Fortunas de sátrapa

Uno de los debates más interesantes del momento es el de la posible desamortización de los sátrapas que están cayendo en los países árabes de ese peligroso creciente que va desde Sudán a Marruecos. ¿Por qué han de llevarse sus fortunas productos de la rapiña contra sus propios pueblos, los dictadores que van dejando de serlo no sin antes poner a buen recaudo sus millones? El espectáculo de la mujer del presidente tunecino sacando del país tres toneladas de oro horas antes de la huida a Egipto o los tesoros que sus sucesores han descubierto abandonados en sus palacios no le van a la zaga al ofrecido por la señora de Mubarak dirigiendo el repliegue o al de la familia Gadafi ocupada, en plena revolución, en rematar sus planes inversores en Marbella  o en hacer arqueo de su inmenso patrimonio. Y en este sentido, las medidas de congelación financiera adoptadas por los organismos internacionales pudieran no ser más que el pródromo de una acción confiscatoria que permitiría resarcir, al menos en una medida discreta, a esos pueblos saqueados. ¿Cómo permitir que los depuestos conserven sus colosales fortunas, acaso ello no sería admitir de hecho la legitimidad de sus saqueos y el expolio de sus pueblos respectivos? Naturalmente, el problema no tiene fácil solución en un mundo donde la ingeniería financiera más sofisticada está ya al alcance de cualquier afanador medio, pero quizá por eso mismo los países responsables del equilibrio mundial deberían extremar el rigor que pide el sentido común, impidiendo que los tiranos comprueben que se puede robar un país y allanarlo durante décadas en la seguridad de que tienen garantizada, eventualmente, su retiro dorado. La viuda de Mobutu ha agitado durante años Internet demandando la “devolución” de sus bienes embargados sin conseguir gran cosa, pero es evidente que no se trata del caso particular sino de la deseable regla de que el latrocinio de Estado pierda de una vez por todas su privilegiado refugio.

 

Todo un mundo en ruinas no se arregla solamente con la reinversión de esos tesoros y, sin embargo, qué duda cabe de que restituirlos a sus dueños legítimos, que son los pueblos saqueados, contribuiría decisivamente a salir de la miseria dado que muchos de esos patrimonios –desde Egipto a Marruecos pasando por Túnez— representan enormes volúmenes de la riqueza nacional. La duda que queda estriba en saber quién tendrá las manos tan limpias como para ponerle ese cascabel a un gato de tantas cabezas. Y esa duda, en el ámbito del capitalismo global, puede que no se encuentre respuesta. Lo probable es que acabemos viendo a los derrocados pudrirse en la melancolía de sus paraísos dorados.

Cuatro o cinco

En cuatro o cinco militantes  trincones cifra Chaves, por la cuenta que le tiene, el escandalazo de las prejubilaciones fraudulentas que financió la Junta bajo su mandato y bajo el de Griñán. ¡Pero si la propia Junta, a las primeras de cambio, contabiliza ya y hasta denuncia decenas de casos! Chaves no puede decir otra cosa, es lógico, pero nadie puede creerse que un negocio de esa envergadura se llevara a cabo por cuenta y riesgo de un director general y sin conocimiento del propio Presidente. Por lo demás, personajes como Viera, Fernández o Rivas, abrumados por la evidencia, no tienen ya escapatoria posible. Al PSOE le hubiera salido más barata una salida camicace. La que ha escogido no hace más que juntar el cinismo a la responsabilidad.

Hacerse de menos

Muy mal deben de andar las cosas por la cancha laboral cuando quienes aspiran a jugar en ella se postulan amparándose en currículos en los que, en vez de amplificar los méritos, como venía siendo hábito inveterado, los disimulan o rebajan con tal de no exceder el nivel de exigencia de la oferta. Los mismos que hasta antier inflaban sus biografías atribuyéndose capacidades y títulos hiperbólicos o incluso falsos, hoy se afanan en disimular los reales como recurso para no pasarse en un escrutinio que, por experiencia saben de sobra, que huye de la sobrecalificación como de la peste. En la sociedad vieja, la de la dictadura y sus tiempos oscuros, la leyenda hablaba de abogados que conducían autobuses forzados por la necesidad y grandes profesionales que apuraban sus vidas en puestos subalternos, y no pocos indicios sugieren que estamos volviendo a ese despilfarro sólo que ahora son los propios “degradados” quienes perpetran la degradación temerosos de que una capacidad mayor provoque el rechazo del mercado. Claro que en aquel tiempo peor nunca se supo en realidad cuántos parados reales había en el país mientras que hoy sabemos que esa legión supera holgadamente los cuatro millones y, por si fuera poco, que la mitad aproximada de ella, es decir, dos millones mal contados, son esas víctimas que se conocen con el eufemismo de “parados de larga duración”. En una sociedad que reclama con insistencia la formación del trabajador y relaciona su productividad con sus capacidades, se da la paradoja de que para encontrar un puesto de trabajo haya que fingir niveles inferiores si se pretende ser admitidos. Antes, el abogado de la leyenda se arrimaba al tajo una vez desestimada su cualificación en el nivel correspondiente; hoy se va derecho al listero escondiendo con pudicia las credenciales de la valía demostrada. Es difícil imaginar una sociedad más desorganizada que aquella en la que ocurra algo semejante.

