Doble error

Se entiende la protesta del Partido Andalucista frente a la exigencia de las autonomías agresivas que priman en las oposiciones a los aspirantes a funcionarios que hablen sus respectivas lenguas. No puede aceptarse, en cambio, el doble error que supone la propuesta de que, como compensación, entre nosotros se prime a los nacidos en Andalucía frente a los demás españoles, porque eso no es arreglar un roto sino abrir otro descosido. Mucho va a tener que espabilar el andalucismo de partido para salir de la postración en que se encuentra, alojado en la periferia de la política regional, pero si toda su imaginación va a consistir en copiar los dislates ajenos, aviado va.

Una joya en Valverde

Han sido interesantes las declaraciones del delegado de Cultura, Juan José Oña, en torno al Plan de Arquitectura Defensiva de Andalucía (PADA), y valiosa sin duda la tarea de conservación patrimonial que trae entre manos. En la relación de obras echo, sin embargo, de menos, la ermita valverdeña de El Santo –joya del neobarroco andaluz debida a Balbontín, que contiene obras excepcionales como las vidrieras de Carmen Laffón o el mosaico de Javier Clavo—en ruinas desde el pasado temporal de lluvias. Por qué ese monumento no es hace tiempo un “BIC” (Bien de Interés Cultural) sólo puede contestarlo un Ayuntamiento que va a acabar famoso a causa de disparates como el adefesio de nueva Plaza que acaba de perpetrar.

El amor virtual

Intrigado por su ruidoso éxito europeo, me asomo a una novela alemana (“Cuando sopla el viento del norte”, de Daniel Glattauer) o, mejor dicho, a un folletín de los antiguos que ha arrasado en librerías y que ahora será publicado “por entregas” en un periódico galo, como si hubiéramos regresado a aquel invento post-romántico que hizo las delicias conjunta de la gran dama y su portera. La novedad del cuento está en que Glattauer narra una historia estrictamente virtual, a saber la aventura imaginaria de una pareja de internautas en la que el sociólogo ha de ver, inevitablemente, la réplica de esa relación de nuevo orden vivida a diario por la muchedumbre silenciosa que transita por las “redes sociales”, exhibiendo un comportamiento que, por vez primera en la historia de la comunicación humana, ha logrado prescindir de la materialidad y sus accidentes, libre al fin en virtud de unos códigos sociales nuevos en los que la ilusión de la ausencia permite descartar las viejas reglas. Nos llegan por aquí y por allá historias de amores virtuales que han acabado en pasiones reales como la vida misma, pero más interesante resulta el hecho mismo del amor virtual, ese trampantojo delicioso que ofrece un campo pasional libre de todo límite por su propia naturaleza sublimada, en el que los amantes exprimen su experiencia liberados de los riesgos que implica la materialidad. El amor o la pasión, que ya habían ensayado su renuncia al cuerpo para reducirlo a la simple voz en las relaciones telefónicas, ven ahora eliminada incluso esa voz para reducirse –como temían los clásicos desde Eurípides– al mensaje dirigido exclusivamente al ojo, inaugurando un erotismo sublimado que en cierto modo recuerda a los amores míticos. Encerrados en su celda de autismo retornable, esos amantes se multiplican injuriando la memoria libidinal de la especie, pero, ojo, porque en una sola de esas “redes” (la Farmville de Googel) se registran ya al mes ochenta y dos millones de usuarios activos. Un paso más y todos castos.

 

Son falsas, sin embargo, tanto la sensación de seguridad que proporciona el anonimato como la ilusión neo-romántica del amor secreto e inmaterial que proporciona la virtualidad. Tanto que una aplicación holandesa anda ofreciendo en la Red el “suicidio internáutico”, es decir, el súbito borrado del rastro, no tan fácil de eliminar, que fatalmente dejan impreso en ella sus ingenuos argonautas. Mientras tanto, ahí estará cada mañana el capítulo del folletín en el que los protagonistas exhibirán apenas la sombra de una imagen de la que ha sido eliminada hasta la voz. Quizá nunca el amor ideal estuvo tan cerca de la pornografía.

