Patatas fritas

¿De verdad son necesarios los Gobiernos para la supervivencia de un país? Esta es la pregunta que entredientes se repiten los belgas, súbditos va ya para trescientos días de una sombra de poder que gobierna a un país sin Gobierno. El martes ese vacío habría igualado el histórico récord del país acéfalo, hasta ahora en manos de Irak, y el hecho fue celebrado masivamente en los recintos universitarios con un reparto gratuito de papas fritas, conciertos y encuentros en las redes sociales, mientras en los telediarios y en los periódicos la crisis gubernamental iba quedando arrinconada al final del noticiero tras las explosivas noticias de Libia o el síncope japonés, y los estudiantes y sectores concienciados de la sociedad rebautizaban las plazas principales de las ciudades universitarias precisamente con ese nombre: “Place des Frites”. Los políticos, por supuesto, siguen donde estaban, es decir, en ese territorio ambiguo de la confusión sobre el que el referido gobiernillo en la sombra continúa administrando el común en un “régimen de asuntos corrientes” que no excluye, paradójicamente, medidas de tanto calado como la aprobación de un presupuesto nacional o el envío de sus cazas contra Gadafi, reforzando esa duda progresiva que se cierne desde hace demasiado tiempo sobre la utilidad real del montaje político. ¿Es imprescindible el Poder o bastaría con su hipóstasis mantenida tenazmente en régimen de interinidad, como está sucediendo con ese “no Gobierno” de Leterme que cuenta con el respaldo del propio rey y el visto bueno del Parlamento? Cuesta responder a esa cuestión ante el espectáculo belga pero es obvio que, aunque sea como la gallina que corre descabezada, la vida pública del pequeño país no parece demasiado afectada por su orfandad política. Las papas fritas constituyen un irónico emblema de la más profunda y resignada indiferencia ciudadana ante la incapacidad de su clase política. El propio Gobierno profesional parece comprenderlo así cuando estos días ha logrado hacer un hueco entre tantas cuitas para despejar legislativamente el debate popular sobre el justo precio del paquete de papas.

 

¡Papas fritas! Recuerdo la sentencia de Lao Tse –una sociedad se gobierna lo mismo que se fríe un pescado—y me siento tentado de sumarme a la caterva dubitativa que se cuestiona la imprescindibilidad de la política, esa eterna ruina que se sostiene incluso cuando se demuestra su inutilidad. Los belgas se preguntan, tras vivir un año sin Gobierno, por qué no podrían ahorrarse definitivamente ese gasto prohibitivo. Mucho me temo que no van a ser ellos solos los que acaben interrogándose sobre esa posibilidad de continuar corriendo a solas como la gallina sin cabeza.

Poder judicial

Junto a quienes critican un presunto poder excesivo en manos de los jueces, proliferan otros que ven sus facultades reales no poco limitadas frente a los otros poderes del Estado. Ya me dirán que significa eso que dIce una ministra de que la sentencia del TC sobre el Guadalquivir se aplicará “desde el diálogo” o como puede tragarse la negativa de la Junta a entregar a jueza unas actas imprescindibles para determinar la circunstancia de los actos de gobierno cuestionados. El ciudadano medio se desconcierta entre la idea de que los jueces son casi omnipotentes y la de que mandan muy poco cuando se enfrentan a Gobiernos y Parlamentos. Aclarar ésa cuestión es, posiblemente, una de las asignaturas pendientes de esta democracia amenazada.

Larga vida

Los grandes aseguradores que proyectan el futuro andan muy preocupados con los datos que les caen en las manos. Con la previsión de que uno de cada dos bebés que nacen hoy día en la Europa desarrollada vivirá, probablemente, cien años y hasta ciento cinco en el caso de las hembras. Son las consecuencias del progreso material, sin duda, que sugieren que lo más probable es que la sociedad del futuro deba transformar su modelo de organización y solidaridad ante hechos tan inquietantes como el de que, como novedad absoluta en la historia de las sociedades, lo previsible es que nos veamos instalados más pronto que tarde en un modelo familiar que abarque cinco generaciones, una dirigente, la tercera, entrillada entre dos iniciales y dos postrimeras. Podemos cerrar los ojos ante el panorama, por supuesto, pero no sin el riesgo que implica por lo general desoír las advertencias de la sociología. O bien cabe hacer el esfuerzo que ya piden algunas voces desde los propios seguros en el sentido de que habría que replantear, no sólo la financiación de la dependencia, sino el funcionamiento mismo de una vida social que ha doblado su esperanza de vida. Puede incluso que estemos entrando sin advertirlo en una era en la que el concepto de sociedad deberá cambiar hasta hacer irreconocible el actual, reorganizando el modelo no sólo al repensar el coste total de la vida, sino comprendiendo que las nuevas condiciones imponen un prolongación de la vida laboral y un  replanteamiento de los planes de formación. Sólo las sociedades capaces de avanzar por esos derroteros serán capaces de encauzar un futuro en el que la sinergia entre la prolongación de la expectativa de vida y la realidad de la innovación continua promete un extraño pero verosímil mundo feliz. Siempre recuerdo, llegados a este punto, la idea de Ginés Morata de que el tope de las conquistas de esta biología molecular se encuentra precisamente en la frontera de la seguridad social.

