Jaula de grillos

“Los militantes que donaron al PSOE la sede de Camas fueron meros avalistas que prestaron su nombre para la compra”, (comunicado del PSOE). Dichos militantes “son dueños de la finca y la donan al PSOE” y “la escritura que se inscribe ha sido ratificada por José Antonio Viera Chacón”, (informe del Registro de la Propiedad). “Es totalmente falso que existan irregularidades” en la compra del local y “se puede acreditar con la documentación pertinente”, (nota del PSOE de Sevilla). “Habría que investigar lo que ha pasado dentro de la Administración pero también habría que indagar qué ha ocurrido dentro del partido”, (Ángel López, exconsejero de Presidencia y expresidente del Parlamento). “La Junta ha actuado con mucha celeridad para que la Justicia actúe con todas sus consecuencias”, (Cándido Méndez, secretario general de UGT”).

Mal necesario

En la última “Charla de El Mundo” sevillana, Ramón Tamames, genio y figura, ha desgranado en público unas pocas ideas interesantes sobre la naturaleza de la crisis y cuanto a la crisis rodea. Para empezar, sostiene el economista que los ciclos económicos, estos vaivenes que nos llevan y traen como panderos de brujas sin que nadie nos diga cómo escapar de sus efectos o prevernirlos, que sería lo bueno, no son coyunturas sobrevenidas como a contracorriente de la lógica del Sistema sino todo lo contrario, a saber mecanismos de ajuste que forman parte de éste y que sus agentes aprovechan para reencajar ese puzle que tiende a desencajarse por su propia índole. Nada puede evitar que haya crisis en un sistema de mercado pero tampoco, como hoy sabemos bien, en un mundo económico socializado, como evidenció en su día el impacto de la llamada crisis del petróleo sobre la Unión Soviética y China y, por otra parte, ya había entrevisto Schumpeter adelantándose a los acontecimientos. Tamames cree que quien manda es el dinero –de “big money”, por supuesto—y que en ese juego que el dinero desencadena tarde o temprano pérdidas y ganancias que precisan para reajustar el mecanismo de una especie de síncope tras el que renacer pujantes para emprender una nueva etapa de la eterna aventura, y conste que cuando Tamames habla de ese juego del dinero incluye en sus reglas y manejos la propia especulación que vendría ser de hecho, dice él sin cortarse un pelo, ni más ni menos que el alcaloide del mercado. La metáfora bíblica de las vacas gordas y las vacas flacas es acaso la primicia de una teoría de la crisis que el hombre no quiso oír nunca a pesar del consejo de José. Parece que fue ayer cuando todavía escuchábamos sorprendidos la ilusión de la “new age”, esa suerte de reino feliz de los tiempos finales engastado como una gema por el mitógrafo moderno en el palimpsesto de la credulidad. Antier se anunciaba un planeta riente en crecimiento continuo como hoy se empieza a difundir la imagen de una sociedad retranqueada en la que la histéresis de precios y costes, pero también de empleo, nos permite pocas esperanzas.

 

Por otra parte se nos dice que el mundo en su conjunto está superando ya la crisis que a nosotros nos abruma y que incluso los países en vías de desarrollo crecen a un ritmo acelerado en un mundo que, eso sí, está repintando el planisferio para resaltar la aurora de aquellos países con los que no contábamos, en adelante compañeros de las potencias tradicionales. ¡Para fórmula econométrica el refrán que asegura que la ambición rompe el saco! Pero hay algo más y es que este mundo cambia a un ritmo que se las pela. Tamames no me dice ni que sí ni que no pero sonríe mientras garrapatea en su última propuesta. La titula nada menos que “Tractatus Logicus Economicus”. Supongo que el que sonreirá desde el limbo será Wittgenstein.

Demasiado para un restaurant

Vivos aún los rescoldos del escándalo de Punta Umbría –un alcalde que, desde que lo es, ha recibido para su restaurante subvenciones que multiplican las del Ayuntamiento—vemos llegarle a ese empresario afortunado otro pelotazo que eleva ya lo subvencionado a 1.200.000 euros. O sea, un caso igual al de la mujer del número dos del PSOE, Rafael Velasco, pero sin dimisión y con todas las bendiciones. Hacen lo que quieren, se han instalado ya en la arbitrariedad y real gana, por encima de la ley si se tercia, por debajo de la probidad siempre. Este es el “régimen” de los “amigos políticos”. Van s a sobrar casos para demostrarlo.

