, saldremos de la crisis, pero no será por la Junta y el Gobierno sino a pesar de ellos.

Al mal tiempo, mucha cara

La Junta está encantada, al parecer, con no tener “más” que 50.657 parados en la provincia, una cifra que supone un aumento del 17 por ciento respecto al año pasado, y en la que se incluyen los 717 nuevas víctimas caídas en enero: echen la cuenta diaria. Y frente a ello, junto con el Gobierno, insiste en negar a Huelva las inversiones en obra pública comprometidas, incumpliendo las promesas formales y dejando por el suelo al presidente Griñán que anunció que ayer mismo Blanco despejaría la incógnita del AVE. Frente al paro están a verlas venir, sin iniciativa alguna, entre otras cosas porque la tragedia no va con ellos, que tienen el sueldo asegurado. Quiten ustedes mil sueldos políticos de esta provincia y los veremos encabezar en la mani pancarta en mano.

El progreso culinario

Ante el cierre del mítico restaurante catalán El Bulli, mi amigo Antonio Burgos se ha lamentado de una pérdida tan irreparable, tras evocar los inventos de un viejo chirigotero en nada diferenciables de la pamplinología actual de los chefs. ¡No tiene ni idea, Burgos, de la hondura de la cuestión ni de la trascendencia de un negocio al que el Gobierno de España, desde su ministerio de Ciencia e Innovación, acaba de dedicarle todo un Real Decreto (BOE, 31/10/09) y, ya de paso, una subvención de 7 millones de euros 7, destinada a poner en marcha a un ‘Basque Culinary Center’ desde el que “una generación de cocineros de renombre internacional, pioneros de la alta cocina española” podrá “trasmitir su legado” a las generaciones del mañana. ¿Sabía usted acaso que la “alta cocina” “aúna una excelencia técnico-conceptual que se encuentra en el vértice de la pirámide creativa e integra el diseño sensorial y un proceso de elaboración de excelencia en cuanto a los procesos de elaboración basados en la calidad total”? ¡Pues entonces para qué habla, hombre de Dios! Es muy fácil caricaturizar a estos creadores de plato grande y ración minúscula, que emplean más nitrógeno que aceite de oliva en sus potingues, pero ya es hora –a ver si se enteran, de una vez, Burgos y tantos detractores—de cuánto tienen que ver los ‘bullis’ “en la formación e investigación, la innovación y la transferencia de conocimiento y tecnología”. ¡Vamos, hombre, tomarse a cachondeo esta profunda Ciencia de los fogones mientras el Gobierno le larga 1.166 millones de las antiguas pesetas a unos cuantos científicos de gorro blanco! No darse cuenta de que estamos a la cabeza del progreso es no querer ver lo que está a la vista, por más que desde el CSIC se quejen los otros sabios de que el Gobierno providente los trae como mojamas. He visto bajo ese Decreto la firma del Rey y me he quedado reinando yo mismo en qué se le puede haber pasado por la cabeza a la hora de echar el garabato.

 

Recordaba Burgos algunos de los platos imaginarios de Agustín el Chimenea que darían el pego total en cualquiera de esos chinringuitos elitistas: cañamón del mojamaque y petrolín de arabesco, aldafaina y casquete agropecuario con fondillo apipigarañado. Vean lo malo que es haber nacido demasiado pronto, cuando aún no podía imaginarse siquiera el grado de estupidez a que podría llegar la idiocia elitista y el mangoneo político. Daría un brazo por ver qué diría el escriba gubernamental frente a la cocina de subsistencia que, día tras día, se aliña en los abarrotados comedores de caridad. Ni Burgos ni el Rey tienen puñetera idea de lo que se cuece en España.

Pasta concertada

Algún sindicato no mayoritario, CSI-CSIF, vuelve a andar a la gresca con la estrategia de la “concertación social” que permite a la Junta –el Gobierno ha doblado su dádiva en unos pocos años—arrimarle a sus “socios verticales” una pasta que nunca pudo soñar el sindicalismo y menos en un país, como el nuestro, en el que la inmensa mayoría de la gente les es ajena y no tiene ni idea de para qué hacen o dejan de hacer. Ganen o pierdan su reclamación los descontentos, realmente esa comedia hace mucho que se pasó de guión y tanto sindicatos como patronal se han plegado definitivamente a un planteamiento que los forra de arriba abajo.