Derechos universales

Hace poco tiempo, el primer ministro chino dejó bien claro en EEUU que su país no estaba dispuesto a asumir valores ajenos y que en modo alguno permitiría que desde otros ámbitos se impusiera un modelo civilizador sobre el propio. En China hablan mucho últimamente de una “cultura confuciana” –¡consideren la broma si Mao levantara la cabeza!—que sería la suya genuina y, en consecuencia, legítima, por más que el mundo occidental, en su suficiencia y protervia, se negara a admitirlo. En el área musulmana también resuena ese concepto relativizador que se propone poner en cuestión el carácter universal de los derechos del hombre, esa intuición “ilustrada” que, además, por lo menos, desde 1948, forman parte de la dotación moral y jurídica que el mundo civilizado se ha dado a sí mismo. ¿Son realmente esos derechos del hombre una conquista razonable e irreversible de la Humanidad o no serían más que el plumero presuntuoso de una cultura en el fondo dominadora (colonialista, imperialista) que, blindada frente a otras culturas, trataría de imponerse universalmente incluso contra la voluntad de sus eventuales beneficiarios? Por ahí se oyen cada día más voces reclamando el rechazo de esta excusa integrista que revoluciones como las que actualmente se desarrollan en varios países islámicos, parecen contradecir en la medida en que sus reivindicaciones populares, masivas, son exactamente las propias del concepto occidental. Lo que se exige en El Cairo o en Orán, en efecto, no son remedios de índole religiosa, sino pura y simplemente el fin de la tiranía, la representatividad democrática, la separación de poderes, las libertades individuales y colectivas o la redistribución razonable de la riqueza, es decir, ni más ni menos que esos derechos humanos que caracterizan a la única civilización históricamente real. El relativismo que aconseja “respetar” la diferencia renunciando al ideal universalista tan costosamente adquirido en el plano internacional está quedando en evidencia, pues, por obra de los mismos que lo sostienen.

Es normal que eso suceda en un mundo global e intensamente comunicado, dentro del que ya no es posible mantener a las opiniones locales al margen del progreso colectivo, y ello incluso si coyunturalmente se logra aislarlas bajo férulas despóticas. Los manifestantes tunecinos o egipcios que claman contra la corrupción y exigen la soberanía popular en nada esencial se diferencian de los que podamos ver en nuestras calles. El relativismo puede tener los días contados, en este sentido, y por una vez no se deberá el éxito a la iniciativa occidental sino al propio impulso de las naciones hasta ahora sojuzgadas.

Llover sobre mojado

Está bien que el PSOE andaluz se rinda a la evidencia y decida enviar a la Justicia los numerosos casos de prejubilaciones fraudulentas realizadas bajo su gestión institucional, desde la consejería de Empleo de la Junta. Y mejor estaría que aceptara investigar el caso en el Parlamento admitiendo, por si fuera poco, que entre esos prejubilatas ilegales, confirmados por la propia Junta, figuran destacados altos cargos del partido. Se equivocan quienes aún pretenden darle árnica al más feo asunto registrado en la autonomía así como los que traten de ribetear de negro esta trama suficientemente opaca de por sí.

Ni más ni menos

La mujer del expresidente francés Jacques Chirac acaba de desmentir que su marido padezca la enfermedad de Alzheimer, como viene sugiriéndose desde hace tiempo. El expresidente ha envejecido, según ella, pero nada le impedirá acudir a ante los tribunales el próximo mes de marzo para responder ante los jueces por unos hechos que a la mayoría de nosotros supongo que deben de resultarnos insignificantes, a saber la inclusión en la nómina del Ayuntamiento parisino, allá por los primeros años 90, de algunos empleos ficticios en beneficio de un personal que, en realidad, trabajaba para el partido. Una minucia, como ustedes comprenderán comparándolos con nuestros escándalos, pero por la cual se pide para el ex mandatario nada menos que diez años de prisión y 150.000 euros de multa. ¿Hay o no hay diferencia entre unas democracias y otras? Madame Chirac ha comentado a la prensa que se siente muy dolida por el encarnizamiento mediático en el caso que ella interpreta como “una disminución del prestigio de la función presidencial” –es decir, más o menos lo que aquí se entiende por “doctrina Bono”–, a pesar de lo cual su deseo y el del propio acusado no es otro que el de que la Justicia se le aplique como a un justiciable cualquiera, es decir, ni mejor ni peor que a otro ciudadano en sus circunstancias. ¿Qué, insisto, hay diferencias o no hay diferencias entre unas democracias y otras? Aquí entre nosotros, las pruebas de empleos falsos (en una Diputación, por ejemplo) no han dado de sí más que un par de titulares, y hechos tan graves como la emisión de facturas falsas o la práctica generalizada de prejubilaciones ilegales con el consentimiento de la Junta, no sabemos aún qué darán de sí pero parece más que probable que no llegue la sangre al río. Es verdad que peor es llevarse por la cara los lingotes de oro, como Craxi o Ben Alí y quién sabe cuántos más, pero esto de que la corrupción haya llegado a constituirse como un requisito de la democracia debe rebelar sin reservas a quienes conserven aún un ápice de sentido de la dignidad.

