La guerra negada

Si ya venía siendo peregrina la tesis de que lo que nuestras tropas están librando en Afganistán no es una guerra, el desaforado empeño conceptual por negarle entidad bélica al conflicto libio resulta ya ridículo. Se entiende, por descontado, la intención polémica de negar la evidencia por venir, como viene, del entorno de un Gobierno, como el español actual, que debe su acceso al poder a su campaña contra la guerra del adversario, pero no hay modo de penetrar qué quieren decir esos empeñados cuando insisten hasta el absurdo en que invadir el espacio aéreo de un país, bombardear sus instalaciones militares y hasta, probablemente, causar  “daños colaterales”, son hechos que no bastan para definir un conflicto como “guerra”, concepto detestable que ellos tratan de esquivar con el argumento de que, en este caso, las acciones militares no son sino hechos forzados por el mandato de Naciones Unidas. Estos contrasentidos acaban por no tener trascendencia, pues cualquier telediario, con sus espectaculares imágenes e incluso con sus censuras clamorosas, desengañan al posible crédulo que hubiera tragado con el argumento formalista, dejando aislada y solitaria a la opinión sectaria. Lo que está ocurriendo en Libia es una guerra con todas las de la ley, una guerra legal, si se quiere, siempre que aceptemos como referente de la legalidad el resultado de los equilibrios estratégicos, pero guerra al fin y al cabo, con todas sus terribles consecuencias aunque sin perjuicio, claro está, de sus justificadas causas. Porque, en definitiva, todo esto que venimos oyendo estos días para maquillar la nueva guerra coincide ce por be con el mil veces repetido aviso de Clausewitz de que la guerra no es ni más ni menos que la continuación de la política por otros medios. Misiles y bombas son esos otros medios con que la coalición en la que militamos está prolongando la intervención, sin duda legítima, de la ONU para detener los abusos de un tirano, como en su día lo fueron para aplastar por dos veces al Irak de Sadam.

Otros medios: el salvaje bombardeo de Belgrado o el de Bagdad fueron también, en su día, la prolongación de diálogos políticos imposibles. Montherlant decía que al hombre le gusta legalizar la guerra y la caza, y es verdad. Lo que carece de sentido es dejar de llamar a esas actividades caza y guerra, que es en lo que parecen empeñados quienes insisten en disimular el hecho elemental y patente de que hoy por hoy estamos en guerra. Que le pregunten a los muertos qué diferencia conceptual aprecian entre lo que de parte de la ONU estamos haciendo y una guerra convencional. La respuesta, ni que decir tiene, la conocemos los vivos de antemano.

Guerra del agua

Uno creía, ingenuamente, que las sentencias de los tribunales estaban, sencillamente, para cumplirse, pero la ministra Rosa Aguilar nos ha salido con un confitado eufemismo al proponer que se cumpla “desde el diálogo” la dictada por el TC sobre el disparate estatutario del Guadalquivir. O sea que el juez dicta sentencia y luego el Gobierno –y, ya puestos, no sé por qué no usted o yo—nos sentamos a “dialogar” hasta alcanzar un acuerdo en vez de aplicar a rajatabla lo sentenciado. Desde luego, lo que vamos sabiendo sobre las estrategias del Gobierno en materia judicial es de lo más alarmante pero hay casos, como éste que comentamos, que caen más cerca del absurdo que de la trampa o la desobediencia.

El hombre artificial

Viejo sueño el del hombre de construir réplicas a su imagen y semejanza, capaces de reproducir sus funciones y, llegado el caso, de sustituirlo en sus trabajos. Luciano se divierte ya con la idea como más tarde lo harán el santo Moro o el ironista Swift, y Covarrubias nos avisa de que el primero en introducir uno de esos ingenios en España no fue otro que Juanelo Turriano, el ingeniero del Emperador, que habría logrado en Toledo construir un “hombre de palo” capaz de recoger diariamente en la catedral la recompensa al ingenio de su inventor y que todavía conserva una calle con su nombre en esa ciudad de ensueño. Hoy la robótica lanza productos al mercado condicionada por un antropomorfismo cada día más inquietante. Dicen los expertos que esa rama de la industria de futuro anda hoy más o menos por donde andaba la informática en los años 80, es decir, aún en el terreno de la curiosidad y la innovación, pero presagiando ya una presencia invasora que, cuando menos lo pensemos, nos caerá en lo alto, esperemos que para bien. Y sostienen también que ese condicionamiento antropomórfico funciona como un factor de desconfianza que mantiene en guardia a los hombres más o menos en los términos en que los situaron los imaginativos de la ciencia-ficción, sobre todo en Occidente, pues en el Asia del futuro no se observa semejante recelo. Mientras tanto la industria avanza imparable, vendiendo miles de máquinas hablantes destinadas a enseñar idiomas o ingenios diversos diseñados para aliviar las tareas humanas con el esfuerzo de esos esclavos libres, valga el oxímoron, que lo mismo van a barrernos el hogar que a masajearnos el torso contraído al final de la jornada. Hay máquinas domésticas que se han distribuido ya en los mercados por millones y prototipos humanoides que dejan sin aliento a los asistentes a ferias como la que estos días se celebra en Lyon. Luciano y Juanelo entrevieron el milagro con el anteojo del revés. La realidad, como de costumbre, desborda a la imaginación.

