El sueño europeo

Un libro breve de Alain Minc, “Un petit coin de paridis”, que probablemente no tendrá entre nosotros eco ni traducción. Un libro entusiasta y no poco mítico porque el paraíso en cuestión es nada menos que Europa, sí, esta Europa que conocemos, la del laicismo triunfante, el éxito de las libertades y el respeto a la democracia, pero también, ay, la del parpajazo de la Constitución común, la de la crisis financiera del 2008 o la de la moneda única que la siguió, la que carece de política exterior y no logra ni a tiros superar la idea de Monnet que postulaba que una Europa unida surgiría de la realidad de un mercado común eficiente y exitoso. Minc defiende lo que hay con entusiasmo incluso frente a unos EEUU que cada día se alejan más de un destino común, entre otras cosas a causa de esa presunta degeneración y que él ilustra con la imagen de Dick Cheney firmando desde el Poder el contrato de guerra más fastuoso de la historia o con el hecho comprobado de que, al contrario que en nuestro continente, la zanja entre el “gran dinero” y la masa ciudadana es cada vez mayor. Un optimista, Minc, qué duda cabe, que pretende archivar la objeción crítica que suele hacerse a este continente sin concepto, a este ser sartiano en el que, como se ha dicho alguna vez, la existencia es anterior a la esencia. Vale, pero ¿y el milagro alemán, y el prestigio de la cultura comunitaria, y el papel ejemplar que, bien que mal, ejerce Europa todavía sobre su alrededor? Para Minc el problema vendrá para nuestros hijos el día en que los países hoy “emergentes” –toquemos madera—logren desplazar ese modelo que responde, en buena lógica histórica, al desarrollo, quién sabe si póstumo, de la Ilustración. Puestos a medir el grado de democracia en función de la debilidad de las oligarquías –insiste el mitógrafo–, Europa gana por puntos a un rival como EEUU que ha “regresado” en los últimos treinta años hasta el punto de triplicar la renta de sus potentados que aquí habríamos sabido mantener a raya. Pintar como querer, tal vez, pero no puede negarse que tienta tanta voluntad y tanto coraje.

 

Europa se supera tras cada crisis pero la verdad es que en ella se precisaría hoy un microscopio para distinguir entre socialismo y estado liberal, aparte de lo desconcertante que pueda parecernos este inmenso y complejo reloj sin relojero que, de momento, parece tener cuerda. Y no falta quien se pregunte ya, con el libro aún caliente, si Minc no estará mezclando las churras del integrismo neoliberal con las merinas de los logros democráticos. Cerramos el libro con la inquietud de saber si le queda mucho (¿o poco?) a ese ser sartriano amenazado desde lejos pero también desde su interior.

Pobre intervención

Nada tan comprometedor para la Junta de Andalucía en el negocio de las prejubilaciones falsas por ella financiado como los informes que, durante años, emitió la Intervención de Hacienda –que entonces encabezaba Griñán como consejero—descalificando el procedimiento empleado. La otrora poderosa Intervención se ha convertido en el pito del sereno, sometida de hecho a la decisión política y desprovista de cualquier posibilidad de reacción. Ésa es la causa fundamental de todas las corrupciones y el mejor exponente de la politización de la Administración, raíz de todas las corrupciones. De conocerse esos informes, pocas sillas quedarían seguras en las altas esferas. Por eso, precisamente, lo más probable es que nunca se conozcan

Todos traficantes

La eurodiputada Eva Joly acaba de arremeter contra los Gobiernos europeos que afectan actitudes humanitarias y pacifistas mientras venden armas a los países menos confiables. Según sus datos, Francia habría vendido, solamente a Libia, armamento por valor más de 200 millones de euros mientras la Unión Europea, en el ejercicio 2009, habría exportado a esos países material bélico por valor de casi 350 millones, y tres cuartos de lo mismo habrían hecho en este periodo la inmensa mayoría de los países de la Unión. Todos nos rasgamos las vestiduras ante conflictos sangrientos como los que continuamente se producen en África pero nadie responde a las organizaciones pacifistas cuando preguntan a los quejosos por qué con una mano enjugan sus lágrimas y con la otra envían a los salvajes semejantes arsenales. Hace poco los británicos debatieron con energía a propósito del gesto de Cameron de dejarse acompañar en su viaje a una de esas zonas por un elenco de vendedores de armas, y hasta no faltó quien se preguntara por la diferencia real que pueda existir entre esos severos hombres de negocios y los embozados traficantes por todos denigrados. Hoy mismo, por ejemplo, se está desangrando Libia a base de armas compradas por el tirano a nuestros civilizados y comprometidos países, incluyendo a España que habría enviado a Gadafi bombas, torpedos, cohetes y misiles al por mayor, aunque no tanto como los que ha enviado a Marruecos, Irán o Argelia, a pesar de tener a la cabeza de nuestro ministerio de Defensa a una autopostulada pacifista. Todos, pacifistas o halcones, se vuelven traficantes al llegar al poder y todos –incluyendo a fuerzas sociales como los sindicatos—se tornan comprensivos con ese tráfico en función de su grave papel en nuestra industria. La propia Reina preside el comité antibombas unipersonales que nosotros mismos hemos vendido, entre otros, a los criminales que las utilizan. El dinero no tiene patria. Ni principios.