Lo de la Mezquita

Lo ocurrido en la Mezquita de Córdoba –la invasión del recinto sagrado por un grupo perteneciente a  otra religión—es un aviso de la que previsiblemente se avecina y ante el que es imprescindible mostrar una absoluta firmeza. Nada tiene que ver la libertad religiosa con el derecho a ejercerla en el ámbito de otras religiones, y menos si, como en el presente caso de los islamista, cualquiera sabe que resulta inconcebible la recíproca, a saber, que un grupo de cristianos invadiera por las bravas una mezquita en esos países donde la mera conversión se castiga con la muerte. Sólo un complejo ignorante podría confundir semejante provocación con el ejercicio de un derecho.

Huelva existe

Tenía que suceder y ha sucedido: hemos oído a la oposición decir que presionará al Gobierno en la calle –en vista de que no acomete una gran obra pública desde los 90—a ver si cae en la cuenta de que “Huelva existe”. Realmente el compromiso pendiente con Huelva es ya insoportable –obras nunca afrontadas del AVE, de la N-435, del aeropuerto prometido, de los puentes sobre el Odiel…– y todo indica que va a continuar siéndolo de no cambiar la relación de fuerzas políticas en el país y en Andalucía. Mantener la negativa a la vía Huelva-Cádiz no tiene sentido tantos decenios después, pero ésa es sólo una de las deudas políticas que el Gobierno y la Junta mantienen congeladas en nuestra tierra.

El guante blanco

En la India, acaso el país más corrupto del planeta,  acaban de reactivar una ley creada hace cinco años por Sonia Gandhi que propone atacar en la raíz la corrupción por el método más sencillo: habilitando el derecho a la información de manera que cualquier ciudadano pueda obtener fehaciente respuesta a sus demandas sobre ingresos y gastos oficiales. Aquí entre nosotros andan dándole vueltas los dos grandes partidos a un pacto que les permita al menos guardar la cara, ya que no salvar la ropa, ante la ignominiosa avalancha de agio y peculado que está consiguiendo grabar en la duramadre del país la idea nefanda de que ese vicio es propio de la democracia y, en consecuencia, inevitable. Desde India nos llegan imágenes de escribanos de aldea diligenciando demandas a la sombra del árbol sagrado, sentados sobre la alfombrilla al modo de los viejos chamanes, y dispuestos a salvar en lo posible aquel universo asolado por la clepotocracia, mientras aquí se anuncia una foto de los mascarones del bipartidismo anunciando el fin de esa miseria moral con un nuevo gesto teatrero en el que, ni que decir tiene, no va a creer nadie y menos ellos. Ha sido demasiado el espectáculo ofrecido por el circo balear, cierto, pero no lo es menos que no hay en él nada que pueda considerarse nuevo o que los partidos no hubieran podido evitar simplemente evitándolo, no sé si me explico. La corrupción existe porque se tolera y son esos mismos partidos que la exculpan o disimulan cuando les llega el turno los que ahora pretenden hacernos creer, con un simple gesto disciplinario, que todo lo anterior no tiene nada que ver con ellos. Que dejen al ciudadano asomarse a las cuentas, que legalicen la vigilancia del pueblo, que abran las cuentas públicas, empezando por las propias, a la fiscalización del contribuyente y se dejen de cuentos. Desde Juan Guerra a Matas pasando por lo innumerable, aquí se ha podrido la política con el consentimiento cómplice de los partidos. Que vengan ahora a vendernos el fin de la corrupción tanto puede parecer un gesto saludable como una tomadura de pelo. Vamos, como ven, detrás de la India.

 

Una encuesta oficial, acaba de revelarnos que la opinión pública, además de “suspender” a sindicatos, iglesias, asociaciones gays y grupos antisistema,  conceptúa a los políticos más o menos a la altura de los okupas, lo que nos da una idea del estado de postración de nuestra vida pública. ¿Y va a liquidar eso una foto a dúo precisamente de quienes han tolerado hasta ahora el desastre? Quizá acabemos echando de menos al plumilla indio redactando demandas bajo el árbol sagrado.