 

La crisis ha degradado nuestros mecanismos de ajuste social hasta el punto de invertir los criterios de selección del personal haciendo que los méritos se conviertan en una rémora a la hora de competir con quienes carecen de ellos, y es preciso ver en esta circunstancia un serio obstáculo a la misma recuperación económica, aparte de admitir que una estrategia bajista en la contratación no hará más que descapitalizar a la sociedad alejando, por si fuera poco, toda opción a la meritocracia. ¡Tener que rebajar los méritos para que te den el puesto de trabajo! Ni el sistema podía caer más bajo ni encontraremos un indicio más desolador que éste por más que busquemos en nuestro laberinto laboral.

La cabeza de Arenas

De todo cuanto revelan las últimas encuestas (algunas de ellas debidas a instancias íntimas de la Junta y su partido) quizá no haya un dato más elocuente que el “aprobado” de Javier Arenas por parte de los encuestados. De una oleada a otra, en apenas unos meses, tanto han cambiado las perspectivas que así, como quien no quiere la cosa, la mayoría que “suspendía” al líder conservador arrastrada por la eficacísima campaña de desprestigio a que lo han sometido, lo “aprueba” sin reservas. Ha dejado de ser tabú para la sociología electoral –siempre un poco timorata ante los tópicos—la hipótesis de un vuelco político en Andalucía. La rehabilitación de su líder por parte de la opinión me parece lo más significativo que se desprende de esos estudios.

La guerra del chicle

Durante la visita que Sarkozy ha girado a Turquía en su calidad de presidente del G20 el clima no ha sido bueno. Era lo normal, después de todo, habida cuenta de la postura francesa contraria a la incorporación de aquel país a la UE, pero el incidente que ha provocado mayor revuelo no ha sido el provocado por esta grave circunstancia diplomática, sino eso otro al que ha dado lugar la ocurrencia del visitante de bajarse del avión mascando chicle tal como, según los servicios turcos, habría hecho ya en Francia durante la visita del presidente turco Abdullah Gül, una actitud interpretada como vejatoria por la sensibilidad local hasta el punto de que el alcalde de Ankara no ha dudado en replicarle haciendo a su vez alarde masticador mientras lo recibía oficialmente. Hay significados independientes de sus significantes, dicho sea con perdón de Saussure, como ése que sugiere que masticar chicle en situaciones formales implica una actitud despectiva para los circunstantes y que un presidente se sabe, por supuesto, de memoria. Los americanos, inventores y beneficiarios de ese producto cuya industria factura más de 3.000 dólares anuales, consumen ellos solos una media de trescientos al año, incluso olvidados ya de la leyenda bélica difundida por los combatientes de que ese ejercicio de masticación ayuda a controlar la ansiedad y a combatir el estrés. El origen del chicle se hunde en la noche de los tiempos si hemos de creer a esos expertos que así lo teorizaron al descubrir en Suecia una resina de abedul masticada haría no menos de 9.000 años y que conservaba patente la huella de unos dientes primordiales, pero no consta que ni los griegos que mascaban la extraída del lentisco ni los aztecas que hacían lo propio con la savia del chicozapote asociaran a su gesto una intención despectiva. El símbolo es siempre una convención y no hay que darle más vueltas. Eso es lo que en este suceso le da la razón al alcalde de Ankara y dice muy poco a favor de Sarkozy.

 

No precisaba el gran mandatario de semejante ultraje para expresar su decisión de negar la entrada a Turquía en el menesteroso paraíso europeo, como Aznar no tenía necesidad alguna de poner los pies sobre la mesa del rancho o Yeltsin de tocarle el culo a la secretaria, pero esas son licencias áureas que con frecuencia se autoconceden los próceres cuando el poder los ciega y ya ni se reconocen ante el espejo de la madrastra, por más que esas licencias digan bien poco tanto de su imaginación como de su autoestima. La verdad es que toparse con los máximos responsable entretenidos en esos juegos infantiles resulta inaudito habida cuenta de cómo está el mapamundi.

Un asunto sin fondo

El de los EREs parece un asunto sin fondo a la vista de lo que en ellos se va descubriendo. De arriba abajo y de derecha a izquierda, porque lo mismo aparecen en ellos sorprendentemente los grandes ídolos caídos de nuestra historia reciente, como Ruiz Mateos o Conde, que figuran mindundis avalados sólo por su ejecutoria en el partido. Toda una trama, no caben ya dudas, de la que apenas sabemos cuatro datos y que la mayoría absoluta del Parlamento se empeña en mantener oculta. Aunque la verdad es que, teniendo en cuenta lo ya descubierto, tiene su lógica humana ese cierre de filas.