 

La sangre derramada en Zaire, el Congo, Zimbawe, Ruanda, Costa de Marfil, Sudán y tantos otros infiernos, como en este momento en Libia, han enriquecido a muchos negociantes civilizados que actuaban, por supuesto, con el visto bueno de sus respectivos Gobiernos democráticos, y que incluso se permite incumplir expeditivamente las leyes vigentes. Y no parece probable, además, que las cosas cambien ni a corto ni a medio plazo, en especial en lo que se refiere a esos fabulosos paraísos financieros que incluso actúan como amables socios en nuestras depauperadas economías. Los Gadafi no serían lo que son sin la cooperación necesaria de estos socios conniventes que, ciertamente, sin esa canalla tampoco serían lo que son.

Daños y perjuicios

Los miles de opositores a enfermeros de Almería tendrán que repetir sus pruebas como consecuencia de la filtración de los temas en Internet, y una vez desechada la chapuza que proponía la consejera consistente en suprimir sólo las preguntas filtradas y sustituirlas por las de reserva. Bien, pero ¿quién indemniza ahora a los opositores que con todo derecho clamarán, si se siente perjudicados, contra una (des)organización que hace posible estas filtraciones? Hay ya demasiados conflictos de esta naturaleza y no recuerdo uso solo en que se haya trincado a los culpables y sancionado como merecían. La corrupción tiene tan largo el brazo que ya hasta sale a recibir a los futuros funcionarios.

El precio del plagio

Ni siquiera el apoyo frontal de de la cancillera Merkel ha permitido a uno de sus ministros clave, el de Defensa Karl-Theodor  zu Guttenberg, superar la crisis provocada por el descubrimiento del plagio perpetrado en su tesis doctoral –la mayoría de las citas saqueadas a otros autores e incluso a un diario—que denunciara un profesor de la universidad de Bremen. La de Bayreuth le ha retirado el título, en un alarde de independencia, y el argumento esgrimido por unos y otros ha sido el de que quien miente en un libro puede igualmente mentir en su gestión, lo que le convierte, una vez probado el plagio, en un ministro indigno. El plagio es (y aquí lo hemos comentado varias veces) consustancial a la actividad cultural, como se ha venido a concluir recientemente a propósito del atribuido al Houellebecq saqueador de Wikipedia. Pero en España sabemos tanto de plagios que casi no le concedemos relieve una vez que aquí, aunque no se sepa, desde Berceo o el Arcipreste hasta Cervantes o Quevedo, nos hemos hecho el cuerpo a esa acusación en la que don Luis Astrana tuvo la osadía de incluir incluso a  eruditos de la talla de Rodríguez Marín. ¿No está grabada en el friso del Casón del Buen Retiro la frase –“Todo lo que no es tradición es plagio”—que hizo famosa don Eugenio D’Ors y de la que todavía Bernardo Atxaga echaría mano en defensa de Borges, gran plagiador más o menos literal de nuestros maestros barrocos? Eso sí, una cosa es criticar en Cervantes la posibilidad de que inspirara sus imaginaciones en Apuleyo, y otra bien diferente pillar a todo un ministro de moda desvalijando esa fortaleza sin puertas que es Internet, como una cosa es que Valle se cepillara para sobrevivir un folletín de Arniches y otra distinta fabricar una tesis por el procedimiento de “corta y pega”, como los alumnetes de “El rincón del Vago”. Poco pudo suponer en su día para García Márquez la sospecha de plagio de un personaje balzaciano o para Avellaneda el cabreo supino de nuestro mayor genio al ver expropiada su obra. Para un ministro la cosa pinta de otra manera, al menos en las democracias en las que el honor no se ha arrumbado aún.

Que tire la primera piedra –me decía el difunto duque de Alba, todavía editor– quien en su vida no haya usurpado un verso o una idea. Me resisto a comulgar con esa muela pero he de admitir su inquietante evidencia bajo esta equívoca luz global que vuelve pardos a todos los gatos. Giraudoux sostenía que el plagio es la base de toda literatura, excepto de la primera que aún desconocemos. Los plagiarios como el ministro no necesitan de tantas filologías para vestirse con capa ajena.

Los papeles perdidos

“Tenía 61 años, estaba en paro y enfermo, ¿quién me iba a querer contratar? Me dijeron que había una ayuda de la Junta de Andalucía y que por probar suerte no pasaría nada” (un “intruso” en el ERE de la empresa Surcolor). “A día de hoy sigo defendiendo que la responsabilidad en cuanto a cualquier clase de ilicitud en materia de procedimiento, afecta (sólo) al centro directivo” (Mar Moreno, consejera de Presidencia). “Se va avanzando en la investigación sobre los expedientes vivos” (Manuel Recio, consejero de Empleo). “Hay que llegar hasta el final en este saco sin fondo” (Diego Valderas, coordinador regional de IU). “No vamos a permitir que se abra una causa general contra el PSOE” (portavoz del PSOE). “No podemos estar al pairo (sic) del capricho del Interventor) (Javier Guerrero, ex-director de Empleo).