El buen hombre

No vale un pito el argumento desesperado que consiste en presentar las denuncias contra nuestra dirigencia política como ataques a Andalucía y a su pueblo. Cuentos. Lo que se denuncia son las golferías de quienes sean, por lo general con nombres y apellidos, sin relación alguna con el buen nombre de esta gente nuestra, por cierto muy distanciada –y en ello no es una excepción—de esa “clase” que, desde el Poder, mantiene secuestrada la soberanía. Andalucía no son ellos, no faltaría más que eso. Y en mi opinión la beneficia que se desenmascare a quienes en su nombre están organizando este indecente festín.

La enfermedad urbana

Un airecillo más que fresco ha librado a Barcelona días atrás de la famosa “boina negra” provocada por la contaminación. En Madrid ha sido la lluvia prometida la que ha hecho a la capital el trabajo sucio, aunque no a tiempo de evitar el debate sobre la necesidad de agravar los tributos sobre aquellos que contaminan. El “esmog” no conoce fronteras y como prueba de ello ahí tienen la encuesta publicada antier por un periódico chileno en la que se establece que es ese término inglés el primero que se le viene a la cabeza a uno de cada tres habitantes de las regiones cuando se les evoca la imagen de la capital. No sé si la cosa será tan dramática como la han pintado estos días porque la verdad es que, desde que tengo memoria, vengo oyendo al taxista madrileño la cantinela de que “para Navidad” ni el tráfico sería ya practicable ni la respiración posible, pero los hechos son los hechos y éste último, el de las “boinas” simultáneas de Madrid y Barcelona, no parece que admita ya bromas ni profecías improvisadas. Los encuestadores de Chile han descubierto que casi la mitad de los ciudadanos del país creen que en Santiago se vive peor, al tiempo que la otra mitad, la capitalina, opina que donde se vive bien de verdad es en las regiones, lo cual no quita para que unos y otros declaren sus preferencias por esas aglomeraciones en las que, a pesar de los pesares, los atractivos –desde los servicios a la cultura pasando por los espectáculos y el aeropuerto—parecen compensar con creces la batalla de la comparación. Parece, en todo caso, que hemos llegado a un punto de no retorno en el modelo de vida urbano y que habrá que aceptar medidas limitadoras si queremos seguir respirando siquiera, pero nadie sabe poner en pie ese huevo que, como el de Colón, habrá que cascar, seguramente, para conseguir mantenerlo erguido. El modelo urbano se está agotando asfixiado por su propio éxito. Yo creo que si sobrevive no es por su viabilidad sino por la fetichización de que ha sido objeto en la mentalidad de propios y ajenos.

 

Lo que resulta dudoso es que hallemos una solución capaz de librarnos de nuestras propias servidumbres, pues dudo de que la opinión acepte nunca de buen grado el retorno a un diseño razonable del hábitat. No hay nada gratis en la lonja del progreso, desde al auge del transporte al de las calefacciones pasando por la lubina de crianza hecha a golpe de pienso compuesto o esa playa universal en la que caben todos pero en la que nadie tiene sitio. Porque esta vez nos hemos librado del Armagedón pero nadie nos garantiza que mañana o pasado llueva de nuevo en Madrid o ventee en Barcelona tan oportunamente como ha sucedido esta vez.

Pipa de la paz

Ha propuesto Griñán en el consistorio celebrado en Sevilla una campaña limpia, discreta y respetuosa –“sin crispación”, dice él- pero a renglón seguido le ha endilgado al rival uno de los ataques más duros posibles, más llamativo todavía dada su condición poco estridente y su habitual moderantismo. Pero ¿cómo osan proponer una política educada y sensata quienes no hacen otra cosa que atizar el fuego de las discrepancias cómo si en el mundo no hubiera otra receta para convivir en público? Claro que si lo que Griñán reclama es silencio sobre lo que está ocurriendo, que es muy grave, ni su reclamo va a tener eco en el rival ni por su parte va a tener mucho margen de defensa. La política se ha convertido en una pelea a cara de perro y eso no se corrige con dos buenas palabras.