No creo que nadie en sus cabales se imagine a Chirac con el cepo puesto, pero reconforta ver a la Justicia mantenerse en sus trece y exigir que “del rey abajo, ninguno” se vaya de rositas. Incluso con cuanto tenga de amarga comedia, la imagen de Chirac en el banquillo es un triunfo de la democracia. Ni más ni menos que la de otro en su situación, como dice su señora, pero eso, ni más ni menos. Tras Juppé, Pasqua y otros cuantos, los franceses defienden su tradición “republicana” como un homenaje a Robespierre. Aquí a lo más que llegamos es a guiñar el ojo a Luis Candelas.

Diputaciones

Nada menos que el ex-presidente González se ha apuntado a la tesis de la imprescindible racionalización de las nóminas de la Función Pública y la consiguiente reducción de sus inabarcables nóminas. Y en concreto, a la liquidación relativa de las Diputaciones, que propone sustituir por “delegaciones autonómicas de carácter provincial”. De sobra sabe González que si esos monstruos prescindibles están ahí fue por decisión suya, principalmente, a causa de la exigencia de su partido (y de otros), que veían en ella el enorme negocio que, en efecto, han llegado a ser. Cuña de la misma madera, esa opinión ha caído como una bomba en un PSOE que no sería el que es sin esa mina inagotable.

Las mejores cabezas

Un ministro alemán, en línea con el proyecto de la presidenta Merkel de ofrecer empleo a los jóvenes españoles cualificados y en paro, ha dicho sin encogerse que de lo que trata su país es de “captar las mejores cabezas” e incorporarlas al proceso ascendente que lleva su vida económica. Hay en juego, según perece, nada menos que entre medio millón y ochocientos mil plazas aguardando a estos inmigrantes invitados y con ellos se cuenta como elemento imprescindible para cumplir los objetivos marcados por un plan que ha permitido ya crecer a buen ritmo en el pasado ejercicio y que mantiene expectativas nada desdeñables para el año en curso. A Alemania hemos enviado “fuerza de trabajo” (la expresión ahora es de un miembro destacado del CSU), es decir, trabajadores que aquí no encontraban acomodo en otras ocasiones pero siempre extraída de las capas bajas de la población laboral, por lo que esta sería la primera vez que lo que se nos pidiera fuera mano de obra cualificada, y ello plantea la cuestión de si eso –que se invite a abandonar el país a una legión de jóvenes de alta preparación—resulta bueno o no tanto para un país como España, cuya baja competitividad es desde siempre el problema principal del sistema económicosocial. En principio, por supuesto, aliviar la situación de paro de nuestra juventud es un bien indiscutible y más si se considera el beneficio que la experiencia habrá de aportar a quienes, en definitiva, algún día volverán a casa. Pero también hay que pensar en el efecto quién sabe si desastroso que esta descapitalización de nuestro mercado de trabajo habrá de producir, sin lugar a dudas, dentro de él. Estos mismos días hemos sabido que nuestra situación escolar es pésima en la medida en que encabeza el pelotón de los absentistas, y uno tras otro los informes técnicos demuestran que los niveles conseguidos por nuestro sistema educativo son de lo más precario. ¿Qué ocurrirá si, encima, se fuga al extranjero buena parte de la flor de la nueva generación?

No parece difícil entender que, en la situación en que estamos, esa mano tendida a nuestros jóvenes supone un interesante apoyo al panorama laboral, y menos aún aceptar que una emigración siquiera temporal a esa Alemania emergente reportará ventajas de gran calado a toda una generación. Por más que no deje de resultar nostálgica la imagen de esta nueva aventura que ya no se dejará ver en los andenes con las maletas atadas con cuerdas ni deberá convivir en su país de destino como un ejército paria sino integrado en el cogollo del gran proyecto de recuperación europea que Alemania encabeza. Como con Hitler, como en los 60, Alemania se convierte en Meca para españoles. Menos mal que en esta ocasión vamos invitados.

IU atrapada

Se suceden las declaraciones más o menos formales sobre los propósitos postelectorales de IU, es decir, sobre su intención de pactar tras los comicios con un PSOE en caída libre que de ganar seguiría sin mirarla a la cara. Es triste el atolladero de IU, entrillada entre el oportunismo a lo Valderas, las críticas Alcaraz o las soflamas de Gordillo pero, en definitiva, forzada a ir de acólita del PSOE o resignarse a seguir braceando en la nada. Pactar con el PSOE sería su fin, no hacerlo sería seguir en la insignificancia. Nunca esa “izquierda a la izquierda” se ha visto en una encrucijada más difícil. Ni sus votantes.