 

Ya sabemos que la vejez tiene mala prensa por no hablar de esa inmortalidad que Borges aniquiló sin piedad en su célebre relato. Los hechos son los hechos, en todo caso, y eso es lo que, no sin discreción, empieza a sugerirse desde el propio negocio del seguro que sabe que tiene por delante una bicoca si la sociedad reacciona ante al auténtico seísmo que implica la prolongación de la vida. Una vida más larga es posible con la condición de que la sociedad adapte su modelo a la novedad que supone que un niño al nacer tenga un siglo de vida por delante. No deja de ser curioso que haya tenido que ser ese negocio el que nos mande el recado.

Que viene el lobo

Ni siquiera en boca del desprestigiado PSOE de Huelva resulta tolerable el intento de inquietar a los mineros prejubilados presentando el estafón de las prejubilaciones fraudulentas financiadas por la Junta como una maniobra del PP contra ellos. Sobre todo porque implica tratar como bobos a esos trabajadores a los que se engaña a pesar de las pruebas aplastantes de haber saqueado el fondo de protección social para atender objetivos propios, que pesan sobre la Junta y su partido. La demagogia no se para en barras ni siquiera ante supuestos tan fácilmente desmontables. Esas siete fotocopias de las denuncias de la Intervención publicadas aquí ayer muestran hasta qué punto los demagogos  tienen perdida la batalla de antemano.

La guerra negada

Si ya venía siendo peregrina la tesis de que lo que nuestras tropas están librando en Afganistán no es una guerra, el desaforado empeño conceptual por negarle entidad bélica al conflicto libio resulta ya ridículo. Se entiende, por descontado, la intención polémica de negar la evidencia por venir, como viene, del entorno de un Gobierno, como el español actual, que debe su acceso al poder a su campaña contra la guerra del adversario, pero no hay modo de penetrar qué quieren decir esos empeñados cuando insisten hasta el absurdo en que invadir el espacio aéreo de un país, bombardear sus instalaciones militares y hasta, probablemente, causar  “daños colaterales”, son hechos que no bastan para definir un conflicto como “guerra”, concepto detestable que ellos tratan de esquivar con el argumento de que, en este caso, las acciones militares no son sino hechos forzados por el mandato de Naciones Unidas. Estos contrasentidos acaban por no tener trascendencia, pues cualquier telediario, con sus espectaculares imágenes e incluso con sus censuras clamorosas, desengañan al posible crédulo que hubiera tragado con el argumento formalista, dejando aislada y solitaria a la opinión sectaria. Lo que está ocurriendo en Libia es una guerra con todas las de la ley, una guerra legal, si se quiere, siempre que aceptemos como referente de la legalidad el resultado de los equilibrios estratégicos, pero guerra al fin y al cabo, con todas sus terribles consecuencias aunque sin perjuicio, claro está, de sus justificadas causas. Porque, en definitiva, todo esto que venimos oyendo estos días para maquillar la nueva guerra coincide ce por be con el mil veces repetido aviso de Clausewitz de que la guerra no es ni más ni menos que la continuación de la política por otros medios. Misiles y bombas son esos otros medios con que la coalición en la que militamos está prolongando la intervención, sin duda legítima, de la ONU para detener los abusos de un tirano, como en su día lo fueron para aplastar por dos veces al Irak de Sadam.

Otros medios: el salvaje bombardeo de Belgrado o el de Bagdad fueron también, en su día, la prolongación de diálogos políticos imposibles. Montherlant decía que al hombre le gusta legalizar la guerra y la caza, y es verdad. Lo que carece de sentido es dejar de llamar a esas actividades caza y guerra, que es en lo que parecen empeñados quienes insisten en disimular el hecho elemental y patente de que hoy por hoy estamos en guerra. Que le pregunten a los muertos qué diferencia conceptual aprecian entre lo que de parte de la ONU estamos haciendo y una guerra convencional. La respuesta, ni que decir tiene, la conocemos los vivos de antemano.

Guerra del agua

Uno creía, ingenuamente, que las sentencias de los tribunales estaban, sencillamente, para cumplirse, pero la ministra Rosa Aguilar nos ha salido con un confitado eufemismo al proponer que se cumpla “desde el diálogo” la dictada por el TC sobre el disparate estatutario del Guadalquivir. O sea que el juez dicta sentencia y luego el Gobierno –y, ya puestos, no sé por qué no usted o yo—nos sentamos a “dialogar” hasta alcanzar un acuerdo en vez de aplicar a rajatabla lo sentenciado. Desde luego, lo que vamos sabiendo sobre las estrategias del Gobierno en materia judicial es de lo más alarmante pero hay casos, como éste que comentamos, que caen más cerca del absurdo que de la trampa o la desobediencia.