 

Habrá que pensarse a dónde nos lleva esta aventura, calcular con discreción sus efectos sobre el mercado de trabajo, aprender, en definitiva, a distinguir entre el imaginario válido para ese ejercicio literario que embolismó hasta a Voltaire, y los logros tangibles de un demiurgo que empieza a asustarse de su propio poder. Hay ya robots que barren, máquinas parlantes, ingenios que acompañan en la soledad, insensibles siervos que nos masajean cuando damos de manos. El toque estará en el robot que un día nos mire a los ojos y nos responda con nuestro mismo acento. Ese día entenderemos al fin que los sueños de la razón producen monstruos.

Infierno y limbo

En un solo día nos enteramos de la implicación directa de un viceconsejero en el lío de las prejubilaciones fraudulentas financiadas por la Junta, de la querella de un sindicato contra el consejero de Empleo, de la grave caída de la economía andaluza, del presunto desvío de fondos del Plan E por parte de un alcalde, de que hay trabajadores que no cobran hace ocho meses porque la Junta de los EREs no paga sus subvenciones –¡encima!–, de que la consejera de Salud nombra como le da la gana a los cargos hospitalarios, de que Fomento quiere tangarnos en Málaga, que otro edil de Sevilla es imputado y de que, en plena crisis educativa, la universidad Olavide organiza ¡un máster cofradiero! Vivimos con un pie en el infierno, otro en el limbo y la cabeza en las nubes.

Manual del laico

La guerra entre el laicismo y los creyentes tiene poco de sensata. Nunca se habían registrado en España –al menos desde la República—prohibiciones de misas como las registradas en el Valle de los Caídos o las provocadas de hecho en las capillas de nuestras universidades a las que grupos de militantes laicistas impiden el paso por las bravas a los estudiantes católicos. Una moda reciente nos ha permitido ver incluso, en una de ellas, un “streap tease” masivo en plena misa, provocación grotesca e injusta por cuanto tiene de dictatorial, pero que da una idea de la vehemencia de esos activistas empeñados en borrar del paisaje europeo lo que, a poca historia social que se conozca, sabemos que forma parte de los fundamentos de nuestra cultura continental. Una batalla particularmente enconada ha sido la librada en torno a la retirada de los crucifijos de las aulas que han reclamado con éxito algunos padres celosos de la integridad laica de la educación de su prole, batalla que pareció decidirse hace un par de años cuando el Tribunal Europeo de los derechos del Hombre votó por unanimidad a favor de la “desacralización” de los centros docentes, decisión que el pleno de dicho tribunal acaba de revocar por unanimidad. Se abre de nuevo, en consecuencia, el contencioso, pues a pesar de que esta decisión sólo afecte de momento a Italia, no es dudoso que, desde España a Rusia pasando por Francia o Austria, tratará de hacerse valer idéntico criterio en sus respectivas aulas. La verdad, cuesta imaginar la razón profunda de esta agitación  laicista que rechina contra su propia teoría de que la secularización –y en ello coincide con gran parte de la sociología de la religión postweberiana– es un hecho derivado fatalmente de la transformación industrial de las sociedades. No hace mucho hemos visto en España a un mozo lugareño comulgar con el propósito de pisotear luego la hostia consagrada y por Internet ha rodado la foto de las exhibicionistas de la misa madrileña como si se estuviera difundiendo un acto revolucionario de altura. Hay tontos para todos los gustos, está visto, pero en este terreno recelo que más que en ninguno.

 

Poco encajan estas añejas pugnas maniqueas en la atmósfera tolerante que, con diversa oportunidad y razón, anda extendiendo un neoliberalismo indiscernible, por lo demás, de las opciones ideológicas teóricamente rivales, respecto a las que estos laicos de manual resultan simples bárbaros. Arrancar los crucifijos o escandalizar el culto en esta vieja Europa no puede ser otra cosa que un efecto de la ignorancia aparte, por supuesto, de una estrategia violenta que, desgraciadamente, nos recuerda otras que mejor olvidar.

Extraña justicia

La absolución del menor implicado en la violación y asesinato de Marta del Castillo ha sido otra de esas ocasiones en que el garantismo a ultranza –que nadie en sus cabales discute—descubre el abismo que separa la razón jurídica del criterio público. Estremece oír clamar a la madre de la desdichada pidiendo “justicia carcelaria”, pero ésa no es más que es la consecuencia lógica del colosal fracaso de la ley del Menor. Nadie entiende –seguro que ni los propios jueces—que un implicado en semejante caso salde sus cuentas con la Justicia con un arresto tan breve. No se le puede pedir al pueblo soberano que comprenda lo que los legisladores no son capaces de resolver.