Talento y ejemplo

Una vieja discusión, no necesariamente moralista, viene discutiendo entre nosotros la delicada cuestión de las relaciones entre el talento, el genio si se prefiere, y el ejemplo que la obra producida pueda ejercer sobre la mentalidad pública. Lo vemos estos días en USA donde algún integrista y homófobo ha osado cuestionar la obra de Walt Witman, aquel inmenso patriota, y más cerca de nosotros, en Francia, estamos asistiendo a un intenso debate provocado por la decisión del ministro de Cultura, Frédéric Mitterand, de eliminar de un plumazo, de la relación de fastos oficiales, los dedicados a recordar la persona y la obra de Céline, el controvertido y torturado autor del “Viaje al fin de la noche” al que ahora se acusa frontalmente de antijudaísmo militante y, en consecuencia, de constituir un mal ejemplo para la opinión pública. La cuestión es vieja, como decimos, y se podría cifrar en la disyuntiva de si el talento de un creador debe primar en cualquier circunstancia o bien su condición personal, digamos su posición ideológica y su actitud moral aconsejan alejarlo del sistema de honras públicas oficiales, es decir, de ese montaje propagandístico de las celebraciones promovidas desde el Poder en las que François Jacob veía un recurso de la mala conciencia iletrada y otros han creído detectar incluso formas encubiertas de autocelebraciones.  Ya ven, habría que dar la espalda desde el propio Céline, en efecto, hasta Ezra Pound o Paul Morand, desde el Baudelaire que escribía con delectación sobre el exterminio judío (“Mon cor mis à nu”) al Verne que caricaturizaba a sus personajes hebreos, por no hablar de Dostoïevski, Jules Vallès o el propio Voltaire, si se pretende sancionar el antisemismo en la gran literatura, y eso no parece ni lógico ni siquiera viable. ¿No sabemos, como se ha señalado, que nada menos que Antonin Artaud dedicó a Hitler alguna obra, no hemos visto a Louis Aragon arrodillarse contra toda lógica frente al dogmatismo soviético incluso en biología?

 

No hay que olvidar que venimos de una tradición ininterrumpida en cuyo amanecer Platón recomendaba (en su “República”) no incluir en la ciudad otra poesía que la contenida en los himnos a los dioses o a los hombres señeros, pero en cuyo curso los episodios censores han sido innumerables. Otra cosa es qué pretende el Poder tachando de su lista de memorables a un genio como Céline, cuyo ejemplo no sé por qué va a resultar hoy más peligroso que el de Wilde o el de Jean Genet. A Mitterand, tan tolerante por cierto, le asusta este hombre oscuro, equívoco y terrible mientras le trae al fresco, al parecer, la temible sombra de su abuelo.

De mal en peor

Se comprende que la Junta no tenga mejor argumento que la negativa o el disimulo para escapar del escándalo de las prejubilaciones ilegales que financió durante años. Lo que ello no le va a proporcionar es una salida digna, aparte de que es más que probable que, a medida que el tiempo transcurra, el panorama se le vaya ennegreciendo. Son dos Presidentes y tres Consejeros lo concernidos por la operación fraudulenta y esa tela es mucha tela. Pero peor puede ser limitarse a aguardar a que los fardos le vayan cayendo encima uno tras otro. Es de temer que los responsables ni siquiera se hayan percatado de la gravedad del negocio a pesar de que los hechos –por una vez—hablan por sí solos.

La perdiz boba

Me llama un jaulero empedernido. Está desolado porque este año de aguas y yerbas altas no le entran pájaros en el puesto. Hasta me dice, lamentando la tragedia, que la perdiz roja, nuestra perdiz brava de toda la vida, se está perdiendo a chorros, que los reclamos se desgañitan sin que el campo les conteste, que aquellas que de antiguo reventaban en la lejanía al primer desafío, merodean ahora alrededor de la plaza desinteresadas, como si la defensa del territorio no les incumbiera ya. ¿Qué está pasando en nuestros montes, qué revoluciones está viviendo la fauna que puede acabar con especies tan señaladas? El embajador Cuenca, escritor y jaulero, me explica que las causas van desde el fin de la agricultura que pregonaba el pobre Ignacio Vázquez Parladé, hasta el envenenamiento causados por los pesticidas, pasando por el progreso de los grandes depredadores como el jabalí y el zorro, que son el fruto fatal de la tierra baldía. La perdiz roja se acaba –me dicen mis dos informantes—esquilmada por esos dos grandes enemigos que son el dinero y el coche, por el hecho de que en las fincas de Sierra Morena, por ejemplo, quienes la cazan no sean ya los serranos sino los señoritos domingueros que la pagan a tanto por pieza. Y encima porque la siembra de “perdices bobas” criadas en las granjas anda desnaturalizándola al mezclar con la suya mansueta la sangre bravía. ¡El enemigo es el dinero! La perdiz es una raza territorial que se cría y muere en un radio de un kilómetro, una especie que no contaba ni con la invasión, ni con el veneno ni con el mestizaje, y que ahora no sabe qué hacer frente a tanta concurrencia. La estampa del jaulero madrugador –ese amante del campo, el “insigne inválido” del que hablaba Delibes–, con su escopeta y su tollo a cuestas, es otra especie en extinción a la que ya el Seprona no le permite ni machetear los jarales para camuflar sus puestos. Una ruina. Pero la gran revolución se está produciendo en el genoma y los cazadores lo saben. Con el dinero no hay quien pueda.

 

Dicen que la caza se ha convertido en un recurso eminente para los explotadores agrarios. Lo que no dicen es que para que ello sea posible se le está dando al cliente gato por liebre y se está tachando una especie con mano decidida del nomenclátor de Noé: la de la perdiz roja. Aparte de que hubo fincones que daban mil quinientas perdices y ahora apenas llegan a dar tres docenas. Lo mismo que ha desaparecido el zorzal o que la tórtola turca está desplazando por doquier a la autóctona que toda la vida arrulló al atardecer en nuestros pinares. El hombre es un demiurgo peligroso. Sobre todo cuando le sobra el dinero.