Hijos de papá

Cuando casi hube de hipotecarme para enviar a mi hija al Instituto de Empresa madrileño ya contaba con que en su ambiente habría de encontrar un condiscipulado representativo de la oligarquías nacionales. Lo que ni me rondaba por la cabeza era la idea de que, entre sus filas, pudiera tropezarse ella con la flor de la satrapía y, lo que es peor, con personajes ajenos al perfil de nuestros jóvenes e incluso, en algún caso, objetos de persecución legal, como ese hijo de Gadafi, Khamis Muammar, que ahora parece que en busca y captura. El hecho es completamente habitual, por supuesto, y aún  recuerdo el entusiasmo con que algunos jacobinos del 68 hicieron circular por la Sorbona cierta relación de presuntos hijos de sátrapas que –como siempre, como hoy mismo—por sus pasillos andaban en busca de graves títulos con que decorar sus figuras. Claro que los casos que están aflorando tras la revuelta libia –el escándalo de la London School of Economics, cuyo director ha debido dimitir tras descubrirse sus trapicheos con el Coronel, o esta misma noticia de la expulsión de su hijo de una escuela española—no tienen que ver con la formación en nuestras aulas de las élites de las satrapías, sino con la connivencia, objetiva o no tanto, de esos centros con aquellos poderes tan indeseables como ricos. No se trata, por descontado, de poner puertas al campo pues resulta evidente que los hijos de los próceres no sólo tienen derecho a instruirse sino que dispondrán siempre de su Aristóteles dispuesto, si el caso llega, a dejar su cátedra y reciclarse como preceptor a la sombra del tirano. Lo que ha llamado la atención en los casos comentados ha sido la incongruencia de que instituciones de máximo prestigio, cuyas finanzas han de ser sobradamente sólidas , acepten la dádiva del bárbaro como si fuera normal mantener tratos con un terrorista internacional capaz de matanzas como las que pesan sobre Gadafi, por ejemplo, o aceptar a personajes tan dudosos entre su incauta clientela.

 

No hay por qué ver ni rastro de elitismo o exclusividad en la exigencia de que la prestigiosa docencia de los países democráticos mantenga a rajatabla criterios de admisión incompatibles con ciertas circunstancias de los candidatos, pero sobre todo hay que rechazar sin más el cambalache entre nuestras más señeras instituciones y esos avasalladores poderes. Al hijo de Gadafi, comprometido en la masacre de estos días, lo acusan ya incluso de asesinatos concretos. Incluso si para mí no hubiera sido tan gravoso en su día el máster de mi hija en el IE, me pone los pelos de punta la idea de verla eventualmente confundida con gente de esa calaña.

A querella limpia

No dejaba de ser retórica la amenaza de la Junta de querellarse contra quien osara señalar a Griñán como responsable del inverosímil caso de las prejubilaciones fraudulentas financiadas por ella misma, pero ahí tienen ya unos cuantos desafíos a voz en cuello y, no sólo eso, sino también sus propias querellas en las que se acusa a los suyos de malversación de caudales públicos, cohecho, tráfico de influencias, prevaricación, fraude en subvenciones y uso de información privilegiada. E incluso dedos que señalan sin reservas a Griñán y a Chaves, desde la presunción de su responsabilidad superior. Mal acabará este asunto increíble y tan torpemente llevado por el gobiernillo regional. Seguramente vamos a comprobarlo más pronto que tarde.

Somos tiempo

Hablando de mi maltrecha rodilla, el Dr. Antonio Vizcaíno me revela un hallazgo de esos que vuelven apasionante la teoría de la evolución, a saber la ley dictada, a caballo entre el XVIII y el XIX, por el doctor Jacques Mathieu Delpech, y que enuncia el principio de que los músculos adquiridos más recientemente por el cuerpo humano en su proceso evolutivo son justamente los primeros que se pierden. El cuadricep o el deltoide, responsables respectivamente de la postura bípeda y del hábil manejo de los brazos, serían esas adquisiciones benjaminas que, en efecto, acusan tan gran deterioro en circunstancias adversas, como testigos de cargo que son de la implacable jerarquía del tiempo en el proceso que nos constituye y prueba de que, no sólo “Natura non facit saltus”, sino de que esto que somos viene a no ser más que un montaje cuya lógica es esencialmente histórica. El doctor Delpech no acabó bien a pesar de su contribución a la ciencia, pues por lo que sé acabó ejecutado de un pistoletazo por un paciente disconforme con el resultado de una intervención de varicocele, pero a mí lo que me ha llamado la atención del caso no ha sido este desenlace trágico sino el enunciado de esa ley que nos humilla tan discretamente como especie al recordarnos nuestra condición mutante y, en cierto modo, fortuita, cosa que siempre viene bien para frenar nuestra arrogancia animal. La metáfora del Génesis (muy anterior a él, por cierto), es decir, lo del hombre modelado con arcilla e insuflado con el soplo divino, ha de entenderse, en todo caso, en una perspectiva secuencial y nunca como una viñeta instantánea. Por algo decía Ortega que el hombre es Historia tanto como Naturaleza, aunque, ciertamente, con ello estuviera haciendo otra metáfora, pues una y otra no han de ser más que dos dimensiones imbricadas e inextricables a la manera que, según probó Einstein, lo son también el Tiempo y el Espacio. No somos nadie, está visto a poco que peguemos la oreja al lento discurrir de las horas en el torrente que llevamos en la masa de la sangre.

 

Somos éxito y fracaso, el resultado sumatorio de situaciones y eventualidades que nos ponen expeditivamente en nuestro modesto lugar, y por lo visto llevamos las pruebas de esa condición grabadas en nosotros mismos tal como el metal precioso exhibe el contraste que lo autentifica. Pero sobre todo somos tiempo, “durée” bergsoniana acumulada en el laberinto del propio soporte físico, días, años, milenios de cambios adaptativos que encima conservan intacta su memoria vital. Lo de mi rodilla ya no está tan claro. El doctor Vizcaíno no sabe que acaso es todavía mejor antropólogo que médico.